La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Marzo 20th, 2011

Vamos a repasar el pensamiento materialista de Baruch Spinoza (1632-1677) y su concepción de la “sustancia” entendida como naturaleza única. A muchos de vosotros os resulta extraño que defina a este autor como uno de los primeros filósofos ateos, dada su insistencia en hablar de Dios. Lo primero que debemos precisar es que el Dios del que habla no es el Dios de la religión judeo-cristiana (recordad que el propio Spinoza, de origen judío sefardí, fué expulsado de la sinagoga por sus ideas), sino que habla de “la idea de Dios”, en un sentido racional, como “sustancia infinita y perfecta”. Spinoza comienza su “Ética” definiendo así la “sustancia”: “Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, es decir, aquello cuyo concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra cosa”. A continuación, define los “atributos”: “Por atributo entiendo aquello que el entendimiento percibe de una sustancia como constitutivo de la esencia de la misma”; y más adelante los “modos”: “Los modos son las cosas particulares, consideradas coma afecciones de los atributos de la sustancia”.

Dios es una sustancia que consta de “infinitos atributos”, y las cosas son los modos incorporados en Dios, de modo que fuera de Dios no cabe concebir que exista ninguna realidad. Mientras que para Descartes el universo está cerrado porque sólo existen tres sustancias (la divina, la extensa y la pensante), para Spinoza el cosmos está “abierto” porque no hay más que una sustancia, Dios, la naturaleza, pero con infinitos atributos, de los que el hombre solo conoce dos: la “extensión” y el “pensamiento”, que dan lugar a dos tipos de ciencias, las físicas y las psicológicas: “el pensamiento es un atributo de Dios, o dicho de otro modo: Dios es cosa pensante” y además “la extensión es un atributo de Dios, o dicho de otro modo, Dios es una cosa extensa”. La idea de infinitud de lo real supone que el conocimiento humano nunca podrá ser “cerrado”, siempre quedará un margen de “indeterminación”, una limitación para nuestro conocimiento. Si se habla de panteismo en Spinoza, este no será el de un monismo ordenado, sino el de una “pluralidad inagotable de lo real”.

Siempre será posible que aparezcan nuevas ciencias, nuevos sistemas de cosas o modos, y por tanto nuestro conocimiento nunca será definitivo. La idea de “sustancia infinita” es, pues, una “idea crítica” capaz de someter la realidad a una trituración (en eso consistirá la filosofía). Sin embargo, esta crítica racional no acabará en un escepticismo, pues hay posibilidad de conocimientos positivos. El propio Spinoza distingue “tres géneros de conocimiento”: el conocimiento “empírico” o mero registro pasivo de imágenes y experiencias vagas (conocimiento parcial e impreciso que lleva a la falsedad y que debe superarse); el conocimiento “racional” por causas o por nociones comunes que llamamos deducción o encadenamiento de conceptos (superior al vago pero incompleto, puesto que se refiere a “mi” razón y no a la razón de las cosas); y la “intuición” racional o percepción evidente de un nexo lógico de implicación: lo que la mente construye cuando entiende algo es precisamente “la necesidad misma del ser de la cosa”.

Como los modelos que tiene en mente Spinoza son siempre matemáticos, diremos que la intuición se refiere más al aspecto constructivo de los axiomas que al deductivo. Algo existe cuando se produce de un modo necesario; en consecuencia, el conocimiento verdadero (claro y distinto) es el que versa sobre la “construcción”, la “génesis” o la “producción” de las cosas. Por un lado, la infinita riqueza de la realidad nos impide que nuestro conocimiento sea nunca definitivo, pero por otro lado, existen conocimientos verdaderos, y la “tarea” del hombre consiste en instaurar paulatinamente en el mundo un orden racional. Nunca llegaremos a saber con certeza cómo se unen las partes de la naturaleza entre sí y con su todo”, porque para saber esto habría que conocer toda la naturaleza y sus partes. Pero el entendimiento del hombre racional “se forja por sí mismo sus instrumentos espirituales, mediante los cuales adquiere la capacidad de realizar nuevas obras intelectuales, y de estas obras otros instrumentos o capacidades de ulteriores indagaciones”.

Para comprender un poco mejor este pensamiento, he seleccionado el arranque de la película “El último mohicano” (20th Century Fox 1994) de Michael Mann, según la novela de James Fenimore Cooper, en el que unos indios americanos persiguen y dan caza a un ciervo en medio de un paraje natural sobrecogedor. Fijaros en la forma de actuar de los tres “pieles rojas”, en permanente movimiento (una idea dinámica que tendremos tiempo de analizar en nuestro siguiente artículo). El desenlace de la escena es muy interesante: los tres hombres se arrodillan delante del animal abatido y suplican perdón al propio animal, al que consideran un “hermano”, por haberle dado muerte, y rinden honores a su valor, su destreza en el combate y su bondad de espíritu. Para completar la actividad, convendría que le echaseis un vistazo a la famosa carta que el Jefe Seattle, de las tribus Suwamish de los territorios del noroeste, dirige en 1855 al presidente del gobierno, Franklin Pierce (y que os ofrezco en este enlace). Tan vez os ayude a comprender mejor en qué consiste esto que Spinoza llamaba “Deux sive sustancia sive natura”.

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