La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Marzo 22nd, 2011

Continuamos nuestro repaso por la filosofía de Baruch Spinoza (1632-1677) adentrándonos en sus pensamientos éticos. El autor niega tajantemente la “libertad” humana (que supone una “ilusión”, pues el hombre que se cree libre ignora las causas que determinan necesariamente todo lo que sucede) así como la “finalidad” de la naturaleza (que supone un “espejismo”, pues atribuimos fines a la naturaleza porque confundimos el orden de nuestra razón con el orden necesario). En el caso del hombre, la “mente” es un elemento del entendimiento divino, un “modo del pensamiento” que existe realmente; pero esa existencia tiene lugar como “cuerpo”, que es un “modo de la extensión”. De ahí la extraña definición que del hombre hace Spinoza: “el objeto de la idea que constituye el alma humana es un cuerpo, o sea, cierto modo de la extensión existente en acto, y no otra cosa”. Así pues, una de las claves del materialismo de este autor reside en la afirmación de que yo soy la idea que tengo de mi cuerpo (“idea corporis”), esto es, “soy un cuerpo”. Y Spinoza concibe este “individuo corpóreo” como si fuera una “estructura”.

Esta proposición que identifica cuerpo y espíritu solo se entiende si se niega la sustancialidad del hombre, que como ser contingente no puede comprenderse “por sí mismo”: niega por tanto que el hombre tenga un alma espiritual a la manera tradicional, y realiza una crítica de la “teoría tradicional de las facultades”, en cuanto se consideran expresión de una sustancia anímica única. Para Spinoza no hay un alma singular, sino una sucesión de actos singulares, que son “modos finitos mediatos” de la “sustancia única infinita”: cada acto humano encuentra su razón y explicación en el acto singular que le precede. Este determinismo permite “comprender la sucesión de actos humanos por sus causas”, y lo único que permanece en esta cadena es la “idea corporis”, puesto que es la única que está presente siempre en todo pensamiento. Y por debajo del cuerpo hallamos algo aún más fundamental: “el deseo por permanecer en el ser”. El conocimiento más profundo y absoluto que tenemos del hombre está referido a la causalidad del deseo. “El “deseo” (“conatus”) es la esencia misma del hombre, en cuanto está concebida como determinada por una afección cualquiera de si misma a hacer algo”.

El “conatus” no es otra cosa que la “acción misma”: para Spinoza, ser es existir en acto, pero existir es obrar. Es ésta la primera filosofía que concibe la existencia humana como acción. El “conatus” no es una fuerza irracional, ni una raíz inconsciente: desaparece la distinción tradicional entre apetitos irracionales y deseos conscientes, pues el “espíritu puede ser consciente de su deseo o de su apetito”, ya que “el espíritu se esfuerza por perseverar en su ser por una duración indefinida, y es consciente de su esfuerzo”. A partir de estos fundamentos, inicia Spinoza el despliegue de la geometría de los afectos de una manera dual, pues éticamente hay dos deseos que manifiestan la potencia o impotencia del hombre: la “alegría” (primer afecto positivo, de vida, que conduce a la “generosidad”) y la “tristeza” (un afecto negativo que anuncia la muerte y conduce al odio, a la envidia… al vicio). Si aplicamos el entendimiento al examen de nuestros problemas, veremos que las “pasiones” son ideas oscuras que hay que sustituir por “razones”, y las pasiones no sustituibles por razones han de ser condenadas.

Racionalizadas las pasiones, el hombre dejará de ser esclavo y “colaborará” con los demás, porque la perfección ha de ser colectiva: las pasiones separan, la razón une. La utilidad individual, si ha transformado la pasión en razón, coincide con la utilidad general. Por ello el hombre ha de volcarse a la acción, una acción alegre y confiada, nunca compasiva ni medrosa. La acción eficaz ha de producirse en el seno de ese individuo de individuos que es el Estado: los que ven en el Estado coacción y tiranía y abominan de la norma y el sistema son en el fondo pequeños prisioneros de sus pasiones y no han descubierto la razón. Sólo la “razón” producirá una “colaboración armoniosa”, de manera que “no sean las armas las que venzan los ánimos, sino el amor y la generosidad”. En último término, es la razón quien nos descubre la “identidad” entre “libertad” y “necesidad”. Este estado ideal del hombre es lo que Spinoza denomina “amor intelectual a Dios”, que no es otra cosa que amor “de” Dios, “amor racional al todo”, libertad conseguida por la superación de la pasión y la comprensión de la necesidad.

Un buen ejemplo de estas ideas lo tenemos en la película “Minority Report” (20th Century Fox 2002) dirigida por Steven Spielberg a partir un relato corto de Philip K. Dick titulado precisamente “El informe de la minoría” (1956). El protagonista de nuestra historia, un policía de la unidad de élite precrimen llamado John Anderton, encargado de detener a futuros delincuentes antes de que cometan sus delitos (lo que consiguen gracias al uso de los “precogs“, tres seres psíquicos cuyas visiones sobre los asesinatos futuros nunca han fallado), descubre que él mismo es un potencial asesino y que en pocas horas ejecutará un homicidio. Se ve entonces forzado a huir y a sobrevivir a los numerables acosos policiales de sus hasta entonces compañeros. Llegados a un punto de la narración, Anderton da con la creadora del programa precrimen, la científica Celeste Burgess, que le enseña unas cuantas cosas sobre el programa y le revela algunas lecciones vitales mucho más importantes: “cuando se sientes acosados, los seres vivos se esfuerzan en una única cosa… sobrevivir”. Este es el camino a seguir: “perseverar en su ser”, algo que Anderton se verá obligado a llevar hasta sus últimas consecuencias, tratando de decidirse entre sus pasiones y su racionalidad, para alcanzar la libertad.

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