La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Nos adentramos en el campo de la antropología para mostrar algunos aspectos relevantes de las culturas humanas. Hemos seleccionado estos dos textos del antropólogo británico Sir Edward Evan Evans-Pritchard, destacado representante de lo que se ha dado en llamar antropología social: el primero de los textos, que lleva por título “La mirada distante: nosotros los miramos”, nos acerca a la cultura de los nuer (o “nath” como se llaman ellos a sí mismos), una sociedad africana que vive en Nuerlandia, una región localizada principalmente en el sur de Sudán, a ambos lados del Nilo (en su confluencia con los ríos Bahr el Ghazal y el Sobat) y formada por unas 200.000 personas, que se dedican fundamentalmente a la ganadería. Precisamente el trato que dan los nuer a los animales, especialmente a las vacas, es lo que centra la atención de Evans-Pritchard en este texto, que os he querido acompañar de un vídeo que muestra la forma de vida de esta cultura:

     “Como otros pueblos pastores del África oriental, los nuer extraen sangre de los pescuezos de sus animales, lo que constituye un artículo suplementario de su dieta en los campamentos de la estación seca, cuando en general se los puede ver sangrar por lo menos a una vaca por noche. Para fines culinarios se sangra con más frecuencia a las vacas que a los bueyes. La operación, llamada bar, consiste en atar una cuerda muy apretada en torno al pescuezo de la vaca, de modo que se destaquen las venas y pueda cortarse una de ellas, del lado de la cuerda que da hacia la cabeza, con un cuchillo pequeño envuelto en cuerda o hierba para impedir que profundice demasiado. La sangre sale a chorro y, cuando se ha llenado una gran calabaza, desatan la cuerda y deja de salir. Untan la herida con un poco de estiércol. Si se examina el pescuezo de una vaca, se ve una serie de cicatrices pequeñas. Después de la operación, las vacas se muestran algo mareadas y puede que se tambaleen un poco, pero no parece que les afecte mucho más la experiencia. Las mujeres cuecen la sangre hasta que está bastante cuajada y puede usarse como condimento cárnico para las gachas; o bien los hombres esperan a que se coagule en un bloque sólido y después de asarlo en las brasas de un fuego, lo cortan y lo comen.

Los nuer no consideran la sangre de las vacas como un artículo de primera necesidad y no desempeña un papel importante en su cocina. De hecho, dicen que no ejecutan la operación para conseguir comida, aunque reconocen que la sangre asada es deliciosa, sino por el bien de las vacas. La sangría está destinada a curar a una vaca de cualquier enfermedad al eliminar la sangre mala. También dicen los nuer que hace engordar a la vaca, pues el día siguiente estará más vigorosa y pastará con avidez. Además, en su opinión, la sangría disminuye el deseo de la vaca de que la cubra el macho. Los nuer dicen que, si la vaca se ve cubierta con frecuencia, puede llegar a volverse estéril, mientras que, si se la sangra de vez en cuando, sólo necesitará que la cubran una vez y quedará preñada. A veces se sangra al ganado por razones médicas en la estación de las lluvias, cuando los hombres pueden estar tan saciados, que den la sangre a los muchachos del corral y a los perros. A veces hacen incisiones en los hocicos de las vacas y dejan fluir la sangre hasta el suelo para hacerlas engordar. He visto a nuer sajar sus propias piernas y la región lumbar para darse agilidad y vigor […]

La leche se consume en varias formas. La leche fresca la beben los niños principalmente y también se ingiere con gachas de mijo. Parte de la leche la guardan y pronto se agria y espesa, y así se come. A los nuer les gusta tener siempre una calabaza de leche agria a mano, por si acaso llegaran visitantes. Parte de la producción diaria se guarda para hacer queso y, si hay varias vacas en lactación, puede reservarse una para ese fin. La leche para hacer mantequilla se bate en una calabaza diferente de la usada para beber. Después se la traslada a otra calabaza, en la que permanece durante varias horas, y, como no limpian las calabazas de hacer la mantequilla a no ser que huelan mal, los ácidos que quedan de ocasiones anteriores hacen cuajar la leche. Después de haberla conservado en dicha calabaza, se encarga de batirla una mujer o una muchacha que se sienta en el suelo con los pies extendidos hacia adelante y alza la calabaza y después la deja caer hasta los muslos donde la sacude varias veces antes de repetir la misma operación.

Cuando la cuajada está empezando a formarse, vierte un poco de agua en la calabaza, para que se solidifique bien y para aumentar la cantidad de suero, y puede añadir un poco de orina de buey para darle más consistencia. Cuando ha acabado de formarse, la mujer vierte la leche en una calabaza en forma de copa y saca la cuajada con una concha de mejillón y la coloca en otra calabaza, que cuelga en una choza. Las mujeres y los niños son quienes principalmente beben el suero, mezclado con leche fresca. Cada día añaden nueva cuajada a la conservada y de vez en cuando la agitan junto con un poco de orina de buey para impedir que se eche a perder. Pueden hacer lo así durante varias semanas, antes de cocer finalmente la cuajada sobre un fuego rápido, que la convierte en queso sólido y de color amarillo oscuro. Después de cocer durante un rato, se vierte el líquido en una calabaza y la grasa que queda arriba se separa para usar la como aderezo para las gachas. El queso se cuelga en una malla del techo de una choza en una calabaza redonda, de cuya corteza se ha cortado un trozo, de modo que unas cuerdas la atraviesen y hagan de tapadera corrediza y, si se lo preserva del aire con una capa de excremento del ganado, puede mantenerse en buenas condiciones durante meses”.

Sir Edward Evan Evans-Pritchard, Los Nuer (Integral Editorial)

Acompaña a este texto un extenso vídeo, de casi una hora de duración, que recoge algunas de las conclusiones del antropólogo británico sobre algunos de los ritos y creencias más curiosos que se ha encontrado en sus largos años de investigación de campo. Si tenéis tiempo, podréis descubrir aquí algunas de las diferencias culturales que nos hacen distintos, pero que también nos hermanan, en lo que tienen de humanas. Evans-Pritchard insiste en que la única manera de conocer a fondo una cultura extraña es “introducirse en ella”, vivir entre sus habitantes y practicar sus mismas costumbres (algo que hizo con los azande del Alto Nilo además de con los nuer). En antropología  filosófica conocemos esta forma de investigación desde dentro como “perspectiva emic” (por oposición a la “perspectiva etic” o investigación externa).

Pero la mirada hacia otra cultura, y la inevitable comparación con la nuestra, no sería completa si nos limitásemos simplemente a hacer una descripción de esta cultura extraña, sino que debemos de procurar también una descripción de nuestra propia cultura, pero desde un punto de vista alejado en valores y modos de vida. Evans-Pritchard nos invita en “La mirada distante: ellos nos observan” a conocernos a nosotros mismos con los ojos de un jefe de tribu samoano llamado Tuiavii de Tiavea, que se muestra muy extrañado respecto a lo que nosotros entendemos como una “forma de vida civilizada”. Una mirada similar la tenemos en la famosa carta que el Jefe Seattle, de las tribus Suwamish de los territorios del noroeste, dirige en 1855 al presidente del gobierno, Franklin Pierce (y que os ofrezco en este enlace), en la que el viejo mandatario se reconoce incapaz de entender determinadas prácticas culturales de los “rostros pálidos”.

     “Los Papalagi (los hombres blancos) viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos.

Sólo por un punto puedes entrar y abandonar estas moradas. Los Papalagi llaman a este punto la entrada cuando se usa para entrar en la casa y la salida cuando se deja, aunque es el mismo y único punto. Atada a este punto hay un ala de madera enorme que uno debe empujar fuertemente para entrar. Pero esto es sólo el principio; muchas alas de madera tienen que ser empujadas antes de encontrar la que verdaderamente da al interior de la choza. En la mayoría de estas cabañas vive más gente que en un poblado entero de Samoa. Por consiguiente cuando devuelves a alguien la visita, debes saber el nombre exacto de la oiga (familia) que quieres ver, ya que cada oiga tiene su parte propia en la canasta de piedra para vivir. A menudo, un oiga no sabe nada de la otra oiga, aunque sólo estén separadas por una pared de piedra y no por Manono, Apolina o Savoii (tres islas pertenecientes al grupo de Samoa).

Generalmente, apenas conocen los nombres de los otros y cuando se encuentran en el agujero por el que pasan furtivamente, se saludan con un corto movimiento de la cabeza o gruñen como insectos hostiles, como si estuvieran enfadados por vivir tan cerca. Cuando un oiga vive en la parte más alta de todo, justo debajo del tejado de la choza, el que quiera visitarlos debe escalar muchas ramas que conducen arriba, en círculo o en zigzag, hasta que se llega a un sitio donde el nombre de la oiga está escrito en la pared. Entonces, ve delante de sus ojos una elegante imitación de una glándula pectoral femenina, que cuando la aprieta emite un grito que llama a la oiga. La oiga mira por un pequeño atisbadero para ver si es un enemigo el que ha tocado la glándula; en ese caso no abrirá. Pero si ve a un amigo, desata el ala de madera y abre de un tirón. Así el invitado puede entrar en la verdadera cabaña a través de la abertura […]

La gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque no hay nunca una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las chozas-cocina tampoco pueden salir, La mayor parte del tiempo el aire que viene de fuera no es mucho mejor Es difícil entender que la gente sobreviva en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco… pero los Papalagi son muy aficionados a sus canastas y ni siquiera sienten lo malas que son […]

Cuando son lo suficientemente ricos para mantener criados, entonces éstos hacen el trabajo, mientras ellos hacen visitas o salen a comprar comida fresca. Tanta gente como hay viviendo en Samoa, vive de este modo en Europa, y quizá incluso más… Cuando uno se siente infeliz en esta vida pedregosa, los demás dicen que no es natural, con lo que dan a entender que él no sabe lo que Dios ha querido que fuera.

Actualmente estas casas se yerguen a menudo unas cerca de otras, en enormes cantidades, ni siquiera separadas por una palmera o un arbusto. Y directamente enfrente, sólo a un tiro de piedra, una segunda fila de canastas aparece. Por consiguiente, entre las dos filas hay apenas una grieta estrecha que los Papalagi llaman calle… durante días sin fin puedes caminar por estas grietas sin salir a un bosque o ver un poco de cielo azul. Mirando hacia arriba desde estas grietas, difícilmente puedes ver un poco de espacio claro, porque dentro de cada choza arde como mínimo un fuego y la mayor parte del tiempo muchos a la vez. Por eso los firmamentos están siempre llenos de humos y cenizas, como después de una erupción del volcán en Savoii. Las cenizas lIueven sobre las grietas, por eso las canastas de piedra han tomado el color del barro de los pantanos de mangle y la gente tiene hollín negro en el ojo y el pelo, y arena entre los dientes. A pesar de todo, los Papalagi caminan entre estas grietas desde la mañana hasta la noche.

Hay algunos que incluso lo hacen con cierta pasión… Han construido en estas calles enormes cajas de cristal en las que toda clase de cosas están expuestas, cosas que el Papalagi necesita para vivir: taparrabos, pieles para pies y manos, ornamentos para la cabeza, cosas de comer. Estas cosas están expuestas para que todo el mundo pueda verlas y además aparecen como muy tentadoras. Pero no se permite a nadie coger nada de allí, aunque lo necesite con urgencia, hasta después de pedir permiso y de hacer un sacrificio.

Hay muchas grietas en las que el peligro acecha por todas partes, porque la gente no sólo camina una contra otra, sino que se embisten también desde dentro de enormes cajas de vidrio que se deslizan en correderas de metal. Hay un ruido tremendo. Nuestras orejas empiezan a silbar a causa de los caballos que golpean el pavimento con sus pezuñas y de la gente que patea con fuerza con sus pieles de los pies, a causa de los niños berreando y de los hombres chillando. Y todos ellos gritan, por alegría o por miedo. Es imposible hacerte oír a menos que grites tú también… ¿Están los Papalagi orgullosos de haber reunido tanta piedra? No lo sé. Los Papalági son gente con gustos raros. Sin ninguna razón en especial hacen toda clase de cosas que les ponen enfermos, pero aún se sienten orgullosos de ellas y cantan odas a su propia gloria”.

Tuiavii de Tiavea (jefe samoano), Los Papalagi - los hombres blancos (Integral Editorial)

Y un último apunte para ejemplificar esta forma de entender el mundo occidental de los samoanos: vamos a echar mano de la excelente “Bowling for Columbine” (Dog eat dog 2002) del polifacético Michael Moore. El director traslada su cámara a Canadá para comprobar por qué en Estados Unidos se asesina cada año a más de 11.000 personas, tratando de identificar algún rasgo cultural que les haga diferentes al resto de occidentales, y llega a apreciar lo diferente que es la forma de enfocar la vida en Canadá… donde a la gente le da por no cerrar la puerta de sus casas para no sentirse atrapados en ellas (algo que llamaba mucho la atención a Tuiavii de Tiavea. Moore comprende la diferencia especialmente al ver la televisión, al comprobar los distintos valores que los medios de comunicación filtran a la sociedad, y como eso determina la forma de apreciar la realidad de las personas y, por ellos mismo, su forma de ser y de estar en el mundo. Y ahora os sugiero esta pregunta: ¿hacia cual de los dos modelos creéis que se dirigen los medios de comunicación nacionales?

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