La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Marzo 29th, 2011

Los casi dos siglos que median entre el nacimiento de Francis Bacon (1561-1626) y la muerte de David Hume (1711-1776) constituyen un periodo de la historia inglesa tan dilatado y complejo que resulta difícil dar cuenta de él en unas pocas líneas. Podemos decir no obstante que el “contexto determinante” en el que se genera la filosofía empirista presenta, como rasgo unificador, el proceso de transformaciones económicas, técnicas y políticas que se inicia en el siglo XVI y XVII y que acabarán desembocando en dos procesos revolucionarios clave: uno político (la instauración de la monarquía parlamentaria a finales del siglo XVII) y otro económico (la primera revolución industrial de la segunda mitad del siglo XVIII). Estas dos grandes revoluciones tienen lugar a partir de los cambios en el comercio y en los sistemas de producción agraria (aplicación de tecnologías nuevas como el vallado de terrenos, que mejoran la productividad).

Paralelamente, se desarrolla y consolida una nueva clase social: la burguesía, que asienta su influencia política sobre un poder económico creciente que proviene del comercio triangular de carácter colonial con África, India y América. Los burgueses, dueños del dinero y apoyados por la nobleza, consiguieron sus propósitos: derechos individuales, fiscalización de los presupuestos públicos, abolición de los monopolios estatales, intervención popular en la legislación… En 1694 se funda el Banco de Inglaterra, que proporciona estabilidad política e impulsa la iniciativa privada y permite el desarrollo de la marina comercial (intercambios con las colonias), la mejora de las carreteras y la construcción nuevos canales. Todos estos cambios, unidos al proceso de aumento demográfico, con una población joven y dinámica, permiten liberar mano de obra y capitales suficientes para el crecimiento del tejido industrial.

En el terreno político, los enfrentamientos entre el parlamento y la corona se acentúan cada vez más con los reinados de los Estuardo Jacobo I (1603-1625) y Carlos I (1625.1649) hasta desembocar en una guerra civil que se inicia en 1644 y que finaliza en 1648 con la ejecución de Carlos I, la abolición de la monarquía y la proclamación de la república; dominada a partir de 1652 por el puritano Oliver Cromwell (1553-1658), quien instaura una dictadura personal que dura hasta su muerte. Dos años después, la dinastía de los Estuardo vuelve a tomar el control político con la llegada al trono de Carlos II (1660-1685) continuarán las reivindicaciones parlamentarias: “Hábeas Corpus” en 1679, nacimiento de los partidos políticos “whig” y “torie” en 1680 y lucha contra la restauración del catolicismo promovida por el nuevo monarca Jacobo II (1685-1688), pero el conflicto entre el parlamento y la corona se agrava hasta acabar en la Revolución Gloriosa de 1688 con el triunfo de los partidarios del parlamento y la huida a Francia del soberano.

Se instaura entonces una monarquía parlamentaria que limita fuertemente las competencias del monarca, tal como puede apreciarse en la proclama de la “Petición de Derechos” (“Bill of Rights”) de 1689. La nobleza terrateniente y la burguesía ciudadana acuerdan alternar su participación en el gobierno y, a partir de la propuesta de John Locke (1632-1704), se promueve la división de poderes como garantía de la propiedad privada y la libertad individual. Con el reinado de Ana (1702-1714) la corona cambia de casa  y pasa a a manos de los Hannover, y se fundan las bases del moderno parlamentarismo constitucional. Finalmente, en 1776, con el rey Jorge III (1760-1801) en el trono, las colonias de América del Norte se independizan gracias a las sucesivas “Declaración de Derechos de Virginia y “Declaración de Independencia de los Estados Unidos”, que sentarán las bases de las futuras declaraciones de derechos humanos y el inicio de una nueva época.

En el campo de la ciencia, se concede importancia a la investigación de la naturaleza, que permite el desarrollo de la física y el método inductivo. Al igual que en el resto de Europa, surgen las Academias, centros de investigación y debate científico en los que hay una mayor libertad que en las universidades; en Inglaterra destacó la Royal Society de Londres, fundada en 1662. En el siglo XVIII, las ciencias naturales conocen un nuevo impulso, continuación de la obra de Isaac Newton (1642-1727), y la física avanza en sus distintas ramas: investigación sobre la dinámica de los gases, la electricidad y el magnetismo… Estos avances científicos se traducen en importantes aplicaciones prácticas: los estudios sobre la presión del vapor de agua permitirán a James Watt (1736-1819) construir en 1765 una máquina de vapor aplicable a la industria que anticipa la revolución industrial. Se producen notables avances en el ámbito de la química (descubrimiento de nuevos elementos), la medicina y la cirugía (con la disección de cadáveres) y progresan también las ciencias históricas y jurídicas.

Sobre este mapa económico, técnico y político va tejiéndose un panorama filosófico que, sin prejuicio de su diversidad en muchos órdenes, alcanza un fuerte grado de uniformidad, al menos en el terreno de la epistemología. La paleta de posiciones políticas y religiosas es muy variada, e incluye desde ateos como Thomas Hobbes (1588-1679) hasta obispos como George Berkeley (1685-1753), pasando por la moderación de Locke o el agnosticismo de Hume. En política tenemos monárquicos clásicos (Bacon), defensores del absolutismo (Hobbes) al lado del santo patrón del liberalismo y la monarquía parlamentaria (Locke). En cuanto a la ontología, el materialismo primogenérico del que arranca Bacon y que alcanza con Hobbes su formulación paradigmática deriva, fundamentalmente por los problemas asociados a las posiciones epistemológicas, hacia el idealismo material de Berkeley o hacia las posiciones de Hume, para quien la materia es una construcción o hipótesis del sujeto.

La mejor manera de comprobar estos hechos es hacer una revisión de la película “Cromwell” (Columbia 1970), de Ken Hughes, un interesante fresco histórico que recrea la situación política de la Inglaterra del siglo XVII. Os ofrezco dos interesantes vídeos: en el primero de ellos vemos la llegada del rey Carlos I, quien había restituido los derechos del parlamento tras diez años de disolución para buscar su apoyo económico y militar en las guerras que la corona mantenía con Irlanda y Escocia; pero en vista de que el parlamento busca sus propios intereses (que pasan por la consolidación de los derechos burgueses individuales), el rey decide disolverlo de nuevo, encontrando la resistencia de varios representantes, entre ellos el pertinaz Cromwell. En el segundo de los vídeos tenemos el final de la película, con la progresiva consolidación de la monarquía parlamentaria como punto de partida para la reivindicación de otro tipo de derechos, de coste más social, que ayuden a mitigar las desigualdades.

Y para completar el repaso histórico, os propongo de nuevo el visionado de un nuevo capítulo  de la serie de animación francesa creada por Albert Barillé para la televisión “Érase una vez… el Hombre” (Profidis 1978) titulado “América del norte”, para aclarar algunas dudas sobre el cambio político que se va fraguando en el otro lado del charco y que desemboca en la independencia de las trece colonias de la corona británica, poniendo fin a este periodo convulso de la historia de Inglaterra que será la cuna del pensamiento empirista.

 Érase una vez… el Hombre: “América del norte” (1/3)

Érase una vez… el Hombre: “América del norte” (2/3)

Érase una vez… el Hombre: “América del norte” (3/3)

eBlog | Login
Subscribe to La casa de Elrond