La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Iniciamos el estudio del empirismo inglés constatando las muchas críticas que estos autores lanzarán contra los racionalistas, en especial en el terreno de la teoría del conocimiento. Recordemos que los empiristas niegan la posibilidad de conocer algo distinto de las cualidades sensibles de las cosas, por tanto, el concepto de “sustancia” es algo vacío sin correlato real que sólo expresa el enlace o unión que realiza el pensamiento de un conjunto de fenómenos sensibles, una “idea compleja” muy elaborada en la que reposan esas cualidades. Para John Locke (1632-1704), existe un límite a nuestro conocimiento: no se puede ir más allá de las ideas, que proceden solamente de la experiencia. Esta corriente filosófica niega, por tanto, las llamadas “ideas innatas”, tales como “Dios”, “mundo” o “yo”, que para los racionalistas resultaban evidentes “por una simple inspección de la mente”. Para David Hume (1711-1776), el pensador escocés del siglo XVIII, nada hay más lejos de la realidad, ya que nuestra única certeza proviene de las impresiones, y no de las ideas (con lo que le da la vuelta a la tortilla, haciendo de las ideas copias imprecisas de las cosas, y no al revés, como sostenían los idealistas: Platón, Agustín, Descartes…).

John Locke (podéis consultar una biografía del autor en este enlace, además de algunas de sus más importantes sentencias filosóficas) llama “ideas” a cualquier contenido de la mente, si bien toda idea tiene su origen en la experiencia, pues los únicos materiales con los que cuenta el sujeto que conoce son los que proceden de los sentidos. Son de dos tipos: en primer lugar tenemos las “ideas simples” provienen exclusivamente de la experiencia, sin intervención alguna de la mente, y constituyen la autentica materia del conocimiento. Éstas pueden ser de tres tipos: “ideas de sensación” (aquellas que obtenemos a través de uno o varios sentidos externos), “ideas de reflexión” (que proceden del interior de nuestra propia mente cuando ésta reflexiona sobre sus propias operaciones, componiendo así ideas como “pensar”, “dudar”, “razonar”…), e “ideas mixtas” (cuyo origen es a un tiempo de sensación y de reflexión). En segundo lugar tenemos las “ideas complejas”, que se generan por asociación de ideas simples y, contrariamente a lo que sucede con aquellas, en éstas sí interviene activamente la mente “combinando”, “comparando” o “separando” ideas simples. Por muy abstracta y alejada de la experiencia que esté una idea compleja, siempre va a poder ponerse en relación con una o varias ideas simples, en la medida en que la mente las ha combinado, comparado o separado.

Ahora bien: ¿cómo puedo estar seguro de que una idea simple es cierta? Obviamente, la certeza aparece cuando la mente percibe la idea de manera directa e inmediata: la “intuición” estrictamente “empírica” se convierte así en criterio de verdad. Pero la intuición directa e inmediata no es el único modo de obtener conocimientos ciertos: también pueden lograrse por la vía demostrativa, de manera mediata, siempre que ésta proceda a partir de lo que hemos obtenido por intuición directa e inmediata. Este análisis nos conduce a un problema de graves consecuencias para el empirismo: si el contenido de la mente son las ideas, no las cosas reales, ¿cómo estar seguro de que tales ideas se corresponden con un “mundo de objetos reales fuera del sujeto? Locke responde recurriendo acríticamente a la idea escolástica según la cual todo efecto es producido por una causa similar a él, por lo que debe de haber un “mundo exterior” que provoque mis ideas. Pero como en Descartes o en Leibniz, este recurso esconde la afirmación de un Dios bueno y providente que asegure la armonía entre la mente y el mundo: lo insostenible de la respuesta hace inevitable la deriva hacia el fenomenismo de Berkeley y Hume.

En la reciente película “La joven de la perla” (ASL 2003) de Peter Webber, nos encontramos con un ejemplo notable de los planteamientos empiristas. El pintor Johannes Vermeer, célebre artista flamenco del siglo XVII, enseña a su joven criada (la que luego será su modelo para el famoso cuadro del título) a desechar los datos que nos vienen directamente de la razón en favor de las impresiones producto de la sensibilidad, ya que las primeras ocultan la verdadera realidad y no son más que prejuicios que distorsionan nuestro conocimiento. El verdadero conocimiento consiste en ver, en apreciar los matices de las nubes, no en dejarse llevar por la idea preconcebida de que “las nubes son blancas”. Una buena lección de empirismo para empezar a razonar sobre la disputa entre Descartes y Hume, disputa que pretende salvar Immanuel Kant (1724-1804) al integrar los datos de la sensibilidad (los colores “reales” de la nubes) con los conceptos (nuestra idea de “nube”, que tienen una forma o configuración definida en nuestra mente, a pesar de que las nubes no tienen forma) para progresar hasta el “objeto”, entendido como la suma del “fenómeno” y el “concepto”, como la unión de la realidad (lo que ya está dado) y la razón (lo que nosotros ponemos).

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