La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Vamos a acercarnos a la “ética emotivista” desarrollada por el empirista escocés David Hume de la mano de la divertidísima “Amélie” (UGC 2001) de Jean-Pierre Jeunet. La joven Amelie Poulard gusta de muchas cosas (aquí tenéis un enlace fantástico a una de las escenas más tiernas de la película) pero con lo que más disfruta es complicándole las cosas a los que le rodean para sacarlos de la monotonía y mostrarles la magia de la vida, como cuando se divierte cambiándole las cosas de sitio a su vecino, un frutero que no trata muy bien a la gente y que genera recelo entre sus conciudadanos por su fuerte y áspero carácter: al provocar en este hombre un sentimiento de confusión, trata de dulcificar un poco su conducta, obligándole a contemplar la vida desde una perspectiva más emocional. Lo mismo hace con su padre, un tipo totalmente entregado a la monotonía y a la rutina del día a día, al robarle su preciado gnomo de jardín y hacerlo viajar por medio mundo: al torturar al padre con postales de los sitios más hermosos (que el gnomo parece visitar por su propio pie), genera en éste un sentimiento de aventura, un interés por el mundo y una alegría de vivir que parecía tener olvidados.

Toda norma o juicio moral debe basarse, según Hume, en el sentimiento de “aprobación” que provocan las acciones sinceras y en el sentimiento de “rechazo” que generan las acciones engañosas. Para los emotivistas, la moral no pertenece al ámbito racional, y no puede ser objeto de discusión o argumentación: la función que poseen los juicios y las normas morales es influenciar en los “sentimientos” y en la “conducta” los demás. Desde una perspectiva racional, diríamos que las acciones de Amelie son malas, puesto que es cierto que fuerza a su vecino y padre a un sufrimiento aparentemente innecesario. Pero estas pequeñas travesuras tienes el interés de suscitar en ellos un cierto apasionamiento por la vida que parece faltarles a ambos, y que Amelie quiere compartir por considerar bueno. Comportarse educadamente con los demás y ser más transigente y respetuoso con los defectos ajenos (lo que Hume denomina “sentimiento de “simpatía” hacia los demás), así como afrontar la vida con entusiasmo y volver a gozar del placer que supone la vida. Todo esto son sentimientos que consideramos agradables y, por ello mismo, moralmente buenos.

El rasgo más característico de la teoría moral de Hume es la negación de la capacidad de la razón como directora de la vida en general y del comportamiento moral en particular. Para estos fines, dice, la razón se muestra perfectamente inútil, de modo que las valoraciones y decisiones morales no resultan de disquisiciones racionales, sino de lo que llama “sentimiento moral”. No llamamos a ciertas acciones buenas o justas tras haber establecido racionalmente qué es lo bueno y qué es lo justo, sino porque producen en nosotros “impresiones” o “sentimientos” de “agrado”, mientras que lo malo e injusto provocan “desagrado”. La moral, dice, se siente más que se piensa. Este sentimiento moral es, a un tiempo “subjetivo” y “universal”: es subjetivo porque pertenece a cada sujeto individualmente, de manera que éste no puede dar cuenta racional, objetivamente de él. Pero es también universal porque pertenece, probablemente, a toda la especie, y se fundamenta, en último extremo, en el “principio de la utilidad”, entendida no en términos egoístas, al modo de Hobbes, sino como utilidad relativa, tal es, al sostenimiento de los grupos humanos.

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