La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Para rematar la temática acerca de la cultura humana os había sugerido la lectura de un libro de especial relevancia, “Vacas, cerdos, guerras y brujas de Marvin Harris, y se me ha ocurrido que quizá os resulte útil ejemplificar algunos de sus capítulos a través de una serie de películas de variada condición. Comenzamos con un pequeño análisis de las “porcofobias” y las “porcofilias”. En la película “Babe, el cerdito valiente (Universal 1995) de Chris Noonan, se nos muestra un interesante análisis del comportamiento animal (desde el punto de vista de los humanos, por supuesto), y se nos muestra una granja en la que los animales se comportan como seres humanos, con todas las características de una sociedad, incluyendo grupos, normas e instituciones. Pero más allá de este hecho, se nos presenta a un cerdito verdaderamente encantador, capaz de comportarse como un verdadero perro pastor y de dominar a las ovejas, no a través de la autoridad y la violencia, sino mediante la educación y las buenas maneras. Puede que algunas culturas amantes de los cerdos vean a estos animales de igual manera, no como los judíos y musulmanes, que aborrecen no solo su carne, sino al animal en su totalidad.

Harris nos enseña que la idea de que los cerdos son especialmente repugnantes es un falso mito del que debemos liberarnos: el supuesto de que son transmisores de graves enfermedades para el hombre, como la “brucelosis” o el “ántrax”, no es algo que deba achacarse en exclusividad a los porcinos (pues otros animales domésticos son potencialmente igual de peligrosos, sin por ello ser despreciados en la dieta diaria) y la suposición de que son animales “sucios” es igualmente infundada, pues es cierto que necesitan refrescarse continuamente, y lo hacen adecuadamente (manteniendo un nivel higiénico intachable) salvo que no encuentran las condiciones idóneas (un clima más favorable) en cuyo caso echan mano de todo lo que tienen a su alrededor, incluidos sus propios excrementos, para aliviar sus sofocos. En climas muy cálidos, esta idea de suciedad ha servido como escusa perfecta para “prohibir el consumo” de carne de cerdo: Oriente Próximo no es el lugar más recomendable para la cría de este tipo de ganado, por las implicaciones económicas que ello supone, y que afectan tanto al “mantenimiento de los animales” como a su posterior “reconversión en materia alimenticia”. Algo que no les pasa a las tribus amazónicas o a los aborígenes de Nueva Guinea, que gustan de la compañía y alimento de este delicioso animal, del que en Europa solemos decir que nos gustan “hasta los andares”.

Nos adentramos ahora en el concepto de “cargo fantasma” propio de las tribus y culturas de la zona conocida como Madang. Me inspiro para ello en la película “Mad Max Beyond Thunderdome (Warner Bros 1985) de George Miller, una interesante cinta que nos muestra un futuro apocalíptico nada halagüeño. Tras una serie de peripecias, el protagonista recala en una gruta en la que habitan unos jóvenes que han formado una pequeña comunidad tribal, aparentemente organizados socialmente a través de la “división del trabajo” (se aprecia un líder, un chamán, un jefe militar y una “cronista” oficial que recoge los mitos a través de narraciones). Esta joven relata al forastero la historia de un avión venido de lejos que trajo consigo prosperidad y bienes, y comenta la espera consiguiente de la tribu hasta la aparición del capitán que les rescate de su situación actual y los conduzca hacia un futuro más próspero. No es exactamente lo que ocurre con los “kwakiutl”, pues los pequeños de nuestra película esperan ser “rescatados” y conducidos a otros lugares, pero algo podremos sacar en claro de todo este asusto.

El mito del “cargo fantasma” supone, según Harris, un modo adecuado de gestionar los recursos existentes en un entorno deprimido. El hecho de que los indígenas sondeen el horizonte a la espera de la llegada del “cargo” es una manera adecuada de “control social”, que permite a la comunidad mantenerse unida frente a la adversidad y buscar soluciones colectivas a los problemas comunes: en otras palabras, que garantiza la “cohesión social” del grupo entendida como una situación de equilibrio en la que se respeta y acepta la “estructura social” y se abortan los posibles conflictos inherentes a la vida en comunidad. Es especialmente interesante el análisis que hace Harris en lo tocante a la reconversión de las enseñanzas cristianas por parte de los nativos: a pesar de que parecen asimilar perfectamente las enseñanzas bíblicas, en realidad están traduciendo todos los motivos y símbolos cristianos a su propio “lenguaje del cargo”, para así tener clara la necesidad de unión entre ellos frente a los usurpadores extranjeros. Algo similar es lo que vemos en la película que hemos mencionado, cuando el protagonista trata de convencer a los muchachos de que él no es el hombre que esperan, y ellos niegan este principio y se respaldan unos a otros, apoyados en el mito que les da solidez como grupo.

En tercer lugar, analizaremos la idea de “mesías” en sus dos acepciones: en tanto “líder revolucionario” y en tanto “príncipe pacífico”. Para comprender mejor esta diferencia, tomaremos prestada esta escena de la película “La última tentación de Cristo” (Universal 1988) de Martin Scorsese, según la novela homónima de Nikos Kazantzakis. Pero antes de analizarla he de explicaros que el film recoge la vida de Cristo de una manera un tanto peculiar: crucificado en el Gólgota, Jesús de Nazaret recibe la visita de un ángel que le dice que ha sido perdonado, que Dios le concede la posibilidad de escapar a su destino como mártir y vivir su vida de forma libre y plena. A partir de entonces, Jesús contrae matrimonio, tiene hijos… es decir, disfruta de la vida normal de un carpintero en la Judea del siglo I (esta es su “última tentación”). Hasta que se encuentra con Saul, luego llamado Pablo de Tarso, que predica que Jesús fue crucificado para la “redención de los pecados” de los hombres, murió, “resucitó” al tercer día y “ascendió a los cielos”. Os dejo con la discusión entre ambos, que no tiene desperdicio. Por cierto, en el siguiente enlace veréis a un Jesús, ya viejo y moribundo, recibir la visita de Judas Iscariote (al que la película muestra como lo que era: un “zelote” más interesado por la liberación de Palestina que por la salvación de su alma). Lo que le critica duramente entonces Judas a Jesús es el hecho de haber traicionado la causa por la que ambos lucharon juntos: la guerra revolucionaria contra la tiranía romana.

Es interesante comprobar como el análisis de Harris se centra en la evolución de un personaje como Jesús de mero “líder revolucionario” (uno de los muchísimos que habitaron Judea en la época en que el de Nazaret predicó en el desierto) a “príncipe pacífico”. Los motivos de tal cambio habría que buscarlos en la apropiación por parte de los sucesores de Cristo de un modo de vida no violento, seguramente más apropiado para vivir de forma más confortable en plena dominación romana, tras las masacres perpetradas por estos contra todo movimiento o revuelta antisistema. Aunque Jesús y su círculo íntimo de discípulos fueron capaces de realizar actos políticos violentos, los Evangelios, escritos con posterioridad a los hechos, cambiaron el equilibrio de la conciencia de estilo de vida del culto a Jesús en la dirección de un “mesías pacífico”, imagen que no se perfeccionó hasta después de la caída de Jerusalén, y que permitieron sentar las bases para el culto del mesianismo pacífico (de la mano, precisamente, de Pablo de Tarso, que será el primero en “fijar el dogma” y que tratará por todos los medios de extender este dogma a los no judíos justo en el momento en que se daban las condiciones históricas adecuadas para la difusión de este culto pacífico entre cristianos judíos y conversos gentiles).

El cuarto momento que he seleccionado está sugerido en el trailer de la película “El crisol” (20th century1996) de Nicholas Hytner, según la novela de Arthur Miller titulada “Las brujas de Salem”. Tanto la novela como la película recrean los hechos reales acaecidos en Masachusetts entorno a la persecución, captura y juicio de una serie de personas acusadas de brujería por unas jóvenes locales. La historia, de hecho, se centra en el amor imposible (por no correspondido) entre una jovencísima campesina y un maduro granjero, ya asentado como pequeño propietario, casado y con hijos, que la despacha sin miramientos. La vergüenza por el rechazo lleva a la joven primero a mentir contra él y su mujer, y luego a involucrar a todo el pueblo en un rocambolesco proceso en su contra. Como consecuencia de las fantasías de la joven ofendida (a la que nadie pide prueba alguna de sus aseveraciones), el pueblo entero se lanza a la “caza y captura” de las “brujas”, en un desproporcionado intento por limpiar la aldea de maldad, tratando de involucrar a cuantas más personas mejor en este desafortunado intento por “redistribuir las fuerzas de poder” y las “propiedades privadas” entre los aldeanos.

Una de las consideraciones más interesantes sobre este tema de Harris se centra en la idea de que la lucha contra la brujería actuó como una forma de “defensa de la estructura institucional” en la Europa de los siglos XVI y XVII, que coincidiría con la expansión del “mesianismo revolucionario europeo” propio de los grupos “protestantes”, que trataban así de reformular las tesis católicas y que fueron perseguidos por ello. El caso de América es más desconcertante aún, por cuanto en estas tierras se dieron cita centenares de movimientos religiosos procedentes del viejo continente que rivalizaban entre si por mantener la hegemonía. Pero un punto más interesante aún del análisis de Harris versa sobre el tema de la “sexualidad”, que en la película queda ampliamente reflejado en varias escenas en las que las jóvenes vírgenes son presa de “deseos incontrolables” que atentan contra los principios morales asentados es su comunidad: la idea de la “escoba” como símbolo fálico y el uso de “ungüentos y pócimas” no tanto como elixires amorosos sino como fármacos alucinógenos, sería un buen ejemplo de este análisis.

Y como no podía ser menos, un pequeño momento de humor e ironía, tan útil en la metodología filosófica, a partir de la película de los Monty Python titulada “Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores” (Columbia 1974) dirigida por Terry Gilliam y Terry Jones. En un momento especialmente divertido de sus peripecias (que podéis consultar en este enlace), un señor feudal recibe la visita de un enfurecido grupo de aldeanos que acusan a una joven de prácticas de brujería. Fijémonos en que la escena comienza precisamente siguiendo el paso a un grupo de “mendicantes”, de los que os acabo de hablar, y que procuraban allanar el terreno para la llegada de la llamada “Tercera Edad”, la del “Espíritu Santo”. A continuación vemos a una masa tumultuosa que, presa del pánico, se esfuerza por quemar en la hoguera a la que consideran culpable de sus desgracias (que a menudo se daban en esta época en forma de inundaciones, sequías, malas cosechas, hambrunas y enfermedades de todo tipo), y comprobamos las ridículas artimañas para condenar a las mujeres que se apartaban de las normas y costumbres establecidas, o que eran demasiado “independientes” para plegarse a una sexualidad machista y represora, y a las que se llega a comparar con animales innobles o con… “madera”.

 

Estadísticas Este artículo ha sido visitado  1202  veces

Add A Comment


*
Para demostrar que eres un usuario (no un script de spam), introduce la palabra de seguridad mostrada en la imagen.
Anti-Spam Image


eBlog | Login
Subscribe to La casa de Elrond