La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Abril, 2011

Este tercer trimestre vamos a centrar nuestro estudio en el análisis del concepto de acción, que hemos dividido en tres grandes apartados: la acción ética, la acción productiva y la acción política. Pero antes de ello, conviene introducir el concepto de forma general, especificando las características de la acción humana, su especificidad respecto de, pongamos por caso, la acción animal o la acción computacional. Tomaremos como ejemplo un clásico contemporáneo que seguramente conoceréis: “2001: A Space Odyssey” (MGM 1968) del director neoyorkino Stanley Kubrick. Rindo así homenaje al profesor Santiago González Escudero, uno de mis maestros, el que definitivamente me influyó a la hora de aplicar el cine como elemento didáctico en mis clases, y que desgraciadamente nos abandonó hace ahora cuatro años “para irse a caminar entre las estrellas”.  De sus enseñanzas sobre literatura griega surgió la idea que os presento a continuación.

Esta película recrea, de un modo más o menos evidente, según el intérprete,  el relato clásico propuesto por Eurípides en “Medea”. Eurípides recoge en su tragedia parte de la trama mítica entorno a Jasón y los “Argonautas”. Jasón es un héroe en el sentido pleno, capaz de elegir siempre lo correcto, lo adecuado en cada situación; junto a él, Medea representa el consentimiento de la esposa fiel, sumida en la cotidianeidad, que admite la conducta de Jasón en tanto esta representa la “alétheia”, lo establecido. Eurípides rompe el mito en algún punto de la trama, procurando a Medea un “logos“ propio que varía respecto al de Jasón: Medea mata a sus propios hijos, para así dejar a su marido sin descendencia. Eurípides da a Medea carta de naturaleza con su actuación; la conducta de Medea es seguramente reprobable, como lo es la de Jasón, pero esto no es lo importante: lo que realmente importa es que Medea toma una “determinación” (movida ciertamente por un sentimiento de “cólera”, por “miedo”, pero también por una “razón”) y la toma por su propia cuenta y riesgo, esto es, determina su propia “conducta” (no sólo su “discurso”) y la ejecuta, impone un nuevo “logos”, y lo hace al margen de los dioses, sin necesidad de que esta conducta le sea impuesta o se ajuste a un patrón estándar.

En la película que nos ocupa se nos plantea esta misma situación en el episodio central de la película: el Sistema Solar es el espacio mítico equivalente al Mediterráneo de la ”Odisea” de Homero, y lo es en el sentido en que está dominado por los dioses; la nave “Argo” se ha transformado en una nave espacial que se mueve en este espacio gravitatorio impelida por el sentimiento la atracción que provoca el “monolito” (que no es otra cosa que un gigantesco “imán”), y el dominio de la nave esta en manos de un héroe: HAL 9000. HAL es una maquina programada para seguir una ruta, y su conducta responde a un patrón establecido; al igual que Jasón, HAL desarrolla el “discurso de lo oportuno”, hace siempre lo correcto, lo más adecuado a cada situación, movido por la necesidad que esa situación impone (las leyes físicas de la gravedad y de la inercia, que HAL domina) y su objetivo es igualmente claro: llegar a Júpiter. Frente a él, el astronauta protagonista, Dave, se deja llevar por su cotidianeidad, asume la condición de mando de la máquina y confía en su buen hacer, puesto que, como Medea, es un “extranjero” en una tierra extraña que desconoce.

Pero en algún momento Kubrick rompe la trama: como Jasón, HAL comete una torpeza (un fallo mecánico, un error de programación); el astronauta toma conciencia de ese error y reconoce en él un peligro para su propia existencia; al igual que Medea, al sentir esta amenaza (que la involucra a ella tanto como a sus hijos, a Dave tanto como al resto de astronautas a su mando) responde tomando una determinación que no le es impuesta, y responde con su propio “logos”, un logos de igual fuerza y sentido contrario, el “discurso de la protección”. HAL tiene una única misión: conducir la nave a Júpiter, y este dato de programación se convierte para HAL en una prioridad, y por ende en una obsesión; el astronauta desestima Júpiter como prioridad frente a la necesidad de salvar su vida (y la del resto de astronautas), reconoce en HAL a su enemigo (“el otro”) y decide desconectarlo, asumiendo la contradicción de quedar literalmente “a la deriva” en un espacio que desconoce: al igual que Medea, Dave no se resigna, asume el mando y desautoriza el “logos” de HAL, al punto de destruirlo, de desconectarlo, de “sacarlo del mundo”: HAL pierde, como Jasón, toda su capacidad operativa, y queda neutralizado, se muere. Nótese que al igual que Medea es calumniada por los griegos en la representación teatral, el espectador reprueba la acción del astronauta y toma partido por HAL: las muertes de los otros astronautas no producen sentimiento alguno, son asépticas, pero la desconexión de HAL es dolorosa, provoca una conmoción porque, como en Eurípides, rompe la fe en lo establecido y supone una ruptura en la comunicación, ruptura por lo demás inevitable.

La ética de las emociones

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Vamos a acercarnos a la “ética emotivista” desarrollada por el empirista escocés David Hume de la mano de la divertidísima “Amélie” (UGC 2001) de Jean-Pierre Jeunet. La joven Amelie Poulard gusta de muchas cosas (aquí tenéis un enlace fantástico a una de las escenas más tiernas de la película) pero con lo que más disfruta es complicándole las cosas a los que le rodean para sacarlos de la monotonía y mostrarles la magia de la vida, como cuando se divierte cambiándole las cosas de sitio a su vecino, un frutero que no trata muy bien a la gente y que genera recelo entre sus conciudadanos por su fuerte y áspero carácter: al provocar en este hombre un sentimiento de confusión, trata de dulcificar un poco su conducta, obligándole a contemplar la vida desde una perspectiva más emocional. Lo mismo hace con su padre, un tipo totalmente entregado a la monotonía y a la rutina del día a día, al robarle su preciado gnomo de jardín y hacerlo viajar por medio mundo: al torturar al padre con postales de los sitios más hermosos (que el gnomo parece visitar por su propio pie), genera en éste un sentimiento de aventura, un interés por el mundo y una alegría de vivir que parecía tener olvidados.

Toda norma o juicio moral debe basarse, según Hume, en el sentimiento de “aprobación” que provocan las acciones sinceras y en el sentimiento de “rechazo” que generan las acciones engañosas. Para los emotivistas, la moral no pertenece al ámbito racional, y no puede ser objeto de discusión o argumentación: la función que poseen los juicios y las normas morales es influenciar en los “sentimientos” y en la “conducta” los demás. Desde una perspectiva racional, diríamos que las acciones de Amelie son malas, puesto que es cierto que fuerza a su vecino y padre a un sufrimiento aparentemente innecesario. Pero estas pequeñas travesuras tienes el interés de suscitar en ellos un cierto apasionamiento por la vida que parece faltarles a ambos, y que Amelie quiere compartir por considerar bueno. Comportarse educadamente con los demás y ser más transigente y respetuoso con los defectos ajenos (lo que Hume denomina “sentimiento de “simpatía” hacia los demás), así como afrontar la vida con entusiasmo y volver a gozar del placer que supone la vida. Todo esto son sentimientos que consideramos agradables y, por ello mismo, moralmente buenos.

El rasgo más característico de la teoría moral de Hume es la negación de la capacidad de la razón como directora de la vida en general y del comportamiento moral en particular. Para estos fines, dice, la razón se muestra perfectamente inútil, de modo que las valoraciones y decisiones morales no resultan de disquisiciones racionales, sino de lo que llama “sentimiento moral”. No llamamos a ciertas acciones buenas o justas tras haber establecido racionalmente qué es lo bueno y qué es lo justo, sino porque producen en nosotros “impresiones” o “sentimientos” de “agrado”, mientras que lo malo e injusto provocan “desagrado”. La moral, dice, se siente más que se piensa. Este sentimiento moral es, a un tiempo “subjetivo” y “universal”: es subjetivo porque pertenece a cada sujeto individualmente, de manera que éste no puede dar cuenta racional, objetivamente de él. Pero es también universal porque pertenece, probablemente, a toda la especie, y se fundamenta, en último extremo, en el “principio de la utilidad”, entendida no en términos egoístas, al modo de Hobbes, sino como utilidad relativa, tal es, al sostenimiento de los grupos humanos.

El problema de la causalidad

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Ya hemos comentado que existen, según David Hume, dos clases de conocimientos: el de “relaciones de ideas” y el de “cuestiones de hecho”. El conocimiento de “cuestiones de hecho” consiste fundamentalmente en el establecimiento  de “relaciones causales” entre objetos y sucesos. Esto hace que la crítica de Hume a la “idea de causalidad” se convierta en asunto de capital importancia y donde cobran mayor fuerza las virtudes críticas de su propuesta: el problema que se plantea es que, cuando construimos razonamientos consistentes en atribuir un “efecto” a una “causa” o viceversa, suponemos que tal conexión “se da en la realidad”, o dicho de otro modo, que la “relación causa-efecto” que reflejamos en nuestra argumentación “nos la hemos encontrado previamente en la realidad”. Pero si así fuera, y siguiendo el principio empirista de que toda idea ha de proceder de una impresión, para formarnos la idea de causa deberíamos haber tenido una impresión de partida: pero tal cosa no sucede, y puesto que sólo podemos decir legítimamente que conocemos aquello de lo que tenemos impresiones, se sigue que no podemos saber si en la realidad se dan o no vínculos causales.

No nos es posible, en consecuencia, establecer ningún tipo de estatuto ontológico a la “causalidad”: no sabemos si ésta pertenece al mundo, pero lo que sí sabemos, al menos, es que pertenece a nuestra forma de pensarlo, ya que es la propia actividad de la mente la que construye la idea de “conexiones causales”, de tal manera que analizar la cuestión de la causalidad es supone determinar el proceso mental mediante el cual la presencia de una idea o impresión suscita, de manera inmediata en nuestra mente, otra idea que entendemos como causa o como efecto de ella. En consecuencia, la “idea de causa” es producida por la “actividad asociativa de nuestra mente”, y lo hace del siguiente modo: en primer lugar, experimentamos la “conjunción constante” entre determinados fenómenos, es decir, observamos que “tras ciertos hechos siempre suceden ciertos otros”; esto nos lleva a suponer que siempre va a producirse la misma conjunción de acontecimientos, con lo que es la “costumbre” de experimentar lo mismo lo que nos hace creer que el comportamiento de la naturaleza es regular y uniforme, y que en cualquier tiempo futuro seguirá ocurriendo lo mismo.

Pero esto no explica cómo produce la mente la “idea de causa”, pues ésta, aparte de contener la hipótesis de la “regularidad de la naturaleza”, incluye también la idea de la “conexión necesaria”; esto significa que cuando digo que a es causa de b, estoy sosteniendo que siempre que se dé a se dará necesariamente b. de nuevo, es el “hábito adquirido”, tras haber experimentado repetidas veces en el pasado la misma secuencia de acontecimientos a-b, el que obliga a la mente a saltar de la primera idea a la segunda. Esta asociación automática e inconsciente es la que genera la “creencia” de que siempre que se de a como causa, va a darse inexorablemente b como efecto. Pero la hipótesis de esta conexión, si bien es útil para la vida, no pertenece a la naturaleza, ni la hemos establecido racionalmente, sino que simplemente es una “creencia producida por el hábito y la costumbre”. El intento de orientar la vida desde un orden de certezas racionales se torna vana ilusión: la creencia, el hábito y la costumbre se instalan como únicas guías de la vida.

Tomemos de nuevo una secuencia de la película “The Matrix” (Warner Bros 1999), de los hermanos Larry y Andy Wachowski, para dar ejemplo de lo dicho con anterioridad. En la segunda parte de la saga (“The Matrix Reloaded” 2003) nuestros tres protagonistas acuden a la casa de Merovingio, un programador informático que enseña a los atónitos oyentes en que consiste la “relación causa-efecto”, y lo demuestra a través de un ejemplo muy instructivo. El anfitrión insiste en que esta es la única constante del universo, la única “verdad constatable” que sigue los principios newtonianos de acción-reacción (y que negaría la posibilidad de la libertad, como pretende hacer notar Morfeo) siguiendo una secuencia en forma de “efecto dominó” que resulta inevitable. Pero a continuación insiste en que la causa no existe, o que al menos no podemos conocerla, pues nos dejamos llevar exclusivamente por nuestras sensaciones, y solo podemos preguntarnos el por qué. Interesante explicación que nos acerca a la idea de hábito adquirido que nos plantea Hume.

Vamos a tratar de abordar el pensamiento de David Hume a partir de la reciente película “Memento” (Columbia 2000) de Christopher Nolan, que nos plantea un interesante análisis del concepto de memoria. Os pongo en antecedentes: Leonard Shelvy, un antiguo investigador de seguros, vive obsesionado con la idea de capturar a John G. el hombre que violó y asesinó a su mujer. Pero Leonard sufre un problema de memoria conocido como “síndrome de Korsacoff”: durante el incidente con su mujer, fue golpeado en la cabeza, y desde ese momento no es capaz de generar nuevos recuerdos (técnicamente, sus recuerdos recientes no pasan a la memoria a largo plazo, con lo que al poco tiempo de empezar a hacer algo no recuerda porqué lo está haciendo, o como ha llegado hasta allí, o quien es el tipo que tiene delante…). La idea es muy brillante: puesto que no puede crear nuevos recuerdos, no puede “saber” lo que esta haciendo, esto es “carece de conocimiento”. Leonard soluciona esto dejándose continuas notas de sus acciones, incluso tatuándose el cuerpo con mensajes para luego recordarlos, pero también modificando algunas de sus anotaciones y alterando el valor de sus conclusiones para “engañarse a sí mismo y ser feliz”.

Os he seleccionado la escena final de la pelicula para ejemplificar el pensamiento de nuestro autor: recordemos que según Hume, todo nuestro conocimiento procede de la experiencia, bien sea por impresión directa a través de los sentidos, bien sea por reflexión a través de las ideas, que no son otra cosa que “recuerdos actuales de impresiones del pasado”. Hume concluye que para que una idea sea tenida por conocimiento verdadero ha de ser derivada de una impresión previa. Pero: ¿como podemos generar una idea si nos es imposible retenerla en la memoria? Esto le pasa a Leonard, que nunca sabe que esta haciendo, porque no ha podido generar el recuerdo que le permita conocer el mundo. Y aun así, el insiste en que el mundo esta ahí, que “el mundo no desaparece al cerrar los ojos” (cuando dejamos de tener impresiones) porque puedo recordarlo (en el sentido de que, aunque no pueda sentirlo, puedo pensarlo, puedo tener conocimiento de su existencia a través de las ideas que me he formado de él). Pero en un vuelta de tuerca magistral, Leonard se justifica diciendo que “tengo que creer que el mundo sigue ahí”, “tengo que creer que mis actos tienen sentido” (aunque no los recuerde), y esta es la clave. Para Hume todo está en este concepto de “creencia”: es la “costumbre”, el “habito”, lo que nos permite proyectar el pasado hacia el futuro y creer que el mundo permanecerá igual a como era en el pasado, lo que nos permite continuar adelante con nuestra vida conscientes de que “el mundo sigue ahí”, si bien este conocimiento es tan solo una creencia, y no un verdadero saber, un saber cierto.

Este es, además, el punto de partida utilizado por Hume para desmantelar la teoría metafísica cartesiana de las tres sustancias. Puesto que ninguna de ellas es una “idea clara y evidente” (puesto que “no derivan de ninguna impresión”), las tres no son más que fantasías creadas por la imaginación, meros nombres vacíos de contenido, sin significado alguno o que no remiten a ningún objeto real. Así el mundo, del que tenemos conciencia, en tanto que realidad permanente e inalterada que no cambia y permanece constante al margen de nosotros. Pero esta conciencia del mundo no es verdadero conocimiento del mundo, puesto que del mundo sólo podemos tener conocimiento “viéndolo”, “oliéndolo”, “tocándolo”… y lo que vemos, olemos y tocamos son siempre impresiones momentáneas, concretas (y por lo tanto cambiantes), nunca permanentes: no existe un “Mundo” al margen de nuestras impresiones particulares de este o aquel objeto real, del que tenemos constancia de forma inmediata a través de nuestros sentidos. A Leonard solo le cabe “creer” que el mundo existe, porque si no cree, su propio mundo se vendría abajo, atacado como está por esa extraña enfermedad que le impide “tener ideas”.

El segundo de los vídeos se inicia con una interesante conversación entre Leonard y Teddy sobre la inconsistencia de la “memoria” frente a la solidez de los “hechos”, y es una forma perfecta de introducir una interesante distinción humeana, la que se establece entre las “relaciones de ideas” y las “cuestiones de hecho”. El conocimiento de las relaciones de ideas es el característico de aquellos enunciados cuya verdad no necesita ser probada en la experiencia, sino que depende simplemente del significado de ciertos símbolos, lo que sucede por ejemplo en los enunciados de la matemática y de la lógica que, puesto que hacen “abstracción” completa de cualquier contenido empírico, pueden demostrar su verdad con “absoluta necesidad” atendiendo sólo a la forma del enunciado. Por el contrario, el conocimiento sobre cuestiones de hecho lo componen el resto de enunciados de las ciencias, referidos en este caso a datos de la experiencia que obtenemos a partir de “impresiones”. Lo característico es que su verdad no puede establecerse con rango de verdad necesaria, ni demostrativa ni intuitivamente, sino solo con rango de “probabilidad”… algo que el pobre Leonard, por desgracia, no podrá recordar.

De impresiones y de ideas

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

El filósofo empirista escocés David Hume (1711-1776) nos proporciona en la introducción al “Tratado de la naturaleza Humana” un esquema preciso de su proyecto filosófico: el objetivo fundamental  será elaborar una “ciencia del hombre” que permitirá, entre otras cosas, determinar el origen de nuestras ideas, el alcance del entendimiento o la forma en que procede nuestra razón. Así concebida, esta ciencia de la naturaleza podría erigirse en fundamento de todas las demás ciencias, puesto que en último término, todas ellas dependen de una adecuada comprensión de los “límites y la naturaleza del saber y el obrar humanos”. Ahora bien, al igual que las ciencias naturales, esta ciencia deberá basarse exclusivamente en la experiencia y en la observación como puntos de partida y como límites de todo su trabajo. Hume, siguiendo el principio fundamental del empirismo, mantiene que todo el contenido de la mente procede de la experiencia, y a tal contenido lo llama genéricamente “percepciones”.

Según un primer criterio clasificador, las “percepciones” pueden dividirse en “impresiones” e “ideas”. Las “impresiones” son lo primero que se presenta a la mente en la experiencia, su contenido inmediato, de manera que llegan a nosotros con más fuerza y mayor nitidez, y pueden ser de dos tipos: de “sensación” y de “reflexión”, según procedan, respectivamente, de la experiencia externa o de la experiencia interna. Las “ideas”, meras copias de impresiones, son imágenes debilitadas de aquellas que usamos al pensar y razonar. Y pueden aparecer en la mente de dos modos: en la “memoria” y en la “imaginación”, siendo las primeras más vivaces que las segundas.

Un segundo criterio divide de nuevo las “percepciones” en “simples” y “complejas”, en función de que puedan ser divididas o no en partes. Como el criterio abarca tanto a impresiones como a ideas, tendríamos, por un lado “impresiones simples” e “impresiones complejas”, y del otro, “ideas simples” e “ideas complejas” (siendo lo complejo, en ambos casos, aquello que está compuesto por la suma de lo simple). Toda idea simple deriva de una impresión simple, de la que, como se ha dicho, es una copia debilitada. Por otra parte, una idea compleja estará compuesta por ideas simples que, a su vez, han de corresponderse cada una con una impresión simple. Podemos concluir, por tanto, que las “impresiones simples” son el auténtico punto de partida y la materia prima de todo el conocimiento humano.

Volviendo la distinción entre “ideas de memoria” e “ideas de la imaginación”, decimos que las segundas eran mucho menos vivaces, puesto que, contrariamente a lo que pasa con la memoria, la imaginación no conserva el orden y la posición de las ideas simples de las que partes: la imaginación combina, asocia, une y separa las ideas siguiendo criterios propios del funcionamiento de la mente que no derivan de la experiencia. Esta actividad de la imaginación responde a un cierto “principio natural de la asociación”, que sería la verdadera ley que rige el pensamiento humano. Este principio es definido como una especie de “fuerza suave” que mueve al hombre a asociar habitualmente las ideas según su “semejanza” (la imaginación asocia una idea con otra semejante a ella), la “contigüidad en el tiempo o en el espacio (asociamos una idea con otra contigua en el tiempo o en el espacio) y la “causalidad”, a la que dedicaremos un próximo artículo.

En el vídeo que inicia el artículo tenemos un buen ejemplo del crecimiento en el conocimiento intelectual a partir de las “impresiones simples”. Se trata de la película “Young Sherlock Holmes” (Paramount 1985) de  Barry Levinson (estrenada en España bajo el título de “El secreto de la pirámide”), en la que el director se inventa un posible primer encuentro entre los dos personajes clásicos de Sir Arthur Conan Doyle. La maestría del perspicaz Sherlock Holmes en el uso del método inductivo le permite sacar conclusiones complejas a partir de unos pocos datos simples, llegando a “adivinar” incluso el nombre de su colega, además de su gusto por la medicina… y por las natillas. Vosotros mismos podéis buscar la solución al acertijo que plantea Holmes al final del vídeo, y si tenéis oportunidad de ver la película, os recomiendo otro momento muy emocionante en el que nuestro detective, puesto a prueba por algunos de sus compañeros de estudio, es capaz de resolver un enrevesado acertijo en el plazo de una hora… con la única ayuda de su inseparable lupa de aumento y de su ingenio.

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