La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Un pequeño apunte para mis alumnos de Educación para la Ciudadanía sobre el concepto de “globalización”, sus consecuencias inmediatas en nuestras vidas y alguna de las posibles soluciones al problema que se están planteando últimamente. Como hemos comprobado en el aula estas últimas semanas, el término globalización hace referencia a una serie de cambios que se han producido en las sociedades y en la economía global debido al incremento del comercio y de las inversiones internacionales. Este proceso afecta a todos los ámbitos, no solo al económico: a la ciencia, la tecnología, la comunicación, la cultura, la política… Es por ello que podemos hablar de una “globalización económica” (tendente a liberalizar el mercado único por parte de las empresas multinacionales); de una “globalización cultural” (tendencia a consolidar un pensamiento único por parte de los medios de comunicación), incluso de una “globalización política” (tendencia a promover una única forma de organización política por parte de los países democráticos). La mejor manera de comprender en que consiste un mundo globalizado es revisar esta pequeña “Historia de un lápiz”, comentada con entusiasmo por el economista Milton Friedman, en la que se relata la complejidad aparejada a la fabricación, distribución y consumo de un simple lapicero.

Sin duda alguna, la más llamativa de todas es la “globalización económica”: mientras en el pasado cada país, cada región, cada ciudad tenía su propio “mercado”, en el que se compraba y vendía exclusivamente lo que sus habitantes elaboraban y necesitaban, el desarrollo de la tecnología y de los medios de transporte han permitido ampliar estos mercados hasta hacerlos internacionales, de forma que productos fabricados en España puedan venderse en Italia, Francia, o Alemania, por poner un ejemplo. Pero el proceso no acaba ahí, sino que avanza más y más hasta unir en “un solo mercado” a todos los pueblos y naciones del planeta: los productos de un país cualquiera pueden llegar a cualquier otro, dependiendo de los intereses comerciales que las “grandes empresas multinacionales” tiene en los distintos países: McDonalds, por ejemplo, tiene sus sede en EE.UU, si bien posee filiales en todo el mundo (Madrid, Medellín, Nairobi, Pekín, Sydney…) y lo mismo pasa con Nestlé, Ikea, Apple, Zara, Phillips, Adidas… La lógica de estas empresas es la siguiente: instalan sus fábricas contaminantes en los países pobres del Sur, en los que existe mano de obra poco cualificada y barata (mientras invierten en I+D en los países desarrollados del Norte) con lo que consiguen ser altamente competitivas y procurar para sí mismas fuertes beneficios económicos (en ocasiones superiores a las de muchas economías nacionales).

Los “medios de comunicación de masas”, también globales (televisión, cine, internet…) favorecen este proceso globalizador unificando los gustos y aproximando los usos y costumbres: la forma de vestir, la música a escuchar, las películas a ver… y en definitiva la forma de pensar, que deja de ser rica en diversidad y se hace más uniforme, homogénea y estereotipada y menos diversa y creativa. En principio, esta tendencia globalizadora podría suponer importantes ventajas para los países pobres, que pueden así beneficiarse de los logros tecnológicos que ofrece el desarrollo en ámbitos como la agricultura, la industria, la sanidad, la educación… facilitando su desarrollo y permitiendo la expansión de ideas políticas democráticas tendentes a favorecer la libertad, la igualdad y la solidaridad. Pero lo que está ocurriendo es justo lo contrario, pues los estados ricos controlan en última instancia los organismos que dirigen la economía y gestionan las finanzas internacionales: el Banco Mundial (BN) el Fondo Monetario Internacional (FMI) la Organización Mundial de Comercio (OMC)… imponen sus intereses y su voluntad a los países pobres, incrementando así las desigualdades económicas entre unos y otros al favorecer la opulencia consumista de los ricos y las penalidades y miserias de los pobres. Baste recordar que tan solo el 20% de la población mundial acapara el 88% de las riquezas que hay en el planeta, y por el contrario la mitad de la población mundial subsiste con menos de 2 dólares al día, lo que sitúa a uno de cada dos miembros de nuestra especie en el umbral de la pobreza.

Precisamente con la intención defender a los países en vías de desarrollo de los abusos de los Estados ricos, han surgido en los últimos años diferentes organizaciones y movimientos que conocemos bajo la etiqueta de “movimientos antiglobalización”, un término poco afortunado, pues la mayoría de ellos no se oponen a la globalización en sí misma, sino a la forma en que ésta se está llevando a cabo, por lo que parecería más adecuado adjudicarles el nombre de “movimientos altermundialistas”, pues defienden que otro tipo de desarrollo económico es posible. El fin prioritario de estos movimientos es la reforma de los grandes organismos, como la ONU, la FAO o la OMC, y la democratización de las grandes instituciones económicas como el BM, el FMT y la propia OMC, de tal modo que puedan participar en ella y defender sus intereses en igualdad de condiciones tanto los países ricos como los pobres. Son de sobra conocidas las acciones de protesta llevadas a cabo por muchos de estos grupos, en especial coincidiendo con las reuniones de estas mismas instituciones, que tienen lugar periódicamente en distintos puntos del planeta. Una de estas primeras protestas masivas tuvo lugar en la ciudad de Seattle (EE.UU), motivo por el cual se suele conocer como “Espíritu de Seattle” al conjunto de postulados y reivindicaciones que abanderan estos movimientos alternativos, aunque sin duda la más conocida de estas protestas fue la que tuvo lugar en Génova (Italia) hace ahora diez años, en donde más de 100.000 personas se manifestaron contra la reunión del G-8 (el grupo formado por los ocho países más industrializados del planeta) y que se saldó, por primera vez, con la muerte de un manifestante a manos de las fuerzas de seguridad.

Una de las propuestas más llamativas de los altermundialistas la constituye la “teoría de decrecimiento”. Podemos encontrar una definición amena a la par que rigurosa de esta alternativa económica en un reciente artículo publicado en la revista “Filosofía Hoy”, editada recientemente por Globus Comunicaciones, a la venta cada mes en nuestros kioscos y que os recomiendo leer con aprovechamiento (por cierto, en su tercer número han alcanzado la nada desdeñable cifra de 60.000 ejemplares vendidos, motivo que debería alegrar a todos los que, dentro o fuera del gremio, tenemos interés por la difusión de las ideas filosóficas). La teoría del decrecimiento niega la idea de un “hombre económico” a la búsqueda exclusiva del beneficio, y pretende limitar el ámbito de la economía, hacer que deje de ser el eje de nuestras vidas y favorecer así la recuperación de nuestra libertad al decir no al consumo. Las claves para comprender la “teoría del decrecimiento” podrían ser estas: disminución regulada y controlada de la producción económica, abandono del objetivo insano y absurdo del crecimiento por el crecimiento y necesidad de salirse de la economía con el objetivo de establecer un nuevo equilibrio. Su irrupción en España es relativamente nueva, si bien el movimiento lleva en activo desde los años 70, a través de autores del ámbito de la economía como Nicolas Georgescu-Roegen o Ivan Illich y de filósofos como André Gorz o Cornelius Castoriadis. En la actualidad cabría destacar al pensador francés Serge Latouche (“Por una sociedad en decrecimiento”) y entre los nuestros tenemos a Carlos Tabio (“En defensa del decrecimiento”) y Jorge Riechmann (“Vivir (bien) con menos”).

Ivan Illich, nos ofrece una metáfora especialmente significativa sobre lo que significa decrecimiento, que consiste en aplicar la llamada “lógica del caracol”: “El caracol construye la delicada estructura de su concha añadiendo una tras otra las espirales cada vez más amplias; después cesa bruscamente y comienza a enroscarse esta vez en decrecimiento, ya que una solo espiral más daría a la concha una dimensión 16 veces más grande, lo que en lugar de contribuir al bien del animal, lo sobrecargaría”. La idea fundamental que maneja el decrecimiento es que, llegado un nivel de crecimiento no hay vuelta atrás, sino que la vuelta atrás es la solución. La teoría se articula sobre la necesidad de “repensar la realidad (R)” y se concreta en estas ideas: “reevaluar” los valores en los que creemos y organizamos nuestra vida, “reestructurar” las relaciones sociales y económicas según estos nuevos valores, “redistribuir” la riqueza y el acceso al patrimonio natural, “reducir” el impacto sobre la biosfera de nuestro modo de producir y consumir, “reutilizar” los bienes de uso hasta el agotamiento y “reciclar” desechos cuando ya no sea posible reutilizarlos. Beppo Grillo nos resume todo esto en una sencilla máxima: “El único programa que necesitamos se resume en una palabra: menos. Menos trabajo, menos energía, menos materias primas”. Podéis pensar en ello mientras echamos un vistazo a nuestro vídeo final, que nos muestra un número casi infinito de marcas comerciales que están presentes en nuestras vidas casi a diario, y a continuación intentemos decir, como el griego Antístenes mientras paseaba por el mercado de Atenas: “¡Cuántas cosas que no necesito!”.

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  1. Eugenio Sánchez Bravo Said,

    La idea del decrecimiento, tal y como aparece en Latouche, por ejemplo, me provoca reacciones encontradas. Por un lado, me parece de una sensatez abrumadora. Medir el crecimiento económico por el número de automóviles vendidos es un disparate insostenible. Sin embargo, por otro lado, miro hacia las así llamadas economías emergentes como China e India. China es una superpotencia económica: dueña de la deuda estadounidense y al acecho para hacerse con las cajas españolas. Su política económica es estrictamente la opuesta a la sensatez del decrecimiento. Es la encarnación de la obsolescencia planificada. Pero, siendo realistas, quién puede en estos momentos hacer que China reconsidere su modelo económico. Creo que ni siquiera una catástrofe planetaria…

    Un saludo.

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