La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Mayo 10th, 2011

Aquí va un segundo apunte sobre la “Crítica de la razón pura de Immanuel Kant. Ya hemos analizado la Estética trascendental. Debemos pasar a continuación a la “Lógica trascendental”, que el propio Kant divide en “Analítica trascendental” y “Dialéctica trascendental”. La primera de ellas se encarga de estudiar la facultad del “entendimiento”, cuyo objeto de estudio son los “conceptos”. También aquí se establece la distinción entre “conceptos empíricos” (a posteriori), aquellos que derivan de la observación de los datos comunes a diversos objetos; y “conceptos puros” (a priori, al margen de toda experiencia), aquellos que produce el entendimiento por sí mismo y que Kant llama “categorías”, que se aplican a todo aquello que proviene de la sensibilidad y que facultan para el conocimiento físico de la realidad. Recordemos que Kant denomina “objeto” de la realidad a la unión efectiva entre “fenómeno” (polo objetivo) y “concepto” (polo subjetivo), de modo tal que el objeto es algo más que la mera recepción de los datos sensibles, y que debe ser el sujeto quien lo “construya”, bien asignándole un concepto a esos datos de la sensibilidad, bien aplicando sobre ellos las categorías. El propio Kant elabora una lista de las categorías, que quedan resumidas en su famosa “tabla de los juicios” y se reducen a doce.

Para ejemplificar esto hemos seleccionado un pasaje de la película “El milagro de Ana Sullivan” (MGM 1962) de Arthur Penn, un magnífico duelo interpretativo entre Hellen Keller, una chica ciega, sorda y muda, y Anne Sullivan, la joven institutriz que intenta educarla. Aunque al principio la profesora debe centrar sus esfuerzos en enseñar modales a la joven, que ha sido criada bajo el consentimiento paterno y hace lo que se le apetece (desde tirar objetos hasta comer con las manos), el interés de Anne no es otro que comunicarse con la pequeña, y conseguir que ella se comunique igualmente, y a tal efecto desarrolla un método de enseñanza basado en “signos”, que la profesora ejecuta con sus manos. El problema es que Hellen repite los signos de forma no comprensiva, esto es, sin darles significado (”como un mono“, llega a decir su hermano): en términos kantianos, diríamos que no es capaz de asignar a cada signo un objeto de la realidad o, más bien (por utilizar el famoso “giro copernicano” de Kant), que es incapaz de entender que los signos “son signos”, esto es, que “designan” objetos del mundo real.

La propia Anne repite a la niña (sin que esta pueda oírla): “si tan solo pudiera hacerte comprender que cada gesto de mis manos es una palabra” (por tanto, no la propia realidad, sino sólo algo que nos permite hablar de ella, “representarla”). Finalmente, en la última escena de la película, Hellen comprende. Y curiosamente, lo hace gracias a que aún recuerda su primera palabra hablada (justa antes de que perdiese el oído, y con ello la voz), y la repite justo en el momento en que entra en contacto con ese objeto: “agua”. Para ello ha tenido que partir de los datos de la experiencia, pero a la vez ha sido capaz de conceptualizarlos. Es entonces cuando Hellen  finalmente comprende “que es el agua”: sólo cuando “entiende” el concepto, cuando es capaz de “nombrarlo”, puede “construir” el objeto que tiene delante, darle significado (y a partir de ahí construir juicios: “el agua moja”, “el agua está fría”…). Un notable ejercicio de coraje el que vemos en la joven Hellen, y en su decidida maestra, que bien podría inspirarnos a todos: “sapere aude” (“atrévete a saber”), en palabras del propio Kant.

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