La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Un ejemplo interesante de lo que significa ser un estoico lo encontramos en la reciente película “300” (Warner Bros 2007) de Zack Snyder (es muy aconsejable consultar el comic de Frank Miller del que parte la narración, inspirado directamente el los textos del historiador griego Heródoto). Aunque estamos en un periodo muy anterior al surgimiento de la “moral estoica”, tal como fue prefigurada por Zenón de Citio y sus seguidores (en especial los autores de la “estoa tardía” como Marco Aurelio, del que resulta imprescindible consultar sus “Meditaciones”), el arranque de la película,  centrado en el modo de vida y en la forma de entender la educación de los antiguos espartanos, puede servirnos como metáfora de lo que se entiende por comportamiento estoico: se trata de la negación de cualquier deseo o pasión, de la indiferencia hacia los placeres y dolores externos, y de la austeridad en los propios deseos. Se trata, en definitiva, de la búsqueda de la “apatheia” entendida como insensibilidad ante el placer y el dolor, que nos permita una “imperturbabilidad del alma”: esta es la forma de vida adecuada, una vida tranquila que nos vincula a la naturaleza y nos hace comprender su “logos”, el “destino inexorable” que la rige, y al que debemos adaptarnos.

El joven aspirante a guerrero espartano es educado desde la más tierna infancia en la necesidad del esfuerzo personal, del sacrificio y de la valía de la perseverancia en las situaciones extremas: forzado a medir sus fuerzas contra la naturaleza, aprende a adaptarse a ellas para sobrevivir y a sobrellevar los envites del destino sencillamente acomodándose a su ritmo (a su “logos”). Una vez adulto, interiorizada esa insensibilidad ante las adversidades, aprende a soportar el dolor y los sufrimientos y no muestra dolor, y aprende también que “no debe mostrar pasión o deseo”, que debe limitar sus emociones y gobernar su vida de acuerdo a ese logos racional que le marca la naturaleza (algo que se aprecia en la forma en que se despide de su esposa antes de marchar a la batalla, como podéis comprobar al final del artículo). Aprende, en fin, que el destino le tiene preparado algo glorioso si actúa con moderación y cumple con su deber como espartano: aprende que “solo los recios y los fuertes son dignos de llamarse espartanos“, y que morir en el campo de batalla por la defensa de Esparta es “la mayor gloria que puede alcanzar en vida“.

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