La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Hablemos un poco más de Immanuel Kant… y de como se hacen galletas. El pensador alemán nos enseña en su “Crítica de la razón pura  que es necesario dar un “giro copernicano” a nuestro modo de entender la realidad. Para definir el “objeto”, es necesario echar mano de las “impresiones”, si, pero también de los “conceptos”, de la sensibilidad tanto como del entendimiento. Tenemos, por tanto, que dar un pequeño repaso a su “Estética trascendental”, para avanzar acto seguido a la “Analítica trascendental” (dejaremos la “Dialéctica trascendental” para el final, porque esta si que es de órdago). Imaginemos que nosotros queremos definir el “objeto”, por ejemplo, queremos saber qué es una galleta. Comencemos.

Si la galleta es el “objeto”, para llegar a ella es necesario descomponerla, primeramente, en sus ingredientes (lo que David Hume llamaba “impresiones”). La harina, la sal, los huevos, el aceite… ¡no son la galleta! (no se puede comer la harina): es necesario colocar estos ingredientes juntos “en el mismo sitio, a la vez”, es decir, en el espacio y en el tiempo. Para Kant, espacio y tiempo son formas puras a priori, luego no son los ingredientes, sino algo previo, independiente de ellos: pongamos “la mesa” (espacio) y “las manos”, que son las que ponen el ritmo, las que dan continuidad (tiempo). El resultado es “la masa” (el “fenómeno”)… que, por cierto ¡tampoco se puede comer! (es decir, que sigue sin ser la galleta propiamente dicha).

Entonces, ¿qué hacer? Cogemos la masa y le damos “forma” gracias a unos “moldes” que hacen las veces de “conceptos” (hilando fino, fino… los moldes serían lo que Kant llama “esquemas del entendimiento”) que siguen sin poder comerse, pero al menos ya están estructurados. Lo único que nos queda ahora es aplicarles una “categoría”, esto es, un “concepto puro” (a priori, por tanto, independiente de la experiencia, ajeno, de nuevo, a la masa). El horno actúa como “causa” o, si se prefiere, como principio que “da existencia” al fenómeno (previamente estructurado), generando una galleta… que, ahora si, ya podemos saborear. Ya tenemos el “objeto”. Pero ¿existe la “galleta perfecta?” ¿Es posible una “idea” de galleta?

Para poner fin al artículo, os he seleccionado este momento maravilloso de la película “Edward Scissorhands” (WB 1990), en la que su director Tim Burton rinde homenaje al cine de terror gótico de los cuarenta y cincuenta, poniendo al frente del reparto a un maduro Vincent Price, genio incomprendido, inventor imaginativo y loco entrañable que, tras idear un sistema para “fabricar galletas”, se queda finalmente con una galleta en la mano… una galleta con forma de corazón, y se le ocurre colocar este corazón en el costado de uno de sus autómatas… menuda idea: ¡dotar a un mecanismo automático de alma! Pero ¿es posible aplicar un concepto a una idea? ¿tiene el alma humana existencia, o podemos aplicarle cualquier otra categoría?

El alma trasciende el ámbito estético y analítico, y nos coloca en el terreno de la dialéctica trascendental, en la que ya no valen categorías: dar existencia a una galleta no es lo mismo que dar existencia a un ser humano, y Vincent, aunque nos pese, no es Dios. De hecho, en el mismo (¡glorioso!) momento en el que Vincent enseña las manos a Eduardo (el verdadera alma del ser humano, según Aristoteles, que dice que los seres humanos pensamos con las manos), el viejo sabio se muere, dejando su obra inconclusa, y a nuestro héroe con una simples tijeras para conocer el mundo… Pero esto, amigos míos, es ya otra historia…

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