La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

Archive for Mayo, 2011

Nos adentramos ahora en la “Crítica de la razón práctica” (“Kritik der praktischen Vernunft”) de Immanuel Kant. Recordad que este autor da un giro radical a la forma de entender la moral, criticando todas las posturas éticas anteriores a él, las éticas materiales y de los fines, al afirmar que el contenido material de la acción no es importante, puesto que es la “forma” de la acción la que debe preocuparnos. El nuevo criterio moral que propone Kant supone negar una finalidad para la acción humana, puesto que no es la felicidad, ni el placer, ni la utilidad, lo que debe movernos a la acción, sino que debemos ser conscientes de que hay una serie de “mandatos” que debemos seguir, “que nos obligan”, “que deben ser cumplidos” (aunque seguirlos no nos haga felices o nos produzca placer).

Es nuestra propia razón, entendida como “razón práctica”, la que debe darnos las leyes por las que regir nuestra conducta, unas leyes que nos indiquen como debemos comportarnos para ser personas auténticas. Estas leyes, que Kant llama “imperativos” no deben limitarse a ser meros consejos para alcanzar un fin, sino verdaderos mandatos que nosotros mismos nos obligamos a cumplir por el hecho de reconocer en ellos la acción correcta. Mandatos que deben ser incondicionados, para todo tiempo y lugar, además de universalizables, válidos para todo ser humano: imperativos que deben ser “categóricos” y no meramente “hipotéticos”. Estos mandatos no prometen la felicidad a cambio, solo prometen realizar la propia humanidad, puesto que ser persona es por sí mismo valioso, y la meta de la moral consiste en querer ser personas por encima de cualquier otra finalidad o bien: en querer tener una “buena voluntad”.

Un ejemplo notable de esta forma de entender la moralidad, la película de Clint EastwoodCazador blanco, corazón negro” (WB 1990), de la que sólo he conseguido encontrar la primera de las dos que hemos visto en el aula, aunque me hubiera gustado poneros la segunda, en la que Eastwood es apaleado por defender una idea de igualdad que le mueve a la acción de forma directa e incondicionada: no hay nada más honesto y justo que defender a judíos y a negros, en especial si uno vive en 1940 y el mundo se divide entre los que quieren conquistarlo y los que quieren defenderlo. Eastwood toma partido por los segundos, aunque ello le cueste una paliza; recordad sus palabras finales: “A veces hay que pelear, aunque te muelan a palos hasta que no sientes las costillas: si peleas, te sientes bien por haberlo hecho, te sientes vivo” (te sientes libre, autónomo: te sientes persona, porque has hecho lo correcto).

Podríamos haber seleccionado cualquier otra obra de este mismo cineasta, que nos ha acostumbrado a poner en pantalla el pensamiento moral kantiano, y como muestra dos nuevos ejemplos. En la escena final de “Los puentes de Madison” (Warner Bros 1995) y tras un romántico escarceo amoroso con un fotógrafo vagabundo, una mujer se debate entre la búsqueda de su propia felicidad al lado del hombre al que ama o el deber de permanecer al lado de su marido y padre de sus dos hijos. En la más reciente “Cartas desde Iwo Jima” (Warner Bros 2006), tras la muerte de un soldado americano cautivo de los japoneses, uno de ellos recoge la carta que la madre del prisionero le ha enviado y la lee en voz alta ante sus camaradas, lo que nos permite constatar que, independientemente del país o cultura, el deber lucha siempre por imponerse.

Hablemos un poco más de Immanuel Kant… y de como se hacen galletas. El pensador alemán nos enseña en su “Crítica de la razón pura  que es necesario dar un “giro copernicano” a nuestro modo de entender la realidad. Para definir el “objeto”, es necesario echar mano de las “impresiones”, si, pero también de los “conceptos”, de la sensibilidad tanto como del entendimiento. Tenemos, por tanto, que dar un pequeño repaso a su “Estética trascendental”, para avanzar acto seguido a la “Analítica trascendental” (dejaremos la “Dialéctica trascendental” para el final, porque esta si que es de órdago). Imaginemos que nosotros queremos definir el “objeto”, por ejemplo, queremos saber qué es una galleta. Comencemos.

Si la galleta es el “objeto”, para llegar a ella es necesario descomponerla, primeramente, en sus ingredientes (lo que David Hume llamaba “impresiones”). La harina, la sal, los huevos, el aceite… ¡no son la galleta! (no se puede comer la harina): es necesario colocar estos ingredientes juntos “en el mismo sitio, a la vez”, es decir, en el espacio y en el tiempo. Para Kant, espacio y tiempo son formas puras a priori, luego no son los ingredientes, sino algo previo, independiente de ellos: pongamos “la mesa” (espacio) y “las manos”, que son las que ponen el ritmo, las que dan continuidad (tiempo). El resultado es “la masa” (el “fenómeno”)… que, por cierto ¡tampoco se puede comer! (es decir, que sigue sin ser la galleta propiamente dicha).

Entonces, ¿qué hacer? Cogemos la masa y le damos “forma” gracias a unos “moldes” que hacen las veces de “conceptos” (hilando fino, fino… los moldes serían lo que Kant llama “esquemas del entendimiento”) que siguen sin poder comerse, pero al menos ya están estructurados. Lo único que nos queda ahora es aplicarles una “categoría”, esto es, un “concepto puro” (a priori, por tanto, independiente de la experiencia, ajeno, de nuevo, a la masa). El horno actúa como “causa” o, si se prefiere, como principio que “da existencia” al fenómeno (previamente estructurado), generando una galleta… que, ahora si, ya podemos saborear. Ya tenemos el “objeto”. Pero ¿existe la “galleta perfecta?” ¿Es posible una “idea” de galleta?

Para poner fin al artículo, os he seleccionado este momento maravilloso de la película “Edward Scissorhands” (WB 1990), en la que su director Tim Burton rinde homenaje al cine de terror gótico de los cuarenta y cincuenta, poniendo al frente del reparto a un maduro Vincent Price, genio incomprendido, inventor imaginativo y loco entrañable que, tras idear un sistema para “fabricar galletas”, se queda finalmente con una galleta en la mano… una galleta con forma de corazón, y se le ocurre colocar este corazón en el costado de uno de sus autómatas… menuda idea: ¡dotar a un mecanismo automático de alma! Pero ¿es posible aplicar un concepto a una idea? ¿tiene el alma humana existencia, o podemos aplicarle cualquier otra categoría?

El alma trasciende el ámbito estético y analítico, y nos coloca en el terreno de la dialéctica trascendental, en la que ya no valen categorías: dar existencia a una galleta no es lo mismo que dar existencia a un ser humano, y Vincent, aunque nos pese, no es Dios. De hecho, en el mismo (¡glorioso!) momento en el que Vincent enseña las manos a Eduardo (el verdadera alma del ser humano, según Aristoteles, que dice que los seres humanos pensamos con las manos), el viejo sabio se muere, dejando su obra inconclusa, y a nuestro héroe con una simples tijeras para conocer el mundo… Pero esto, amigos míos, es ya otra historia…

Finalmente, un acercamiento a la “ética emotivista” desarrollada por el empirista escocés David Hume de la mano de la divertidísima “Amélie” (UGC 2001) de Jean-Pierre Jeunet. Podéis comenzar con el arranque de lapelícula, y continuar luego con este enlace, en que se muestran los “gustos” de la protagonista, la joven Amelie Poulard, para a continuación comprobad como se divierte en esta escena cambiándole las cosas de sitio a su vecino, un frutero que no trata muy bien a la gente y que genera recelo entre sus conciudadanos por su fuerte y áspero carácter. Al provocar en este hombre un sentimiento de confusión, trata de dulcificar un poco su conducta, obligándole a contemplar la vida desde una perspectiva más “emocional”. Lo mismo hace con su padre, un tipo totalmente entregado a la monotonía de la vida, al robarle su preciado gnomo de jardín y hacerle viajar por medio mundo: al torturar al padre con postales de los sitios más hermosos (que el gnomo parece visitar por su propio pie), genera en el padre un sentimiento de aventura, un interés por el propio mundo y una alegría de vivir que él tenía olvidado.

Toda norma o juicio moral debería basarse, según David Hume, en el “sentimiento de aprobación” que provocan las acciones sinceras y en el “sentimiento de rechazo” que generan las acciones engañosas. Para los emotivistas, pues, la moral no pertenece al ámbito racional, y no puede ser objeto de discusión o argumentación: la función que poseen los juicios y las normas morales es “influir en los sentimientos y en la conducta los demás”. Desde una perspectiva racional, diríamos que las acciones de Amelie son malas, puesto que es cierto que fuerza a su vecino y padre a un sufrimiento aparentemente innecesario. Pero estas pequeñas travesuras tienes el interés de suscitar en ellos un cierto apasionamiento por la vida que a parece faltarles a ambos, y que Amelie quiere compartir por considerar bueno. Comportarse educadamente con los demás y ser más transigente y respetuoso con los defectos ajenos, así como afrontar la vida con entusiasmo y volver a gozar del placer que supone la vida. Todo esto son “sentimientos” que consideramos “agradables”, y por ello mismo “moralmente buenos”.

A imagen y semejanza de Dios

Posted by albertofilosofia under Filosofía y ciudadanía

Respecto de la corriente conocida como “iusnaturalismo moral”, desarrollada sobremanera por Tomás de Aquino, pero que se puede sondear en toda la tradición religiosa, en especial en la moral católica, os he seleccionado este interesante corte de la película “El nombre de la rosa” (ZDF 1986) de Jean-Jacques Annaud, a partir de la famosa novela histórica de Umberto Eco, en la que los protagonistas discuten sobre la pertinencia o no de la risa como elemento distintivo del comportamiento humano. Mientras Jorge de Burgos argumenta que la risa es antinatural en el ser humano, porque deforma las facciones y convierte al hombre en animal, Guillermo de Baskerville defiende la necesidad de la risa precisamente como elemento distintivo del ser humano (no nos debe extrañar que cite a Aristóteles en este mismo sentido). Lo llamativo de la corriente iusnaturalista es que defiende la existencia de una “ley natural” que determina lo que está bien y lo que está mal, ley natural que es “universal y objetiva” y que no procede del ser humano sino de una “instancia externa” (Dios) y que el ser humano puede conocer e interiorizar en tanto en cuanto participa de este mismo logos y puede encontrar en su interior esta ley divina que fundamente su comportamiento moral.

El objetivo de este modo de actuar es la “salvación del alma”, que se considera por tanto el mayor bien al que se puede aspirar. Lo llamativo de esta película es que, haciendo uso de la razón, podemos alcanzar el conocimiento de esta ley y adaptar nuestra conducta a ella (como podéis comprobar al final del artículo, en el que Guillermo dialoga con el herbolario, y donde se discute la necesidad de actuar “de acuerdo con la naturaleza” y no “contra natura”). Guillermo repara en este hecho cuando Jorge insiste en que no se puede hablar de la risa (y mucho menos reír) cuando la abadía sufre por acontecimientos calamitosos, y pide perdón porque considera que ha obrado mal. La labor de un monje, antes como ahora, consiste en la anulación de todo tipo de placer o deseo físico, porque no es el goce sensual el que nos conducirá al bien, sino el recato en la conducta y la expiación de los pecados, grandes o pequeños, que nuestras imprudentes acciones provocan. “Imitar a Cristo” (puesto que somos seres creados “a su imagen y semejanza”) se convierte en un precepto moral básico, de ahí que la discusión gire en torno al posible hecho de que Jesús riera o no.

Un ejemplo interesante de lo que significa ser un estoico lo encontramos en la reciente película “300” (Warner Bros 2007) de Zack Snyder (es muy aconsejable consultar el comic de Frank Miller del que parte la narración, inspirado directamente el los textos del historiador griego Heródoto). Aunque estamos en un periodo muy anterior al surgimiento de la “moral estoica”, tal como fue prefigurada por Zenón de Citio y sus seguidores (en especial los autores de la “estoa tardía” como Marco Aurelio, del que resulta imprescindible consultar sus “Meditaciones”), el arranque de la película,  centrado en el modo de vida y en la forma de entender la educación de los antiguos espartanos, puede servirnos como metáfora de lo que se entiende por comportamiento estoico: se trata de la negación de cualquier deseo o pasión, de la indiferencia hacia los placeres y dolores externos, y de la austeridad en los propios deseos. Se trata, en definitiva, de la búsqueda de la “apatheia” entendida como insensibilidad ante el placer y el dolor, que nos permita una “imperturbabilidad del alma”: esta es la forma de vida adecuada, una vida tranquila que nos vincula a la naturaleza y nos hace comprender su “logos”, el “destino inexorable” que la rige, y al que debemos adaptarnos.

El joven aspirante a guerrero espartano es educado desde la más tierna infancia en la necesidad del esfuerzo personal, del sacrificio y de la valía de la perseverancia en las situaciones extremas: forzado a medir sus fuerzas contra la naturaleza, aprende a adaptarse a ellas para sobrevivir y a sobrellevar los envites del destino sencillamente acomodándose a su ritmo (a su “logos”). Una vez adulto, interiorizada esa insensibilidad ante las adversidades, aprende a soportar el dolor y los sufrimientos y no muestra dolor, y aprende también que “no debe mostrar pasión o deseo”, que debe limitar sus emociones y gobernar su vida de acuerdo a ese logos racional que le marca la naturaleza (algo que se aprecia en la forma en que se despide de su esposa antes de marchar a la batalla, como podéis comprobar al final del artículo). Aprende, en fin, que el destino le tiene preparado algo glorioso si actúa con moderación y cumple con su deber como espartano: aprende que “solo los recios y los fuertes son dignos de llamarse espartanos“, y que morir en el campo de batalla por la defensa de Esparta es “la mayor gloria que puede alcanzar en vida“.

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