Una nueva muestra de esas “otras formas de democracia”, si es que se puede llamar así a la forma de gobierno que opera en Rusia en la actualidad, ahora que solo faltan unos pocos días para nuestras elecciones parlamentarias. Recientemente he podido pasearme por la capital de la Federación y comprobar de primera mano cómo viven y entienden el mundo los moscovitas. He de decir en primer lugar que Moscú sorprende básicamente por ser una ciudad muy grande, muy fea, muy ruidosa, muy fría y muy, muy, pero que muy cara. Solo un análisis más sutil nos llevaría a conocer mejor este Babel moderno, cuyo centro urbano es verdaderamente hermoso, confortable y seguro: se trata de un Moscú pensado para la visita del turista, que nada tiene que ver con la gigantesca orbe que rodea este oasis artificialmente construido. Comento algunos detalles y luego avanzo interesantes datos sobre las próximas elecciones del 4 de diciembre.
Moscú es una ciudad joven por historia, pero que ha vivido momentos verdaderamente convulsos en la última centuria. Tal vez por ello la ciudad ha crecido de forma desproporcionada y caótica, en especial tras la caída de la URSS. Con la llegada del capitalismo, cientos de miles de rusos de la periferia de la Federación, aún rural y muy pobre, han recalado en la gran metrópoli en busca de nuevas oportunidades. También se han sumado a esta avalancha ciudadanos de las antiguas repúblicas del sur y del Cáucaso, algunas de las cuales han regresado literalmente a la edad feudal tras el colapso soviético. La mezcla racial aquí es sorprendente, y la inesperada frecuencia de rasgos asiáticos en las gentes del lugar nos recuerda que estamos a las puertas de otro continente, de otra cultura, de otro mundo. Porque ciertamente hay que calificar a Moscú desde otros parámetros, desde “valores no europeos“, o de lo contrario resignarse a suponerla anclada en el pasado, reticente a los cambios y próxima al tercermundismo. Valgan para ello algunos hechos: como resulta casi imposible conseguir un taxi “oficial” (no paran nunca y has de llamar por teléfono y solicitarlo en ruso, y luego esperar una media de 40 minutos), lo habitual es acercarse a la calzada y extender el brazo para detener uno de los muchísimos taxis “ilegales”, verdaderas antiguallas la mayoría de ellos, y a continuación regatear con el conductor un precio aceptable (que no suele bajar de los diez euros para un trayecto miserable) y adentrarte en la caótica y desconcertante jungla de violencia y ruido que son las calles moscovitas.
Lo mejor por tanto es moverse en metro, también antiguo en lo que se refiere al transporte (con coches muy envejecidos) y de una masificación extrema; sin duda muchas de sus estaciones son de una gran hermosura (como queda patente en este enlace), pero están claramente descuidadas y en ocasiones son peligrosas: fuera del centro, muchos mendigos y borrachos se amparan en ellas para protegerse del frío y tratar de ganarse algunos rublos con los turistas (algunos se ofrecen a llevarte la maleta por unas monedas, o simplemente te piden tabaco… otros tienen intenciones menos altruistas). El “metropolitano” de cualquier ciudad acentúa la sensación de soledad, pues cada cual va a lo suyo y no se ven gestos amables o atenciones para con los demás, pero en el caso que nos ocupa se extreman algunos comportamientos: cansados de los muchísimos borrachos que pululan por sus líneas, algunos jóvenes, y no tan jóvenes, llegar a expulsar a pasadas a muchos de ellos de los vagones, azotándolos literalmente al andén en una actitud muy dudosa. El excesivo “formalismo” en las entradas y salidas, quizá una herencia soviética (solo se puede salir por la puerta indicada, y no por la de al lado, que se usa para entrar), el fuerte calor y el enorme ruido, hacen que uno se sienta como una pequeña cobaya en un experimento clínico, acentuando aún más esa sensación de alienación. Este formalismo extremo se deja notar por cierto en todos lados, desde el mismo aeropuerto (has de pasar por “cuatro” arcos de seguridad antes de coger el avión), hasta el hotel, donde deben “inscribirte”, pues al no ser residente en la ciudad eres susceptible de ser arrestado si no tienes los papeles en regla.
Parece como si el mundo se hubiera detenido en muchos casos, como si el capitalismo se redujese exclusivamente a los centros comerciales y a las tiendas de grandes marcas, mientras el resto de la ciudad sigue inmersa en formas pretéritas. La mayoría de bares y restaurantes ofrecen una comida aceptable, si bien los precios son claramente desorbitados, al menos en relación a la calidad y el servicio: la mayoría de los camareros son ariscos y jamás sonríen, y además intentan llevarte el plato casi antes de que hayas dado cuenta de su contenido. Por supuesto, son pocos los que hablan inglés (nadie habla español, claro) con lo que resulta difícil comunicar con ellos. En muchos de los locales de los centros comerciales ni siquiera es posible pagar con tarjeta de crédito, como tampoco es posible en algunas tiendas si la compra es demasiado pequeña. Lo que no es tan complicado de conseguir, ni de pagar en la forma que sea, es una “cita” con una joven, o no tan joven, “dama moscovita“: la recepción de todos los hoteles turísticos de la ciudad están rebosantes de chicas de alterne, todas ellas terriblemente maquilladas y provocativamente vestidas (para que quede clara su condición, supongo), y todas ellas con acceso a las habitaciones (a pesar de que el “formalismo“, de nuevo, exige al cliente enseñar su tarjeta a los numerosísimos guardas de seguridad antes de tomar el ascensor), y se hace evidente que las mafias dominan la situación y arreglan con dinero cualquier inconveniente para el lucrativo negocio, pues seguramente cada uno percibirá su parte, desde la prostituta al botones.
Quizá por eso resulte extraño aplicar el término “democracia” por estos lugares. Todos conocemos la situación ridícula que vive Rusia desde que Vladímir Putin, verdadero zar en ejercicio, se hizo con el poder: si te llevas bien con el Kremlin puedes consolidar tus negocios y medrar rápidamente (quien más y quien menos conoce a alguno de estos nuevos magnates rusos), pero si te llevas mal corres el peligro de ser estigmatizado y acabar con tus huesos en una cárcel siberiana (algo que muchos occidentales desconocen, pero que es tan cierto como lo anterior, y puede documentarse). También es bien sabido que muchos de estos nuevos magnates aglutinaron todo su poder y riqueza gracias al amiguismo y a la corrupción, pues con la caía del bloque comunista muchas de las fábricas y de los servicios fueron rápidamente privatizados y vendidos a precios irrisorios a conocidos afines. El despropósito roza lo inaudito cuando comprobamos como Putin, que por ley no podía presentarse de forma consecutiva al puesto de presidente, delega en su colega Dmitri Medvédev por un tiempo prudencial para luego tener de nuevo la oportunidad de asumir el poder (cosa que probablemente ocurrirá el próximo febrero, cuando se inicie la carrera hacia las presidenciales). Solo tres meses antes, a principios de diciembre, los votantes rusos serán convocados a las urnas para las elecciones parlamentarias, y en Rusia estos días solo se hablaba del escándalo que han supuesto las coincidencias de los carteles propagandísticos del partido de gobernante, United Russia, y de la Junta Electoral, cuyos diseños son idénticos en todo.
Lo que lo periódicos rusos no comentan, aunque si algunos medios occidentales, es el despropósito máximo de esta Junta Electoral al no dejar concurrir a estas “elecciones libres” a una serie de partidos de marcado signo opositor, cosa que ahora puedo entender, vista la evidente connivencia entre esta junta y el partido en el poder. Parece que a nadie en Rusia, salvo a algunos pocos, les interesa esta minucia, y que los rusos siguen en ese estado de catalepsia colectiva que los caracteriza desde mucho antes de los bolcheviques, desde los tiempos de los tártaros quizá, y que los hace tan insólitos a nuestros ojos, a la par extraños y fascinantes, en lo que tienen y en lo que no tienen. Si Varsovia, Budapest o Praga son hoy ciudades cosmopolitas abiertas al visitante, modernas y civilizadas (aunque rezagadas con respecto a nosotros, que les llevamos 15 años de ventaja democrática), Moscú parece detenida en tiempos prefranquistas, si se me permite el símil, perezosa y reticente a despertar de la larga siesta.
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Profe, veo que sigues con el proyecto “La casa De Elrond” la cual fue nuestra casa en primero de Bachiller el primer año que llegaste a la Ería de profesor. Espero que te vaya todo bien, aquí hemos emigrado hacia territorios más hostiles, la Universidad y Bolonia meten miedo jeje.
Recuerdos de todos, y sobre todo nunca olvidaremos el viaje de estudios a esas tierras como Praga, Viena o Budapest con las qe aprendimos tanto!
Echando un vistazo a la página veo artículos interesantes, me tendré qe detener mas a menudo por aquí. Un abrazo, Alberto!
Hola, Adrian:
Un recuerdo desde la gélida Polonia para ti y para tus amigos y compañeros de La Ería… ya se que las cosas se ponen más difíciles cuando uno abandona el nido y se mete de lleno en la Universidad, y luego en la vida laboral, y empieza a echar de menos los buenos tiempos en los que no tenía que trabajar tanto para aprobar.
Confío en que los conocimientos adquiridos te ayuden a solventar algunos problemas, y que al menos hayas aprendido que la vida hay que tomársela un poco el broma, porque esta es la unica manera sabia de poder vivirla en serio.
Suerte en tus futuras empresas, sean las que sean.
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