La casa de Elrond

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Archive for Marzo, 2012

El affaire Lemaitre o la política de los Nobel

Posted by albertofilosofia under General

Antes de profundizar en la polémica suscitada alrededor de los premio Nobel de este año, un pequeño apunte irónico por parte del célebre oncólogo y divulgador brasileño Drauzio Varella, que ha trabajado precisamente en el Intituto Karolinsca de Estocolmo (cuyo comité de expertos es el encargado de conceder cada año los afamados premios), que se ha convertido en un personaje popular a partir de una reciente frase publicada en la prensa internacional, que ha corrido como la pólvora por los blogs y foros de Internet de medio mundo: “En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres que en la cura del Alzheimer. De aquí en algunos años tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará de para que sirven”.

El premio Nobel de Medicina de 2011, noticia con la que abrimos el artículo, ha ido a parar en esta ocasión a tres prestigiosos inmunólogos, uno de los cuales es el ex-presidente de la Academia Francesa de Ciencias, el doctor Jules Hoffmann, por descubrir cómo funciona la “inmunidad innata”, una primera línea de defensa contra los virus, bacterias, hongos y gusanos que actúa antes y aparentemente de forma más eficaz que la mucho más selectiva “inmunidad adaptativa”, o lo que solemos entender por “sistema inmune”, abriendo así la investigación a un tipo radicalmente nuevo de antimicrobianos (os ofrezco tres excelentes enlaces divulgativos de vídeo que nos muestran el funcionamiento de este sistema: solo tenéis que teclear encima del tema que más os interese).

Pero gracias a los medios de comunicación, nos hemos enterado de que la Academia Sueca de Ciencias puede que haya cometió un error al conceder el premio, pues el comité ignoró al descubridor, el investigador de postgrado Bruno Lemaitre, para premiar a su jefe de laboratorio en Estrasburgo (podemos consultar este artículo publicado en El País digital para ampliar la información sobre el particular). Ni que decir tiene que esta equivocación puede ser enormemente relevante, toda vez que el premio Nobel, además de una gran importancia científica, tiene una más que notable repercusión industrial, pues los resultados favorables pueden comercializarse en forma de fármacos, con el consiguiente incremento de beneficios para las farmacéuticas y para los investigadores poseedores de la patente.

Parece que Hoffmann habría descubierto las claves del sistema innato utilizando la poderosa genética de la mosca “drosophila”, pero el problema es que no fue Hoffmann, sino el “postdoc”  Lemaitre, quien hizo todos los experimentos cruciales con la mosca (esto lo sabemos por boca del propio Lemaitre, con lo que la información puede considerarse sesgada, si bien está documentada de forma exhaustiva en una web pública y no ha sido desmentida en ningún momento por Hoffmann ni por ninguno de los científico que trabajaban en aquella época en el laboratorio dirigido por este último). No parece además que la Academia sueca haya preferido premiar al supervisor teórico antes que al investigador práctico: parece ser que Lemaitre lo tuvo que hacer todo solo y “a pesar de su jefe”, que ni vio la idea ni mostró el menor interés en el trabajo hasta la hora de firmar el artículo clave en la revista “Cell“.

El “affaire Lemaitretiene un precedente evidente acaecido hace 60 años, cuando el Nobel por el descubrimiento de la “estreptomicina” fue a parar no al descubridor, sino al director de tesis del descubridor, una polémica que a día de hoy aún no ha sido resuelta. Una reciente investigación del periodista británico Peter Pringle a puesto de manifiesto cómo el joven doctorando Albert Schatz, de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, descubrió en 1943 la estreptomicina, el primer medicamento eficaz contra la tuberculosis; y cómo su director de tesis, Selman Waksman, se llevó el mérito, el premio Nobel y el dinero de Merck por los derechos de la patente (el libro de Pringle, titulado “Experiment eleven” (Walker & co), saldrá a la venta en el mercado anglosajón el próximo mes de mayo).

Esta última consideración es sin duda la más interesante. Gracias a la “Teoría del cierre categorial” de Gustavo Bueno, sabemos que en el curso de toda investigación científica los “sujetos operatorios humanos” tienden a anularse, a “neutralizarse”, desapareciendo finalmente al concluir del proceso. Esta afirmación, que resulta de una importancia ontológica y gnoseológica fundamental, parece no contar tanto a efectos prácticos, cuando lo que está en consideración son los réditos económicos que los frutos de la investigación puedan deparar, y que son muchos en el caso de las investigaciones médicas, pues casi siempre concluyen con la comercialización de algún fármaco capaz de enfrentar una enfermedad grave con garantías de cura. Pero dejando la parte económica a un lado, la práctica en los programas de investigación nos pone sobre la pista de un aspecto también importante: el aspecto social de la ciencia.

Sin duda, una investigación del calado de la llevada a cabo por Hoffman, en el laboratorio del instituto de biología molecular y celular del CNRS, en colaboración con la Universidad de Estrasburgo, requiere de la colaboración de decenas de personas a lo largo de varios años: al lado de Hoffman, que dirige ese laboratorio desde 1978, trabajan diariamente 12 personas, pero además el hallazgo parte de una investigación iniciada ya en los años 70 por un profesor de la Universidad de Yale (E.E.U.U.), en la que colaboró en su momento la actual mujer de Hoffman (el propio Hoffman basó su tesis doctoral de entonces en estos estudios previos). Como podemos ver, tanto el “contexto de descubrimiento” como el “contexto de justificación” no parecen arrojar luz sobre tan enrevesado problema. Se impone por tanto alguna otra forma de síntesis para aclararlo y, como casi siempre, nosotros vamos a sugerir una idea… al modo platónico.

Hace ya casi veinte años que el director Roger Spottiswoode nos sorprendió a todos con esta necesaria, por audaz y crítica, película titulada “And the Band Played On (Al filo de la duda)” (HBO Pictures, 1994), de la que os ofrezco un par de vídeos en continuidad. En ella, el director nos muestran los primeros titubeantes pasos en la lucha contra el SIDA, tras los primeros casos detectados en América y Europa. Lo más llamativo de la cinta sin duda es comprobar la presunta “colaboración” (que incluye “falta de cortesía profesional”, “ocultación de pruebas” y “mala praxis médica”) por parte de los tres grandes centros investigadores: el CDC (Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos), el laboratorio de la Universidad de Maryland, dirigido por el doctor Robert Gallo, y el Instituto Pasteur, con el doctor Luc Montagnier al frente de un nutrido grupo de científicos (los únicos que vieron reconocido su trabajo con el Nobel de medicina en 2008, ¡veinticuatro años después del descubrimiento del virus VIH!). Dejo en manos de los lectores la resolución del enigma.

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