La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

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Pongámonos ahora un poco más serios para tratar de comprender las ideas desarrolladas por Karl Marx (1818-1883) en sus múltiples textos bajo el nombre genérico de Materialismo histórico. Ya hemos hablado de ideología y de los modos de producción. Nos toca ahora hablar de “alienación” y de “lucha de clases”. Os he seleccionado dos películas clásicas que abordan el tema.

La primera de ellas, a partir de una novela de Emile Zola, lleva por título “Germinal” (Suevia 1993) de Claude Berri, en alusión al comienzo de la lucha obrera en las minas del norte de Francia a finales del siglo XIX. Estamos ante una película portentosa, de una claridad de ideas notable y que expone las “infames condiciones de la clase proletaria” como argumento para justificar la “lucha contra la opresión” (un argumento marcadamente marxista, pues el materialismo histórico entiende que son las “condiciones materiales de vida” de los seres humanos las que determinan la “conciencia”, y no al revés, como pensaban los idealistas alemanes). Fueron precisamente los idealistas, en especial Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), los que introdujeron el concepto de “alienación” en su sentido positivo, a saber: al trabajar, al desarrollar su actividad productora, el trabajador se proyecta sobre los productos de su trabajo; pone en cada producto algo de su ser, toda su energía humana, sus cualidades, su imaginación, su esfuerzo, su mente; en definitiva, el producto es una “objetivación” del trabajador, y tiene un rostro humano: al “exteriorizarse” el hombre en la naturaleza, ésta queda “humanizada“, mientras que el hombre “se hace naturaleza“, queda “objetivado“.

Pero Marx invierte esta definición, afirmando que, al desarrollar su actividad productora, y debido a la producción basada en la “propiedad privada”, los productos elaborados por el trabajador y en los que este se “exterioriza”, no han retornado a él: no le han servido para la “producción social de la vida”, se han quedado en manos de unos pocos, los propietarios de los medios de producción, mientra que los no propietarios se quedan sin la mayoría de los productos que sirven para la vida. El trabajador se encuentra entonces “vaciado de sí mismo”, “desdoblado”, “roto”: los productos de su trabajo los vivencia como algo que es propiedad de otro y no propia. Y por ello, el objeto producido, el bien que el capitalista vende en el mercado, le parece “extraño”, “ajeno”. Incluso el propio trabajo, que es la actividad específica del ser humano, es para él un simple medio para poder reproducir su existencia material. La alienación distorsiona al hombre haciendo que se sienta hombre cuando realiza funciones que son sólo animales (comer, beber, procrear…), y haciendo que se sienta animal cuando realiza funciones humanas (en el trabajo).

En el segundo de los vídeos seleccionados podemos comprobar cuál es el paso natural ante esta situación. En la película “Novecento” (Coproducción 1976) de Bernardo Bertolucci, tenemos un claro ejemplo de la situación del proletariado frente al abuso de poder de los capitalistas. Hemos sustituido a los mineros por campesinos, pero la situación es igualmente infame: el propietario de la tierra “encierra” a los obreros como si fuesen ganado (poniendo cadenas en la entrada de la finca para que los trabajadores no puedan salir), y les impone unas condiciones de trabajo miserables que, finalmente, los obreros no están dispuestos a tolerar. Se produce, pues, un alzamiento contra el patrón, que trae consigo una “radicalización de las acciones” (también se pueden apreciar en los anexos de la película anterior, que son considerablemente más “salvajes”) y “una inevitable lucha de clases” (como algún personaje llega a decir en algún momento del metraje).

Queremos incidir en este punto: el materialismo histórico de Marx contempla la historia como un juego de “oposición entre contrarios”, de modo tal que el progreso sólo puede venir con la cancelación de esa oposición, esto es, con la lucha. Lucha que, en opinión de Marx, es “necesaria e inevitable”, y que es, y debe ser, revolucionaria. Las contradicciones históricas son las que tienen lugar en el nivel de la “estructura económica”: en las relaciones entre los propietarios de los “medios de producción” y las “fuerzas productivas”. Las contradicciones a nivel humano son producidas por la distinta posición de unos con otros en el proceso productivo. La supresión de esos contrarios sólo se puede dar a través de la “lucha”, porque la “dialéctica” implica “supresión de uno de los contrarios”. Por eso dice Marx que la lucha es la “comadrona de la historia”: sin lucha, no hay progreso; la lucha es la “mediación” necesaria para que haya progreso histórico.

Comenzamos nuestro análisis del la filosofía de Karl Marx (1818-1883) haciendo un pequeño repaso a su modo de entender la Economía Política, basada en el concepto de “sistema de producción”, que constituye la base “real”, “material”, “económica”, sobre la que se sostiene la sociedad, y de cómo esté determina el modo de pensar y actuar en un determinado “momento histórico”, esto es, determina la superestructura social, política y jurídica, que Marx denomina “ideología”. Para ello, nada mejor que echar un vistazo a tres películas que nos muestren los tres momentos históricos, tal y como son definidos por Marx siguiendo los modos de producción que le son propios, a saber: el “modo de producción esclavista”, el “modo de producción feudal y el “modo de producción capitalista”. Y como queremos quitar un poco de hierro al asunto, lo haremos a partir de tres películas del genial grupo de cómicos ingleses Monty Python.

En “La vida de Brian” (Universal 1979) de Terry Jones, podemos disfrutar de una corrosiva recreación de la Judea del siglo I, y seguir las peripecias del Brian, que es sistemáticamente confundido con Jesucristo desde su nacimiento. Pero en realidad, Brian es un joven revolucionario que “odia a los romanos” y que lucha contra su forma de imperialismo, que pretende quitarles la libertad y modificar su “forma de vida” (su “ética”) imponiendo un modo de producción diferente, más avanzado, a costa de la sumisión de los menos favorecidos (los judíos). Como parte de un grupo de acción, pretende dar un gran golpe raptando a la mujer de Pilatos para hacer valer sus reivindicaciones. En la reunión del grupo, el cabecilla se pregunta “¿qué han hecho los romanos por nosotros?”… y lo que viene a continuación es un relato de porqué los romanos dominaron el mundo en este periodo histórico con tanta facilidad.

Los caballeros de la mesa cuadrada” (Universal 1974) de Terry Jones y Terry Gilliam, nos encontramos con una interesante reflexión sobre el modo de producción feudal. Seguimos a un más que cómico rey Arturo por toda Inglaterra tratando de hacer valer su autoridad ante sus súbditos, cuando dos de ellos, repentinamente, le acusas de opresión, de privación de libertad y de abuso de autoridad. “Yo soy el rey”, dice Arturo; “¿Y quién te ha elegido rey?” contestan los campesinos.

La forma de gobierno es tiránica, y no garantiza la vida de los trabajadores: sólo un gobierno “democráticamente constituido”, a partir del “voto de la mayoría”, puede garantizar el “principio de soberanía popular” y permitir reducir la opresión de clase y la mejora de vida de los súbditos. Pero claro, para eso faltan aún unos cuantos siglos antes de que Inglaterra se conforme como la primera monarquía parlamentaria conocida en la modernidad u promueva el principio de la “división de poderes”. Deberemos esperar un poco.

El sentido de la vida” (Universal 1983) de Terry Jones, (los guiones de todas estas películas fueron escritos por los seis Monty Python: Terry Jones, Terry Gilliam, Eric Idle, John Cleese, Michael Palin y Graham Chapman. un obrero regresa de la fabrica tras un agotador día de trabajo cuando la cigüeña le saluda con una pequeña sorpresa: un nuevo hijo. Pero el caso es que éste, que es católico y, por tanto, no puede permitirse el uso de técnicas de planificación familiar, ya tiene un número considerable de hijos a los que tiene que mantener (puedes jugar a contarlos, que no es tarea fácil). Y consecuentemente, se ve obligado a “deshacerse” de alguno de ellos para poder seguir viviendo del triste salario que percibe por desarrollar su trabajo. El propio trabajador se consuela a sí mismo con una canción, tratando de humanizar su “miserable situación económica”, que, por supuesto, el no puede cambiar… ¿o tal vez si?

Por supuesto, las tres películas son comedias de marcado carácter anacrónico: las tres hablan en realidad de la sociedad actual, del “modo de producción capitalista” y de las distintas formas de opresión del poder, basadas todas ellas en la “ideología dominante” (la de las clases adineradas), que generan esa “falsa conciencia” en los oprimidos. ¿Por qué ir contra los romanos si nos han traído la paz? ¿Por qué asumir que con la llegada democracia representativa como forma de gobierno ya está todo solucionado? ¿Por qué considerar nuestras condiciones de vida injustas cuando la cosa podría ir mucho peor? Trátese de imperialismo, de dominio feudal o de sometimiento al capital, siempre hay alguien que hace pasar esta forma de pensar, esta ideología, como la única posible para alcanzar el progreso de la humanidad (ideología que, curiosamente, en lugar de generar progreso busca “detener la historia” para que las cosas sigan como están, para que los opresores mantengan su posición de dominio y sus privilegios y los oprimidos acepten su papel dentro del engranaje social. Pero el verdadero “motor de la historia”, nos dice Marx, es el “conflicto”, la “oposición”, la “lucha de las clases”.

Hacia una paz perpetua

Posted by albertofilosofia under Historia de la filosofía

Ahora que podemos disfrutar de una “Declaración Universal de los Derechos Humanos” (1948), convendría hacer un repaso previo a los orígenes de este documento histórico, para lo cual deberíamos empezar por la “Declaración de Independencia de los Estados Unidos” (1776), que se adelanta trece años a la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” (1789) redactada y aprobada por la Asamblea nacional durante la Revolución francesa. Pero tampoco debemos olvidar el texto de Immanuel Kant que está en la base de estas declaraciones, que no es otro que “La paz perpetua” (“Zum ewigen Frieden, ein philosophischer Entwurf”) de 1795, en la que el autor aboga por la creación de una “Federación mundial de estados republicanos”. Desde la estructura global de las tres críticas kantianas, que nos muestran la estructura interna de la razón funcionando armónicamente, podemos llegar a cerrar un sistema de ideas que conecte el ser específico del hombre, como ser libre, con el mundo de los fenómenos deterministas y la finalidad que vemos en la naturaleza. Kant ve depositadas en el ser humano unas posibilidades de “autorrealización” a las que está obligado moralmente, a través de una historia en continuo “progreso”, que debe guiarnos a una “constitución civil perfecta” como meta cultural continuamente a alcanzar y en la que ha de haber una progresiva aproximación del derechos político al ideal de una “sociedad armónica” y de una “paz perpetua”.

He seleccionado esta escena de la reciente serie americana dirigida por Tom Hooper para la cadena HBO “John Adams sobre el segundo presidente de los Estados Unidos de América, el citado John Adams, en la que el futuro presidente, habiendo encargado a su compañero Thomas Jefferson un borrador para una futura declaración, muestra su asombro ante el manuscrito presentado por Jefferson, ya que considera que no es una declaración para los americanos, sino para todos los “seres humanos”. El otro invitado a la escena, Benjamin Franklin, hace acotaciones muy interesantes, que tendremos ocasión de comentar en el aula, sobre la “naturaleza” de las verdades expuestas por Jefferson. La discusión sobre la pertinencia de la “esclavitud” es también muy jugosa: Jefferson se muestra obstinado en este punto, pero Franklin cree que la abolición es un paso radial que no sentará bien a los estados del sur y, en vista de que no tienen suficientes aliados en favor de la declaración, prefiere posponer el debate sobre los esclavos para más adelante (sólo con Abraham Lincoln en el poder, el decimosexto presidente si mal no recuerdo, se llevara a efecto tal abolición por medio de la “Proclamación de Emancipación” en 1863). Estamos ante un momento histórico: la primera declaración moderna de derechos para toda la humanidad (podéis consultar la votación de las trece colonias en este enlace).

Pero frente a este acontecimiento notable, en el que confluyen figuras de relevancia histórica, me gustaría contrastar este momento histórico con otro mucho más mundano. En el arranque de la película “Danton” (Coproducción 1983) de Andrzej Wajda, nos encontramos con una escena cotidiana: una madre dando un baño a su hijo (sólo avanzada la película, nos enteramos que son la esposa y el hijo del gobernante Maximiliano Robespierre, del que supongo, no es necesario hacer comentarios). El jovencísimo Robespierre junior reproduce de memoria los distintos artículos de la Declaración de Derechos, como si de un ejercicio de colegio se tratara: y cuando el niño se equivoca, su madre le reprende… con un castigo físico. Parece una forma de proceder un tanto arcaica, al menos desde una perspectiva actual, pero la historia nos demuestra que ha resultado ser muy efectiva. Es necesario que las primeras generaciones de “hombres libres” comprendan la valía e importancia de los preceptos que señala la declaración, de las libertades (entonces meras “aspiraciones” para la humanidad) que sostiene y fundamenta, para que las nuevas generaciones no tengamos la necesidad de aprenderlas de memoria, sino, simplemente, de disfrutarlas de pleno derecho. Recordemos que la lucha por estos derechos y libertades básicos no fue precisamente un camino de rosas.

Nos adentramos ahora en la “Crítica de la razón práctica” (“Kritik der praktischen Vernunft”) de Immanuel Kant. Recordad que este autor da un giro radical a la forma de entender la moral, criticando todas las posturas éticas anteriores a él, las éticas materiales y de los fines, al afirmar que el contenido material de la acción no es importante, puesto que es la “forma” de la acción la que debe preocuparnos. El nuevo criterio moral que propone Kant supone negar una finalidad para la acción humana, puesto que no es la felicidad, ni el placer, ni la utilidad, lo que debe movernos a la acción, sino que debemos ser conscientes de que hay una serie de “mandatos” que debemos seguir, “que nos obligan”, “que deben ser cumplidos” (aunque seguirlos no nos haga felices o nos produzca placer).

Es nuestra propia razón, entendida como “razón práctica”, la que debe darnos las leyes por las que regir nuestra conducta, unas leyes que nos indiquen como debemos comportarnos para ser personas auténticas. Estas leyes, que Kant llama “imperativos” no deben limitarse a ser meros consejos para alcanzar un fin, sino verdaderos mandatos que nosotros mismos nos obligamos a cumplir por el hecho de reconocer en ellos la acción correcta. Mandatos que deben ser incondicionados, para todo tiempo y lugar, además de universalizables, válidos para todo ser humano: imperativos que deben ser “categóricos” y no meramente “hipotéticos”. Estos mandatos no prometen la felicidad a cambio, solo prometen realizar la propia humanidad, puesto que ser persona es por sí mismo valioso, y la meta de la moral consiste en querer ser personas por encima de cualquier otra finalidad o bien: en querer tener una “buena voluntad”.

Un ejemplo notable de esta forma de entender la moralidad, la película de Clint EastwoodCazador blanco, corazón negro” (WB 1990), de la que sólo he conseguido encontrar la primera de las dos que hemos visto en el aula, aunque me hubiera gustado poneros la segunda, en la que Eastwood es apaleado por defender una idea de igualdad que le mueve a la acción de forma directa e incondicionada: no hay nada más honesto y justo que defender a judíos y a negros, en especial si uno vive en 1940 y el mundo se divide entre los que quieren conquistarlo y los que quieren defenderlo. Eastwood toma partido por los segundos, aunque ello le cueste una paliza; recordad sus palabras finales: “A veces hay que pelear, aunque te muelan a palos hasta que no sientes las costillas: si peleas, te sientes bien por haberlo hecho, te sientes vivo” (te sientes libre, autónomo: te sientes persona, porque has hecho lo correcto).

Podríamos haber seleccionado cualquier otra obra de este mismo cineasta, que nos ha acostumbrado a poner en pantalla el pensamiento moral kantiano, y como muestra dos nuevos ejemplos. En la escena final de “Los puentes de Madison” (Warner Bros 1995) y tras un romántico escarceo amoroso con un fotógrafo vagabundo, una mujer se debate entre la búsqueda de su propia felicidad al lado del hombre al que ama o el deber de permanecer al lado de su marido y padre de sus dos hijos. En la más reciente “Cartas desde Iwo Jima” (Warner Bros 2006), tras la muerte de un soldado americano cautivo de los japoneses, uno de ellos recoge la carta que la madre del prisionero le ha enviado y la lee en voz alta ante sus camaradas, lo que nos permite constatar que, independientemente del país o cultura, el deber lucha siempre por imponerse.

Hablemos un poco más de Immanuel Kant… y de como se hacen galletas. El pensador alemán nos enseña en su “Crítica de la razón pura  que es necesario dar un “giro copernicano” a nuestro modo de entender la realidad. Para definir el “objeto”, es necesario echar mano de las “impresiones”, si, pero también de los “conceptos”, de la sensibilidad tanto como del entendimiento. Tenemos, por tanto, que dar un pequeño repaso a su “Estética trascendental”, para avanzar acto seguido a la “Analítica trascendental” (dejaremos la “Dialéctica trascendental” para el final, porque esta si que es de órdago). Imaginemos que nosotros queremos definir el “objeto”, por ejemplo, queremos saber qué es una galleta. Comencemos.

Si la galleta es el “objeto”, para llegar a ella es necesario descomponerla, primeramente, en sus ingredientes (lo que David Hume llamaba “impresiones”). La harina, la sal, los huevos, el aceite… ¡no son la galleta! (no se puede comer la harina): es necesario colocar estos ingredientes juntos “en el mismo sitio, a la vez”, es decir, en el espacio y en el tiempo. Para Kant, espacio y tiempo son formas puras a priori, luego no son los ingredientes, sino algo previo, independiente de ellos: pongamos “la mesa” (espacio) y “las manos”, que son las que ponen el ritmo, las que dan continuidad (tiempo). El resultado es “la masa” (el “fenómeno”)… que, por cierto ¡tampoco se puede comer! (es decir, que sigue sin ser la galleta propiamente dicha).

Entonces, ¿qué hacer? Cogemos la masa y le damos “forma” gracias a unos “moldes” que hacen las veces de “conceptos” (hilando fino, fino… los moldes serían lo que Kant llama “esquemas del entendimiento”) que siguen sin poder comerse, pero al menos ya están estructurados. Lo único que nos queda ahora es aplicarles una “categoría”, esto es, un “concepto puro” (a priori, por tanto, independiente de la experiencia, ajeno, de nuevo, a la masa). El horno actúa como “causa” o, si se prefiere, como principio que “da existencia” al fenómeno (previamente estructurado), generando una galleta… que, ahora si, ya podemos saborear. Ya tenemos el “objeto”. Pero ¿existe la “galleta perfecta?” ¿Es posible una “idea” de galleta?

Para poner fin al artículo, os he seleccionado este momento maravilloso de la película “Edward Scissorhands” (WB 1990), en la que su director Tim Burton rinde homenaje al cine de terror gótico de los cuarenta y cincuenta, poniendo al frente del reparto a un maduro Vincent Price, genio incomprendido, inventor imaginativo y loco entrañable que, tras idear un sistema para “fabricar galletas”, se queda finalmente con una galleta en la mano… una galleta con forma de corazón, y se le ocurre colocar este corazón en el costado de uno de sus autómatas… menuda idea: ¡dotar a un mecanismo automático de alma! Pero ¿es posible aplicar un concepto a una idea? ¿tiene el alma humana existencia, o podemos aplicarle cualquier otra categoría?

El alma trasciende el ámbito estético y analítico, y nos coloca en el terreno de la dialéctica trascendental, en la que ya no valen categorías: dar existencia a una galleta no es lo mismo que dar existencia a un ser humano, y Vincent, aunque nos pese, no es Dios. De hecho, en el mismo (¡glorioso!) momento en el que Vincent enseña las manos a Eduardo (el verdadera alma del ser humano, según Aristoteles, que dice que los seres humanos pensamos con las manos), el viejo sabio se muere, dejando su obra inconclusa, y a nuestro héroe con una simples tijeras para conocer el mundo… Pero esto, amigos míos, es ya otra historia…

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