La casa de Elrond

UN LUGAR DE ENCUENTRO PARA AMANTES DE LA SABIDURIA

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Siguiendo con la “Crítica de la razón pura de Immanuel Kant, el estudio de la “Dialéctica trascendental” se antoja con mucho el más complicado de ejemplificar, pero vamos a hacer un intento con la deliciosa, por original e ingenua, primera película de John Carpenter, titulada “Dark Star” (Bryanston 1974). En un mundo futuro, la nave espacial del título se encuentra al borde de la destrucción por obra de una máquina: el robot inteligente que la controla. Mal asunto para los tripulantes de la nave, que se enfrentan a la aniquilación. Así que uno de ellos se desliza por la escotilla hacia el espacio infinito y se aproxima al robot para plantearle un reto intelectual: “¡una discusión sobre metafísica!”.

Mientras el tiempo de la cuenta atrás se agota, los dos interlocutores repasan la historia de la filosofía moderna, centrándose en los tres elementos básicos de toda metafísica, al menos desde Descartes: las ideas de Dios, alma y mundo. El astronauta planea que el robot detenga la cuenta intentando que éste responda con certeza a una sola pregunta: “¿cómo sabes que esto es real?” Dicho de otro modo, como saber con evidencia que existimos, o que lo que está fuera de nosotros existe, o que podemos establecer una relación entre ambos. Por supuesto, el robot cita a Descartes (“pienso, luego existo”), pero para el astronauta esta certeza es sólo “psicológica”… y debe de haber algo más. Las dudas son tales, que al final el robot detiene la cuenta a cero, pero la nave no estalla (al menos, no de momento), mientras el escéptico artefacto se retira “a meditar una respuesta”.

Difícil resulta dar una respuesta cuando el robot es incapaz de aportar datos empíricos. Lo que el astronauta le exige es algún tipo de explicación “a posteriori, y nosotros sabemos que esta no es posible en el campo de la metafísica, puesto que esta forma de pensamiento trabaja con ideas a priori, trascendentales, y además no puede construir “juicios sintéticos a priori” sobre la realidad (como si lo hacen las matemáticas o la física). Las ideas que la “razón” aporta escapan por completo a nuestro conocimiento, puesto que la idea de “yo” no se refiere a ningún objeto de la experiencia, y aplicarles una “categoría” (como por ejemplo, la de “existencia”) es hacer un uso ilegítimo, acrítico de la razón, que genera lo que Kant llama “ilusión trascendental” (la misma que aflige a nuestro robot metafísico en los momentos finales del film). Las “ideas trascendentales” solo pueden tener un “uso regulador” que dirija el entendimiento hacia síntesis más generales: las totalidades Dios, alma o mundo.

Solo un apunte final. Aunque no sea demasiado importante, finalmente el robot hace estallar la nave, y nuestro astronauta queda aislado del mundo y perdido en el espacio. Pero encuentra un retazo de lo que antes fue su nave espacial y, ¿a que no sabéis que es lo que se le ocurre hacer con él? No os perdáis este sorprendente final, que seguro que os robará una sonrisa, y que pone una nota de color al son de la animada canción country “Benson Arizona” (escrita por Bill Taylor y con música del propio John Carpenter). Como se suele decir: “cuando todo está perdido, por lo menos huele las rosas”. ¡Disfruta el momento!

Aquí va un segundo apunte sobre la “Crítica de la razón pura de Immanuel Kant. Ya hemos analizado la Estética trascendental. Debemos pasar a continuación a la “Lógica trascendental”, que el propio Kant divide en “Analítica trascendental” y “Dialéctica trascendental”. La primera de ellas se encarga de estudiar la facultad del “entendimiento”, cuyo objeto de estudio son los “conceptos”. También aquí se establece la distinción entre “conceptos empíricos” (a posteriori), aquellos que derivan de la observación de los datos comunes a diversos objetos; y “conceptos puros” (a priori, al margen de toda experiencia), aquellos que produce el entendimiento por sí mismo y que Kant llama “categorías”, que se aplican a todo aquello que proviene de la sensibilidad y que facultan para el conocimiento físico de la realidad. Recordemos que Kant denomina “objeto” de la realidad a la unión efectiva entre “fenómeno” (polo objetivo) y “concepto” (polo subjetivo), de modo tal que el objeto es algo más que la mera recepción de los datos sensibles, y que debe ser el sujeto quien lo “construya”, bien asignándole un concepto a esos datos de la sensibilidad, bien aplicando sobre ellos las categorías. El propio Kant elabora una lista de las categorías, que quedan resumidas en su famosa “tabla de los juicios” y se reducen a doce.

Para ejemplificar esto hemos seleccionado un pasaje de la película “El milagro de Ana Sullivan” (MGM 1962) de Arthur Penn, un magnífico duelo interpretativo entre Hellen Keller, una chica ciega, sorda y muda, y Anne Sullivan, la joven institutriz que intenta educarla. Aunque al principio la profesora debe centrar sus esfuerzos en enseñar modales a la joven, que ha sido criada bajo el consentimiento paterno y hace lo que se le apetece (desde tirar objetos hasta comer con las manos), el interés de Anne no es otro que comunicarse con la pequeña, y conseguir que ella se comunique igualmente, y a tal efecto desarrolla un método de enseñanza basado en “signos”, que la profesora ejecuta con sus manos. El problema es que Hellen repite los signos de forma no comprensiva, esto es, sin darles significado (”como un mono“, llega a decir su hermano): en términos kantianos, diríamos que no es capaz de asignar a cada signo un objeto de la realidad o, más bien (por utilizar el famoso “giro copernicano” de Kant), que es incapaz de entender que los signos “son signos”, esto es, que “designan” objetos del mundo real.

La propia Anne repite a la niña (sin que esta pueda oírla): “si tan solo pudiera hacerte comprender que cada gesto de mis manos es una palabra” (por tanto, no la propia realidad, sino sólo algo que nos permite hablar de ella, “representarla”). Finalmente, en la última escena de la película, Hellen comprende. Y curiosamente, lo hace gracias a que aún recuerda su primera palabra hablada (justa antes de que perdiese el oído, y con ello la voz), y la repite justo en el momento en que entra en contacto con ese objeto: “agua”. Para ello ha tenido que partir de los datos de la experiencia, pero a la vez ha sido capaz de conceptualizarlos. Es entonces cuando Hellen  finalmente comprende “que es el agua”: sólo cuando “entiende” el concepto, cuando es capaz de “nombrarlo”, puede “construir” el objeto que tiene delante, darle significado (y a partir de ahí construir juicios: “el agua moja”, “el agua está fría”…). Un notable ejercicio de coraje el que vemos en la joven Hellen, y en su decidida maestra, que bien podría inspirarnos a todos: “sapere aude” (“atrévete a saber”), en palabras del propio Kant.

El análisis de la teoría del conocimiento kantiana supone un evidente esfuerzo de abstracción, que aquí vamos a intentar resolver mediante tres artículos, cada uno de ellos dedicado a una de las tres partes de la “Crítica de la razón pura (“Kritik der reinen Vernunft”). Comenzamos por la “Estética trascendental”: os recuerdo que esta parte de la Crítica se centra en la facultad cognoscitiva que Immanuel Kant (1724-1804) denomina “sensibilidad”, que puede ser “empírica” (derivada de los datos de la experiencia) o bien “pura” (al margen de toda experiencia): si la primera introduce elementos como colores, sonidos, sabores… esto es, “sensaciones” (lo que Hume llamó, grosso modo, “impresiones”), la segunda se encarga de enmarcar estos datos empíricos en el espacio y el tiempo, que, como ya sabréis, son las “formas puras a priori de la sensibilidad”. Si las primeras se entienden como la “materia” que compone la sensibilidad, el espacio y el tiempo son “formas”, es decir, no son las propias impresiones sensibles (verde, agudo, salado…), sino la forma o el modo como percibimos todas las impresiones particulares. Para Kant, estas formas son “intuiciones puras a priori”. Detallemos esto un poco: son “intuiciones” porque no son conceptos del entendimiento, sino formas que posibilitan la percepción; son “puras” porque carecen de contenido empírico; y son “a priori” porque no proceden de la experiencia, sino que la preceden, como condiciones para que esta sea posible. Espacio y tiempo son como dos coordenadas “vacías” en las cuales se ordenan las impresiones sensibles. Finalmente, a la percepción de los datos de la sensibilidad en el espacio y el tiempo, Kant lo denomina “fenómeno”, que es el objeto de estudio de la facultad de la sensibilidad, y que faculta para el “conocimiento matemático”, tanto geométrico (espacial) como aritmético (temporal).

¿Cómo poner esto en imágenes? Resulta un poco complicado, pero vamos a intentarlo. Os remito, en primer lugar, a la siguiente escena de la película “Blade Runner” (WB 1982), todo un clásico de la ciencia ficción del aclamado director Ridley Scott, a partir de la novela de Philip K. Dick titulada “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (1968). Un viejo policía es requerido para “retirar” (asesinar) a unos “replicantes” (unos organismos cibernéticos genéticamente programados para ser superiores a los propios humanos). En la búsqueda de uno de estos malvados replicantes, el viejo “blade runner” descubre unas fotografías, y con la ayuda de una avanzada máquina explora el espacio dentro de la fotografía para “ir más allá de las impresiones”, hasta intentar descubrir al asesino que persigue (una hermosa “cyborg” con una serpiente tatuada en el cuello). Es interesante ver como la percepción de una simple fotografía puede ser alterada solamente “cambiando la perspectiva”, enmarcando los datos que nos ofrece en un espacio diferente (en este caso, un reflejo en un espejo, que nos ofrece una imagen invertida de la realidad).

Este juego también puede verse en una película algo más antigua: “Blow-Up (Deseo de una mañana de verano)” (Bridge Films 1966) de Michelangelo Antonioni,  basada en el relato “Las babas del diablo“, de Julio Cortázar, donde un fotógrafo profesional es capaz de descubrir un asesinato a partir de la unión de varias fotografías. Lo interesante aquí es que se juega con el tiempo, más bien que con el espacio, para ir superponiendo una fotografía tras otra (las fotos, por definición, son discontinuas: detienen el tiempo para captar un momento aislado). Si enlazamos unas fotografías con otras, sucesivamente (1, 2, 3… en orden aritmético), las imágenes cobran sentido, y se revela el fenómeno (en este caso, el asesinato de una joven, que pasa desapercibido en cada fotografía separada, pero adquiere sentido si se juntan todos los datos).

Otro ejemplo de utilización del tiempo lo encontramos en la más reciente “En el nombre del padre” (Universal 1990) de Jim Sheridan, a partir de la autobiografía de Gerry Conlon titulada “Proved Innocent”. El protagonista, uno de los cuatro jóvenes irlandeses conocidos como “los Cuatro de Guildford”, es acusado de terrorismo, detenido y encarcelado por un crimen que no había cometido. Tras pasar varios años en la cárcel (limitado su espacio por unos pocos metros), su percepción del tiempo varía, hasta el punto de modificar su propio punto de vista sobre el mundo. En un momento de la narración, Gerry se mira en el espejo y reflexiona: “Es increíble como la cárcel puede cambiar tu percepción del tiempo: puedes escuchar el goteo de un grifo, como cada gota golpea en el lavabo, una, y luego otra, y otra, y otra… es interminable”. Y a continuación añade: “De repente parpadeas, y han pasado dos años”. Lo que se sugiere aquí es que el tiempo no es algo uniforme, sino que depende de la percepción humana, de la sensibilidad (y no del entendimiento). Y no depende tanto de los datos “materiales”, como del modo en que nuestra sensibilidad ordena esos datos, del hecho de darles “forma”. Un juego similar a este se encuentra en la novela “El perseguidor” (1959) de Julio Cortázar. Si tenemos tiempo, podremos echarle un ojo en clase a un pasaje en el que el protagonista es capaz de vivir “quince minutos en un minuto y medio”, para lo que sólo necesitamos meternos “dentro de un reloj” (o de algo que funcione como un reloj: en este caso, el “metro” de París).

Algunos filósofos ilustrados

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Completamos el repaso a la filosofía de la Ilustración citando a algunos de sus autores más significados. Como hacer una lista exhaustiva sería muy complejo, y seguramente improcedente, nos limitaremos a aquellos pensadores que más han influido en el pensamiento posterior, centrándonos en la tradición francesa y en los autores aglutinados en torno a “L’Encyclopédie” (“L’Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers”), publicada entre 1751 y 1765 como compendio de la totalidad del saber de su tiempo en materias tan diversas como las ciencias, las artes, los oficios, la filosofía, la política y la religión. El mérito de esta obra se debe a los editores Denis Diderot y Jean Le Rond D’Alembert, y en ella colaboraron los más insignes pensadores de la Francia prerrevolucionaria.

Denis Diderot (1713-1784) es un notable erudito de tendencia racionalista y crítica que afirmaba que “una sola demostración me impresiona más que cincuenta hechos”. Se interesa por cuestiones de orden moral, desde posturas cercanas al emotivismo de Hume, y aplica también las teorías de este autor en el ámbito físico, postulando que todo debe poder ser explicado a partir de las leyes de contacto, contigüidad… Anticipa los trabajos de Lamarck sobre la “transformación de la especies” y llega a revolucionar la novela en textos como “El nuevo Rameau” y “Jacques el fatalista”. Jean le Rond d’Alembert (1717-1783) fue un célebre matemático que destaco en el estudio de las ecuaciones diferenciales y de las derivadas parciales (en su obra “Tratado de dinámica” enunció el teorema que lleva su nombre). Se caracterizó por una fuerte defensa de la tolerancia en general y por su escepticismo en los campos de la religión y de la metafísica.

Étienne Bonnot de Condillac (1714-1780) sigue los pasos de Locke en el intento de buscar el origen de nuestras ideas, pero a diferencia de éste, niega la existencia de la “reflexión”, segunda fuente de conocimientos aparte de las “sensaciones”, creando su propia filosofía, conocida como Sensualismo: los principios que rigen la adquisición de nuestros conocimientos son el placer y el dolor, y nuestras primeras ideas “no son más que pesar o placer”, a las que suceden nuevas ideas que permiten nuestras primeras necesidades y deseos, lo que pone de manifiesto que cualquier explicación de los fenómenos tiene una razón materialista y de tipo genético.

Claude-Adrien Helvétius (1715-1771) es un materialista de marcado carácter psicologista, si bien con reminiscencias sociologistas. Reduce las facultades humanas a dos: la “sensibilidad física” y la “menoria”, y sostiene que el error tiene como única causa “la costumbre física de habituarnos a ciertas cosas”, con lo que su deuda con Hume se hace evidente. Destacó además como un feroz defensor de la educación como herramienta para el desarrollo humano: todos los seres humanos son iguales por naturaleza, y sus diferencias provienen únicamente de los ambientes en los que nacen y crecen, y de cómo estos factores influyen en sus capacidades personales.

Paul Henri Thiry d’Holbach (1723-1789), llamado por algunos el “mecenas de los fílósofos”, es también un filósofo materialista y naturalista de origen alemán, que en su obra “Sistema de la naturaleza” defiende la existencia de un único tipo de realidad, la “materia”, que tiene sus propias leyes y que no recibe de nadie. Todos nuestros pensamientos religiosos, y en general nuestra falsa ideología, se deben a la “ignorancia de la naturaleza”. Afirma que el hombre no es más que un todo, resultante de las combinaciones de ciertas materias provistas de propiedades particulares, y que la superstición no tiene otros efectos que “volver al hombre cobarde, crédulo y pusilánime”.

Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) defendió una concepción materialista de la persona, y en su obra “El hombre máquina” lega a afirmar que el ser humano es una “máquina autosuficiente sin ningún tipo de alma”, y que nuestros pensamientos y representaciones mentales no son más que modificaciones mecánicas de la materia: todos los fenómenos se reducen y se explican por fenómenos físicos. Sostiene además que el “ateísmo” es la única manera de asegurar la felicidad del mundo, que ha sido hecha imposible por las guerras de los teólogos, bajo la excusa de un “alma inexistente“: “cuando la muerte llega, la farsa se acaba”.

Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, Marqués de Condorcet (1743-1794) trabajó en los ámbitos de la filosofía, la matemática (donde destacó por su famosa “paradoja”), la política, la historia y la politología, y en todas ellas abanderó como principio la idea de “progreso”, que definió como “el perfeccionamiento de las facultades físicas, intelectuales y morales y la mejora infinita y sin vuelta atrás de las condiciones de vida humana”. Esta idea es imperativa y se puede constatar en la historia, en donde el éxito modélico de la física de Newton y los desarrollos técnicos y educativos dan cuenta sobradamente de las mejoras en la vida de los hombres.

Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu (1689-1755), era miembro de la nobleza francesa y ferviente admirador del régimen parlamentario inglés, al cual consideraba el mejor sistema político, capaz de garantizar la libertad de los hombres e impedir el abuso de los gobernantes. En “El espíritu de las leyes” introdujo su contribución más importante, la “separación de poderes” que propuso como la forma de gobierno ideal, ampliando el criterio de Locke: el “poder Legislativo o Parlamentario” se encarga de elaborar las leyes y residir en el parlamento; el “poder Ejecutivo” corresponde al monarca, que hace que se cumpla la Ley y reside en el gobierno; el “poder Judicial” está formado por los jueces, administra la justicia y reside en los tribunales. Estos tres poderes debían de mantenerse dentro de un sistema de frenos y contrapeso que eviten el abuso de cualquiera de ellos, garantizando la justicia y asegurando el respeto de los gobernantes a los derechos naturales del hombre.

François Marie Arouet, más conocido como Voltaire (1694-1778) es las personas lo que “L’Encyclopédie” es a los libros: destacado divulgador y difusor de las ideas ilustradas, se inclinaba por la defensa de los derechos del hombre, para seguir los dictados de su razón, siempre que con ello no se perturbara el orden social. Postuló que el hombre debía seguir sus propias ideas y opiniones con respecto a la religión y a la práctica de la misma. Convencido defensor del “deísmo” o “religión natural“, afirmaba que Dios es el creador del Universo, pero que únicamente había iniciado el movimiento de este, como quien da cuerda a un reloj y no vuelve a intervenir en su funcionamiento. Respecto a la sociedad, Voltaire sostenía que era absolutamente necesaria una “reforma profunda” que asegure la libertad y el bienestar del pueblo, crear un “sistema parlamentario” que limitase los poderes del Rey y establecer un “sistema de impuestos” racional que no arruine a la gente. El objetivo pasaba por liberar la economía: “que se reconozca el trabajo bien hecho“.

Mención aparte merece la figura de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), autor al que podemos considerar a caballo entre la Ilustración y el incipiente Romanticismo. Su obra más aclamada, “El contrato social”, parte de la consideración de que los hombres poseen “derechos naturales” que deben ser respetados y salvaguardados por todos, pero agrega un elemento más como característica de la naturaleza humana: la idea de que el estado natural era una situación perfecta en la cual todos los hombres eran buenos, pero “al formarse en la sociedad surgieron las desigualdades”, lo que ocasionó que los seres humanos perdieran los sentimientos morales concedidos por la naturaleza, para cambiarlos por una actitud racionalista y fría que los aleja de su bondad innata. El “contrato” debía de garantizar el respeto mutuo de los derechos humanos otorgados por la naturaleza, ya que el egoísmo de los individuos y el abuso de poder de los políticos hacían imposible la vida en armonía. Esta idea no era distinta a la Locke, pero el aporte de Rousseau fue el concepto de “voluntad general” que aproxima la filosofía política hacia los fundamentos del gobierno democrático. Por voluntad general debemos entender “voluntad soberana”, la voluntad de la comunidad como un todo del que cada individuo forma parte, y que es distinta al deseo del ciudadano tomado aisladamente o de los intereses de los grupos minoritarios; tendiendo en cuenta que es casi imposible que la totalidad de la población esté de acuerdo, se hace necesario que el contrato social quede establecido el sometimiento de todo individuo o grupo a la voluntad de la mayoría.

Sobre la base de la “voluntad general” Rousseau esta expone las siguientes ideas: “El hombre es bueno por naturaleza“, “la sociedad se define por la competencia y la propiedad privada“, “como consecuencia el ser humano se corrompe porque se vuelve agresivo y se vuelve insolidario“. El autor propone que para luchar en contra de lo anterior se pueden hacer dos cosas: educar a los hombres para “acabar con la maldad y desarrollar los buenos sentimientos” y “firmar una especie de contrato entre todos los hombres con el objeto de crear una Ley que todos debamos cumplir“, pues sólo así será posible la convivencia. Para Rousseau, el gobierno no debería ser más que el representante de la voluntad general, y debería permitirse que todo el pueblo participe en la creación de las leyes y en la elección de las personas que han de velar por su cumplimiento. Esta perspectiva acerca a Rousseau a la idea de la “innata bondad humana” y representaba una autocrítica hacia el comportamiento de la sociedad francesa de su época, que sirvió como base para el desarrollo de la corriente filosófica del romanticismo, que influyó en el pensamiento europeo durante la primera mitad del siglo XIX. Mucho de estos postulados se encuentran en la obra “Emilio o de la Educación”, en la que se propone la idea una educación alejada de dogmatismos que conduzca al “desarrollo natural del niño”: frente a una educación artificial y repetitiva basada en los libros, el niño debería “aprender a pensar por sí mismo” en contacto directo con las cosas y con la naturaleza, única marera de hacer al hombre libre y moral a un tiempo.

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El siglo de las luces

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Un pequeño repaso a la idea de Ilustración, de la mano de los autores más insignes que a mediados del siglo XVIII decidieron poner las bases de una nueva forma de entender el mundo. Al igual que se dice que el Renacimiento es fundamentalmente un proceso que tiene lugar en Italia (si bien luego dejará sentir su influencia por toda Europa), de la Ilustración cabría decir que, aunque se inicia en Gran Bretaña de la mano de los autores empiristas, tiene su foco de desarrollo en Francia desde principios del siglo hasta el inicio de la Revolución francesa (e igualmente se extenderá después al resto de países, con importantes ramificaciones en España, Países Bajos, Italia, Polonia, Rusia y Suecia, y especialmente en la Alemania de Immanuel Kant). Se trata de una corriente de pensamiento que hunde sus raíces en el racionalismo y el empirismo precedentes, así como en la ciencia y el desarrollo tecnológico, y que aboga por una reforma y transformación de la decrépita sociedad estamental que la precede.

La bases del pensamiento ilustrado hay que buscarlas en una “nueva sensibilidad” que considera que la única y verdadera iluminación del hombre reside en la “razón”, en una fe ciega y absoluta en su poder y en una veneración reverencial por sus posibilidades como arma suprema para poder alcanzar las metas supremas de la humanidad. De ahí sus muchos nombres, que en todos los países aluden a esa idea de luz: Ilustración (España), Lumières (Francia), Aufklärung (Alemania), Enlightment (Inglaterra), Iluminismo (Italia). Sus presupuestos se concretan en algunos ideales ya conocidos, como el “antropocentrismo” propio del periodo renacentista, el “racionalismo” y el “criticismo” de toda tradición, a los que habría que unir nuevos compromisos como el uso del “pragmatismo” en la búsqueda de la felicidad, un “idealismo” tendente a rechazar lo vulgar en favor de lo más elevado y un “universalismo” que asume una tradición cultural cosmopolita de corte grecorromana como fuente principal de inspiración.

Los grandes temas en los que se centrarán los filósofos ilustrados serán estos: a la ya mencionada “confianza en el poder de la razón” como una herramienta eficaz y única para resolver todos los problemas humanos que permite a la vez liberar al hombre de los prejuicios, de las supersticiones, de la ignorancia y de las tradiciones irracionales, hay que sumar la “fe inquebrantable en el progreso científico”, con el doble auxilio de la matemática y de la experiencia, que nos capacitan para conocer las leyes de la naturaleza y para intervenir en ella en beneficio propio. Añadiremos también la negación de toda religión sobrenatural a favor “una religión natural sometida al criterio de la razón”, que bajo el nombre de “Deismo” propone la necesidad de una Causa Primera explicativa del mundo, en tanto que inteligencia creadora y ordenadora del universo. A esto añadimos una cerrada “apología de la tolerancia” y un respeto casi reverencial a cualquier tipo de ideas, ya sean religiosas, morales o políticas, y el rechazo a todo dogmatismo. Se pone un fuerte acento en la “necesidad de la educación” como instrumento clave para el progreso, que haga del alumno un hombre capaz de valerse de su propia razón y que sirva como medio para difundir la cultura y para destruir cualquier tipo de prejuicios, intolerancias y oscurantismos. Finalmente, la Ilustración propone una “crítica del poder político”, el régimen absolutista, pues consideran que el poder no ha de ser un derecho hereditario, sino que debe originarse en la nación soberana.

En palabras de Kant: “La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración”. Quizá por ello, muchos de los pensadores ilustrados fueron grandes pedagogos, desarrollaron metodologías novedosas y practicaron la divulgación, tendente a “iluminar” al pueblo a partir de los ricos materiales que las nuevas ciencias empíricas y las nuevas propuestas económicas y políticas les ofrecían. Echaron mano para ello de todo lo que tenían a su disposición, en un intento de aglutinar todo el saber de su época que tuvo su concrección con la publicación en Francia de la primera “Enciclopedia” (1751-1765), de Denis Diderot y Jean Le Rond D’Alembert.

Para ejemplificar este periodo creativo y tumultuoso de a historia os propongo la revisión de la reciente “Vatel” (Gaumont 2000) de Roland Joffé, basada en la vida del cocinero francés François Vatel, que aquí actúa como maestro de ceremonias del orgulloso y arruinado Príncipe de Condé durante la recepción que éste ofrece a la Corte de Versalles en su castillo de Chantilly. La película nos muestra con todo lujo de detalles la pompa y artificio que rodea al séquito del rey Luis XIV, el más despótico de los monarcas absolutos europeos, que llegó a decir de sí mismo: “el Estado soy yo”. Frente a esta vida desordenada, necia y decadente de los nobles y cortesanos, Vatel se muestra como un hombre valiente, seguro de sí mismo y hábil en el trato con sus superiores, pero a la vez consciente de su poder, capaz, sobrio y elegante a la vez: domina a todos sus hombre por la razón, les adiestra en el uso del buen juicio, y finalmente desfallece tras la infamia que supone ver morir a uno de sus ayudantes de forma injustificada por la mera diversión de los otros. Corren malos tiempo para Francia, y los hombres como Vatel iniciarán un nuevo camino que llevará aparejado una transformación radical de orden establecido.

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