El negocio ecológico del rescate de chanclas

11 02 2019

Pensarás que nadie está tan loco como para preocuparse demasiado por perder una chancla. Se la lleva una ola, se queda abandonada cuando te calzas los zapatos, la tiras, la arrastra la corriente de un río… Te compras otras y c’est fini. Pero lo cierto es que piensas equivocado. En Kenia sí hay a quienes les incomoda esta tonta tragedia. No por locos. El asunto cambia de dimensiones cuando tu chancla, la del otro, la del otro y la de miles de personas más infestan de plástico el mar. Ocean Sole es una empresa y fundación creada para que la contaminante huella humana desaparezca de la costa índica africana. Literalmente.

Corría el año 1998 cuando Julie Church, un conservacionista marino keniata que en aquel momento lideraba el proyecto de conservación y desarrollo de la Reserva Nacional Kiunga Marina (Somalia), se quedó «horrorizado» por la visión de las toneladas de residuos que acababan en las playas del continente negro.

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Aquellas ingentes cantidades de basura, desechadas en los ríos o el mar por sus respectivos dueños, elemento por elemento, causaban al juntarse un peligroso desastre ambiental para el ecosistema marino. No hacía falta indagar mucho para darse cuenta de que uno de los objetos más predominantes entre esos residuos no eran otra cosa que millares de chanclas de plástico.

«No era solo que estropeasen la belleza natural de nuestras playas y océanos, es que además las suelas de goma son ingeridas por los peces, las tortugas y otros animales y los asfixia. Son una amenaza hecha por el hombre a nuestros frágiles ecosistemas», dice el portavoz de la compañía. «La idea era aprovechar aquellas chanclas para que se convirtiesen en la conexión entre la comunidad humana y las especies marinas».

Recuperar todas aquellas alpargatas abandonadas para llevarlas a un vertedero terrestre no dejaba de ser algo así como esconder la basura debajo de la alfombra. Había que ir más allá. Church tenía una idea: inspirado por «los juegos que los niños hacían con estos deshechos», animó a sus madres a recoger, lavar y cortar las chanclas que encontraban y desechaban para crear juguetes y esculturas que pudiesen servirles a sus hijos para divertirse. En principio, no era más que una solución modesta a la problemática. Un proyecto de reutilización más que muchos dieron por sepultado el día que Church sufrió un grave accidente en 1999 que le dejó severamente impedido

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La cogida de un búfalo había dejado al oceanógrafo sin capacidad para caminar. Sin embargo, la chanclas de su proyecto no dejaron de marcar el paso. Dos madres de aquellas que había convencido Church para convertir el plástico en figuras artesanales, Marium y Bihawa, de la comunidad Kiwayu, viajaron hasta la capital (Nairobi) para tratar de vender algunas de esas esculturas de chanclas que habían elaborado con sus manos. La respuesta de si tuvieron éxito se puede resumir en un pedido de 15.000 llaveros tortuga por parte de la WWF Suiza al siguiente año.

La artesanía chanclar empezaba a hacer camino. Para 2005 ya estaba creada Uniqeco, una compañía que además de nacer como un negocio emprendedor lo hacía como una fundación de ayuda a los más pobres del país y una fuente de puestos de trabajo.

Los pequeños suvenires se fueron convirtiendo en grandes esculturas artísticas, como jirafas, rinocerontes, leones o elefantes a tamaño real (completamente hechos con chanclas), y los puestos de mercadillo keniano se transformaron en exhibiciones que paseaban por el Día del Medio Ambiente en Mombasa, la semana de la moda de Roma, museos suecos, muestras parisinas, exposiciones estadounidenses, zoos ingleses, concursos africanos e incluso se colaron entre los 12 finalistas del World Challenge de la BBC y ganaron el premio Energy Globe en su continente.

La grandeza del proyecto de Church no solo había adquirido nuevas dimensiones físicas. En la actualidad Ocean Sole, además de recuperar 400.000 chanclas anuales y exportar arte a todo el planeta, asalaria a un centenar de trabajadores autóctonos y destina un 5% de sus beneficios (un 25% en el caso de las esculturas gigantes) a la fundación de ayuda que ha creado para luchar contra la pobreza local. Su labor de limpieza de la costa índica africana, el germen del plan, ha acabado siendo tan efectivo como un hecho en segundo plano para la comunidad artística.

«Cada producto está hecho a mano», exponen desde la fundación. «El propósito es que el mundo se conciencia acerca de las amenazas, casi imperceptibles, a las que sometemos a los océanos. Esto es mucho más que darle una nueva vida a tus chanclas».

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