Dialogar para crecer

3 03 2008

Nada mejor para cargar pilas, y desestresarse de corregir exámenes, que acudir al Seminario anual de profesores de Filosofía para Niños de España. Este año se ha celebrado en Gijón bajo el título Dialogar para crecer. En dicho encuentro nos hemos dado cita profesorado de Filosofía, maestros y maestras, educadores sociales, padres y madres, adolescentes, niños y niñas; en definitiva, todos aquellos simpatizantes de la construcción comunitaria del pensamiento.

Siempre teniendo como referente el marco del Programa de Matthew Lipman denominado Filosofía para Niños, los asistentes hemos podido conocer nuevas propuestas para incorporar el diálogo filosófico en el aula, el cual no es un simple debate, sino que contiene unos contenidos, objetivos y metodologías propios.

El diálogo filosófico posibilita el desarrollo de habilidades del pensamiento como la percepción, la investigación, la conceptualización, el razonamiento y la traducción. Además desarrolla el pensamiento “cuidadoso o cuidante”, que se refiere al respeto, la escucha y la valoración de las aportaciones del resto de participantes. Dicho diálogo puede emplearse en el aula con niños y niñas, adolescentes y adultos. Ahora bien, cada grupo tiene características propias que deben ser tenidas en cuenta.

Como bien decía Immanuel Kant, no se aprende filosofía, sino a filosofar. De poco sirve memorizar enormes listados de autores y obras si después no se sabe dar vida a todos esos conceptos, repensarlos, cuestionarlos, reelaborarlos y valorarlos. No se trata, entonces, de saberlo todo, sino de poder construir algo con lo que se sabe. De ahí la importancia de promover el diálogo, haciendo que la palabra, el lógos, fluya de unas mentes a otras con el fin de abrir nuevas perspectivas en el camino filosófico de cada persona. Una experiencia de diálogo filosófico es sumamente enriquecedora para el alumnado pero, de forma colateral, lo es también para el docente. Se puede aprender mucho de los alumnos y alumnas, de sus opiniones y conocimientos, de sus vivencias e ilusiones. Todos pueden aportar argumentos valiosos, pero para conocerlos hay que escucharles.

Por eso propongo que los profesores agucemos el oído, tomemos nota, y les tengamos en cuenta. La palabra no debe estar siempre en boca de quien dirige la sesión, ha de ser cedida para que se produzca el diálogo. Lástima que, en ocasiones, las tarimas de las aulas marquen una frontera física más propia de la clase magistral que de las propuestas dialógicas. En ese caso habrá que bajar los escalones, descender a la caverna, y luchar contra las sombras. En esas estamos…, a ver qué sucede.

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