Después del latín, el árabe

14 05 2013

El árabe es, después del latín, la lengua que más léxico ha aportado al castellano. En torno a ocho siglos de presencia árabe y musulmana en la península Ibérica es lógico que haya dejado una profunda huella en nuestro país, presencia que podemos prolongar hasta principios del s. XVII, con la expulsión de los últimos moriscos que mantenían viva su lengua en estos territorios.

La influencia afectó a varios campos de la sociedad española, desde la vida social y económica al campo artístico y también cultural y lingúïstico. Es esta última herencia, la lingüística, la que va a protagonizar las líneas que siguen.

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De “La presencia árabe en la lengua española”, conferencia de Hedi Oueslati, Inspector de Educación en Sousse (Túnez), impartida en el Instituto Cervantes de esta ciudad en abril de 1997.

En la conferencia aquí reseñada el profesor Hedi Oueslati afirma que “el árabe dejó sus huellas en la lengua española con una cifra aproximada a más de 4.000 palabras de origen árabe, una cifra que demuestra la importancia de esta influencia, que yo, personalmente, la llamo aquí presencia, porque no es una influencia pasajera sino una presencia total y completa que no se puede borrar facilmente”. En su trabajo enumera más de 800 palabras, algunas muy conocidas y usadas diariamente. Si pinchas en “La presencia árabe en la lengua española” encontrarás expresiones y palabras curiosas, interjecciones, adverbios (ojalá, hola…,  fulano, mengano…, rehén, añicos…, alarde, albricias… alagar...), adjetivos (mezquino…, baladí…, zafio…, gandul…, cazurro…, charrán…, mamarracho…, carmesí...); palabras relacionadas con la Literatura (algarabía…, jarcha…, almanaque…), la Historia, el Arte, la Música…

De gran interés es el reportaje “El deseado esplendor de Al Ándalus” (El País, 10/08/2007) que se inicia con estas palabras: La llegada de los árabes a la península Ibérica en el lejano 711 permitió el establecimiento de una civilización que ha dejado una intensa huella no sólo a través de monumentos como la mezquita de Córdoba o la Alhambra, sino también en los hábitos sociales y en el cultivo de la tierra”. Y en un pasaje del reportaje se lee que Henry Kamen en su libro Los desheredados afirma: “Los árabes trajeron el olivo, el limón, la naranja, la lima, la granada, la higuera y la palmera“… Los árabes sazonaban sus platos con “canela, pimienta, sésamo, macis, anís, clavo, jengibre, menta y cilantro, especies desconocidas en el resto de la Europa cristiana”.

Y qué decir de nuestra toponimia. Una leve mirada a cualquier mapa de España nos muestra una topografía salpicada de topónimos árabes.

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En 929 Abd-al-Rahmán III (912-961) se hace religiosamente independiente de Bagdad y se proclama Califa de los creyentes de Al Andalus, instaurando el Califato de Córdoba que será la etapa más brillante de Al Andalus. La última etapa del Califato estará monopolizada por el ministro del califa Hishan II (tercer califa omeya), Al-Mansur (977-1002), quien ejerece una auténtica dictadura nilitar y realiza más de 50 razias (Barcelona en 985, Santiago de Compostela en 997…). El Califato desaparecerá en 1031 y Al Andalus se divide en Reinos de Taifas: éste es el momento que se corresponde con el Al Andalus que vemos en el mapa anterior.

Es con este Al Andalus con el que identificamos, del que heredamos, entre otros, los topónimos que siguen: Mequinenza, Calatayud…, en Aragón; Ágreda, Medinaceli, Guadalajara, Guadarrama, Jarama, Alcalá, Madrid, Torrelodones, Torrejón..., en Castilla; hacia Extremadura: Calatrava, Talavera de la Reina, Trujillo, Badajoz...; ya en Andalucía: Córdoba, Écija, Carmona, Sevilla, Fuengirola, Antequera, Arcos de la Frontera, Jerez, Tarifa, Algeciras, Granada, Albaicín, Almuñecar, Alpujarras... Y en Levante: Benicasin, Murcia, Úbeda, Alicante, Alcoy, Albacete, Almería…  Y cómo olvidar los ríos: Guadiana, Guadalquivir, Guadalorce, Guadalete, Guadaira…

Y cierro el post con el breve, pero intenso relato que sigue: *

“El elemento árabe es, después del latino, el más importante del vocabulario español. Un hecho de esta naturaleza demuestra con creces hasta qué punto lo árabe es esencial en nuestra cultura. Esos marroquíes que tan altas tarifas pagan por cruzar la aduana de Algeciras, y atraviesan aldeas o alquerías de La Mancha entre jaras, retamas, espliego y mejorana antes de llegar a arrabales donde encontrar una alcoba con tabiques revestidos, tal vez, de azulejos, donde comer albóndigas, alcachofas, aceitunas, alubias, y desde allí marchar a trabajar a una tahona, o un almacen, o a vender alfombras por las aceras o a emplearse como albañíles, con los papeles en regla otorgados por un alguacil, con el permiso del alcalde, y que con fulano o mengano armarán buen alborozo cuando en una azotea se cuenten alguna hazaña celebrándola con arrope, alfeñique o albaricoques en almibar, quizás entre el perfume de alhelíes, azahares o azucenas, y aun con tiempo para jugar al ajedrez o tocar el laúd antes de que el cielo azul o añil se acicale de estrellas como Aldebarán, Algol, Vega…, pues bien, esos árabes vuelven donde señorearon sus mayores, aunque algunos mézquinos los tachen de gandules“.

* Estas líneas reproducen el contenido de un pequeño recorte de prensa que conservo desde hace mucho tiempo, del que no puedo precisar la fecha (podría ser de hace unos treinta años) ni siquiera el diario al que pertenece, pero al que acudía siempre que les hablaba a mis alumnos de Al Andalus y de la herencia (en este caso, la lingüística) que nos legó la presencia de los árabes-musulmanes en la península.

Hace meses que tenía proyectado este post y hasta estuve a punto de suspenderlo, aunque al final me pareció que merecía la pena terminarlo y publicarlo. Es el  último post de este blog, cuyos principales destinatarios han sido mis alumnos.