El 8 de abril se celebra el Día del Pueblo Gitano.
Muchos de nuestros compañeros y compañeras son de raza gitana y, sin embargo, su cultura todavía no es suficientemente conocida. Por eso este día puede ser una oportunidad para que reflexionemos sobre la importancia de apreciar y reconocer los valores del pueblo gitano.
Este mes en el colegio estáis leyendo muchos cuentos, os invito a leer este sobre un niño gitano que descubre la belleza de su pueblo.
Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando los ROM cruzaron los Pirineos, era invierno. Los caballos apenas podían arrastrar los carretas. La nieve cubría los valles y los montañas. Zindel, delgado, fuerte y de piel morena, era el hombre más respetado por todas las familias Rom. Ladislás, hijo de Zindel, miraba con sus grades ojos negros las grandes montañas, a su gente, a sus hermanos y tíos guiando los carretas. De pronto su padre dio orden de parar la caravana. Montaron un campamento para pasar la noche. Su madre y hermanas, junto con las otras mujeres, prepararon el fuego y la comida. Ladislás fue a buscar leña con su abuelo.

Al niño le gustaba ir con su abuelo, pues éste sabía muchas cosas, y le hablaba de cuando vivían en los agujeros de las montañas y todavía no conocían los caballos, y de los países que había recorrido su familia. Y mientras su abuelo le enseñaba tantas cosas, el tiempo se le pasaba volando. Habían pasado muchas lunas cuando un día, estando Ladislás y su abuelo en la carreta y viendo cómo la nieve se convertía en ríos de agua y cómo los campos pasaban de blanco a verde, Ladislás le preguntó: ¿Por qué no nos quedamos aquí?
Y fue entonces cuando Tasa, que así se llamaba el abuelo, le explicó que su viaje había comenzado en un país muy lejano llamado la India. Que lo más importante era que toda la familia había estado junta, que tenían caballos para criar y vender, y que sabían trabajar como nadie el metal. Por eso no tenían de que preocuparse, podían comer y hasta comprar vestidos y collares. Luego, haciendo un gesto con la mano, invitó a su nieto a mirar hacia arriba a la vez que, emocionado, casi con lágrimas en los ojos, le decía: Nuestra casa es el mundo entero y nuestro techo el cielo y las estrellas. Ladislás creía en su abuelo. Pensaba en lo feliz que era, pensaba en su familia que tanto le quería, y sabía que, si pasaba algo, eran muchos para defenderse. Esa noche Ladislás miró la luna, sonrió y durmió tranquilo.
