«Veinte viajes de ida sin vuelta» (nuevo libro de relatos)

7 Mayo 2011

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Unos cuantos viajes de ida sin vuelta han compartido un destino común: la Granada nazarí que supo dar esplendor al último reducto de al-Ándalus. En los frescos cármenes del Albayzín, junto al rumor de las fuentes palaciegas de la Alhambra, sus moradores intercambiaron cientos de historias, intrigas y anécdotas rematadas con sorpresas. Algo parecido he intentado hacer, desde una perspectiva temporal que se ve envuelta en el eterno retorno, analizando literariamente huellas de lo que con cierta ligereza juzgamos pasado.

El resto de los relatos  no dejan de ser también viajes de ida sin vuelta, en busca de contestaciones verosímiles, al laberinto de dudas en que se ha movido siempre el hombre. Lo único cierto es que nunca se regresa de viajes así con idéntico equipaje ni al mismo punto de partida. No; ya nada será igual. Lo que se ha encontrado en la aventura ha tenido la poderosa virtud de transformar al viajero en un ser definitivamente distinto.

Publicación de mi novela «La extrañeza de tus pasos» (Zahorí Ediciones, 2009)

20 Septiembre 2009

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  En esta novela nos encontramos con el deambular y extraño comportamiento del capitán Carlos Fernández Barrientos, un personaje que busca refugio en un pueblo de la sierra granadina durante la guerra fratricida del 36. Es un topo muy especial, un desertor de sí mismo, que a partir de ese momento crítico ha de vivir como en tierra de nadie y, sin embargo, en estrecho contacto, paradójicamente, con otros muchos personajes. Es muy consciente de los peligros que corre y de que únicamente dispone de tiempo —¿pero cuánto?— para dar un radical cambio a su vida. Sólo al final, cuando las piezas de la estructura de esta obra se vayan ensamblando, tendrá explicación su postura.

«Venir a cuento» (Editorial Peña Tú, 1997)

6 Abril 2009

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Por fin el edén

 (Uno)

             Estaba medio adormilándose plácidamente, abandonado con desgana infinita al vaivén cercano de cadenciosos avances y resacas de las olas. Si entreabría los párpados, podía entonces contemplar sus pies desnudos, al otro extremo de la hamaca tendida entre palmeras, interponiéndosele en una trayectoria de semicir­cunferencia —su propio vaivén— como si trataran de impedirle la visión completa de la playa. Tras ellos se mostraba radiante el paisaje colorista y cálido del trópico en los mares del sur; el azul celeste, transmitiendo luminosidad a la mezcla de ultramares y verde esmeralda de las aguas; los dorados rutilantes de la arena, que, en una amplia franja circundante, forma el ala casi perfecta de la gran pamela-isla. Es un amarillo refulgente en extremo, intenso, en contraste muy vivo con los tenues claroscuros esparcidos bajo la exuberante vegetación que lo rodea.

            Durante unos instantes más, mientras la voluntad trataba de imponerse y ganarle el pulso definitivo a la pereza, recreó mentalmente las imágenes de las láminas que adornaban las paredes de su despacho en Madrid. Era tremendamente agradable poder experimentar el fantástico don de la ubicuidad. Allí, en Europa, a miles de kilómetros de distancia, ante reproducciones sugerentes hasta el hechizo de la obra de Gauguin: «El caballo blanco», «Dos mujeres tahitianas en la playa», «Los senos de las flores rojas»… Y rápida, vertiginosamente aquí, donde el pintor quedó para siempre cautivado por espacios de luz y sombra similares a los que él estaba en estos momentos gozando.

            Luego, cuando el ruido fue ganando fuerza, se incorporó completamente de su lecho y pudo observar entre las copas de los cocoteros y palmeras de la izquierda, todavía algo lejana y minúscula, la silueta de un hidroavión que se aproximaba.

            Dio un pequeño salto y se encaminó con celeridad en dirección al velero de dos palos que hacía unas cuantas semanas les había descubierto el paraíso, el ansiado edén.

            «Pape Moe», agua misteriosa en maorí, del no menos misterioso y solitario pintor, de cuyo cuadro cargado de fuerte simbolismo, enorme serenidad y candidez, es preciso que tomase nombre. Cuando vio en el puerto de Apia los moldes en bronce de estas palabras, resaltando con su débil lustre anaranjado sobre la quilla, no tuvo duda alguna ya de que era justamente el barco que había que alquilar. Y así, con el feliz presentimiento de que antes de iniciar la singladura les estaba sonriendo la suerte, se lo pidió a Luisa y los amigos.

            —Es ideal para desenvolvernos bien los cuatro, tenemos suficiente dinero como para almacenar comida y navegar hasta navidad con él, y, además, no me digas que no es lo que siempre habías envidiado, Jorge: nada menos que todo un cascarón de unos dieciséis o diecisiete metros de eslora… Con esto sí que podrás hacer bien las veces de viejo lobo de mar experimentado y curtido.

            Por supuesto, jugaba con ventaja. Sabía que todos le iban a decir que sí. ¿Para qué, si no, habían estado preparando juntos durante el último año unas vacaciones tan especiales como aquellas? Cuando se es joven, cuando no se tienen todavía hijos, y sí dinero, lo mejor es gastar éste de una forma que no resulte fácil de olvidar. Darle, por ejemplo, un giro total al rumbo anodino de la vida. Tantear entonces tras la puerta abierta de la esperanza hasta toparse con un futuro auténtico; no con el de pacotilla, frustrante, que se nos deshace día a día y tan inconscientemente entre las manos. Es irrenunciable, por tanto, la huida hacia ese destino prometedor, pleno de sensaciones desconocidas, desde la niñez marginadas, en que sólo sea posible el encuentro con uno mismo. Nada más y nada menos.

            Jorge y él eran los primeros que lo estaban necesitando desde hacía una larga temporada, cada vez con más insistencia. Estaban de acuerdo que había que romper de algún modo, y más pronto que tarde, con su trabajo en exceso estresante. Ser jóvenes ejecutivos agresivos, lumbreras del escalafón bancario tanto en Gijón como en Madrid, encandilaba enormemente a los amigos, vestía mucho, sí; pero, desde luego, también les estaba cubriendo prematuramente de canas. Casi no disponían de tiempo para sentir fluir su vida de una manera realmente libre. Y unas minivacaciones cíclicas de apenas una semana por la costa del Cantábrico, siempre atracados en los mismos puertos, les había hecho en gran medida raro, casi domesticado el soñar. De modo que cuando llegó el día de la fusión de los dos grandes bancos del país, al mismo tiempo se presentó, de paso, la esperada oportunidad: diez millones contantes y sonantes para cada uno, por su excelente esfuerzo de mediación entre ambas entidades y la auditoría, y todo un largo año por delante, un larguísimo año sabático en que poder meditar despacio si se acogían o no a la opción de contrato preferente en el nuevo emporio bancario, en cualquiera de sus filiales, si ese era su gusto, o bien daban carpetazo y se pasaban a la competencia. No había, pues, que despreciar ni un solo instante la gran ocasión. Sería de necios.

           Como tampoco era cuestión de despreciar la ayuda y el entusiasmo de Bibi, la guapa esposa de Jorge. Heredera única de una de las familias más ricas de Asturias, el trabajo que efectuaba en la Facultad de Biología respondía solamente a su pasión por la labor investigadora en conservación de ecosistemas; nunca a una necesidad perentoria de hacer algún ingreso de carácter extraordinario en su casa. Quedaban excluidos de un tratamiento así, afortunadamente, proyectos de aventura y evasión tan importantes como éste. Tanto en este caso, como en el lanzamiento hace años de su amiga de la infancia, con objeto de darle un cierto empujón para abrirle camino en el mundillo de las editoriales de Madrid, su mecenazgo había sido verdaderamente providencial. En cierta forma, por tanto, más que a su propia carrera de periodismo, incluso, si Luisa aportaba ahora su pluma y cámara de fotos, o si en adelante había lugar para un hipotético libro que recogiera todas las experiencias vividas, esta posibili­dad había sido factible y tomaba cuerpo gracias a las subvenciones desinte­resadas de Bibi. Lo cual no significaba poner en entredicho en ningún momento la aportación de su mujer. ¿Cómo iba a pensar precisamente él en algo así? A pesar de que el dinero girara en torno a Bibi, él hacía mucho tiempo que había escogido quedarse junto a un espíritu que le resultaba más agradable y superior: la increíble sensibilidad artística de su amada Luisa.

            Justo en el momento en que Jorge se presentó en la cubierta, el motor del hidroavión tronó a unos cien metros sobre la vertical que marcaban los palos del velero. Y pocos segundos después, como si el estruendo de la veloz pasada y consiguientes alboroto y excitación de los pájaros aún no fueran suficientes, el aparato se ladeó ligeramente e inició una gran curva que rompía la anterior trayectoria, pero que ellos no supieron interpretar si obedecería a un intento de amerizaje o de repetir tan sólo una maniobra de observación.

            —Perdona, David. Estaba dentro de la cabaña y por eso no lo he oído hasta hace muy poco. No debí dejar todo esto ayer tan al descubierto.

            Había sinceridad en sus palabras, de eso no cabía la menor duda. Únicamente que Jorge era a veces así, un poco despistado. Pero instantes más tarde, cuando caía en la cuenta de sus olvidos, era también tenaz y diligente en su empeño como pocos. Así es que fue prácticamente él solo, haciendo gala de una gran desenvoltura de movimientos sobre el barco, quien se encargó de terminar de cubrir con las urdimbres ya preparadas de palmas el resto de la popa.

            Una vez camuflada la superficie en su totalidad, saltaron al agua y buscaron refugio entre los troncos de árboles que servían de barreras naturales a ambos lados de la estrecha ensenada, la única irregularidad de la línea de costa en que poder disimular y resguardar convenientemente la embarcación. Desde allí observa­ron cómo el hidroavión sobrevoló en esta ocasión algo más bajo, tal vez a cuarenta o cincuenta metros de altura, y que finalmente, cuando ya pensaban que quizás repetiría la operación nuevamente, optó por no hacer más piruetas y retomar de modo definitivo el rumbo que llevaba trazado en un principio.

            Se miraron fijamente, adivinando en los ojos del otro la misma determinación.

            —Hay que regresar ya. Dentro de dos o tres días, a lo sumo, nos vamos e iniciamos los trámites que hagan falta.

            —Sí, de acuerdo, señor Crusoe —bromeó Jorge para intentar romper la tensión del momento—. Pero ahora las damas me están esperando impacientes. No se me ha olvidado que hoy me toca llevarles pescado fresco a la cocina, por lo que tendré que recurrir a mi piscifactoría particular. Hasta luego.

            Mientras su amigo se alejaba para revisar las cañas, él regresó a la hamaca y se volvió a tumbar. Estaba decidido —estaban convencidos todos— que aquella isla tan coqueta y precisa en sus dimensiones (sobrepasaría por poco los dos kilómetros cuadrados) sería suya muy pronto. Incluso les pertenecía casi moralmente ya, y no sólo por los derechos adquiridos de uso y disfrute durante tanto tiempo. Faltaban todavía, como es lógico, las gestiones, las firmas y capital que habría que poner sobre la mesa para convencer a las autoridades correspondientes de la bondad de un proyecto como el que pensaban llevar a cabo. Pero, bueno, todo se andaría; seguramente, con muy pocos pasos y bastante rapidez. Invertirían la totalidad de su dinero en comprar el barco y montar un pequeño servicio meteorológico, aunque tremendamente eficaz en la transmisión de sus datos para la zona. Y, de igual modo, ejecuta­rían un estudio riguroso de flora y fauna, una labor de señaliza­ción para tráfico marítimo (con el fin de que a nadie más le ocurriera lo que a ellos), o cualquier otra cosa que el gobierno del archipiélago juzgara conveniente. Todo ello para ofrecerlo gratis —incluido el barco y su propio trabajo personal—, a cambio, como quien dice, de nada específico: simplemente poder sobrevivir en lo que hasta ese momento había sido un rincón olvidado del mundo.

            Pero, de repente, una sacudida enérgica, un movimiento reflejo que trata de evitar su caída en un imaginario vacío, le indican que ha estado a punto, nuevamente, de rondar los bordes del pozo de los sueños. Es, por otra parte, la señal que a lo mejor le envía el subconsciente para que no rompa con la costumbre del agradable baño diario antes de irse a comer. No es cuestión, pues, de andar ahora cambiando de hábitos sin que medie la menor necesidad.

            Dentro del agua, mientras su cuerpo se acomodaba a la sensación relajante de una casi intemporal flotación, no pudo evitar regodearse en los contrastes tan ventajosos que su vida presente le ofrecía frente a la de Madrid. ¡Qué providencial la tormenta que les desvió de su ruta desde las islas de Samoa y les hizo amarrar y buscar cobijo a la altura de las de Tuamotú! ¿Quién podía acordarse ahora de aquellas jornadas de navegación dificul­tosa después de haber disfrutado en las últimas fechas más de treinta días de increíble paz? ¡Qué lejos quedaban ya los rigores del invierno europeo en esta eterna primavera…!

            Era totalmente normal que se sintieran celosos de su isla, que temiesen ser sorprendidos en su intimidad o que, por culpa de ellos mismos, alguien les tomara la delantera e hiciese añicos el propio sueño de «Dánae». Incluso el nombre con que Luisa había bautizado aquel espacio prodigioso parecía haberse contagiado de la sensual serenidad del paisaje y, por supuesto, del famoso cuadro de Klimt que sirvió de motivo y arranque de su mutuo amor.

            Cuando volvió la cabeza y se fijó en el punto que ambos solían compartir en la playa, vio que su mujer ya estaba tumbada allí. Desnuda, con la misma postura recogida y casi indolente, al mismo tiempo, de la protagonista mitológica del cuadro, como si con su presencia en la orilla quisiera hacer realidad el poder evocador de las imágenes. «Bien, se lo admito a usted: puede que tengamos un cierto parecido las dos; pero yo no tengo por costumbre recostarme entre velos y tampoco he vivido aún una experiencia tan particular de lluvia de oro como ella» recordó que fue su contestación la primera vez que le habló cuando coincidie­ron en la exposición de Salzburgo.

            Antes, todavía, no. Creían rozar la felicidad máxima, y lo cierto es que se encontraban un poco lejos de ella. Ahora, en cambio, sí. Ahora, pensó mientras se dirigía hacia la arena, ya estaban empezando a sentir los primeros efectos de Pape Moe, esa agua misteriosa que no necesita manar de fuente física alguna.

 

 (Y dos)

 

            —Emile, por favor, prepara alerones y vira rápidamente a la izquierda.

            Fue lo que le pidió el comandante que hiciera mientras regulaba los prismáticos y se decidía a observar por su ventanilla algún lugar impreciso allá abajo.

            —¿Ha visto algo fuera de lo normal o es sólo para tomarme el pelo? Porque, vamos, ya sería mucha casualidad que precisamente en este momento tuviésemos que encontrarnos con algo extraño…

            —No sé; todas las precauciones pueden resultar pocas. El caso es que me pareció ver como un pequeño barco ahí; pero no estoy muy seguro. Por esa zona la vegetación es muy tupida. Bueno, a lo mejor es únicamente un engaño de la vista, una rareza que se imagina uno después de todos estos días. No obstante, reduce velocidad y altitud y da otra pasada, anda. Volveré a mirar mejor.

            —Usted mismo lo ha dicho, mi comandante —corroboró en voz alta cuando se disponían a sobrevolar por segunda vez la zona—. Después de tantos días de revisión de los otros islotes más grandes, no es difícil que nos surjan hasta alucinaciones.

            —Bien, pues adelante —respiró aliviado, soltando a continua­ción sobre el pecho los prismáticos—. Lo he comprobado esta vez con bastante más precisión y te puedo garantizar que ahí no se encuentra nadie.

            —Claro, no se preocupe usted más, señor. ¿Quién podría haber burlado el cerco impuesto por los radares a esta parte del archipiélago desde hace casi un mes? Otra cosa: por muy necio que pueda ser alguien, siempre hay radio y emisoras de aficionado en que poder tropezarse con noticias y avisos continuos. Además, hay que tener en cuenta que muchos son atolones o retazos con un considerable arbolado, sí, pero en los que le resultaría difícil sobrevivir incluso a un salvaje. De todos modos, mi comandante, se nos acaba el tiempo y hay que regresar a la base. Únicamente queda media hora para iniciar la cuenta atrás, para el gran ensayo nuclear de las últimas décadas.

 

Nota: Este cuento fue premiado en el V Concurso de Cuentos «Valentín Andrés», Grado, Asturias. Con él se inicia el libro de «Venir a cuento» y está estrechamente relacionado con el cuadro titulado «Pape Moe», de P. Gauguin, que ilustra la portada.

Tengo que deciros algo, padre

6 Abril 2009

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Tengo que deciros algo, padre

Ha sido espectacular, rebosante de magnificencia y efectos deleitosos para los sentidos. En especial, para la vista, para el recreo de unos ojos nunca cansados de descubrir matices sorprendentes entre tanta belleza; eso a pesar de haber contemplado otras veces ya contigo el desfile del grueso de nuestras tropas en el patio principal de la fortaleza, o bien, en formación de pequeñas patrullas, en grupos de unos veinte o treinta hombres, con objeto de cumplir puntualmente el relevo de la guardia a lo largo del perímetro de la enorme muralla. Siempre el paso marcial, milimétricamente calculado, al dictado de un ritmo que trata de destacar la pomposidad y gran amplitud del movimiento de piernas y brazos, formando una sucesión de imágenes de vivos colores que se desplazan en el espacio lentamente, sin aparente esfuerzo.

Para colmo de grandeza, la entrada del ejército en la ciudad también ha sido una explosión de alegría que aún conservo en los oídos. Trompetas, chirimías, panderos y tambores, trote nervioso de la caballería de los mandos militares, ruido de carros sobre el alfombrado de lisas piedras que configuran ingeniosos dibujos geométricos en la calzada, cascos y pezuñas de los animales de tiro que, tras jornada agotadora, resbalan con harta frecuencia, martilleando desesperadamente a continuación con el extremo de sus patas en el suelo para intentar restablecer el equilibrio. Y a esta algarabía extraordinaria, a esta mezcla improvisada de sonidos, aún habría que sumar el entrechocar de incontables piezas de armadura y armamento ligero: alfanjes, escudos, ballestas, lanzas y mástiles de estandartes y pendones, las largas cadenas que, por último, se hacen eco del lamento incontenible de los numerosos prisioneros cristianos.

Y especialmente orgullosa me siento de la respuesta del pueblo. El cual, tan necesitado como estaba desde hace tiempo de buenas noticias como ésta, ha sabido recompensar con vítores y aplausos, incluso con acordes musicales nuevos, ensayados durante la última semana para la ocasión, el esfuerzo supremo y abnegado de los soldados, capaz de soportar inclemencias y días de penuria ante el acoso ininterrumpido del enemigo, allá en las sierras lejanas de Jaén, sorteando las dificultades añadidas de los territorios esquilmados de la frontera.

Sí, la muchedumbre ha sido generosa como nunca: supo guardar un pasillo bien amplio de recibimiento desde el final de la vega hasta la muralla exterior, el arco más cercano de entrada a la medina y calle mayor del Albaicín. Y, a continuación, la gente se ha distribuido de forma proporcionada por todo el paseo del Darro durante casi una hora de espera -desde que los últimos vigías dieron desde Sierra Elvira el gran aviso de humo- y otra hora más que ha tardado en discurrir la marcha. En ella, todos los soldados se han visto agasajados con frutas, con agua fresquísima y trozos de hielo de los neveros más tardíos de nuestros montes. Al mismo tiempo, desde las ventanas, cobertizos y ajimeces, o encaramadas sobre los muros más cercanos a la calle, poniendo una vez más a prueba su especial sentido del equilibrio, las jóvenes han arrojado al ejército multitud de pétalos, ramas de tomillo y florecillas de lavanda. No obstante, en medio de todo este alborozo, hubo algo que contribuyó definitivamente a desbordar mi emoción: muchas personas daban gritos de alabanza a mi padre, el grande, el sabio entre sabios, el bondadoso Ben Halamar. ¡Cuánto habría dado porque lo hubieses podido ver y oír tú misma! ¡Cómo he lamentado de veras que la reciente debilidad de tus piernas te haya impedido estar allí! Algunos pedían que se asomara por las cortinillas de su carroza y que saludase a todos los presentes, se apretujaban a ambos lados de la comitiva para obtener mejor su bendición; pero los ayudantes a pie y oficiales a caballo les hacían señas muy claras para indicarles la inutilidad de sus súplicas: imposible acercarse más a la carroza, era necesario respetar una mínima distancia de seguridad. Todos, enseguida, parecían entenderlo: sin duda, el jefe supremo de la tropa había soportado muchas horas y leguas sin descansar; ya tendrían oportunidad de escuchar con más calma y el respeto debido sus bienhechoras palabras al día siguiente, durante la recepción que hiciese al pueblo en la explanada de la alcazaba.

Luego, cuando las mujeres abandonamos la torre para retirarnos a este recinto de dependencias privadas, y mientras cruzaba otra vez los cortos pasillos bordeados de arrayanes que perfuman el jardín del Mexuar, no he podido evitar que tomara forma en mi mente la imagen que más odio de Alí Suliney, la misma visión que hube de sorprender y sufrir en ese preciso punto hace dos meses, es decir, un día antes de la partida de nuestro ejército. Paseaban junto a la muralla muy despacio los dos: mi padre, con su túnica negra ribeteada de hilo dorado, el único regalo que quiso aceptar por su ayuda tan oportuna al alcalde de Xátiva tras la última sublevación de la ciudad (ya sabes que últimamente es su túnica preferida). Y muy cerca, casi rozándole el hombro con la puntiaguda barba, y acompañando el efecto de sus palabras con movimientos y ademanes taimados, como suelen hacer los intrigantes al hablar, se encontraba Alí Suliney. Era, probablemente, la última oportunidad que tenía de  estar  a  solas con mi padre y convencerle de la bondad de sus intenciones -supongo que así las calificaría él-, de que sólo el intrépido, el magnífico Alí Suliney podría acallar los rumores perversos de la ciudad de Granada acerca de mi relación con Hasam Alcel.

Aún no comprendo cómo he podido callar tanto tiempo y guardarme tanta rabia en soledad, sin compartir siquiera un mínimo detalle del final de esta historia con mi padre o contigo, especialmente contigo, Fátima, mi vieja amiga, mi fiel servidora, la mujer que el destino parecía haber reservado de modo certero y realmente bienaventurado para mí cuando llegase el momento de llenar el vacío dejado por quien me había dado la vida. Y te digo esto porque sé que me conoces a la perfección, o en la misma medida, al menos, que yo he llegado a profundizar en ti y saber de tu pasado e ilusiones respecto al futuro.

Desde hace mucho tiempo -prácticamente, desde antes de abandonar la niñez-, nos hemos confiado todos los secretos, razón por la cual ninguna de las dos ha tomado como una carga la labor de preceptora que mi padre te encomendó, ni siquiera como un papel más o menos arduo, difícil de soportar. Al contrario: yo siempre me he considerado como tu auténtica hija, y mi padre ha sido para ti -a pesar de que nunca hayas tenido acceso a su cama, lo cual me llegaste a confesar- el hombre que constantemente has soñado que algún día te llamaría de verdad a su lado, el esposo casi perfecto a quien se perdona con facilidad su exceso de trabajo fuera del hogar, el amante eternamente idealizado.

Quiero decirte por todo ello que hoy, esta misma tarde, cuando mi padre haya finalizado su descanso y se acerque como otras veces al harén para interesarse por la evolución de tu salud, le transmitirás el contenido de esta larga carta que yo habré hecho llegar momentos antes a tus manos a través de tu criada. Pienso entregársela ahora, en cuanto haya completado su escritura, si bien ella tiene el encargo de custodiarla hasta entonces. Espero hallarme lejos de Granada a esa hora.

Es la salida que juzgo más apropiada en mi situación, pues no encuentro el valor suficiente para enfrentarme cara a cara con mi padre, aunque reconozco que tendría que hacerlo. Y que conste que este temor que siento es debido principalmente al disgusto que podrían causarle mis palabras, no soportaría ver un rasgo más de pesadumbre en su rostro, pues, en lo que a mí respecta, no tengo miedo en absoluto al castigo personal, a verme puesta en entredicho en la corte por el repudio paterno. Lo que digan sobre mi honra, todos los infundios que quiera propagar Alí Suliney acerca de mí, hace tiempo que me trae sin cuidado.

Cuando mi padre hizo firme su voluntad de unir para el futuro las dos familias, y se pactó nuestra boda, éramos los dos muy niños y aún no se había destapado por completo, evidentemente, la auténtica personalidad de Alí Suliney. Sin embargo, ya en aquella época surgieron pronto mezclados con los inocentes juegos en el jardín las primeras malas hierbas y zarzas de las disputas: me negaba a ser siempre su prisionera, la posesión que no ha de mostrar nunca resistencia, o, dicho de otro modo, la pieza abatida por las flechas ficticias que surgían de las continuas emboscadas de Suliney. Yo sé que tú, Fátima, te alegrabas en silencio de mi rebeldía y que, de forma distinta a mí, te veías obligada a ahogar los mismos reproches que yo -sin querer contrariarle en exceso- intentaba manifestar en alto ante las reprensiones de mi padre.

La vida ha dado desde entonces multitud de pasos, el tiempo lo ha mudado velozmente todo, pero aquellas tiranteces infantiles ya eran en verdad premonitorias. Para el orgulloso y calculador Suliney sólo sigo siendo una mediación valiosa en su camino hacia el triunfo, una escala especialmente firme en su irrefrenable deseo de ascender con prontitud y lograr el poder a cualquier precio, por muy alto que éste sea. Él sabe que nunca ha habido cariño ni amor entre los dos, y que nunca los podrá haber, pues hace casi tres meses tuvo la oportunidad de enterarse gracias a sus confidentes y espías de mis relaciones sinceras con el joven soldado Hasam Alcel. ¿Crees que tal noticia le afectó realmente?, ¿que el saberse total y definitivamente rechazado hizo cambiar su actitud? No, ni se inmutó siquiera. La prueba es que dos semanas antes de salir él junto a mi padre en esta expedición hacia la frontera con los cristianos, una criada suya me advirtió de su presencia en el patio de la alberca del Generalife, mientras las mujeres dábamos el paseo de media tarde y yo me había rezagado un poco. Quería hablarme, y, dispuesto como estaba a afrontar todos los riesgos necesarios, bien cierto es -por desgracia- que lo consiguió. Sus intenciones, me dijo, eran claras e inquebrantables, y ante ellas sólo cabía la rendición incondicional (estaba claro que nunca dejaría de ser para él un trofeo de caza). Con nuestra boda, no sólo estábamos dando los pasos necesarios en la verdadera dirección, lo cual, por expresarlo con sus mismas palabras, significaba estar en disposición de recibir la recompensa más que segura de Alá, el anhelado varón, de sangre fuerte y noble, que viniese a alegrar los años de vejez de mi padre, sino que además se facilitaría la sucesión en el cargo de jefe de las tropas entre suegro y yerno. Según él, tanto mi padre, como todo el ejército, ya estaban esperando con impaciencia y buenos ojos esta transición de responsabilidad y mando.

Sin embargo, como quien no veía con buenos ojos toda la operación era yo, se despidió bruscamente y amenazándome con hacer públicos,  y llenos de los adornos que a él se le fueran ocurriendo, mis desvaríos amorosos con Alcel, bajo todo punto de vista censurables, por supuesto. Me daba el plazo improrrogable de un día para no verse en la obligación de cumplir su amenaza. Yo no era nadie para impedirle alcanzar su objetivo. Conmigo, o sin mí, él sería el próximo jefe de las tropas granadinas.

Te repito, Fátima, que me duele enormemente el haberos ocultado mi propia versión sobre estos hechos en que me he visto envuelta, así como acerca de los rumores consiguientes, una bola rodante de nieve imposible de parar. Por lo que se refiere a mi padre, ni vi entonces el momento oportuno de dársela a conocer, a falta de tan pocos días de su partida hacia la guerra, ni me encuentro con fuerzas suficientes para mostrarle las pruebas de mi desobediencia ahora, cuando en el vientre de esta su querida hija bulle una nueva vida gracias al amor de Alcel.

Tienes que ser tú quien supla el valor que me falta para contarle todo esto a mi padre. Has de advertirle de la ambición desmesurada de Alí Suliney, especialmente a partir de esta tarde, en la cual cumple el plazo que me he puesto para alejarme con quien verdaderamente deseo compartir mi vida a un lugar apartado del reino. Es el último favor que te pido. Ojalá el Altísimo ilumine tan generosamente tu discurso como hasta el día de hoy.

Es curioso. A pesar de que parezca muy extraño, creo que nuestras mentes deben de tener muy estrecha relación en este mismo instante: oigo tus lentos pasos acercándose y el ruido del bastón sobre el mármol del otro extremo del pasillo. Lo cierto es que resulta una gran coincidencia y, al mismo tiempo, un hecho extraño, ya que por alguna oscura razón no cumples de forma correcta el reposo que te han aconsejado los médicos.

-¡Zoraida! ¡Ábreme, por favor! Necesito hablarte urgentemente.

-¿Qué quieres? ¿Cómo has podido ser tan imprudente y exigirle una prueba de tal magnitud a tu cuerpo? Todavía estás demasiado débil para caminar así por el palacio. Se te nota bastante mareada, extraordinariamente pálida.

-Deja, puedo sentarme sola. Escúchame bien, Zoraida; hoy será el día más triste para ti y para toda la corte: tu padre ha muerto.

-¡¿Pero cómo es posible?! ¡¿Qué estás diciendo?! Al mediodía… en el desfile de las tropas…

-Ya venía muy enfermo, vomitando desde ayer por la noche. No han querido dar la noticia hasta este preciso momento, ya que los médicos albergaban esperanzas de salvarlo con alguna pócima, algún milagro que contrarrestase los efectos del veneno. Sí, mi pobre Zoraida. Ha debido de tomar por equivocación, o alguna mano cruel la ha mezclado con su comida, una ponzoña más devoradora y letal aún que los peores trances sufridos por él en numerosísimas guerras, puesto que ninguno de éstos consiguió derrotarlo.

 

Granada, 1999


(Nota: Este relato me lo publicaron en la revista Ábaco, número 29 / 30, en 2001)

Poesías para paladear de vez en cuando

26 Octubre 2007

 

 

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SI GUARDAS EN TU PUESTO LA CABEZA TRANQUILA

CUANDO TODO A TU LADO ES CABEZA PERDIDA

 

Si puedes confiar en ti mismo cuando todos los hombres dudan de ti

pero además atiendes tus dudas.

Si puedes esperar y no cansarte de esperar,

o siendo engañado no obras con engaño,

o siendo odiado no das paso al odio.

Si eres bueno y no finges ser mejor de lo que eres.

Si al hablar no exageras lo que sabes y quieres.

Si puedes soñar y no haces de los sueños tu dueño.

Si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu fin.

Si puedes enfrentarte con el triunfo y el desastre,

y tratarlos por igual.

Si puedes soportar oír la verdad que tú pregonaste,

adulterada por pillos para tender una trampa a los necios;

o comprobar que están rotas las cosas a las que tú diste la vida;

e inclinarte y reconstruirlas con medios insuficientes.

Si puedes arriesgar todas tus ganancias a la suerte de un día.

Perder y empezar nuevamente desde el principio,

sin decir nada a nadie de lo que es y de lo que era.

Si logras que tus nervios y el corazón te asistan,

aun después de su fuga de tu cuerpo en fatiga.

Y se agarren contigo cuando no queda nada,

porque tú lo deseas, lo quieres y mandas.

Si puedes hablar con la gentuza y guardar tu virtud.

O pasear con el Rey, sin perder el sentido común.

Si nadie que te hiera llega a hacerte herida.

Si todos te reclaman y ninguno te precisa.

Si puedes llenar el minuto inexorable

de sesenta segundos que te lleven al cielo.

Tuya es la Tierra y todo lo que contiene.

Y -lo que es más-

¡Tú serás hombre, hijo mío!

Rudyard Kipling

 

 

 

Ahora es el momento

Ahora es el momento de hacer lo que más quieres.

No esperes al lunes, ni esperes a mañana.

Que no aumente en ti la caravana

de sueños pisoteados. Ya no esperes.

No reprimas por miedo o cobardía.

No postergues la vida con más muerte,

y no esperes más nada de la suerte

que no hay más que tu tesón y tu energía.

Si tu sueño es hermoso dale forma

como esculpe el arroyo la ribera;

como el viento que vive y se transforma.

Y para que todo resulte a tu manera,

redacta para ti mismo tu norma

y convierte tu otoño en primavera.

 E. J. Malinowski

 

 

Este mundo: tu mundo

Es tuyo este segundo que transcurre

y este aire que inspiras vitalmente,

e igual que los deseos de tu mente

también es tuyo todo lo que ocurre.

Y es tuya esta parcela de la vida

donde habitan desdicha y esperanza,

como es tuyo el paisaje en su añoranza

con toda su belleza más querida.

Lo mismo es tuyo el sol de primavera,

la rosa en su perfume colorido

y la paz de tu sueño sin frontera.

También es tuyo este mundo malherido

del que eres parte y de tu amor espera,

…no lo dejes morir en el olvido.

E. J. Malinowski

 

 

Sé todos los cuentos

Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan sólo lo que he visto.

Y he visto:

que la cuna del hombre la mecen con cuentos,

que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,

que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,

que los huesos del hombre los entierran con cuentos,

y que el miedo del hombre…

ha inventado todos los cuentos.

Yo sé muy pocas cosas, es verdad,

pero me han dormido con todos los cuentos…

y sé todos los cuentos.

León Felipe

 

 

No

  “No” es “No”,

  y hay una forma de decirlo:

   No.

  Sin admiración,

ni interrogantes,

  ni puntos suspensivos.

   “No”

se dice de una sola manera.

   Es corto, rápido,

monocorde,

   sobrio y escueto.

   No.

   Se dice de una sola vez. No.

   Con la misma entonación.

No.

   Como un disco rayado.

No.

   Un “No” que necesita

   de una larga caminata o

   una reflexión en el jardín

   no es “No”.

   Un “No” que necesita

justificaciones y explicaciones

   no es “No”.

   “No”

tiene la brevedad de un segundo.

   Es un “No” para el otro,

   porque ya lo fue para uno mismo.

   “No” no deja puertas abiertas,

   ni entrampa con esperanzas,

   ni puede dejar de ser “No”,

   aunque el otro y el mundo

   se pongan de cabeza.

   “No” es el último acto de dignidad.

   “No” es el fin de un libro sin más

   capítulos ni segundas partes.

   “No”

   no se dice por carta,

   ni se dice con silencios,

   ni en voz baja,

ni gritando,

   ni con la cabeza gacha,

   ni mirando hacia otro lado,

   ni con símbolos devueltos,

   ni con pena y mucho menos

   con satisfacción.

   “No” es “No” porque no.

   Cuando el “No” es “No”,

   se puede mirar a los ojos, y el “No”

   se descolgará naturalmente de

   los labios.

   La voz del “No” no es trémula,

   ni vacilante,

ni agresiva, y no deja

   duda alguna.

   Ese “No” no es

   una negación del pasado:

   es una corrección al futuro.

   Y sólo quien sabe decir “No”

   puede decir “Sí”.

 

 

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta, cubierto de rocío,

pasas las noches del invierno escuras?

 ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío

si de mi ingratitud el yelo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

Cuántas veces el ángel me decía:

¡Alma, asómate agora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía!

¡y cuántas, hermosura soberana:

Mañana le abriremos -respondía-

para lo mismo responder mañana! 

Lope de Vega

 

Soneto de repente

Un soneto me manda hacer Violante,

que en mi vida me he visto en tal aprieto;

catorce versos dicen que es soneto;

Burla burlando van los tres delante.

 

 Yo pensé que no hallara consonante

y estoy a la mitad de otro cuarteto;

mas si me veo en el primer terceto

no hay cosa en los cuartetos que me espante.

 

 Por el primer terceto voy entrando

y parece que entré con pie derecho,

pues fin con este verso le voy dando.

 

 Ya estoy en el segundo, y aun sospecho

que voy los trece versos acabando;

contad si son catorce, y está hecho.

Lope de Vega

 

Pastor que con tus silbos amorosos

Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
Tú, que hiciste cayado de ese leño
en que tiendes los brazos poderosos,

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño
y la palabra de seguirte empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados;
¿pero cómo te digo que me esperes,
si estás, para esperar, los pies clavados?

Lope de Vega

 

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que el cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Lope de Vega

 

 

Ya no quiero más bien que sólo amaros…

Ya no quiero más bien que sólo amaros,
ni más vida, Lucinda, que ofreceros
la que me dais, cuando merezco veros,
ni ver más luz que vuestros ojos claros.

Para vivir me basta desearos,
para ser venturoso, conoceros,
para admirar el mundo, engrandeceros,
y para ser Eróstrato, abrazaros.

La pluma y lengua, respondiendo a coros,
quieren al cielo espléndido subiros,
donde están los espíritus más puros;

que entre tales riquezas y tesoros,
mis lágrimas, mis versos, mis suspiros,
de olvido y tiempo vivirán seguros.

Lope de Vega

 

 

 

 

Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,

un cobarde con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,

que dura hasta el postrero paroxismo;

enfermedad que crece si es curada.

 Éste es el niño Amor, éste es su abismo.

¡Mirad cuál amistad tendrá con nada

el que en todo es contrario de sí mismo!

Francisco de Quevedo

 

 

¿Quién mata con más rigor?

¿Quién mata con más rigor?
     Amor.
¿Quién causa tantos desvelos?
     Celos.
¿Quién es el mal de mi bien?
     Desdén
¿Qué más que todos también
una esperanza perdida,
pues que me quitan la vida
amor, celos y desdén?

¿Qué fin tendrá mi osadía?
     Porfía.
¿Y qué remedio mi daño?
     Engaño.
¿Quién es contrario a mi amor?
     Temor.
Luego es forzoso el rigor,
y locura el porfiar ,
pues mal se pueden juntar
porfía, engaño y temor.

¿Qué es lo que el amor me ha dado?
     Cuidado.
¿Y qué es lo que yo le pido?
     Olvido.
¿Qué tengo del bien que veo?
     Deseo.
Si en tal locura me empleo,
que soy mi propio enemigo,
presto acabarán conmigo
cuidado, olvido y deseo.

Nunca mi pena fue dicha.
     Desdicha.
¿Qué guarda mi pretensión?
     Ocasión.
¿Quién hace a amor resistencia?
     Ausencia.
Pues ¿dónde hallará paciencia,
aunque a la muerte le pida,
si me han de acabar la vida
desdicha, ocasión y ausencia?

Lope de Vega

Decálogo para escribir microcuentos

12 Octubre 2007
 
Decálogo para escribir microcuentos
1. Un microcuento es una historia mínima que no necesita más que unas pocas líneas para ser contada, y no el resumen de un cuento más largo.2. Un microcuento no es una anécdota, ni una greguería, ni una ocurrencia. Como todos los relatos, el microcuento tiene planteamiento, nudo y desenlace y su objetivo es contar un cambio, cómo se resuelve el conflicto que se plantea en las primeras líneas.3. Habitualmente el periodo de tiempo que se cuente será pequeño. Es decir, no transcurrirá mucho tiempo entre el principio y el final de la historia.4. Conviene evitar la proliferación de personajes. Por lo general, para un microcuento tres personajes ya son multitud.5. El microcuento suele suceder en un solo escenario, dos a lo sumo. Son raros los microcuentos con escenarios múltiples.

6. Para evitar alargarnos en la presentación y descripción de espacios y personajes, es aconsejable seleccionar bien los detalles con los que serán descritos. Un detalle bien elegido puede decirlo todo.

7. Un microcuento es, sobre todo, un ejercicio de precisión en el contar y en el uso del lenguaje. Es muy importante seleccionar drásticamente lo que se cuenta (y también lo que no se cuenta), y encontrar las palabras justas que lo cuenten mejor. Por esta razón, en un microcuento el título es esencial: no ha de ser superfluo, es bueno que entre a formar parte de la historia y, con una extensión mínima, ha de desvelar algo importante.

8. Pese a su reducida extensión y a lo mínimo del suceso que narran, los microcuentos suelen tener un significado de orden superior. Es decir cuentan algo muy pequeño, pero que tiene un significado muy grande.

9. Es muy conveniente evitar las descripciones abstractas, las explicaciones, los juicios de valor y nunca hay que tratar de convencer al lector de lo que tiene que sentir. Contar cuentos es pintar con palabras, dibujar las escenas ante los ojos del lector para que este pueda conmoverse (o no) con ellas.

10. Piensa distinto, no te conformes, huye de los tópicos. Uno no escribe (ni microcuentos ni nada) para contar lo que ya se ha dicho mil veces.