El Requiem de Amy Winehouse

28 07 2011

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El soul (alma) se queda sin reina y el cuerpo de Amy sin alma (soul). No por ser más evidente resulta menos lamentable. Los talentos excepcionales siempre han tenido difícil cabida en un mundo que no los acepta pero que los necesita y que reacciona con un agradecimiento tan grande como tardío.

Muchos genios con sensibilidad exquisita han sufrido más de lo que les correspondía. Algunos,  incomprensiblemente para los demás mortales, se empeñaron en seguir una dirección tan fiel a sí mismos como igualmente autodestructiva.

Mozart obtenía más éxito en Praga que en Viena y aunque su amigo (quizás el único leal) Haydn le animaba a prosperar en Londres, él se obstinaba en conseguir triunfar en la capital austriaca. Salvando las distancias, algo parecido ocurrió con Amy Winehouse, empeñada en seguir un camino desaconsejados por todos.

No son la misma cosa, pero sí que ambos (Mozart y Winehouse) compartieron una hipersensibilidad, reservada tan sólo para unos pocos, que les permitió desarrollar su talento al máximo a costa de dejarse la piel en el camino y granjearse demasiadas envidias letales.

Ambos, también, sintieron esa “romántica” atracción por la muerte. Mozart murió extenuado componiendo un Requiem (misa de difuntos) convencido de que había sido encargado para su funeral. Winehouse realizó un premonitorio videoclip  (incluido al final de este artículo) donde asiste a su propio entierro. Sin duda, los dos dejan truncadas sendas carreras fulgurantes que jamás llegaremos a conocer por completo.


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