En Octubre de 2001 llevé a cabo un estudio de investigación sobre “La violencia infanto-juvenil” en el Centro de Día “Alfalar”, perteneciente a la Asociación Cultural L¨Abeyera y ubicada en el barrio de La Corredoria, en Oviedo. El Centro desarrolla un proyecto socio-educativo para niños/as y jóvenes de 6 a 16 años y, fundamentalmente, pretende acoger, acompañar y proporcionar, a niños/as y jóvenes del barrio de La Corredoria, experiencias educativas positivas de la vida que les ayuden a descubrirse y a valorarse como personas, desde el ámbito del Centro cultural, del ocio y tiempo libre, y de la educación no formal.

Como introducción a la propuesta, se hará referencia a lo más significativo y novedoso que aparece en este proceso; así como las posibles líneas de acción que podrían tenerse en cuenta a la hora de proponer acciones educativas significativas y alternativas a favor de actividades que promuevan actitudes pacíficas, capaces de favorecer la inclusión de todos/as y asumir el conflicto, a través del diálogo y la negociación. Todo ello, con el objetivo de promover espacios y situaciones positivas y educativas, y de facilitar el crecimiento y el desarrollo integral de la población infanto-juvenil:

Cada vez van adquiriendo mayor importancia las diferentes manifestaciones de violencia no contenida, en todos los ámbitos de nuestra sociedad. La violencia es un fenómeno multicausal; pero, no por ello hay que dejar de señalar cuáles son los elementos que inciden en el creciente desarrollo de este tipo de manifestaciones.

Debemos intentar nombrar – personal, colectiva y socialmente - y ayudar a nombrar a otros/as (especialmente a los/as niños/as y jóvenes) todo lo que provoca o genera situaciones de agresividad y de conflicto. Aquello que no se puede o no se sabe asumir por falta de recursos, tanto personales como familiares y sociales, y de habilidades personales para la integración en los diversos espacios sociales.

Las dimensiones estructurales y culturales de la violencia favorecen este tipo de expresiones. Los/as niños/as y jóvenes reaccionan con agresividad y violencia porque es lo pueden estar: aprendiendo en sus casas, viendo en sus televisiones y reproduciendo en una sociedad (”que es la suya” - supuestamente adulta y, por tanto, punto de referencia en los procesos de socialización) marcada generalmente por el individualismo, por la apatía social, por la falta de solidaridad, por la confusión en relación al relativismo ético-moral, es decir, lo que está acertado o es erróneo. (Quedan reductos de solidaridad y de compromiso socio-político de la ciudadanía que pocas veces son conocidos y que, en bastantes ocasiones, son desprestigiados).

El modelo de sociedad que tenemos - reproducimos y ofrecemos - incita a este tipo de comportamientos donde impera el miedo y la ley del más fuerte. Una propuesta de pauta para el cambio tiene que tener presente la necesidad de fomentar nuevos valores y establecer una ética de mínimos para las personas, los colectivos, los pueblos y sus culturas. La vivencia del sentido de ciudadanía; de la posibilidad de cambio personal y social; de construcción social mediante un modelo inclusivo, etc., favorecerían un proceso real de desarrollo y crecimiento integral, en búsqueda de espacios de diálogo y de negociación como recursos que favorecen la resolución de conflictos.

La valoración o desvalorización de las personas o de los objetos están en íntima relación con el descenso o aumento de la violencia. Se puede observar que la violencia entre iguales se suele producir cuando no hay respeto entre ellos/as. Puede ocurrir, de forma similar, con las personas adultas (madres y padres, monitores/as, profesorado, etc.) que tienen con ellos/as una función educadora. Además, estos desencuentros pueden darse en doble sentido, tanto entre iguales como entre iguales y personas adultas, de forma individual o en grupo. A través del cuestionario realizado a la población infanto-juvenil del Centro se ha observado que las actuaciones en grupo siempre tienen un carácter más violento que las individuales. Pero todavía los grupos y las pandillas, en este barrio, están creándose. El sentido de pertenencia y de identidad todavía es incipiente. Recordamos que La Corredoria es un barrio joven, en creciente expansión. Por tanto, en este momento, con posibilidades muy importantes para aprovechar e ir construyendo el modelo de barrio que todas las personas, colectivos y culturas – de forma consensuada – desean disfrutar.

Un cuestión fundamental y significativa es la dificultad de convivencia multicultural. El progresivo desarrollo urbanístico del barrio hace que se perciba al barrio como algo desconocido y, por tanto, al que hay que temer o por lo menos respetar. Ante este hecho, teniendo en cuenta la tradicional riqueza asociativa del barrio, deberían llevarse a cabo acciones que favorezcan el conocimiento y la construcción colectiva del tejido social, así como el intercambio multicultural. Ello ayudará a que el vecindario se conozca; se encuentre participando y conviviendo en un espacio y acciones comunes; se valore, acoja y enriquezca en su diversidad.

La diversidad engloba la autoafirmación, la identidad personal y social, también el respeto y la necesidad de entendimiento, es decir, una ley que proteja a la persona, al grupo y a la cultura más débil.

Si educamos en la autoestima y en la reciprocidad, los/as niños/as, los/as jóvenes, y también las personas adultas, buscarán espacios de encuentro, donde puedan ser ellos/as mismos/as, donde puedan expresarse y solicitar aquello que necesitan sin recurrir a medios ilegales, injustos o autodestructivos para satisfacer sus necesidades vitales o necesidades creadas por el mercado.

Esto que aquí se expresa y que se va hilando a lo largo de la investigación, pretende enfatizar: la importancia de la interacción de los sistemas (familiar, social, educativo, salud, etc.); y la urgencia de llevar a cabo actuaciones, no sólo puntuales o situacionales sino de programar de forma integrada y conjunta respuestas globales que atiendan a las diversas necesidades personales, familiares y sociales.

Esta investigación ha sido publicada fundamentalmente por dos razones: compartir la información que de ella se obtuvo y proponer la recuperación de la calle.

La vida social cada vez es menor. No tenemos tiempo nada más que para llevar a cabo nuestra labor, cada persona la suya. El tiempo libre aparece como tiempo ocupado por actividades que se están derivando hacia un ocio tendente a dos extremos: ocio individual o de grupos reducidos (casas rurales, TV-Videojuegos-Internet,…); u ocio masificado (fútbol, conciertos, concentraciones de motos,…). En ambos casos, el espacio es un espacio “cerrado” y controlado, poco socializante. El ocio individual desarrolla actitudes que no estimulan a ir más allá de lo propio, lo controlado, lo conocido, lo igual. El ocio masificado suele generar actitudes descontroladas, poco habituales, en la mayoría de las personas que las llevan a cabo.

Mi propuesta va encaminada hacia un tiempo libre y de ocio: integral y educativo, donde se tenga en cuenta a la persona y a su entorno: recuperar la calle. Durante mucho tiempo, la calle fue un lugar de: socialización, de crecimiento personal, de espacio de libertad y de toma de decisiones individuales, importante para muchos niños y niñas. Pero, no sólo para los niños y las niñas, las personas adultas y las personas mayores se pasaban también mucho tiempo en la calle. La calle ha pasado de ser un lugar de encuentro a ser un lugar de tránsito, con el cual nadie se identifica, ni nadie identifica a sus habitantes. Sólo en algunos lugares se llevan a cabo actividades socio-culturales y se “toman” las calles durante algunas horas (si no se lleva a cabo en un espacio cerrado), con el objetivo de convivir, de crear espacios de encuentro que faciliten el encuentro, entre personas, colectivos, minorías étnicas…, de expresión intercultural.

La prisa, el encerramiento, el miedo, la insociabilidad están destruyendo espacios sociales y socializadores. Estos son importantes en la vida de las personas porque construyen nuestro yo individual y social. Aquello que no nos ayuda a crecer como personas en sociedad, nos suele llevar a su contrario. Y su contrario está en relación con el aumento de la agresividad, la violencia y el miedo. Estas actitudes y sentimientos pueden llegar a generar situaciones de ensimismamiento (violencia doméstica, grupos violentos ultras…).

Hemos dedicado tiempo, esfuerzos y dinero a recuperar la libertad individual y los acontecimientos sociales. Pero no lo hemos dedicado a que la calle sea un lugar de encuentro, seguridad (no precisamente policial, sino la que proviene de la complicidad del vínculo afectivo-relacional: “la vecindad”), de identificación y de pertenencia desde una perspectiva intercultural.
Dos cuestiones vienen rápidamente a nuestro pensamiento: ¿cómo recuperar la calle cuando ya está perdida? Y ¿para qué recuperarla? La recuperación pasa por el encuentro. Y ¿cómo tiene que ser ese encuentro? Sin duda, aunque en cada realidad sea diferente, hay que tener presente y detectar aquello que todavía está vivo, que tiene posibilidad de éxito, el rayo de luz que se asoma tras una rendija.

En general, suele “gustar” la calle. Sin embargo, el miedo se ha apoderado de ella, especialmente en la noche. Si logramos que la calle sea un espacio de encuentro, para todos y todas, estaremos dando también otras posibilidades de encuentro no sólo social, sino personal a aquellas personas y/o colectivos que no tienen otras posibilidades de encuentro en otros espacios.
Me refiero también a recuperar la calle desde una perspectiva pública, y no sólo para conciertos, más o menos caros, u otras actividades “privadas” o privativas. Tomar una decisión u otra sobre el cómo recuperar la calle: “actividades rentables” o “actividades con recursos comunitarios” generarán una determinada forma de recuperar la calle. Aquello que signifique la recuperación con la calle con actividades “rentables” negarán la posibilidad de inclusión. Por eso, recuperar la calle significa, además, recuperar a las personas, a los grupos, a la sociedad.

Como he dicho, este artículo tiene el objetivo de compartir la investigación realizada y de realizar una propuesta. La forma de canalizar, la propuesta, dependerá de lo convencidos/as que estemos de ello y de la fuerza con que animemos a otros/as para que sea una realidad. Y ahí es donde es fundamental destacar la importancia del movimiento asociativo y del desarrollo comunitario.

La historia del Trabajo Social es una historia con una fuerte carga de desarrollo comunitario, tanto en Europa como en América. Nuestro reto es seguir avivando el trabajo social comunitario y, es ahí, donde encuadro la propuesta. Recuperemos la calle con sus propios recursos.

El movimiento de hombres por la igualdad (profeministas en su acepción inicial) surgió a principios de los años 70 en los países nórdicos, por cercanía al movimiento feminista. En España, los primeros grupos de hombres (forma en que tradicionalmente se ha organizado el movimiento) datan de 1985 (Valencia y Sevilla).

La Asociación de Hombres por la Igualdad de Género se creó en Málaga a principios de 2001. Para acceder a su página web pincha aquí.

Destaca su Decálogo:

Un hombre por la igualdad es aquel que:

- Se acepta a sí mismo como producto de su tiempo y cultura.

- Ha iniciado un camino personal de búsqueda y replanteamiento interno de sus valores, esquemas, mecanismos, conductas y pensamientos.

- Mantiene una actitud de cambio en sus relaciones con las mujeres, en las que ya no tolera ningún tipo de desigualdad en razón del sexo.

- Apoya activamente las justas reivindicaciones de las mujeres contra el sexismo. Comprende que no basta con las palabras y que es necesario que los hombres se posicionen activa y públicamente sobre el tema.

- Está aprendiendo a verse como un ser sensible, afectivo y, sobre todo, vulnerable. Además, está intentando superar su tradicional aislamiento emocional.

- Ha iniciado un proceso de replanteamiento de la relación con sus hijos e hijas. Ya no acepta continuar con un papel secundario e intenta que la relación sea más completa, aprendiendo a implicarse directamente con ellos y ellas.

- Intenta ir superando el miedo y el rechazo ante situaciones de cercanía y complicidad con otros hombres. Comprende que la compañía y la ayuda de otros hombres le es necesaria para su desarrollo vital. Acepta su apoyo y está aprendiendo a no verlos como competidores.

- Avanza en un proceso de renovación de su sexualidad, intentando vivirla de forma más natural y plena, sin los determinantes que el modelo tradicional masculino le ha impuesto.

- Ha comenzado a cambiar su actitud hacia la homosexualidad, reconociendo que las personas homosexuales sufren una situación de discriminación que ha de ser combatida activamente.

- Analiza su relación personal con este tema.

- Y, por supuesto, ha adoptado una actitud de tolerancia cero hacia la violencia de género que ejercen los hombres sobre las mujeres. Ha comprendido que “el silencio nos hace cómplices”.

Y en definitiva …

Es un hombre que tiene un proyecto de cambio personal y lo está llevando a la práctica. Por ello se replantea una gran parte de sus posiciones, actitudes y conductas, que entiende están determinadas por su proceso de socialización sexista y patriarcal.

Su objetivo es construir una sociedad en igualdad en la que se haya conseguido superar los roles de género y, para ello, entiende que primero ha de cambiar él.

La Consejería de Educación y Ciencia, CPR del Nalón- Caudal y CPR de Oviedo editó “El aprendizaje de la convivencia en los centros educativos. Reflexiones y propuestas de intervención” como materiales de apoyo a la acción y orientación educativa.

Esta publicación consta de un documento escrito y un CD donde se encuentran tres experiencias:

IES Aller “Resolución de conflictos y mediación”

IES Cerdeño “Análisis del conflicto en el ámbito escolar. Mediación”

“Estudio sobre la convivencia en los centros educativos” realizada por el CPR de Nalón-Caudal, CPR de Oviedo y la Escuela Universitaria de Trabajo Social de Oviedo.