Prensa.

 ¿Por qué somos como somos?

Marino Pérez Álvarez Catedrático de Psicologia

La Nueva España  07.04.2014

Una reflexión sobre la importancia de lo que uno quiere ser, las circunstancias que uno encuentra, entre ellas la tecnología, y el azar

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¿Por qué somos como somos? Los tres componentes de una vida

La pregunta tiene dos niveles. Uno se refiere a qué nos hace humanos respecto de los animales y el otro a qué hace que cada uno sea como es. En ambos casos, se suele responder diciendo que es debido al cerebro o a los genes. Respuestas de este tipo se encuentran ya en los títulos de importantes libros cuando dicen que somos el cerebro o se preguntan qué nos hace humanos, para concluir que el cerebro y los genes.

Ni en las estrellas ni en los genes está escrito como somos. Sin embargo, ni en las estrellas, ni en los genes, ni tampoco en el cerebro, está escrito nuestro modo de ser. Nuestra estructura anatómica, como organismo, está determinada por el genoma. Pero otra cosa es la persona humana, con su civilización y cultura y con sus particulares formas de ser. Lo humano está en las instituciones sociales: sistemas que organizan el funcionamiento de la sociedad, anteriores a cada individuo. El mundo ya está funcionando cuando nosotros aparecemos en escena.

Sea por caso la escritura, uno de los inventos que más ha transformado la historia humana. Aprender a leer supone también una revolución en la vida de un niño. Sin embargo, la escritura no está codificada en los genes, ni en el cerebro. Data de hace unos 6.000 años, cuando el cerebro y el genoma humano ya eran para el caso como son hoy, desde miles de años antes. Si la escritura desapareciera de la faz de la tierra, ningún cerebro de un recién nacido la crearía. Ni siquiera es pensable que bebés dejados en una isla produjeran una lengua, más que una mezcla de balbuceo y signos. ¿Cuántos miles de años serían necesarios para que se desarrollara alguna lengua que hoy los niños aprenden con la facilidad como respiran? ¿O un sistema de escritura que hoy los niños aprenden en unas 2.000 horas? La escritura no está codificada en los genes ni almacenada en el cerebro, pero su aprendizaje supone una gran transformación del cerebro gracias a su plasticidad.

Así, pues, lo que nos hace humanos es la cultura y la educación socialmente instituidas, una especie de sobrenaturaleza o noosfera que envuelve a la bioesfera, hoy más que nunca a través de internet. Por eso decía Ortega que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Aclarado esto, ¿cuáles son los tres componentes de la vida, anunciados en el título. Son, de acuerdo con Ortega: el proyecto de la vida, las circunstancias y el azar. El proyecto o vocación se refiere a lo que uno quiere ser. Las circunstancias son las condiciones que uno encuentra, que favorecen y dificultan lo que uno quiere ser. El azar no es otro que la casualidad: sucesos afortunados e infortunados que tejen y destejen la vida.

La vida como proyecto: siempre más allá. Uno es ante todo lo que quiere ser: no porque sea lo que quiera ser (como a veces frívolamente se dice a la gente), sino porque lo que quiere es lo que mejor define lo que es. Pero, aquí se da una paradoja: lo que se quiere ser, todavía no es, de manera que uno es lo que no es, algo que está por ser. Somos lo que todavía no somos y para más paradoja, nunca llegaremos a ser del todo, como para decir, hasta aquí hemos llegado y ya está acabada la vida. Continuamente se nos abre el horizonte, más allá de lo visto y aun de lo soñado. Si alcanzamos nuestras metas, estas nos resitúan en otro horizonte de posibilidades. La vida se hace y deshace en el tiempo. Puede que en algunas edades se tenga la experiencia de “eternidad”, como si todo durara y volviera una y otra vez (comienzos de curso, vacaciones), pero vendrán otras edades en las que todo va muy deprisa, sintiéndote tragado por el tiempo.

Ya de niños queremos ser algo y aun muchas cosas y, a veces, para siempre. Cuando uno no tiene proyecto o no sabe qué quiere o, peor, no quiere ser nada, su vida, literalmente, no tiene sentido, es decir, no tiene dirección ni significado. Cuando no vas a ningún sitio, puede que todos los vientos te favorezcan, pero también es cierto que estás a la deriva, sin rumbo. Los problemas psicológicos consisten, muy a menudo, en la pérdida o crisis de sentido, por lo que no se arreglan con pastillas.

Siendo la vida proyecto, se pueden sacar dos conclusiones prácticas. Una es que nuestra vida está proyectada hacia adelante, lo que implica esfuerzo y espera, sin medirlo todo por la satisfacción inmediata. Otra es que el sentido de la vida está más allá de uno mismo, sobre un horizonte de valores, no dentro de uno, como a menudo la peor literatura de autoayuda nos hace creer.

Las circunstancias: facilidades y dificultades. El proyecto de nuestra vida siempre se da en alguna circunstancia (momento histórico, sociedad, familia). El yo y la persona que uno es dependen de la circunstancia que a uno le toca vivir. Yo soy yo y mi circunstancia, dice Ortega. La circunstancia o circunstancias en plural establecen las posibilidades y los límites de nuestros proyectos: lo que queremos pero también lo que, de hecho, podemos ser. A este respecto, siempre nos vamos a encontrar con cosas que facilitan y dificultan nuestros proyectos y a veces las mismas cosas hacen lo uno y lo otro. Sea, por caso, la familia: que te ha hecho capaz de ser esto y lo otro y, a la vez, te limita esperando, por ejemplo, que no te vayas lejos. Tienes pareja y esto puede que te dé estabilidad y apoyo, pero también te impide ser más libre (tú mismo) y explorar otras posibilidades. O eres “tú mismo”, sin compromisos ni cortapisas, pero acaso ya estás cansado de serlo. Muy a menudo, las cosas de la vida tienen esa ambivalencia entre la servicialidad y la servidumbre.

Lo importante es saber de dónde “salen” las cosas (de otros anteriores), de dónde viene uno (de las circunstancias que le tocaron) y dónde va (lo que depende de lo que sabe hacer y del esfuerzo que vaya a poner en juego), para que no le pase como a la paloma de Kant: que despotricaba contra el viento porque le impedía ir más deprisa, el mismo que le permitía volar. Lo cierto es también que los vientos y las corrientes no siempre van a favor, sino que uno tendrá que bregar y remar contra-corriente. El curso de la vida, cuando uno quiere ser algo y va alguna parte, requiere, frecuentemente, lo que llamaba Platón una “segunda navegación”, consistente en navegar a remo, cuando la “primera navegación”, a favor del viento, no basta.

Una segunda navegación se refiere, también, a pensar con criterio y discernimiento acerca de lo que nos viene dado, en vez de recibirlo acríticamente. Reducir nuestra valoración de las cosas a “me gusta”, o no, es uno de los mayores entontecimientos de nuestro tiempo. Una característica de la época actual es la tecnología, para los jóvenes, ya tan natural como el agua para los peces y el aire para los pájaros. Sin embargo, la tecnología debiera hacernos pensar. Por lo pronto, tiene esa ambivalencia señalada: entre servir como herramienta y pervertir nuestra vida. Así, por ejemplo, la continua comunicación que facilita la tecnología está convirtiendo la conversación en mera conexión y la amistad en “montón” de amigos, por no hablar del empobrecimiento del lenguaje y del pensamiento. No es lo mismo estar conectado y recibir-y-enviar mensajes que mantener una conversación cara-a-cara. La falta de conversar, además de trivializar la comunicación (”lost in communication”), merma la reflexión, la cual se aprende hablando con otros. Es difícil hacer algo, más que meramente estar conectado, con 2.000 amigos. Uno puede tener mogollón de amigos, pero una chica que tenía 600 murió en un hospital sin que nadie fuera a visitarla.

La continua conexión supone la incomunicación con los que se tiene al lado, lo que da lugar a ese extraño paisaje en el que todos están “solos juntos”, sea una pareja de novios o un grupo de amigos. Hasta en una cena de gente frisando los cincuenta, llegará un momento en el que todos saquen el móvil. Parece que cada uno estuviera en una burbuja, desconectado del entorno inmediato y, acaso, riendo con algo que está escuchando, como diciendo ¿no veis lo feliz que estoy al margen de lo que pasa aquí? La gente-conectada parece más a un piloto equipado con cascos, gafas, móvil, mochila, que propiamente un peatón.

El continuo estar-enchufado está creando la habilidad para poner un ojo en lo que pasa aquí (en clase, con amigos) y, a la vez, teclear un mensaje. Se trata de una habilidad que, en realidad, incapacita para estar en lo que estás: solo atendiendo a las migajas que te interesan, incapaz de seguir una conversación, un discurso o un razonamiento. Dejando aparte que internet convierte a muchos en surfistas de la información (deslizándose por la superficie de las cosas), lejos del buceo que requiere el conocimiento de algo, ¿qué decir de Facebook y Twitter, que tal parecen herramientas diseñadas para el exhibicionismo y el narcisismo? ¿No se pierde algo de las emociones convertidas en emoticones, descontextualizados y esterilizados del contacto personal y del lenguaje natural? El amor en tiempos de Siri, la aplicación de Apple que te “entiende lo que dices y sabe lo que quieres”, ¿no puede llevar a considerar a los demás por lo que nos sirven y se ajustan a nosotros, cual sistemas operativos inteligentes, como “Ella”, “Her”, obviando la realidad de la vida?

Una circunstancia que no ayuda a una segunda navegación para pensar el presente, más allá de su recepción acrítica, es la filosofía menguante en bachiller. La filosofía, lejos de estar suplida por las ciencias, de acuerdo con Gustavo Bueno, es un saber de segundo grado, cuyos problemas y preocupaciones surgen de los saberes de primer grado dados precisamente por las ciencias y la tecnología. La filosofía no es de letras ni de ciencias, sino transversal, capacitadora para pensar cualquiera que sea la especialidad de uno.

El azar, que también hay que asumir. El azar constituye nuestras vidas, desde las pequeñas casualidades a los golpes de suerte e infortunios. Incluso la vida en la Tierra es un azar: un “error metafísico de la materia”, dice Pessoa. Por su parte, las predicciones del futuro son las más difíciles, de modo que nadie sabe qué “cisnes negros” van a aparecer que transformen nuestras vidas. Las tecnologías que ahora pueblan la vida cotidiana (internet, móvil) no fueron predichas, cuando ahora parecen tan necesarias como el oxígeno.

La vida de cada cual está compuesta de casualidades (los amigos surgidos del pupitre donde te tocó por el apellido, como conociste a alguien) que terminan por ser causalidades de que las cosas sean de una manera y no de otra, abriendo una puertas y cerrando otras.

La incertidumbre produce ansiedad y queremos estar seguros de todo y tenerlo todo asegurado pero, afortunadamente, la vida no responde a un algoritmo. Si lo hiciera, sería como vivir el guión de una película: como aquel “Atrapado en el tiempo” o “El show de Truman”.

El azar es algo que tenemos que asumir deportivamente (como un balón en el poste que puede ser gol o ir fuera), y no solo el azar que nos depare el futuro, sino el que ya forma parte de lo que somos. Acaso, para tener los pies en el suelo, uno mejor empieza por “llegar a ser el que eres”: lo que puedes ser de acuerdo a lo que has aprendido y eres capaz de esforzarte, como decía Píndaro a los atletas de las olimpiadas, en vez de creer que puedes ser cualquier cosa con tal de quererlo. Siempre se puede ir más allá, pero sobre la base de lo que eres.

“Los mejores en ortografía”

“Los mejores en ortografía” es el titular con el que La Nueva España publica hoy un artículo sobre los ganadores del concurso de ortografía.

La consejera de Educación, Ana González, entregó los premios del XIV Concurso hispanoamericano de ortografía a los tres alumnos ganadores en la fase autonómica: Nadal Ceñal, del IES de Peñamayor (Nava); Marina González, del Instituto Aramo de Oviedo, y Mar Cano, del Instituto de la Universidad Laboral de Gijón, los tres en la imagen. “Este premio habla de esfuerzo, dedicación, de valorar lo propio: el lenguaje”, dijo la Consejera.

Este es el enlace  Los mejores en ortografía

“La Mancomunidad de los niños” es el titular que publica hoy La Nueva España para comentar la noticia de la constitución del Consejo de la Infancia de la Mancomunidad de la Sidra.

La Mancomunidad es de los niños

El organismo es el primero de este tipo en España con un plan de medidas para defender los derechos de la infancia

17.01.2014 | 01:31

Los integrantes del Consejo de la Infancia.

Los integrantes del Consejo de la Infancia. Mariola Menéndez

Paraes (Nava), M. MENÉNDEZ El Consejo de la Infancia de la Mancomunidad de la Comarca de la Sidra se constituyó, ayer, en la sede del ente en Paraes (Nava). Es un órgano de participación ciudadana donde se abordarán los asuntos relativos a la situación de los niños y niñas, afirma la presidenta de este organismo, Ana López. Pretende coordinar las actuaciones en materia de infancia y garantizar, entre otros, el derecho de participación de los menores en esas actuaciones.

Además de los representantes políticos, forman parte de este consejo delegados de las asociaciones de madres y padres, centros educativos, centros de salud, servicios sociales y asociaciones como Cruz Roja y Re.colectivo. Es la primera Mancomunidad en España que tiene un plan de infancia y forma parte de las Ciudades Amigas de la Infancia de Unicef.

Por qué el WhatsApp no es apto para menores.

Tomado de ABC

CARLOTA Fominaya

Día 22/10/2013En España el 76% de los niños de 11 a 14 años utiliza a diario esta aplicación

Por qué el Whatsapp no es apto para menores

Hoy en día, «whatsapear» se ha convertido en un sinónimo de hablar, y no hay adolescente que se precie que no lo utilice. Las cifras así lo confirman: en España el 76% de los niños de 11 a 14 años utiliza habitualmente Whatsapp, desde sus propios terminales o desde los de sus padres. Así se desprende del adelanto del estudio realizado por el Centro de Seguridad de Protégeles en 2013, que será publicado a finales del presente año. Pero, ¿algún niño o sus padres saben lo que hace esta aplicación con su información personal? España cuenta nada menos que con 20 millones de usuarios de WhatsApp, una cifra sin parangón con otros países. En el mundo la cifra se eleva ya a más de 300 millones de clientes, enviando mensajes, fotos, vídeos y grabaciones de voz varias veces al día. Según los datos que maneja la propia plataforma, cada usuario comprueba o atiende su WhatsApp 150 veces al día (¡!) Una de las principales razones por las que niños y adolescentes piden a sus padres un teléfono móvil es precisamente para poder utilizar este sistema de mensajería instantánea.

En un principio, el hecho de que los menores de edad utilicen una aplicación móvil para mantener contacto con sus semejantes, para compartir mensajes o imágenes, o incluso para divertirse, no tiene nada de malo en sí mismo. De hecho, según el estudio del Centro de Seguridad Protégeles, el 65% de los niños de 11 a 14 años participa en grupos de Whatsapp. Entonces, ¿dónde está el peligro, se pueden preguntar los padres? En que WhatsApp ya no es sólo un sistema de mensajería. «Se ha convertido en una verdadera red social, según indican todos los expertos. Los adolescentes crean grupos, agregan a sus amigos e intercambian mensajes, enlaces, fotos, vídeos y archivos de voz. Muchos no encuentran la hora de apagar el terminal móvil por la noche, por si llega un último WhatsApp. Y del mismo modo, por la mañana, el ritual de levantarse implica encender el Smartphone y comprobar la llegada o no de nuevos mensajes», indica Guillermo Cánovas, presidente de Protégeles.

Es evidente que la herramienta se puede utilizar bien, pero también se puede usar para acosar, amenazar, difundir calumnias, fotografías sin autorización, etc, como así lo demuestra que se haya convertido, según coinciden estos mismos especialistas, en la herramienta más habitual en los casos de sexting y difusión de fotografías que los menores no deberían hacerse nunca. A juicio de Cánovas, «esto no puede achacarse a la herramienta en sí, sino al uso que algunos llegan a hacer de ella, tal y como sucede con internet». Pero para Urko Fernández, director de proyectos de Pantallas Amigas, al evidente mal uso también habría que añadir la configuración de la herramienta, que permite realizar una serie de acciones de las que algunas personas con mala intención se pueden aprovechar.

«Es cierto, a Whatsapp no se le exigen las mismas responsabilidades que a otras redes sociales y como mínimo, debería equiparar su seguridad a estas. Pero el mal uso se lo damos nosotros», advierte Pere Cervantes, policía responsable del grupo de invesigación tecnológica de Castellón, y coautor, junto a Oliver Tauste, del libro Tranki pap@s, donde se ofrecen consejos a padres analógicos de chavales nativos digitales. Cuando Cervantes acude a colegios a impartir charlas a estos padres, lo primero que hace es la siguiente pregunta: ¿De verdad necesita tu hijo de 7, 8, 9 años un móvil con 3G o wifi? «Siempre me contestan que es para tenerlo localizado. O que es gratis. O que todos sus amigos del colegio tienen. Estos no son en ningún caso motivos suficientes», afirma tajante.

Lo que los padres deben saber

Pero en cualquier caso, continúan estos expertos, si los padres van a asumir este riesgo, están en la obligación de tener en cuenta lo siguiente:

1. Whatsapp es una red social. «No es un simple servicio de mensajería, como así creen algunos padres. Permite hacer grupos, enviar imágenes, vídeos, links…», apuntan desde Pantallas Amigas. «Ahí está el peligro: FacebookTwitter, Tuenti… etc, están registradas como redes sociales, y por eso tienen que cumplir unas normas, ya que están supervisados por Gobiernos, la propia industria o la Unión Europea. Como Whatsapp no está considerada como red social, esto hace que esté sometida a pocas presiones y que su seguridad no sea tan precisa», insiste Urko Fernández,.

2. La edad. Según la legislación española, un niño con menos de 14 años no puede autorizar a que alguien obtenga sus datos personales. Ni puede autorizar a que se obtengan fotografías suyas. Esto sólo puede hacerse con la previa autorización de los padres. Es decir, las autorizaciones que conceden los niños menores de 14 años no son válidas… pero en Whatsapp sí», explica Guillermo Cánovas. Así es. —corrobora Fernández—, pueden tener Whatsapp porque no se les exige cumplir ningún requisito. Esto hace que al darse de alta automáticamente en la aplicación los niños proporcionen su nombre, su foto, su geolocalización… y a partir de ahí todo lo que se les ocurra compartir con sus grupos de amigos».

3. La cuestión de la inmediatez es extremadamente delicada. «En décimas de segundo, los chavales envían fotos estando borrachos, o con gestos sugestivos… Personalmente, creo que es muy fácil que si se actúa con tanta celeridad se equivoquen y no tomen buenas decisiones. A lo mejor tienen suerte tres horas después, cuando se les ha pasado el “calentón”, de pensar en las consecuencias de lo que han hecho, pero ya es demasiado tarde», comenta Fernández.

4. ¿Qué sucede con toda esa información? ¿Qué pasa con todos esos mensajes, más privados y menos privados, que los niños se intercambian entre sí? ¿Qué sucede con las fotografías que se hacen y se envían unos a otros? ¿Alguien puede acceder a ellas? «Pues lo cierto es que no lo sabemos… una de las principales críticas sobre la seguridad de Whatsapp es precisamente el desconocimiento que se tiene sobre si la compañía guarda copias de la información enviada, dónde se alojan y qué nivel de seguridad se aplica a esa información», reconocen desde Protégeles.

4. Puede facilitar el acoso. «Por el mero hecho de que un extraño tenga tu número, tu Whatsapp le acepta, y deja expuesta tu foto de perfil», apuntan desde Pantallas Amigas. «El acosador inmediatamente puede tener demasiada información. Puede saber cómo eres físicamente, la hora a la que te conectas, y la hora de tu último mensaje», añade este experto. «A no ser que tengas un iphone y sepas ocultar parte de esta información, algo no imposible pero muchísimo más difícil de hacer con Android», apostilla.

Consejos para padres

Las recomendaciones para adultos y menores de edad que van a utilizar WhatsApp son las siguientes:

1. «Para empezar, deberían actuar como si sus conversaciones fueran públicas», concluye Guillermo Cánovas, de Protégeles. «De hecho, deberían actuar como si sus fotografías fueran a ser vistas por terceros a los que no conocen de nada, y como si la información que allí vuelcan fuera a salir del entorno meramente privado», añade. «Que antes de enviar una foto determinada se pregunten qué sucedería si pierden el control de esa imagen o archivo que están enviando», propone Cervantes. «Lo mejor es que los padres enseñen a los hijos a proteger su intimidad. Que no tengan la falsa sensación de que están hablando con sus amigos, porque es muy fácil que envíen una foto al grupo y en él esté incluido un mal amigo. O que rompan con su pareja, y esta comparta conversaciones o fotos íntimas con otros gracias a un sólo toque de pantalla», recomienda Fernández, de Pantallas Amigas.

2. El coautor de Tranki Pap@s va más allá y aconseja a los padres informar a sus hijos de lo que supone enviar una foto que atente contra su dignidad o la de otros menores. Este punto es, según Cervantes, extremadamente importante porque el simple hecho de enviar por Whatsapp una foto donde aparece un menor desnudo o con una pose sugerente es distribución de pornografía infantil. «No hace falta que se vea un acto sexual explícito», advierte. «Este mismo verano detuvimos a catorce menores de unos 15 años que habían compartido este tipo de fotografías por un delito de corrupción de menores», recuerda. «No estamos exagerando, los jóvenes han de mentalizarse y aprender a diferenciar entre lo que es broma y lo que ya es delito», comenta.

3. Es muy difícil que los menores que ya utilizan smartphones dejen de utilizar una aplicación que les permite comunicarse de una forma tan sencilla, inmediata y prácticamente gratuita como es Whatsapp. Por eso los padres deben tener, a juicio de Pere Cervantes, un papel fundamental en el buen uso de este sistema de mensajería. «Whatsapp es uno más de la familia. Está en las comidas, en las cenas… así que los padres analógicos de estos nativos digitales no pueden mirar para otro lado. Deben informarse. Si no corren el riesgo de que su hijo se convierta en un huérfano digital. Son niños que dominan a la perfección la tecnología, pero no dejan de ser eso, niños. Y estos no huelen los peligros que les acechan», remarca este policía. Pero en este país, se lamenta, «no hay mentalidad. Cuando vamos a dar charlas en colegios y preguntamos en qué redes sociales están sus hijos la mayoría no lo sabe. Sabemos que es muy duro ponerse al día, pero para los que tienen hijos es algo innegociable. La gente cree que a ellos no les va a pasar. Y suele ser así, pero para eso hay que tomar tres o cuatro medidas. Entonces es improbable que te pase», concluye.

Si a tu hijo le acosan por Whatsapp…

«Esa es justo la conversación que nunca hay que borrar», recuerda Pere Cervantes, policía responsable del grupo de invesigación tecnológica de Castellón, y coautor del libro Tranki pap@s, donde se ofrecen prácticos consejos para padres de nativos en la red. ¿Por qué? «Porque este tipo de dato se puede presentar como denuncia en dependencias policiales», explica. «Simplemente apretando en la pantalla Whatsapp tienes la posiblidad de enviarla por correo electrónico», recuerda.

Línea de denuncia de Protégeles:

Protégeles, tfno: (0034) 91 7400019 E-mail: contacto@protegeles.com

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Gotor, a la derecha, en el acto.

Gotor, a la derecha, en el acto.

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