Un examen tipo PAU

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Está bien, vale, me habéis convencido, aunque siempre me había resistido a hacerlo. Voy a intentar redactar una segunda pregunta de la PAU sobre el texto que tenéis a continuación. Intentaré respetar la página y pico y la media hora escasa de que vais a disponer en su momento. Supongamos que ya tengo hecho el mapa conceptual y definidos los términos que me han pedido, de manera que pasamos a responder al enunciado concreto, que es el siguiente:

“Explica y desarrolla el contenido del texto siguiendo su estructura argumentativa y conceptual” 

Por cierto, la imagen es de Josep-Maria Flotats, sin duda uno de los dos o tres mejores actores españoles vivos, representando a Descartes en la obra El encuentro de Descartes con Pascal joven de Jean Claude Brisville, que tuve el privilegio de ver hace unos años. Es una buena imagen, ¿verdad? Aparece con su vela de cera y todo. Aquí tenéis el texto:

El universo es simple, lógico y coherente, como los teoremas de Euclides. No hay que descubrir ninguna profundidad. Desaparece definitivamente el modo de pensar sustancialista. La matemática no es solo la ciencia de las relaciones entre los números, sino el modelo mismo de la realidad física. La matemática, a la que los escolásticos atribuían una importancia muy escasa para la descripción del universo, se convierte en algo central. Aquel mundo compuesto de cualidades, significados, fines, que la matemática no podía interpretar, se ve sustituido por un mundo cuantificado y matematizable, en el que ya no hay vestigios de cualidades, valores, fines o profundidad. Aquel mundo cualitativo de origen aristotélico va cediendo y desaparece gradualmente. El mundo de las cualidades queda reducido a meras respuestas del sistema nervioso ante los estímulos del mundo exterior. “La naturaleza es opaca, silenciosa, sin aroma, sin color: solo es un impetuoso entrechocar de materia, sin finalidad, sin motivo” (Whitehead).

G. Reale y D. Antiseri: Historia del pensamiento filosófico y científico II, Barcelona: Herder, 1988, pág. 330

El texto presenta la cosmología racionalista en contraposición a la aristotélica y medieval. Y lo hace mediante una serie de rasgos que enumeraré y comentaré a continuación. En primer lugar tenemos que el universo racionalista carece de ningún misterio ni cualidad oculta, pues todo en él se reduce a lo que se puede calcular matemáticamente, a lo que se puede medir, pesar, contar. Por eso recibe el nombre general de res extensa en la filosofía de René Descartes. La res extensa se reduce a lo mensurable, a lo calculable, con lo que el universo se interpreta tal y como lo hacía Galileo cuando decía que la naturaleza está escrita en caracteres matemáticos. Para desentrañar su verdad tenemos que aplicar el código matemático, lo que viene a ser una nueva versión del pitagorismo antiguo, que defendía que la arché de la naturaleza es el número. Efectivamente, hay una corriente filosófica que nace en los pitagóricos, recorre el atomismo de Demócrito (del que hablaremos más adelante) y, pasando por Platón, desemboca en Galileo. En esta corriente filosófica las matemáticas dejan de ser una mera ciencia de los números separada de la realidad (como pensaba la otra corriente: la aristotélica), que solo considera cantidades o figuras y no las sustancias (es decir, que solo considera aspectos separados del ser y no el ser en cuanto ser), para convertirse, como dice el texto, en el instrumento de la interpretación del mundo. Ya Platón ponía como condición para ingresar en la Academia el conocimiento de la geometría y hacía que el demiurgo en el Timeo mezclara las ideas en una proporción numérica determinada. Descartes se propone hallar los fundamentos metafísicos de esta tendencia filosófica que llega a su culminación con él mismo cuando afirma que todo lo real es racional. Una de las consecuencias de esta tesis es la unidad de la ciencia bajo las matemáticas, que juegan un papel central y determinan un método. Para Descartes las ciencias ya no se diferencian, como para Aristóteles, de acuerdo con su objeto, sino que quedan unificadas de acuerdo con un método único con el cual se puede edificar una Mathesis Universalis o hacer crecer el llamado en los Principios de Filosofía ”árbol de la ciencia”, un árbol que alberga en sus ramas todo el conocimiento humano. La rama más alta de este árbol será la ética racional, que no habrá de incluir valores ni sentimientos ni fines, sino tan solo una conducta guiada por los princios de la razón.

El texto afirma que en el universo cartesiano no existe lo cualitativo y esto es lo que significa también la última frase de Whitehead. En efecto, ya Demócrito había distinguido entre las cualidades primarias, que son las objetivas, que pertenecen a la cosa misma y nos dicen su verdad (alétheia) y cualidades secundarias, que son las subjetivas y relativas a la constitución de cada uno (dóxa). Para él las primeras eran el movimiento, la figura y el tamaño de los átomos que constituían la estructura profunda de la realidad, y las segundas eran las cualidades sensibles. Descartes acepta esta diferencia entre cualidades primarias y secundarias y desde la primera de las Meditaciones Metafísicas somete a las segundas a la duda metódica con el argumento de los sueños. Efectivamente, siempre podemos estar soñando, por lo que todo lo sensible es engañoso, pues no cumple con nuestras exigencias de claridad y distinción. En cambio, una vez que hemos conseguido demostrar la existencia de Dios a partir del cogito, considerado el primer principio de la metafísica cartesiana, queda derrotada la hipótesis del genio maligno y recuperamos la confianza en las cualidades primarias, pues Dios, la res cogitans infinita, es veraz y no puede querer que yo me engañe cuando utilizo las reglas del método.

Terminando con la frase de Whitehead, el mundo cartesiano, la res extensa, está despojado de todo sentido o finalidad. El mecanicismo destierra de la investigación científica las causas finales aristotélicas y se limita a estudiar las causas eficientes. También queda desterrado cualquier intervención sobrenatural, pues Dios es res cogitans infinita y sería absurdo que este “Dios de los filósofos” violara sus propias reglas racionales para efectuar, por ejemplo, un milagro o para atender a nuestras súplicas. Su función consiste en garantizar la verdad de nuestro conocimiento racional o su validez para un mundo matemático. Así pues, la naturaleza queda reducida al entrechocarse de los átomos entre sí y la función de la ciencia a partir del racionalismo consiste en reducir las cualidades primarias a cualidades secundarias, como hace, por ejemplo, la óptica al reducir los colores al movimiento ondulatorio de ciertos corpúsculos denominados fotones que no tienen, por sí mismos, color.

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