El Molín d´Adela, una visita al último vestigio del oficio de los molineros en el concejo de Aller.

15 03 2012

Ricardo Cordero Pando, con gran esfuerzo y sacrificio, ha mantenido el antiguo molino donde trabajó junto a sus padres y un tío materno y lo ha convertido en un museo donde escolares y adultos pueden rememorar, gracias a sus animadas explicaciones, la vida y el trabajo de los molineros.

El Molín d´Adela lleva el nombre de la molinera y titular de los permisos oficiales, Adela Pando Megido, quien junto a su hermano y, posteriormente, su marido se encargaron de su uso y explotación, así como de todas las labores de mantenimiento y cuidado del mismo. Hoy en día se puede visitar y conocer todo lo relativo al oficio y la vida de los molineros gracias al trabajo y esfuerzo de su hijo Ricardo Cordero Pando quien con gran esfuerzo y tesón lo ha convertido en un pequeño museo para mantener viva la memoria de este oficio tradicional.

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El Molín d´Adela, el interior.

El Molín se halla en un recodo del Río Negro a su paso por la localidad de Güeria (concejo de Aller). Se trata del último vestigio del oficio tradicional de los molineros en el valle de Cervigao. De unos treinta molinos que aprovechaban el caudal y la fuerza de las corrientes del río Negro y de sus afluentes –río Los Tornos y río Cervigao-, hoy sólo queda este molín como recuerdo de esta actividad.

Al molín acudían gentes venidas no sólo de los diferentes pueblos de la parroquia de Moreda –Llan de Mieres, Xagual, Les Tercies, sino también de parroquias vecinas como Caborana, Boo, Nembra y Santibáñez. El grano se metía en sacos o fardelas y se transportaba bien en caballo o en burro hasta el molín. Normalmente la gente solí moler una vez a la semana lo que provocaba que este espacio fuera un lugar de encuentro y reunión, ya que la gente, a falta de periódicos y revistas, mataba el tiempo de espera comentando los diversos sucesos, chismes y chascarrillos acaecidos en los diferentes pueblos a lo largo de esos siete días: noviazgos, bodas, infidelidades, entierros, emigraciones de vecinos a otros tierras, funerales, …

La gran demanda que tenía el molín provocaba que estuviera abierto las veinticuatro horas del día, de hecho la molinera se pasaba muchas noches en él. Sobre todo a partir de los años 50, el molín desarrolló una gran actividad ya que Adela logró firmar un contrato con la empresa minera Sociedad Hullera Española por el que se encargaba de la molienda del grano necesario para la alimentación de los bueyes y caballos que se utilizaban en las minas para la extracción y transporte del carbón. Esto supuso que tuviera que pasarse muchos días con sus respectivas noches en el molín; pero, en compensación, le permitió prosperar económicamente. Al pasar tanto tiempo en el molín, Adela aprovechaba para realizar otras actividades, así en la balsa o ñora del molín –acequia donde se remansa el agua del molino- lavaba a mano la ropa de la familia. Además, como nos recuerda Ricardo con una gran sonrisa, cuando se procedía a realizar los trabajos de limpieza y mantenimiento de la balsa y la canal, la molinera y su familia aprovechaban para pescar a mano las truchas que habían quedado atrapadas y trataban de volver al río, esto permitía a la familia variar la dieta y comer algo de pescado. Pero esta estancia prolongada en el molín también tuvo consecuencias negativas para su salud, así, como nos cuenta Ricardo, su madre desarrolló la enfermedad conocida como neumoconiosis (silicosis) a causa de su continua exposición al polvo que originaba tanto la molienda del grano como las partículas de sílice que desprendía las piedras al moler.

Foto del Flirck de El molín de Adela

En cuanto a la molienda propiamente dicha, el proceso comenzaba con la maquila, es decir, la cantidad de grano con el que el molinero se quedaba por moler. En este caso, siempre se quedaba con la quinta parte de lo que se iba a moler. Hay que tener en cuenta que existían también los llamados molinos de vecera que recibían este nombre precisamente porque pertenecían a varios dueños y estos tenían que organizarse y distribuirse los días de molienda así como los cuidados que se derivaban del mantenimiento del molín. En estos molinos no se pagaba la maquila, ya que sólo molían sus dueños. La maquila se realizaba antes de echar el grano en la tolva del molín (la moxeca) y estaba ligada a medidas tradicionales de capacidad de áridos. Así se utilizaba el cupín equivalente a cinco kilogramos, luego estaba el celemín que equivalía a cuatro cupinos, es decir, veinte kilos y, por último, estaba la fanega con capacidad para 50 kilos. Una vez descontada la quinta parte de la maquila se molía el grano. Otras veces, cuando las cosechas eran malas y el cereal no abundaba, en lugar de cobrar la máquila, la molinera y el cliente llegaban a un acuerdo para pagar mediante trueque; de esta manera, el cliente le entregaba una mantega (manteca) castañas, avellanas, nueces…

Para una buena molienda eran de obligado cumplimiento dos condiciones: la primera que el grano estuviera bien curado, ya que si estaba verde el molín empanaba, es decir, al moler el grano verde se formaba una pasta entre las ruedas que provocaba que estas se pegasen lo que obligaba al molinero a desmontar las ruedas, trabajo muy laborioso ya que las piedras pesaban entre 300 y 500 kilogramos, limpiarlas y, finalmente, volver a colocarlas, con la consiguiente pérdida de la molienda y de tiempo. Para comprobar si el grano estaba verde o maduro los molineros utilizaban el siguiente truco: cogían un grano y si por el embrión le clavaban la uña era señal de que estaba verde; entonces había que dejarlo dormir en casa del molinero y dejarlo secar tres o cuatro días con el calor que producía la cocina de carbón. La segunda era el buen mantenimiento de las piedras (muelas) que permitían que el grano quedara muy fino al molerlo. Esta operación consistía en desmontar las muelas del molín y mediante dos picos se restablecían las asperezas de las caras de las piedras, cuando se han desgastado por el uso. Esta operación se solía realizar una vez a la semana, pero cuando se acumulaba el trabajo se llevaba a cabo cada tres o cuatro días. De todas formas la experiencia y la costumbre le permitían al molinero saber con tan solo escuchar el ruido que hacían las piedras al moler cuando era necesario picarlas. En el molín funcionaban dos molinos, uno se utilizaba para moler el grano destinado a consumo humano, por lo tanto las muelas debían estar bien picadas para que la molienda fuera muy fina, en el otro se molía el grano destinado a consumo animal, en este caso la molienda no debía ser tan fina, ya que resulta perjudicial para los animales que no pueden digerir el grano.

En este vídeo, podéis conocer un poco más este excelente recurso educativo a través del vídeo de una visita escolar:


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