Umo

Los santos inocentes

Publicado en General por franciscru 1:00 pm Lunes, 26 Febrero 2007

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Para nuestro amigo, el escritor Don Miguel Delibes.

Queridos alumnos: 

Por aquel entonces, los de la primera fila estirábamos el cuello y afinábamos el oído para saber qué tesoros ocultaba la profesora en el interior de su bolso, del que solía extraer libros grandes y pequeños, seleccionando párrafos que después leía ceremoniosamente. Había decidido no proponer ninguna lectura “obligatoria”, pero cada día llevaba a clase dos o tres ejemplares y, tras una pequeña introducción, nos leía alguna cosa con ese entusiasmo que es incapaz de transmitir el que solo finge que gusta de la literatura. Un día nos enseñó un libro, “Mi idolatrado hijo Sisí”, una vieja edición de los años 60 firmada por un tal Delibes. Nos contó cómo había obtenido el autógrafo y por qué ese libro significaba tanto para ella. Lo manejaba con mimo, haciendo que las páginas se deslizaran suavemente por las yemas de sus dedos. De repente cruzó su mirada con la mía y me espetó: “¿Lo quieres leer?” Por la tarde, de camino a casa, sentí cómo dentro de la mochila palpitaba el alma de la historia que se me había entregado en custodia. Hasta que no llegué a casa no quedé aliviado de la pesada carga que suponía la responsabilidad, pero superada la ansiedad inicial, tomé el libro con el máximo cuidado y comencé a leerlo, empezando por la dedicatoria: “Con todo mi afecto. Miguel Delibes”. Durante tres días me entregue a la novela con una rara combinación de placer, curiosidad y avidez, sin afán por el lucro de una buena nota o una palmadita aprobatoria en el hombro. “¿Te gustó?” preguntó la profesora cuando el libro regresó por fin a manos de su legítima dueña. “Si”, le respondí. “Y este autor, Delibes, ¿ha escrito más cosas?”. Asintió levemente, escamoteándome lo que parecía una sonrisa contenida, mientras revolvía el fondo de su enorme bolso. “Esto es para ti”. Era una edición reciente de una novela: “Los Santos Inocentes”. En el recreo me oculté en el último rincón del patio; mi libro y yo, solos, a la sombra de un enorme plátano grueso y elevado, que en las alturas coqueteaba con el viento. En la primera página rezaba una inscripción: “Con todo mi afecto. Pilar”. Mucho más tarde entendí que aquella profesora no me había regalado un libro, sino su gran pasión por la literatura.

Villabona: vistas al interior

Publicado en General por franciscru 8:44 am Martes, 13 Febrero 2007

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(Para los que no vinieron con nosotros al Centro Penitenciario de Villabona).

El ruido estridente de las rejas al encajarse produce un escalofrío que no cesa mientras enfilamos el largo camino que conduce hacia los módulos. Exhibiendo nuestra condición de mujeres y hombres libres, penetramos los altos paramentos alambrados del Centro Penitenciario de Villabona, sin que los arcos de la entrada detecten esa metálica y bien templada puntita de recelo que producen los lugares herméticos. Los corredores se suceden como un preludio de angosturas mayores, que se hacen ineludibles en las celdas de los reclusos. Al que llega del exterior se le antoja imposible que se puedan embutir meses y años entre aquellos muros coronados de espino. Una primera inspección invita a poner en duda la infinitud del universo.

Definitivamente Villabona no es un lugar grato para el visitante ocasional, y me temo que tampoco para el residente habitual, que lo es muy a su pesar. Lo que justifica nuestra presencia intramuros no responde a ningún interés didáctico ni curiosidad insana por los bajos fondos de nuestra conciencia social. Tampoco queremos lucir galas de ciudadanos libres en un lugar donde lo más elemental se convierte en extraordinario. Al contrario. De puntillas, sin armar alboroto, nos colamos en la vida cotidiana de los reclusos y reclusas del Módulo Terapéutico, una isla autodeclarada libre de drogas dentro de un atolón perdido en un océano no tan pacífico. Por una vez, pasamos de orilla, sin mojarnos mucho, eso sí, para vernos las caras con las personas que aguardan del otro lado. Bien pudiera parecer que nos miramos en un espejo: son chicos y chicas como nosotros, personajes de historias escritas a la medida de su destino, que hoy miran hacia atrás preguntándose si su sino era de verdad irremediable. Sentados en pupitres escolares repasan biografías imposibles, vividas precipitadamente a lomos de un caballo hueco, como el de Troya, que en plena carrera les derribó y les pateó el alma. En el módulo uno de Villabona, donde unas muchachas y unos muchachos han decidido voluntariamente alejarse de la droga, se sirve café bien cargadito en el economato y pedagogía de la buena en salas pequeñas y frías, aderezados, el uno y la otra, con una ramita de épica carcelaria, que combina bien con la sombra a rayas que la luz del sol dibuja sobre las paredes pulcramente pintadas.

Abandonamos el recinto con el morral lleno de historias. Quizá alguna se escape, y una vez fuera, se empeñe, para nuestro mal, en reeditarse para después regresar a Villabona. Los reclusos forman en el patio. La solemne cadencia de rutinas carcelarias nos hurta la despedida. Algo parecido a un adiós queda impreso entre los renglones macizos de la última cancela, que se cierra proclamando que somos libres. Libres. Puede ser que hasta un poquito más que antes.

Preámbulo

Publicado en General por franciscru 11:33 am Martes, 6 Febrero 2007

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“Todo es Umo”
(Sentencia recogida en un libro de texto y atribuida a PARMÉNIDES DE ELEA )

Queridos alumnos:

Cierto día alguien de la fila 5 me preguntó con cierto retintín qué había hecho yo para merecer la consideración y el grado de profesor. Recuerdo que, apremiado por no sé qué tarea, respondí con desgana que no había día de mi vida en que yo no me formulara esa misma cuestión. Sin embargo, el interrogante permaneció flotando en el éter del inconsciente hasta que en un momento de debilidad existencial arraigó sobre el fértil campo de la duda. Antes de atreverme a evaluar el propio merito y con el ego henchido por mis reservas de autoestima, me esforcé por enumerar sujetos que con escaso merecimiento ocupaban puestos semejantes al mío, más prominentes incluso, tales como catedráticos o académicos, algunos de los cuáles habían sido distinguidos con honores y reconocimientos tan estrechos y vacuos como sus ideas. Pero siguiendo estos derroteros, emergieron las figuras de compañeros, maestros de escuela y docentes de toda laya que han ejercido y ejercen la docencia haciendo virtud de su abnegado oficio. La diferencia entre los unos y los otros no está en el dominio o la comprensión de un arte o de una ciencia, -al alcance de cualquiera que posea suficiente vocación hacia el estudio-, sino en ser o no ser capaces de generar un pensamiento original a partir del que les ha sido legado y hacer fructificar esa semilla con el mismo ímpetu en las mentes de los discípulos. Por tanto, sorna aparte, no me es posible responderos a la cuestión de cómo he llegado a ser profesor sino -y aunque de entrada parezca que acepto con entereza la mediocridad-, cómo me las voy a apañar para llegar a serlo. Este diario, epistolario o como demonios quiera llamarse, es una demostración de esa buena disposición, un foro que sirva no solo para reflexionar sobre la condición del docente sino también sobre la del discente, o sea, sobre la vuestra. Porque… y ahora pregunto yo: ¿Qué habéis hecho vosotros, los de la fila 5, para ganaros el calificativo de  ”estudiantes”?