Cine y periodismo

Publicado en General — 27 Marzo 2007 @ 11:38

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Los medios de comunicación han sido uno de los filones mejor aprovechados por la industria del cine desde sus comienzos. Antes de forjarse en escuelas y redacciones, muchos de los periodistas que hoy gozan de fama y prestigio fueron seducidos por la profesión a través de series y películas donde se glosan las bondades, y a veces las contradicciones, de una actividad suceptible de crear opinión, un potente motor para consolidar o remover el denso magma del orden político y social. Uno de los títulos emblemáticos del cine de todos los tiempos, Ciudadano Kane (Orson Welles, 1940) está protagonizado por un todopoderoso magnate de la prensa, capaz de manejar las vidas de sus contemporáneos para ahormar la realidad a la medida de sus ambiciones públicas y personales. Ni que decir tiene que esta fábula moral, magistralmente llevada a la pantalla, tiene una perfecta traslación a nuestros tiempos: tómese como ejemplo la grotesca figura de Berlusconi en la Europa del siglo XXI (¿alguien duda de que don Silvio conquistaría el título de Miss Italia si se lo propusiera?), aunque no hay que pasar los Pirineos para identificar a los influyentes grupos mediáticos patrios que sostienen o hacen tambalearse a los gobiernos de turno. Otro ejemplo de un periodismo real e incisivo que marcó la historia de todo un país nos lo ofrece la película Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976), apasionante historia del célebre caso Watergate que derribó a un presidente de los USA. Otros títulos interesantes de obligada revisión son: Más allá de la duda (Fritz Lang, 1956), Los gritos del silencio (Roland Joffé, 1984), Bienvenido a Sarajevo (Michael Winterbottom, 1997) o Territorio Comanche (Fernando Herrero, 1996), basado en una novela de Pérez Reverte. Pero mis preferidas, al margen del mayor o menor escrúpulo hacia las peculiaridades narrativas sobre las que sustenta su éxito el cine americano, son Primera plana (Billy Wilder, 1974) y Ejecución inminente (Clint Eastwood, 1999). En las dos se transmite en claves muy distintas cómo se experimenta a flor de piel el inquietante impulso de contar la noticia, y cómo la dramática realidad irrumpe con un mazazo en la conciencia de los informadores, hasta que el sentido de la ética y la justicia tonifica el instinto primario del reportero.

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