Azúcar edulcorado
Publicado por JOSE ANGEL el 21 Noviembre 2008
Nereida Agúera López
En infinitas ocasiones hemos oído hablar de la popularidad. Cualquier persona del Instituto sabe que fulanit@ es popular y menganit@ no, o lo es en menor grado, pero ¿por qué? ¿Acaso lo llevan escrito en la frente? ¿En qué consiste exactamente la popularidad? Para empezar, se podría decir que es una cualidad ambicionada por la mayoría de las personas, preferentemente en estas edades, en las que las típicas americanadas donde los jugadores de baloncesto y las animadoras son los reyes del mambo aún hacen mella en nosotros. En general, eres popular cuando cuentas con una gran aceptación social, eres, por decirlo de alguna manera, guay. Guiándonos por esta ambición, nos fijamos unos ideales, unos modelos a seguir, que son los mismos para todos, de tal manera que cuanto más nos parezcamos a ellos, más nos integraremos en el grupo, en sociedad. Es decir, buscamos nuestra propia personalidad mediante la imitación de otras, que a su vez han emulado a otras y así sucesivamente. Pretendemos convertirnos en copias inertes de un mismo prototipo por miedo a ser excluidos de la manada si nuestro comportamiento difiere mínimamente con el de la mayoría, sin darnos cuenta a veces de que podríamos ser mejores en ciertos aspectos que el patrón que seguimos, en caso de desarrollar lo que verdaderamente llevamos dentro, o no necesariamente mejores, simplemente diferentes, lo que es el doble de positivo.
Este ansia de reconocimiento, de popularidad, se traslada, como no podía ser menos, y como lo están haciendo cada vez más aspectos de nuestra vida, al plano virtual. No hay más que darse una vuelta por fotologs, metroflogs, tuenti, o cualquier otro tipo de redes sociales o blogs juveniles, para darse cuenta de la falsedad e hipocresía que reina en ellos. En estos casos, la popularidad puede traducirse en la cantidad o calidad de contactos, de comentarios, o de fotos que tengas, entre otros factores. Se hacen exaltaciones desmesuradas de la amistad, el amor, y cualquier otro vínculo social que se pueda tener. Esto, visto desde fuera, puede resultar creíble, y puedes admirarte al ver el verdadero valor de la amistad (no, no estoy anunciando los coleccionables de Heidi y Marco) entre ciertas personas, que no niego que en algunos casos sean ciertos. Pero, en la mayoría de las ocasiones, la perspectiva cambia radicalmente cuando se ven las cosas desde dentro. Entonces puedes comprobar que los escritos y fotos que un día fueron puestos por las nubes por una persona en la pantallita, son objeto de punzante crítica la mañana siguiente por la misma, mientras pide a gritos un pincho de tortilla a Josefina; o cómo el 80% de los te quieros que se escriben no son ciertos, porque van dedicados a personas que, o bien no conoces, o bien te cruzas de morros con ellas por la calle sin pronunciar un hasta luego. Efectivamente, si tienes bajadas de azúcar leer un fotolog podría sentarte bien, dado el pasteleo reinante. Realmente aún no le encuentro razón alguna. Puede ser que el objetivo de estos comentarios sea subirte la autoestima o causar impresión en la gente que pase por tu tablón al ver cuán amada eres por el resto, ya que por regla general tus amigos (con amigos me refiero a sujetos algunos de los cuales están en tu lista de contactos por razones insospechadas, y a quienes quieres una tonelada pero que jurarías tres y mil veces que no los conoces, antes y después de que cante el gallo, porque en verdad no tienes la más remota idea de quienes son) te devolverán un saludo con la misma cantidad de glucosa que el tuyo.
No es que yo esté de parte del ¡Asúcar no! (a lo anuncio de Juver), es muy bonito recibir ese tipo de palabras de una persona, y precisamente para evitar que pierdan ese valor no deberían hacerse sistemáticas de manera que se desprendan de todo su significado, o al menos eso es lo que yo pienso. Creo que lo más lícito sería establecer diferencias entre unas personas y otras, pues es humano el congeniar más o menos con cada una de ellas. ¡Nadie es capaz de querer a todo el mundo!
Si seguimos así, si vaciamos nuestra personalidad para introducir modelos en los que estamos obligados a creer por pura convención social e incluso vaciamos las palabras de su más intrínseco significado… ¿no nos estaremos vaciando a nosotros mismos sin quererlo?