LA ORQUESTA SINFÓNICA SWR DE BADEN-BADEN Y FRIBURGO EN OVIEDO

 Michael Gielen, director

La Orquesta Sinfónica SWR de Baden-Baden y Friburgo participó el pasado jueves en el ciclo de Los Conciertos del Auditorio, bajo la dirección de Michael Gielen. Os dejo mi crítica, que no salió en la edición digital de La Voz, y los enlaces de las de los demás medios.

Lugar: Auditorio de Oviedo. Fecha: 5 de febrero de 2009. Ciclo: Conciertos del Auditorio

 FORMIDABLE BRUCKNER 

El ciclo de los Conciertos del Auditorio acogió el jueves uno de gran nivel, protagonizado por la Orquesta Sinfónica SWR de Baden-Baden y Friburgo, que actuó bajo la dirección de Michael Gielen. Bruckner, Mahler y Wagner como propina, articularon un programa de fuerte calado sinfónico, en el que la orquesta se mostró como un conjunto espléndido.

El punto fuerte de la primera parte fue el ciclo de lieder que lleva por título Des Knaben Wunderhorn, de Mahler, que permitió oír al bajo-barítono Hanno Müller-Brachmann, una de esas voces a medio camino entre registros, que vino bien al estilo del compositor austriaco. La relación entre director, orquesta e intérprete no funcionó del todo bien en lo rítmico. No fue algo puntual. Más bien pareció ser fruto de una falta de consenso, o quizás  de encuadre fortuito por parte del cantante. A Müller-Brachmann se le dio bien la obra por su notable calidad como intérprete, y aunque no pudo del todo con la deficiente acústica que el Auditorio posee para las voces, consiguió encontrar una más que correcta línea lírica, a veces más efectista que emocionante. Desentonó ligeramente en el registro agudo, y no terminó de profundizar del todo en la expresividad grave. Donde más disfrutó y convenció fue en la parte más satírica del ciclo – Lob des hohen verstandes-, donde su desparpajo escénico logró hacer llegar con billantez el mensaje del compositor, a medio camino entre lo divino y lo humano. Blumine de Mahler presentó a una orquesta de sonoridad adusta, muy interesada en el control de la expresividad orquestal, que se expresó en una dinámica de contrastes exquisita.

Michael Gielen ofreció una versión exuberante pero controlada de la Sinfonía nº 1 en Do menor de Bruckner, una de sus obras más complejas y difíciles de interpretar. Bruckner es un compositor profundamente contradictorio, cuya voluntad de alcanzar lo sublime aparece en su obra como un hecho frustrante que, posiblemente, también asumía con vergüenza. Gielen dirigió con un gesto de autoridad entre lacónico, severo y enérgico, que delimitó con mano maestra los fortísimos contrastes expresivos de la obra. Ayudó a la impresionante factura general la sobresaliente calidad de los músicos. Los metales estuvieron precisos y cálidos y las maderas muy bien dibujadas, incluso dentro del inestable y fascinante mare mágnum bruckneriano. Se ofreció como propina el Preludio del acto III de Lohengrin, de Wagner, con un sentido rítmico si no elegante y refinado, sí contundente y adusto.

AURELIO  M. SECO

  

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