“EL CASTILLO DE BARBAZUL” DE BÉLA BARTÓK

 Béla Bartók

Béla Bartók (1881-1945) El Castillo de Barbazul.

La importancia del momento histórico. Alrededor de 1911, año en el que B. Bartok terminó la que sería su única ópera, el ambiente artístico general de Europa era una especie de “mare magnun” de opciones que en un aspecto general, iban en la misma dirección: el Fauvismo;  el Cubismo y Picasso (1907), el Futurismo (1909) primero literario y después pictórico y musical, con su ansia en valorar lo moderno por encima de lo establecido tradicionalmente; el Dadaísmo y su afán iconoclasta, destructor de convenciones que coartaban posibilidades de todo tipo. Todos estos movimientos de principios del s. XX, deben entenderse como un síntoma de un cambio cualitativo sustancial tanto en el mundo de la creación artística, como en el de la historia de las mentalidades en general. De este modo, al igual que en los demás campos, en el mundo de la música ya no se puede hablar de “un sistema común (el sistema tonal)” a partir del cual partirán las distintas estéticas personales, sino que lo más adecuado es hablar de una multiplicidad de sistemas y posibilidades creadas, no por la naturaleza ni por leyes naturales inmutables, sino por todo lo contrario, por sistemas inventados por diferentes compositores, que nacen con la conciencia de ser un medio siempre superable, y con unos principios conscientemente artificiales –ahora hay consciencia de que todo principio artístico lo es- personales, con sus propias leyes. Es el momento en el que surgen las distintas alternativas al lenguaje tonal post-wagneriano, que había sacado ya casi todo el partido a las posibilidades  armónicas del sistema tonal: el dodecafonismo de A. Schömberg, el impresionismo de C. Debussy, el lenguaje musical de Stravinski, el bruitismo o el nuevo “nacionalismo”. Este movimiento, el nacionalista,  es el que nos interesa a la hora de acercarnos a la obra de B. Bartok. Se trata de un “movimiento musical” que se apoya en el folklore de los diferentes países a la hora de realizar sus composiciones. En España, en claro paralelismo con este compositor, tenemos a M. de Falla, que utilizó en muchas  de sus composiciones, canciones populares sacadas de los distintos cancioneros de la época,  usadas en obras como La Vida breve (1906) única ópera de M. de Falla, que además, con la de B. Bartok pasó por múltiples penalidades hasta su estreno. El estilo de Bela Bartok.  Aunque el folklore iba a ser la principal característica de sus obras, en ellas también se puede apreciar la impronta de compositores tan diferentes como I. Stravinski, donde el impacto que le causó La consagración de la primavera es perceptible en su ballet El mandarín maravilloso;  C. Debussy,  más concretamente a través de su ópera Pelléas et Mélisande, e incluso A. Schönberg de quien aprendió a utilizar en algunas partituras procedimientos atonales y las doce notas de la escala cromática, aunque sin adherirse nunca a los principios estrictos del dodecafonismo. Su pasión por el folklore evitó tanto que rompiera definitivamente con la tonalidad como que se adscribiera permanentemente a una corriente o un estilo ajenos a él mismo. Llaman mucho la atención los experimentos formales de algunas de sus obras, que le han llevado a ordenarlas empíricamente, a través de recursos tan originales como la serie fibonacci [1]

La Ópera. Al igual que la mayoría de las obras de B. Bartok, su Barbazul se nutre de sus estudios del floklore, que realizaba solo o en colaboración con su amigo y condiscípulo Zoltán Kodály. Su concepción de lo que entendía como un ópera netamente húngara, pasaba por encontrar una declamación adecuada del propio idioma, algo parecido a lo que, en su opinión, había conseguido C. Debussy con su Pelléas. El libreto, realizado por Bela Balazs, es una adaptación estilizada y netamente simbolista del cuento de Perrault. La historia la protagonizan sólo dos personajes, Barbazul (bajo cantante) y Judit (mezzosoprano). Ésta, joven esposa de Barbazul, le pide explicaciones sobre el contenido de las siete puertas de su tétrico castillo, plagado de sangre y dolor. La trama discurre a través de los terribles descubrimientos que Barbazul permite ver a Judit tras cada una de las puertas: lágrimas, dolor y la sangre que rodea perennemente toda la obra, incluso a través de un motivo musical característico, son los motivos que causan el sufrimiento atroz de Barbazul y una de las razones por las que Judit ,enternecida por su dolor, ha decidido casarse con él. La séptima puerta revela las tres anteriores esposas de Barbazul, fantasmas condenados al silencio y reducidos a la postración. “después del de la mañana, el del mediodía y el del crepúsculo, tú serás el de la noche –dice a Judit-Ahora no habrá más que sombra, la sombra para siempre…” La aparición de las riquezas del tesoro de Barbazul tan solo dan una impresión de felicidad ,y el amor que Judit quisiera ver triunfar atraviesa todas las fases de la esperanza, de la conquista, el deseo y desemboca en el fracaso, el final donde Judit, tras revelarse, se ve  relegada junto con las restantes esposas a cumplir su fatal destino. La obra claramente pesimista, es un trasunto de las ideas nihilistas de F. Nietzsche y su personal concepto del mundo. Musicalmente, se suele decir que la obra se estructura en forma de arco, con esto se quiere explicar la relación entre las tonalidades de inicio y término, ya que la obra comienza y termina en fa sostenido menor (la oscuridad), alcanzando su plenitud simbólica, hacia el centro de la obra en la tonalidad de do (la quinta puerta) que además de ser la distancia del “diabulus in musica” es una de las más alejadas armónicamente y metafóricamente también. Lo más llamativo de la obra, es la fuerza de las atmósferas musicales, con un uso de la orquesta, de evidente influencia impresionista, donde las líneas melódicas independientes del viento madera evocan, junto al canto declamado de los protagonistas, un “pictoricismo” sonoro que transmite una cierta inquietud. Jorge Sebastián, discípulo de Bartók que dirigió la obra en 1943 decía: “Aquí todo es simbólico. El mismo castillo, que simboliza la vida humana, y sus siete puertas, detrás de las cuales se esconden los elementos de esta vida: la tortura que padecemos sin cesar; las armas que continuamente estamos obligados a empuñar para defendernos –en alusión a una de las puertas que se abre a la sala de armas del castillo-; las riquezas que envidiamos sin cesar; el jardín floreciente, única nota dichosa de nuestra existencia; la ambición de la posesión; las lágrimas que vertemos; las mujeres del pasado, que amamos y nunca mueren, pero, en medio de todo esto, el hombre vive solitario en la sombra…” En la obra no existen arias ni dúos convencionales, sino que el diálogo se desarrolla en un recitativo casi continuo, con una declamación netamente húngara y moldeada sobre ciertos giros folklóricos impulsados por una gran variedad rítmica.  Estructuralmente, se divide en escenas breves, diferenciadas por la apertura de la puertas, teniendo cada una de ellas característica musicales y formales propias. La obra fue presentada en 1911  con ocasión de  un concurso, aunque fue rechazada –“es inejecutable”, dijeron los miembros de la Comisión de Bellas Artes de Budapest-, teniendo que esperar para su representación hasta 1918.

 

 



 


[1] Serie matemática que consiste en que cada nuevo número proceda de la suma de los dos anteriores.

Estadísticas Este artículo ha sido visitado  4065  veces

Envía un comentario

YDebes estar autentificado para enviar un comentario.