A veces necesitamos un poco de sur para no perder el norte. Si es que no lo hemos perdido ya, viajando descontrolados hacia el despropósito de la “civilización”. Por suerte, en el sur aún quedan joyas en forma de grandes ideas que nos reconcilian con el mundo.
El procedimiento que de ordinario se sigue es el de conferencias, en que el profesor relata, los hechos que juzga de interés en cada periodo o asunto. Una veces, la conferencia es mera repetición de un Manual que se designa como libro de texto; otras (las más, aunque no siempre por motivos científicos), se prescinde de él y se obliga a los alumnos a tomar notas durante toda la clase: lo cual supone un trabajo penoso, escasamente útil, y que, por añadidura, será el único que pongan ellos en la obra de su educación historiográfica. Así nos han enseñado, y así se enseña aún en casi todos nuestros institutos y Universidades.
Podría ser la introducción a uno de eso manuales sobre competencias básicas con los que nos deleitan los próceres educativos, la mayoría de ellos desertores de la tiza (y no precisamente porque usen la pizarra digital). Pero quien así escribía, sabía lo que era mancharse en el aula e incluso fuera de ella, sabía del valor de la cultura y de la importancia de la educación para redimir a un pueblo. Quien así escribía, se llamaba Rafael Altamira y este ha sido su año. Siempre he pensado que lo peor que te puede pasar en esta vida es que te dediquen un día de. Un simple ejercicio de memoria nos llevará rápidamente hacia el día de la paz, el día de los derechos humanos, el día del hambre… de tantos y tantos que prefiero enlazarlos para no arruinar el artículo antes siquiera de empezarlo. Ojeados los susodichos días, imagínense qué mal debe estar la cosa, para que te dediquen un año. Tan mal, que hasta hoy, cuando el calendario toca definitivamente fin, la profe no ha sido capaz de homenajear al que probablemente sea uno de los intelectuales que más admira. Tan mal, que cuando googlea Atamira en busca de menciones, artículos, noticias y reportajes que glosen la figura de una eminencia como don Rafael, lo que se encuentra es una irrisoria cantidad de entradas frente a los millones de líneas dedicadas a la “insigne” figura de Kiko Rivera, antaño Paquirrín. Algo que sin duda, le sirve a la profe para recordarse a sí misma que esto es España, y no precisamente la que soñó Altamira.
A algunos bibliófilos nos pierde desflorar intonsos (vírgenes apenas quedan). Hace años, alguien viajó a Salamanca y, en vez de traerme la consabida rana, prefirió envenenarme con el virus Altamira. De pronto tuve en mis manos un ejemplar intonso de La Enseñanza de la Historia por Lavisse, Monod, Hinsdale, Altamira y Cossío. Espasa-Calpe. 1934. Es de Altamira, te va a encantar. Y así fue, me encantó. Sometió mi voluntad al poder de la mágica razón, me entretuvo con verdades nada aparentes y me gustó, me agradó, me sedujo hasta ese punto en que traspasados los límites de la razón se desata la pasión. Me hizo más decimonónica aún si cabe. Me dio más argumentos para luchar por recuperar esa generación perdida, esos regeneracionistas sobre los que descansa el poco pasado intelectual que nos queda, esa Institución Libre de Enseñanza, ese Liberalismo con mayúsculas que unos y otros, de un bando y de otro, se fueron encargando de arrinconar, de tratar de esconder junto a los trastos inútiles porque las verdades duelen y a la libertad de pensamiento, es imposible ponerle precio.
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Ha muerto Rafael Altamira, el intelectual más completo de su época. En 1951, la BBC de Londres supo resumir en una línea lo que la profe ha ido descubriendo con los años. Altamira, El grupo de Oviedo y la Extensión universitaria, me reconciliaron años después de dejarla atrás con una alma máter que nunca sentí mía y de la que me avergoncé y aún me avergüenzo tantas veces. En este país nos encanta jugar a inventarlo todo. Jamás construimos sobre los cimientos de otros, no vaya a ser que no podamos apuntarnos el tanto. Nos encanta también buscar fuera lo que tenemos en casa. No en vano, castellano es el dicho “nadie es profeta en su tierra”. En educación llevamos años inventando la pólvora. Conozco bien la receta del explosivo; muy a mi pesar, soy hija de la LOGSE. Pocos como yo, con argumentos suficientes para poder criticar el sistema desde dentro o para ver una y otra vez al emperador desnudo. Ahora su majestad va vestido con el traje de las competencias básicas y busca modista en sistemas educativos europeos que obtienen brillantes resultados en esa lacra que ha dado en llamarse Informe PISA. Hace siglo y medio, Altamira y otros como él dignificaron la Historia como asignatura, defendieron su importancia como materia necesaria para crear individuos capaces de pensar, de criticar el sistema, de razonar por si mismos. Dejaron atrás la historia de las fechas, las batallas y los datos. Defendieron también un sistema educativo donde lo importante era que el alumno aprendiera a razonar, a trabajar con fuentes, a leer, a interpretar… También destacaron la importancia de la visita a los museos, al trabajo de campo. ¿Les suena algo de todo esto? ¡La pólvora! Eso que algunos tratan de vendernos ahora como lo último en didáctica, la panacea que va a salvar nuestros pésimos resultados académicos y nuestro vergonzoso fracaso en el campo de la educación. Todo novedades. ¡Qué lástima que aún quedemos “recordadores oficiales de lo que las gentes (especialmente los políticos) quisieran olvidar”! Pero quedamos, y aunque molestemos como molestó Altamira, de vez en cuando nos liamos la manta a la cabeza, nos empeñamos en preparar nuestras clases sin importarnos un ápice la galería, disfrutamos con la muchachada dentro del aula y soñamos con discípulos que sigan nuestros pasos. Sabemos que nuestro oficio no tiene recompensas inmediatas, sino destellos de razón, fogonazos de lucidez en la mente de aquellos que desde el otro lado, de vez en cuando (muy de vez en cuando) nos escuchan, nos siguen y hasta nos imitan. Y esto don Rafael, es lo que me pasa a mí con usted. Que siglo y medio después, soy discípula de su discípula y supongo, que como a mí, le llenará de gozo saber que alguien construye sobre sus cimientos.
A la profe le gusta el fútbol. No es ninguna verdad revelada, ni siquiera una noticia de último momento, más de una vez me he confesado futbolera en este blog. Dicen que a los fieles de la religión del fútbol se nos reconoce aunque no llevemos signos identificativos evidentes, nos pierde un gesto. Un taconazo a una lata de refresco, la piedrecita que pateamos por la calle, la caricia a la pelota confiscada por uso indebido en el pasillo del insti, el eterno offside en el que deambulamos por la vida. A la profe le gustan también los libros. Tampoco es una verdad revelada, ni una noticia de último momento, también más de una vez me he confesado bibliófila y contumaz lectora en este blog. A los fieles de la religión del libro también se nos reconoce sin signos identificativos evidentes, también nos pierde el gesto. Sacamos de la biblioteca volúmenes que no ha leído nadie, acariciamos el lomo de las ediciones bolsillo que nos han hecho felices, secuestramos para siempre los libros de otros cuando nos enamoramos (de los libros de otros, se entiende). Aterriza la profe en el CPEB El Salvador, de Grandas de Salime, donde ya ha tenido ocasión de descubrir fieles de la primera de las religiones expuestas y donde además, ha descubierto acólitos de la segunda dispuestos a ganar adeptos a su causa. Navegante entre dos aguas, me subiré al barco de los segundos enredándome en el aparejo de los primeros. De fútbol y literatura están los estantes de mi librería llenos. Conviene, eso sí, aclarar de qué habla servidora cuando habla de fútbol. Fútbol es la pachanga con amigos, fútbol es cada una de las fotografías que adornan las páginas de Planeta Fútboly cada una de las líneas en las que Galeano recompone sus pedazos en El fútbol a sol y sombra. Fútbol es también el magnífico vídeo que vino a socorrerme un verano aciago.
Cuenta don Eduardo en el libro que acabo de citar, que un periodista le preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle cómo le explicaría a un niño qué es la felicidad. Ante semejante interrogante ella contestó: “No se lo explicaría. Le tiraría una pelota para que jugara”. Si me lo hubieran preguntado a mi, respondería lo mismo. Con una salvedad: hay adultos que también necesitamos pelotas que nos salven.
Acostumbra a decir la profe que hay canciones, hay días, hay momentos… y cada quien tiene sus manías, sus himnos, sus rituales. Su Yo pisaré las calles nuevamente los once de septiembre, su Grândola vila morena los veinticinco de mayo y su Marsellesa tal día como hoy. En un aciago mes de abril que se hizo eterno porque las vacaciones de Semana Santa no llegaban, el insti era demasiado grande, los alumnos demasiado pequeños y el equipo directivo, demasiado (a secas) la posibilidad de hacer cualquier cosa menos dar clase en la hora maldita de los viernes, arremolina a profesores y alumnos en torno al salón de actos sea cual sea la actividad propuesta. En nuestro caso, era un concierto didáctico de despedida a un grupo de escolares franceses que habían pasado una semana en el centro. La gaita era la protagonista y un hacendoso (que no virtuoso) compañero perpetró algunos temas de la música tradicional asturiana e incluso bretona, por aquello de agasajar a nuestros visitantes. El fin de fiesta fue un desentonado, al tiempo que desganado, Asturias patria querida. Cosa que no es de extrañar, si tenemos en cuenta que más del sesenta por ciento de los alumnos presentes no eran asturianos y tampoco me consta que hubiese ningún borracho en la sala. Con todo, en las últimas estrofas el asunto se fue animando ¿quién no sabe el Asturias patria querida? Tanto que el grupete de franceses se puso en pie, nos miró como debieron mirar sus aguerridos ancestros la Bastilla cuando la tenían a tiro de piedra y a voz en grito, ante el desconcierto del los presentes, la mirada interrogante de algunos compañeros que preguntaban qué cantan y la emoción de la profe, que no pudo por menos que unirse a ellos, comenzaron a cantar La Marsellesa.
Rondaba mi cabeza un artículo sobre el polémico Diccionario Biográfico Español, pero como tantas veces, el tiempo amenazaba con pasarle por encima a la novedad antes de que me decidiera a escribirlo. Cuando una compañera me interrogó en el pasillo para saber mi opinión sobre el tema, decidí ponerme manos a la obra sin más dilación. Confieso que la interpelación me resultó incluso emotiva. Mi torpe aliño indumentario, mis pintas de mochilera subversiva y mi “insultante juventud” en estos centros donde la media de edad del claustro supera con creces los cincuenta, hacen que rara vez me relacionen con la materia que imparto. Desde plástica a tecnología, pasando por informática, atención a la comunidad, música o biología, me asignan siempre disciplinas a las que soy ajena y nadie acierta nunca a la hora de asignarme departamento. Por tanto, que alguien sepa a qué me dedico, bien merece un artículo.
No sé si será por este personal espíritu de contradicción que me habita, pero siempre he defendido que eso del historiador objetivo, carente de sesgo ideológico alguno, es una falacia. Decía un compañero de pupitre en mis atormentadas horas universitarias que objetivos son los objetos. Tiempo después, puede escuchar la frase, corregida y aumentada en la interpretación del profesor comprometido personificado por Luppi en Lugares Comunes, que afirmaba objetivos son los objetos y los rectores. Asisto a la polémica con la distancia del observador ajeno a la batalla. No soy historiadora, me licencié en Historia cierto, pero sin más intención que la de no salir nunca del feliz bioma habitado por impetuosos adolescentes que pululan, sudorosos y vociferantes, entre mesas verdes, libros ajados, pizarras y tizas. Estudié Historia con el sano propósito de envenenar a mis pupilos con el virus de la lucidez, de seducirlos con el más terrible de los pecados: pensar. Y para eso, coincidirán conmigo, pocas disciplinas hay como la Historia.
En cuanto al diccionario, la obra en sí me parece admirable en tanto decimonónica. Decimonónica en las formas, un diccionario enciclopédico en papel no es más que una joya para bibliófilos, un anacronismo incluso, si me apuran. Los 3.500€ que tendrán que desembolsar por él los afortunados que puedan adquirirlo, supera mi presupuesto anual para la compra de libros (y quienes me conocen saben que dicho presupuesto no es precisamente exiguo). Decimonónica en el fondo, escribir la historia de un país a través de las biografías de los grandes próceres de la patria, resulta cuando menos antiguo, pero también absurdo. Tanto como las quejas de nuestra ministra de cultura (¡la Historia la juzgará!) atormentada por el escaso número de féminas que adornan con sus vidas tan magna obra. Ministra, las mujeres pese a quien pese, hicimos Historia a la sombra de los hombres. No nos quita ello valía ni mérito. Grande de España, fue mi abuela y como ella, tantas otras que torearon el hambre y sacaron a sus familias adelante. Demasiadas para un diccionario. Negar eso, sí es negar la Historia. No busque grandes damas en civilizaciones en las que ni siquiera se consideraba a la mujer ciudadana. Ni la Revolución Liberal (qué tanto alaba la profe) nos reconoció la igualdad. ¿Qué ridícula obsesión es esa de buscar grandes mujeres en la Historia? Que sesgo de infantilismo feminista, que poca Historia en sus declaraciones. Y es que la profe, perteneciente a bastantes más minorías de las que desearía, empieza a estar cansada de formalismos, sensibilidades heridas y chuminadas varias. ¿Quién escribe la Historia? se pregunta Julián Casanova en El País. Los vencedores, me enseñaron siempre aquellos a los que les había tocado perder. Y los vencedores, igual que los perdedores, son personas. Y las personas sienten, y las personas juzgan, y las personas mienten, y sufren, sueñan, ríen, callan, niegan, luchan, esconden, tergiversan, se rebelan… hacen la Historia, también la escriben. Y la escriben, ¡al cielo gracias! marcadas por su ideología. La Real Academia escribe su Historia, Fontana la suya, Casanova la suya, Pío Moa la suya, Preston la suya y yo la mía después de leer, entre otros, a todos ellos. ¿Qué pretendían quienes se rasgan ahora las vestiduras que escribiera Luis Suárez en la biografía de Franco? ¿acaso alguien creía que iba a cargar las tintas en la crudeza de su régimen, en los juicios sumarísimos, en la funesta dictadura…? No pretendan comer muchos huevos quienes ponen a la zorra a cuidar el gallinero. Acostumbro a afirmar en clase, que para distinguir lo bueno hay que conocer lo malo. Para saber Historia, alguien me dijo hace años que hay que leer mucho. Dice mi admirado Hobsbawm que los historiadores son recordadores profesionales de lo que los ciudadanos desean olvidar. Olvidarse de que la dictadura franquista tuvo y tiene adeptos, también es tergiversar la Historia. La Historia no se borra jamás, por mucho que se cambien las placas de las calles o se de tierra en sacrosantos lugares a quienes yacen en la cuneta, entre otras cosas, por no creer en verdades reveladas ni vidas después de la muerte. La Historia aflora, obstinada y tenaz como las manchas de humedad que adornan las paredes.
No pretendo con mis apreciaciones defender una Historia escrita sin rigor, marcada por la pasión, la ideología o el rencor (al menos no sólo por eso). Pero sí aborrecer ese irracional sentimiento de inferioridad que marca a las ciencias sociales y ese positivismo ilógico que busca historiadores asépticos como forenses ante el cadáver que han de diseccionar. Claro que hay que ser riguroso al escribir la Historia, pero desechemos de una vez esa grotesca objetividad que algunos intentan aplicar justificando que solo lo tangible es científico. Incluso entre quienes cultivan las llamadas ciencias exactas, esas que se jactan de abanderar el método científico, hay discrepancia y hay ideología. Basta con leer la prensa y seguir la polémica en torno a la energía nuclear. Hay quien se irrita porque el diccionario ha sido costeado con nuestros impuestos y achaca su parcialidad al hecho de que fue encargado durante el gobierno de Aznar. Que quieren que les diga, frecuento la Escandalera y no sólo para dar ánimos a mis alumnas acampadas en ella, también yo estoy indignada. Son muchas las cosas en las que no me gusta que se malgaste el erario público. Sin ir más lejos, no soporto que se costee con mis impuestos un absurdo, falaz y clasista sistema bilingüe en los centros educativos asturianos y no sólo debo pagarlo, sino vivir en él cada día. Pero eso es harina de otro costal (en este caso, de otro artículo).
Una de las pocas licencias que se ha permitido este año la profe en clase de Arte ha sido dedicar unos minutos a analizar La dama del armiño, aunque el temario de la PAU invite a obviarla. Hoy el noticioso vespertino me sorprende con el anuncio de su visita a España, algo de lo que sin duda me alegro, siempre regocija poder contemplar la belleza. No me extraña que quien ha podido conservarla a través de los avatares de la Historia afirme: Si se pierde, me muero. Ese es su precio.
Recuerdo que al verla en clase discutimos sobre cual de las dos damas de Leonardo nos gustaba más. Mi elección está clara. Pero para gustos hay colores.
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