Ya no hay héroes

25 02 2010

Todo vale cuando ves que alguien al otro lado relaciona cualquier cosa de las que dices, con algo que ya sabe. La LOGSE llamaba a eso aprendizaje significativo. Trillo diría: ¡manda güevos! Conste, que la frase es de Trillo y desde la tribuna del Congreso, nada más y nada menos. Por eso hoy, vamos a dedicarle un artículo (aunque sea pequeño) a Llara, a cuya cabeza vino rápidamente la canción de Loquillo Ya no hay héroes, cuando comentábamos el asesinato de Trotsky a manos de Mercader. No tengo tan claro como El Loco que no haya héroes, lo que si tengo claro es que los héroes también lloran, aunque esas cosas no se escriben, no pasan a la Historia.

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Desfaciendo entuertos

16 02 2010
  • Antes de nada debo decir, que este artículo es sin duda fruto del estado de enajenación mental transitorio en el que me encuentro, dado el uso y abuso de sustancias diversas, casi todas ellas derivadas del cerdo, propias del festín gastronómico d’Antroido que he disfrutado hoy. Solo así, se explica que me enzarce con vosotros, queridos pupilos, en estas disquisiciones más propias de la prensa rosa que de un blog educativo de Historia. Me asaltabais el otro día con dos interrogantes bien distintos, aunque teñidos ambos de cotilleo histórico, pero cotilleo al fin y al cabo. Me defendí como pude argumentando que no sabía mucho de los escarceos amorosos de los Habsburgo, que lo mío son más Austrias y Borbones, pero una tiene su orgullo. Pues bien, sepan ustedes que la esposa amantísima del archiduque Francisco Fernando de Austria, se llamaba Sofía Chotek. Sepan también, que Isabel de Baviera (Sisí Emperatriz, para ustedes) no lo acompañaba, como trataron de hacerme ver, en su (nunca mejor dicho) último viaje.  La historia de los amoríos de don Francisco Fernando y doña Sofía, es sin duda “apasionante”. Amenizaré alguna clase de viernes, de esas en las que vuestras cabezas y a veces hasta vuestros cuerpos, empezaron ya a disfrutar del fin de semana con tal apasionante y apasionada historia.  Lo dejo aquí, quien quiera saber más que se de una vuelta por los enlaces de la wikipedia que puse más arriba.



¡Haxa salú!

10 02 2010

  • El otro día la profe se negó a dar la clase en fala, como alguno de vosotros pretendía. No descarta la idea, pero allá por el mes de junio, cuando el temario toque fondo y el sol caliente tras los cristales. Entretanto, no será la profe quien os niegue la posibilidad de que os deleitéis jugando a ver como suena su lengua. Y qué mejor para eso que un cuento, todos aprendemos a leer de la mano de alguno. Este que yo os regalo, está a caballo entre la realidad y la ficción. Entre el sueño y la pesadilla.

Había unha vez un home que se dedicaba a recoyer todos contos trastos y tarecos veyos atopaba al sou paso; había unha vez un home qu’atesouraba ayalgas que nun relucían, que nun eran d’ouro nin diamantes, qu’al decir da xente nun valían pra nada. Había unha vez un home que fía todo eso y nun se chamaba Diógenes. Chamábase Pepe, d’alcuño, el Ferreiro. Vivía en Grandas y condo era un neno, houbo úa medría d’augua nunca vista, nun choveu corenta días y corenta noites, pro todo s’anagou. Anagouse todo, y eso qu’él nun se chamaba Noé. Chamábase Pepe, d’alcuño, el Ferreiro. Axina viu que nun s’enchumazaba namáis a terra, que s’afogaban tamén os recordos da xente, qu’a cultura na que nacera, na que medrara, na que cría, s’iba como el augua pol furao del fregadeiro condo daquen ergue el tapón. Y col augua marchaba el fruxe de ferro d’unha terra rayana acostumbrada a sufrir y calar. Íbanse ferramentas, oficios y recordos. Ibánse cantigas, risas y muyeres lavando fame y frío. Íbase todo, íbamonos todos. Entoncias, díxoye (penso que non Dios, porque barrunto que nun é muito nin de dioses, nin de patrias, nin de reises) que quen perde a suas reices perde a súa identidá. Y sin saber d’únde vimos, vainos costar muito caro chegar a ningún sito. Díxoye el corazón, que si de verdá quería aquela terra, que si de verdá sentía correr polas venas el ferruxe acolorazao das minas da Escomulgada,  el castañoliar dos regueiros camín del Navia, el sudor da xente labrando a terra… tía que salvar todo aquelo. Como a él tirábaye máis a serra qu’a marina y el astillero dos Pachos quedábaye algo lonxe, pensóu que miyor que fer un arca iba fer un museo. Aló empezóu Pepe a buscar un sito nel que guardar el sou tesouro, as súas ayalgas veyas, os recordos de todos. Peza a peza, con mimo d’artesano colocou ferramentas y acordanzas, fixo cultura y fíxola con mayúsculas. Axina empezaron a chegar xentes vidas de todos os sitos del mundo ver aquelas maraviyas. Él abriuyes porta y corazón, enseñouyes peza a peza el album da nosa hestoria.

Un día, algún toyemerendas, espertoulo daquel sono y baxoulo d’unha narniada a realidá. “Aquí  mando eu. Pepé, ei teis a porta”. Y Pepe, tuvo que marchar sin tempo siquiera a pañar a sua zamarra y a sua pucha.

  • Os contos, pra ser contos y non realidades afumadas y escuras, tein qu’acabar ben. Os bus tein que ganaryes a os ruios, a verdá ten qu’afogar a mentira, a xustiza ten que poñerse algúa vez de parte del probe. Eu nun sei cómo vai acabar este conto, pro como agora ta de moda eso que chaman realidá virtual, museos interactivos y pantallas táctiles; ei fer el que poda pra reinventar a realidá, devolverye el alma a un museo que nunca debeu perdela y apalpar cada peza como s’einda tuvese en uso. Como fexo Pepe durante máis de veinticuatro anos. Y pra empezar, ei tar mañá as sete y media frente a sede del goberno del Principao. Mañá el Occidente, as Asturias todas, tein unha cita na capital pra berrar ben alto (anque seña calando) que nun queren perder as suas reices, por eso eu ei tar alí. Ei tar porque a cultura nin se compra nin se vende, igual qu’a dignidá da xente. Ei tar porque einda creo nos homes con pucha y as muyeres con pano, nos tratos que se pechan con un apretón de maos, na palabra. Ei tar, pol recordo dos que xa nun tan y m’enseñaron tantas cousas que nun s’aprenden nos libros.  Ei tar alí, pol Ferreiro, que fixo muito máis qu’un museo, dignificóu unha terra.