Polémica Historia

31 05 2011
  • Rondaba mi cabeza un artículo sobre el polémico Diccionario Biográfico Español, pero como tantas veces, el tiempo amenazaba con pasarle por encima a la novedad antes de que  me decidiera a escribirlo. Cuando una compañera me interrogó en el pasillo para saber mi opinión sobre el tema, decidí ponerme manos a la obra sin más dilación. Confieso que la interpelación me resultó incluso emotiva.  Mi torpe aliño indumentario, mis pintas de mochilera subversiva y mi “insultante juventud” en estos centros donde la media de edad del claustro supera con creces los cincuenta, hacen que rara vez me relacionen con la materia que imparto. Desde plástica a tecnología, pasando por informática, atención a la comunidad, música o biología, me asignan siempre disciplinas a las que soy ajena y nadie acierta nunca a la hora de asignarme departamento. Por tanto, que alguien sepa a qué me dedico, bien merece un artículo.

  • No sé si será por este personal espíritu de contradicción que me habita, pero siempre he defendido que eso del historiador objetivo, carente de sesgo ideológico alguno, es una falacia. Decía un compañero de pupitre en mis atormentadas horas universitarias que objetivos son los objetos. Tiempo después, puede escuchar la frase, corregida y aumentada en la interpretación del profesor comprometido personificado por Luppi  en Lugares Comunes, que afirmaba objetivos son los objetos y los rectores. Asisto a la polémica con la distancia del observador ajeno a la batalla. No soy historiadora, me licencié en Historia cierto, pero sin más intención que la de no salir nunca del feliz bioma habitado por impetuosos adolescentes que pululan, sudorosos y vociferantes, entre mesas verdes, libros ajados, pizarras y tizas. Estudié Historia con el sano propósito de envenenar a mis pupilos con el virus de la lucidez, de seducirlos con el más terrible de los pecados: pensar. Y para eso, coincidirán conmigo, pocas disciplinas hay como la Historia.
  • En cuanto al diccionario, la obra en sí me parece admirable en tanto decimonónica. Decimonónica en las formas, un diccionario enciclopédico en papel no es más que una joya para bibliófilos, un anacronismo incluso, si me apuran. Los 3.500€ que tendrán que desembolsar por él los afortunados que puedan adquirirlo, supera mi presupuesto anual para la compra de libros (y quienes me conocen saben que dicho presupuesto no es precisamente exiguo). Decimonónica en el fondo, escribir la historia de un país a través de las biografías de los grandes próceres de la patria, resulta cuando menos antiguo, pero también absurdo. Tanto como las quejas de nuestra ministra de cultura (¡la Historia la juzgará!) atormentada por el escaso número de féminas que adornan con sus vidas tan magna obra. Ministra, las mujeres pese a quien pese, hicimos Historia a la sombra de los hombres. No nos quita ello valía ni mérito. Grande de España, fue mi abuela y como ella, tantas otras que torearon el hambre y sacaron a sus familias adelante. Demasiadas para un diccionario. Negar eso, sí es negar la Historia. No busque grandes damas en civilizaciones en las que ni siquiera se consideraba a la mujer ciudadana. Ni la Revolución Liberal (qué tanto alaba la profe) nos reconoció la igualdad. ¿Qué ridícula obsesión es esa de buscar grandes mujeres en la Historia? Que sesgo de infantilismo feminista, que poca Historia en sus declaraciones. Y es que la profe, perteneciente a bastantes más minorías de las que desearía, empieza a estar cansada de formalismos, sensibilidades heridas y chuminadas varias. ¿Quién escribe la Historia? se pregunta Julián Casanova en El País. Los vencedores, me enseñaron siempre aquellos a los que les había tocado perder. Y los vencedores, igual que los perdedores, son personas. Y las personas sienten, y las personas juzgan, y las personas mienten, y sufren, sueñan, ríen, callan, niegan, luchan, esconden, tergiversan, se rebelan… hacen la Historia, también la escriben. Y la escriben, ¡al cielo gracias! marcadas por su ideología. La Real Academia escribe su Historia, Fontana la suya, Casanova la suya, Pío Moa la suya, Preston la suya y yo la mía después de leer, entre otros, a todos ellos. ¿Qué pretendían quienes se rasgan ahora las vestiduras que escribiera Luis Suárez en la biografía de Franco? ¿acaso alguien creía que iba a cargar las tintas en la crudeza de su régimen, en los juicios sumarísimos, en la funesta dictadura…? No pretendan comer muchos huevos quienes ponen a la zorra a cuidar el gallinero. Acostumbro a afirmar en clase, que para distinguir lo bueno hay que conocer lo malo. Para saber Historia, alguien me dijo hace años que hay que leer mucho. Dice mi admirado Hobsbawm que los historiadores son recordadores profesionales de lo que los ciudadanos desean olvidar. Olvidarse de que la dictadura franquista tuvo y tiene adeptos, también es tergiversar la Historia. La Historia no se borra jamás, por mucho que se cambien las placas de las calles o se de tierra en sacrosantos lugares a quienes yacen en la cuneta, entre otras cosas, por no creer en verdades reveladas ni vidas después de la muerte. La Historia aflora, obstinada y tenaz como las manchas de humedad que adornan las paredes.
  • No pretendo con mis apreciaciones defender una Historia escrita sin rigor, marcada por la pasión, la ideología o el rencor (al menos no sólo por eso). Pero sí aborrecer ese irracional sentimiento de inferioridad que marca a las ciencias sociales y ese positivismo ilógico que busca historiadores asépticos como forenses ante el cadáver que han de diseccionar. Claro que hay que ser riguroso al escribir la Historia, pero desechemos de una vez esa grotesca objetividad que algunos intentan aplicar justificando que solo lo tangible es científico. Incluso entre quienes cultivan las llamadas ciencias exactas, esas que se jactan de abanderar el método científico, hay discrepancia y hay ideología. Basta con leer la prensa y seguir la polémica en torno a la energía nuclear. Hay quien se irrita porque el  diccionario ha sido costeado con nuestros impuestos y achaca su parcialidad al hecho de que fue encargado durante el gobierno de Aznar. Que quieren que les diga, frecuento la Escandalera y no sólo para dar ánimos a mis alumnas acampadas en ella, también yo estoy indignada. Son muchas las cosas en las que no me gusta que se malgaste el erario público. Sin ir más lejos, no soporto que se costee con mis impuestos un absurdo, falaz y clasista sistema bilingüe en los centros educativos asturianos y no sólo debo pagarlo, sino vivir en él cada día. Pero eso es harina de otro costal (en este caso, de otro artículo).

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7 Comentarios a “Polémica Historia”

1 06 2011
Oliver (23:29:26) :

Yo no estoy de acuerdo con lo que hizo ese historiador, según lo que oí, que tampoco es mucho, más que poco objetivo escribió bastantes incongruencias sobre Franco, que es dar un paso más allá de la ideología que sigas…

Y aprovecho para comentar una cosa de la que me enteré hace poco ya que se menciona la energía nuclear y el gasto público y es que España paga diariamente a Francia no se cuantísimos euros por almacenar nuestros residuos nucleares (que estando al lado no veo el beneficio, la radiación es la misma…), cosa que pagamos dentro del recibo de la luz (no tenía ni idea y me pareció interesante)

3 06 2011
Ágata (10:25:09) :

Conste, que con lo que hizo el historiador yo tampoco. Entre otras cosas, porque al margen de la información sesgada y partidista que haya vertido sobre el personaje, considero que tal individuo no debería aparecer (todavía) en un diccionario biográfico de la Historia de España. Y no digamos ya, otra pléyade de políticos en ejercicio y personajes aún vivos, que parece ser lo habitan. No obstante, lo que yo trataba de criticar en el artículo y lo que me molesta (una no acaba de entender que en España funcionan así las cosas) es no haber oído a ningún historiador criticar la obra en sí. El magnánimo diccionario de marras es el reflejo de una forma de hacer Historia caduca e inútil. Más bien parece, que algunos de ellos tanto o más que las faltas a la verdad, lo que los molesta es no haber podido participar en la realización de la obra.
La academia de la historia es una institución caduca, “histórica” en sí misma. Las Reales Academias surgieron a lo largo de la Edad Moderna para glorificar la vida de los monarcas absolutos, de los amos que les daban de comer. En este sentido, la actual academia española ha sido más que fiel a su espíritu fundacional. Pero insisto en qué mi crítica iba sobre todo dirigida a un modelo que hacer y sobre todo de enseñar Historia (la Historia del “empolle” y los grandes hombres), que ni comparto, ni practico.
Lo mejor de todo esto, es sin duda que el artículo te moviera a opinar. Así sí se construye la Historia.

3 06 2011
Oliver (20:21:34) :

Te informo, por si no lo sabes ya de que nos cayó en la PAU jaja el Discóbolo de Mirón, la Cruz de la Victoria (que no tenía mucho que comentar, pero me lo invente muy bien jaja) y el Greco como tema la segunda opción tenía la plaza del Vaticano y el Juramento de los Horacios que para mi tenían más que comentar, pero de tema era Coubert así que nada.

3 06 2011
Ágata (21:38:38) :

Pues cuando os puse uno de los últimos días de clase El Sueño de Courbert, bien que os reistéis ;-) pero entiendo que hacer un tema sólo con eso (a pesar del “temita”) era complicado. Fue un examen raro, hay que reconocerlo, que hayan puesto nada de arquitectura me sorprendió. ¿Qué entró en la específica?

6 06 2011
Miguel (01:11:09) :

Hola, soy un compañero de un IES de Albacete. Me agrada que seamos muchos los que cuestionamos eso de la “objetividad de la historia”. ¡Cuántos compañeros confunden la objetividad y supuesta neutralidad ideológica con los paradigmas más conservadores!
Al comenzar el curso, siempre dedico alguna clase a comentar las “mentiras” y “ocultaciones” que los libros de historia suelen mostrar de forma descarada y les explico cómo se construye la historia. Me presento a mis alumnos como lo que soy, un profesor de izquierdas, con opinión propia, crítico, republicano, laico….. Esto lo llevo haciendo treinta años y nunca nadie, hasta este curso, me había denunciado por hablar de estas cosas con alumnos de bachillerato; al parecer, los profesores de historia tenemos que esconder la subjetividad y ser totalmente objetivos, o sea, de derechas y no cuestionar nada…….. En el caso de l Diccionario tendremos que decir que Franco no fue un dictador y no firmó penas de muerte, sino que fue algo autoritario y firmaba indultos (¿se referirá el Sr. Suárez a los firmados unos días antes de su muerte?) Quizás a partir de ahora quien diga lo contrario a la versión académica y oficial, se puede ver tachado y hasta ????????? Malos tiempos para la divergencia

6 02 2012
L. de Guereñu Polán (18:57:32) :

Vamos a ver: yo siempre he entendido que algo objetivo es lo que no admite discusión porque no depende del punto de vista de nadie. Decir ahora es de día, cuando es de día, es algo objetivo; nadie puede decir, sin faltar a la verdad, que es de día. Ahora bien, si yo digo este día es muy hermoso, siendo brumoso, puede ser contestado por otro diciendo que a él no le gustan los días brumosos; contestanto el primero que a él si. En cuanto hacemos un juicio de valor ya dejamos de ser objetivos, por lo que no tiene sentido exigir objetividad a alguien que historia, porque entonces no podría juzgar, por ejemplo, si la expansión del liberalismo por parte de los ejércitos napoleónicos fue positivo o no para los países afectados. Ciertamente alguien partidario del absolutismo puede decir que la labor de Napoleón fue negativa, y con ello no está diciendo nada fuera de lugar, simplemente tendrá que argumentarlo. Cuando al argumentarlo diga las razones de por qué es positivo un régimen absolutista ahí es donde lo va a tener difícil en relación a ciertos derechos que desde hace mucho se consideran incuestionables. A Napoleón -por seguir con el ejemplo que elegí- se le puede juzgar desde diversos puntos de vista y todos ellos son lícitos: fue cruel, ambicioso, provocó muertes y mantuto a Europa en una total inestabilidad, pero las ideas ilustradas que defendió se impusieron a la postre. Es posible, pues, exponer ambos puntos de vista sobre Napoleón (o más si cabe) y no faltar con ello a lo que debe ser la labor del historiador. Lo que el historiador no debe de hacer, creo yo, es reducir la interpretación de un fenómeno a la única que le cabe a él; ha de considerar objeto de estudio también las interpretaciones que otros historiadores hayan aportado con un cierto consenso. ¿Por que no he de enseñar yo al mismo tiempo la visión de los cronistas de Indias sobre la conquista de América y la que nos han dejado Montesinos y Las Casas? Un saludo.

6 02 2012
L. de Guereñu Polán (19:03:17) :

Vamos a ver: yo siempre he entendido que algo objetivo es lo que no admite discusión porque no depende del punto de vista de nadie. Decir ahora es de día, cuando es de día, es algo objetivo; nadie puede decir, sin faltar a la verdad, que es de día. Ahora bien, si yo digo este día es muy hermoso, siendo brumoso, puede ser contestado por otro diciendo que a él no le gustan los días brumosos; contestanto el primero que a él si. En cuanto hacemos un juicio de valor ya dejamos de ser objetivos, por lo que no tiene sentido exigir objetividad a alguien que historia, porque entonces no podría juzgar, por ejemplo, si la expansión del liberalismo por parte de los ejércitos napoleónicos fue positivo o no para los países afectados. Ciertamente alguien partidario del absolutismo puede decir que la labor de Napoleón fue negativa, y con ello no está diciendo nada fuera de lugar, simplemente tendrá que argumentarlo. Cuando al argumentarlo diga las razones de por qué es positivo un régimen absolutista ahí es donde lo va a tener difícil en relación a ciertos derechos que desde hace mucho se consideran incuestionables. A Napoleón -por seguir con el ejemplo que elegí- se le puede juzgar desde diversos puntos de vista y todos ellos son lícitos: fue cruel, ambicioso, provocó muertes y mantuto a Europa en una total inestabilidad, pero las ideas ilustradas que defendió se impusieron a la postre. Es posible, pues, exponer ambos puntos de vista sobre Napoleón (o más si cabe) y no faltar con ello a lo que debe ser la labor del historiador. Lo que el historiador no debe de hacer, creo yo, es reducir la interpretación de un fenómeno a la única que le cabe a él; ha de considerar objeto de estudio también las interpretaciones que otros historiadores hayan aportado con un cierto consenso.

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