De fútbol y libros. De pasiones.

21 10 2011

  • A la profe le gusta el fútbol. No es ninguna verdad revelada, ni siquiera una noticia de último momento, más de una vez me he confesado futbolera en este blog. Dicen que a los fieles de la religión del fútbol se nos reconoce aunque no llevemos signos identificativos evidentes, nos pierde un gesto. Un taconazo a una lata de refresco, la piedrecita que pateamos por la calle, la caricia a la pelota confiscada por uso indebido en el pasillo del insti, el eterno offside en el que deambulamos por la vida. A la profe le gustan también los libros. Tampoco es una verdad revelada, ni una noticia de último momento, también más de una vez me he confesado bibliófila y contumaz lectora en este blog. A los fieles de la religión del libro también se nos reconoce sin signos identificativos evidentes, también nos pierde el gesto. Sacamos de la biblioteca volúmenes que no ha  leído nadie, acariciamos el lomo de las ediciones bolsillo que nos han hecho felices, secuestramos para siempre los libros de otros cuando nos enamoramos (de los libros de otros, se entiende). Aterriza la profe en el CPEB El Salvador, de Grandas de Salime, donde ya ha tenido ocasión de descubrir fieles de la primera de las religiones expuestas y donde además, ha descubierto acólitos de la segunda dispuestos a ganar adeptos a su causa. Navegante entre dos aguas, me subiré al barco de los segundos enredándome en el aparejo de los primeros. De fútbol y literatura están los estantes de mi librería llenos. Conviene, eso sí, aclarar de qué habla servidora cuando habla de fútbol. Fútbol es la pachanga con amigos, fútbol es cada una de las fotografías que adornan las páginas de Planeta Fútbol y cada una de las líneas en las que Galeano recompone sus pedazos en El fútbol a sol y sombra. Fútbol es también el magnífico vídeo que vino a socorrerme un verano aciago.

  • Cuenta don Eduardo en el libro que acabo de citar, que un periodista le preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle cómo le explicaría a un niño qué es la felicidad. Ante semejante interrogante ella contestó: “No se lo explicaría. Le tiraría una pelota para que jugara”. Si me lo hubieran preguntado a mi, respondería lo mismo. Con una salvedad: hay adultos que también necesitamos pelotas que nos salven.