Altamira, una deuda pendiente.

31 12 2011

El procedimiento que de ordinario se sigue es el de conferencias, en que el profesor relata, los hechos que juzga de interés en cada periodo o asunto. Unas veces, la conferencia es mera repetición de un Manual que se designa como libro de texto; otras (las más, aunque no siempre por motivos científicos), se prescinde de él y se obliga a los alumnos a tomar notas durante toda la clase: lo cual supone un trabajo penoso, escasamente útil, y que, por añadidura, será el único que pongan ellos en la obra de su educación historiográfica. Así nos han enseñado, y así se enseña aún en casi todos nuestros institutos y Universidades. 

  • Podría ser la introducción a uno de eso manuales sobre competencias básicas con los que nos deleitan los próceres educativos, la mayoría de ellos desertores de la tiza (y no precisamente porque usen la pizarra digital). Pero quien así escribía, sabía lo que era mancharse en el aula e incluso fuera de ella, sabía del valor de la cultura y de la importancia de la educación para redimir a un pueblo. Quien así escribía, se llamaba Rafael Altamira y este ha sido su año. Siempre he pensado que lo peor que te puede pasar en esta vida es que te dediquen un día de. Un simple ejercicio de memoria nos llevará rápidamente hacia el día de la paz, el día de los derechos humanos, el día del hambre… de tantos y tantos que prefiero enlazarlos para no arruinar el artículo antes siquiera de empezarlo. Ojeados los susodichos días, imagínense qué mal debe estar la cosa, para que te dediquen un año. Tan mal, que hasta hoy, cuando el calendario toca definitivamente fin, la profe no ha sido capaz de homenajear al que probablemente sea uno de los intelectuales que más admira. Tan mal, que cuando googlea Atamira en busca de menciones, artículos, noticias y reportajes que glosen la figura de una eminencia como don Rafael, lo que se encuentra es una irrisoria cantidad de entradas frente a los millones de líneas dedicadas a la “insigne” figura de Kiko Rivera, antaño Paquirrín. Algo que sin duda, le sirve a la profe para recordarse a sí misma que esto es España, y no precisamente la que soñó Altamira.

R. Altamira

  • A algunos bibliófilos nos pierde desflorar intonsos (vírgenes apenas quedan). Hace años, alguien viajó a Salamanca y, en vez de traerme la consabida rana, prefirió envenenarme con el virus Altamira. De pronto tuve en mis manos un ejemplar intonso de La Enseñanza de la Historia por Lavisse, Monod, Hinsdale, Altamira y Cossío. Espasa-Calpe. 1934. Es de Altamira, te va a encantar. Y así fue, me encantó. Sometió mi voluntad al poder de la mágica razón, me entretuvo con verdades nada aparentes y me gustó, me agradó, me sedujo hasta ese punto en que traspasados los límites de la razón se desata la pasión. Me hizo más decimonónica aún si cabe. Me dio más argumentos para luchar por recuperar esa generación perdida, esos regeneracionistas sobre los que descansa el poco pasado intelectual que nos queda, esa Institución Libre de Enseñanza, ese Liberalismo con mayúsculas que unos y otros, de un bando y de otro, se fueron encargando de arrinconar, de tratar de esconder junto a los trastos inútiles porque las verdades duelen y a la libertad de pensamiento, es imposible ponerle precio.

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  • Ha muerto Rafael Altamira, el intelectual más completo de su época. En 1951, la BBC de Londres supo resumir en una línea lo que la profe ha ido descubriendo con los años. Altamira, El grupo de Oviedo y la Extensión universitaria, me reconciliaron años después de dejarla atrás con una alma máter que nunca sentí mía y de la que me avergoncé y aún me avergüenzo tantas veces. En este país nos encanta jugar a inventarlo todo. Jamás construimos sobre los cimientos de otros, no vaya a ser que no podamos apuntarnos el tanto. Nos encanta también buscar fuera lo que tenemos en casa. No en vano, castellano es el dicho “nadie es profeta en su tierra”. En educación llevamos años inventando la pólvora. Conozco bien la receta del explosivo; muy a mi pesar, soy hija de la LOGSE. Pocos como yo, con argumentos suficientes para poder criticar el sistema desde dentro o para ver una y otra vez al emperador desnudo. Ahora su majestad va vestido con el traje de las competencias básicas y busca modista en sistemas educativos europeos que obtienen brillantes resultados en esa lacra que ha dado en llamarse Informe PISA. Hace siglo y medio, Altamira y otros como él dignificaron la Historia como asignatura, defendieron su importancia como materia necesaria para crear individuos capaces de pensar, de criticar el sistema, de razonar por si mismos. Dejaron atrás la historia de las fechas, las batallas y los datos. Defendieron también un sistema educativo donde lo importante era que el alumno aprendiera a razonar, a trabajar con fuentes, a leer, a interpretar… También destacaron la importancia de la visita a los museos, al trabajo de campo. ¿Les suena algo de todo esto? ¡La pólvora! Eso que algunos tratan de vendernos ahora como lo último en didáctica, la panacea que va a salvar nuestros pésimos resultados académicos y nuestro vergonzoso fracaso en el campo de la educación. Todo novedades. ¡Qué lástima que aún quedemos “recordadores oficiales de lo que las gentes (especialmente los políticos) quisieran olvidar”! Pero quedamos, y aunque molestemos como molestó Altamira, de vez en cuando nos liamos la manta a la cabeza, nos empeñamos en preparar nuestras clases sin importarnos un ápice la galería, disfrutamos con la muchachada dentro del aula y soñamos con discípulos que sigan nuestros pasos. Sabemos que nuestro oficio no tiene recompensas inmediatas, sino destellos de razón, fogonazos de lucidez en la mente de aquellos que desde el otro lado, de vez en cuando (muy de vez en cuando) nos escuchan, nos siguen y hasta nos imitan. Y esto don Rafael, es lo que me pasa a mí con usted. Que siglo y medio después, soy discípula de su discípula y supongo, que como a mí, le llenará de gozo saber que alguien construye sobre sus cimientos.