Historia ficción o ¿qué hubiera pasado si…?

19 03 2012
  • Si la profe hubiera estado en Cádiz hace doscientos años hubiera pintado bien poco. Sería mujer, pertenecería al Tercer Estado y para colmo, sería afrancesada. Del último pecado, con el paso del tiempo me absolvería la Historia. Pero en aquel momento correría la misma suerte que Goya, con una salvedad, yo no sé pintar como don Francisco, así que ni siquiera podría regalar al mundo La lechera de Burdeos.

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  • Si la profe hubiera estado en Cádiz hace setenta y cinco años, tampoco lo hubiera pasado bien. Sería mujer, seguiría perteneciendo al Tercer Estado (aunque ya no se llamaría así, gracias entre otras cosas al Cádiz de 1812) y para colmo, sería republicana. Del último pecado, con el paso del tiempo, también me absolvería la Historia. Pero en aquel momento, correría la misma suerte que Alberti, con una salvedad, yo no escribo versos y no sabría abrir la jaula de una paloma equivocada. Sí hubiera podido ser la protagonista de la novela que acabo de leer, y a buen seguro protagonizaría una escena como la que nos narra Almudena Grandes, que a caballo entre la Historia y la ficción, relata con inspiración galdosiana los Episodios de una guerra interminable:

–¿Galdós?  –escuchar ese nombre le sorprendió tanto, que por un instante hasta se olvidó de lo enfadado que estaba conmigo–. ¿Es que yo te he pedido que leas a Galdós?

–Pues no. Pero lo he leído.

–¡Pues muy mal hecho!, ¿me oyes? –y recobró en un instante el furor que en aquel momento equivalía a su compostura–. ¡Muy mal hecho!

–No sé por qué, yo no creo…

–¡Porque lo digo yo! ¡Galdós nada, y Napoleón nada, y las Cortes de Cádiz nada, y la Constitución de 1812, nada de nada! Yo no os he explicado eso, yo no había preguntado eso, yo…

Durante un instante se quedó callado, temblando de rabia. No sabía por donde seguir y yo no quise interrumpirle, porque nunca le había visto tan enfadado, nunca había tenido tantas razones para enfadarme con él, y sin embargo, en aquel momento, con su chaleco y su levita, sudando como si tuviera fiebre bajo el despiadado sol de junio, con los ojos hirviendo, los puños apretados y los labios temblando de indignación, me pareció un hombrecillo patético, un pobre tonto solemne, tanto más tonto cuanto más solemne.

–No sé de dónde ha sacado usted todos esos disparates, pero ya puede darme las gracias por haber roto su examen, porque la próxima vez lo guardaré en un cajón para comentarlo con el inspector. Está usted advertido.

  • Y cierto que es historia novelada, pero más cierto aún es que en el Manual de Historia de España editado en 1944, que hojeo mientras escribo, puedo leer lo siguiente referido a la Constitución de 1812: Ésta se proclamó en 1812 ante el pueblo gaditano, que la acogió con alborozo, sin sospechar la sangre que había de costar a través de los años la implantación de unas ideas y principios que eran tan contrarios al espíritu nacional. Y digo yo, que algo tendrá La Pepa cuándo la maldicen.

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  • Si la profe no hubiera nacido en Piñeira hace treinta y cuatro años, no sería mujer, ni pertenecería al “Tercer Estado” (que ahora por no tener no tiene ya ni nombre, aunque de eso la Constitución de 1812 ni pizquilla de culpa ), y para colmo se hubiera dedicado a cualquier cosa menos a la docencia. Del último pecado, me redimo sola dando clase en Secundaria. Pero me dio por estudiar Historia, por enamorarme de Galdós, por ser una liberal decimonónica además de una hembra cabal; también una romántica que lee Cádiz tal día como hoy. Y echo de menos poder entrar a primera hora en un aula de 2º de Bachillerato y ver la cara de susto de la muchachada al oír la canción con la que empieza este artículo sonando al alto la lleva (por suerte, alguna vivirá ese placer por mí ¡cómo te envidio, che!). También echo de menos poder hablar de Argüelles y de Jovellanos. Y ver en los ojos de algunos pupilos al final de curso, la mirada cómplice de quien entiende por qué la profe baila con la misma alegría la coplilla que inaugura este artículo y la Marsellesa. Que las hembras cabales/ en esta tierra/ cuando nacen ya vienen/ pidiendo guerra… Si la profe no fuera Ágata, no estaría escribiendo este artículo a las tantas de la madrugada pensando que Cádiz bien lo merece  por haberme regalado una Constitución y una Niña. Si además este año tan conmemorativo me regala unas opos, le escribo un libro. He dicho.


La escuela olvidada

10 03 2012
  • Si todo está inventado ¿cómo es posible que seamos incapaces de volver a ponerlo en práctica? De vez en cuando la profe ve la tele, aunque sería más correcto decir que ve el ordenador. La posibilidad de tirar de eso que ha dado en llamarse “televisión a la carta” nos permite ver cosas días después de haber sido emitidas. Hace semanas me recomendaron este documental sobre el Instituto Escuela y la educación en la España de principios del siglo XX. ¡Chifladuras de la profe! pero cargadas de sensatez y de las que se puede (y se debe) aprender mucho.