Un trozo invisible de este mundo

14 04 2013

Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo. F. García Lorca.

  • Allá por la década de los cuarenta del siglo pasado, mi abuelo cogió una maleta, atravesó un océano y se plantó en la República Argentina. Pasados seis años, volvió con una radio de galena y un puñado de pesos con los que aumentar la exigua propiedad familiar. Aquel paréntesis de exilio marcó para siempre nuestra historia doméstica. He oído relatar cientos de veces a mi madre aquel desgarro con retorno ¿y si no hubiera vuelto? Si no hubiera vuelto, formaría parte de esa parte de nosotros que mi abuela me enseñó, están al outro lao del mar.

  • Con estos antecedentes, es fácil entender que cuando en septiembre pasado leí una entrevista en la que Juan Diego Botto hablaba del estreno de su nueva obra de teatro y decía que trataba de la emigración y el exilio, pensé que tenía que verla. Intenté ir a Madrid, pero al final descarté esa posibilidad confiando en la gira por provincias. Hace meses que tenía la entrada para verla en Avilés. El Palacio Valdés es precioso, pero pequeño y Avilés una ciudad con gran tradición teatral, consecuencia: muchos abonos y prácticamente todo el papel vendido en la primera semana. Con todo, conseguí una entrada en general. Ahora sí sé lo que significa gallinero: paraíso. También sé que hubiera merecido la pena aunque hubiese tenido que gozar la obra encaramada en la lámpara. Hora y media  larga en la que la realidad hecha escena abofetea a la cuarta pared sin miramientos. Cinco piezas, cinco monólogos llenos de verdad en los que la 20-01 en la que acabas de convertirte confirma que diez no está tan lejos de infinito como dos. ¡No lo está! Las maletas se pasean por la cinta transportadora mientras Arquímedes, Locutorio, Carta al hijo, Turquito y El privilegio de ser perro crecen en escena ante el desgarro y el silencio de aquellos cientos de 20-01 que han quedado fundidos en su butaca. El privilegio de ser perro… tomar el cielo por asalto, carajo. Y la tensión que encoje corazones, pañuelos que se despliegan en la oscuridad del teatro, lágrimas, tímidas risas de esas que tratan de olvidar… y una profe pensando en tantas horas perdidas de Educación para la ciudadanía, bastaría hora y media, esta hora y media para haceros entender qué es la emigración, qué es el exilio, qué es la xenofobia. Y la profe impertérrita, muda. Ni una lágrima, ni respirar siquiera. Paralizada de realidad. Bloqueada como acostumbra cuando la vida la desborda. Y en el medio de los aplausos, las palabras de Botto agradecido: la cita de Lorca con la que empieza este texto y el artículo 44 de nuestra Constitución: Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho. Y ahí sí, ahí la profe, tan prosaica ella, no tuvo más remedio que descubrirse tratando de enjugar las lágrimas que le recordaban a quien le enseñó dos de las cosas más importantes de su vida: que parte de nosotros está al otro lado del mar y que hay que estudiar Historia para que nunca se olvide lo que pasó.