Una de las pocas licencias que se ha permitido este año la profe en clase de Arte ha sido dedicar unos minutos a analizar La dama del armiño, aunque el temario de la PAU invite a obviarla. Hoy el noticioso vespertino me sorprende con el anuncio de su visita a España, algo de lo que sin duda me alegro, siempre regocija poder contemplar la belleza. No me extraña que quien ha podido conservarla a través de los avatares de la Historia afirme: Si se pierde, me muero. Ese es su precio.
Recuerdo que al verla en clase discutimos sobre cual de las dos damas de Leonardo nos gustaba más. Mi elección está clara. Pero para gustos hay colores.
El programa de Arte nos obliga a cometer sacrilegios que sin duda merecen el restablecimiento de la Santa Inquisición; como despachar a Velázquez con cincuenta minutos de clase. Pero el temario aprieta y la PAU, que se vislumbra ya en lontananza, ahoga. Hoy confesé a mis pupilos que por más retratos que Velázquez le haya hecho a Felipe IV, yo no puedo evitar ponerle la cara de Gabino Diego en El rey pasmado. Del mismo modo, mi Olivares será siempre Javier Gurruchaga aunque los libros de texto sigan ilustrados con el retrato ecuestre que le hizo don Diego. En este caso, contradigo el dicho y es la ficción la que supera la realidad.
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