La época del señorito satisfecho. Ortega y Gasset

8 Junio 2008

      El nuevo hecho social que aquí se analiza es este: la historia europea parece, por vez primera, entregada a la decisión del hombre vulgar como tal. O dicho en voz activa: el hombre vulgar, antes dirigido, ha resuelto gobernar el mundo. Esta resolución de adelantarse al primer piano social se ha producido en él, automáticamente, apenas llegó a madurar el nuevo tipo de hombre que él representa. Si atendiendo a los efectos de vida pública se estudia la estructura psicológica de este nuevo tipo de hombre-masa, Se encuentra lo siguiente:
 l.º,una impresión nativa y radical de que la vida es fácil, sobrada, sin limitaciones trágicas; por lo tanto, cada individuo medio encuentra en sí una sensación de dominio y triunfo que,
2.º, le invita a afirmarse a sí mismo tal cual es, dar por bueno y completo su haber moral e intelectual. Este contentamiento consigo le lleva a cerrarse para toda instancia exterior, a no escuchar, a no poner en tela de juicio sus opiniones y a no contar con los demás. Su sensación íntima de dominio le incita constantemente a ejercer predominio. Actuará, pues, como si sólo él y sus congéneres existieran en el mundo; por lo tanto,
3.º, intervendrá en todo imponiendo su vulgar opinión sin miramientos, contemplaciones, trámites ni reservas, es decir, según un régimen de «acción directa».
     Este repertorio de facciones nos hizo pensar en ciertos modos deficientes de ser hombres, como el «niño mimado» y el primitivo rebelde, es decir, el bárbaro. (El primitivo normal, por el contrario, es el hombre más dócil a instancias superiores que ha existido nunca: religión, tabús, tradición social, costumbre.) No es necesario extrañarse de que yo acumule dicterios sobre esta figura de ser humano. El presente ensayo no es más que un primer ensayo de ataque a ese hombre triunfante, y el anuncio de que unos cuantos europeos van a revolverse enérgicamente contra su pretensión de tiranía. Por ahora se trata de un ensayo de ataque nada más: el ataque a fondo vendrá luego, tal vez muy pronto, en forma muy distinta de la que este ensayo reviste. El ataque a fondo tiene que venir en forma que el hombre-masa no pueda precaverse contra él, lo vea ante sí y no sospeche que aquello, precisamente aquello, es el ataque a fondo.
     Este personaje, que ahora anda por todas partes y dondequiera impone su barbarie íntima, es, en efecto, el niño mimado de la historia humana. El niño mimado es el heredero que se comporta exclusivamente como heredero. Ahora la herencia es la civilización -las comodidades, la seguridad en suma, las ventajas de la civilización-. Como hemos visto, sólo dentro de la holgura vital que ésta ha fabricado en el mundo puede surgir un hombre constituido por aquel repertorio de facciones inspirado por tal carácter. Es una de tantas deformaciones como el lujo produce en la materia humana. Tenderíamos ilusoriamente a creer que una vida nacida en un mundo sobrado sería mejor, más vida y de superior calidad a la que consiste precisamente en luchar con la escasez. Pero no hay tal. Por razones muy rigurosas y archifundamentales que no es ahora ocasión de enunciar. Ahora, en vez de esas razones, basta con recordar el hecho siempre repetido que constituye la tragedia de toda aristocracia hereditaria. El aristócrata hereda, es decir, encuentra atribuidas a su persona unas condiciones de vida que él no ha creado, por tanto, que no se producen orgánicamente unidas a su vida personal y propia. Se halla, al nacer, instalado, de pronto y sin saber cómo, en medio de su riqueza y de sus prerrogativas. El no tiene, íntimamente, nada que ver con ellas, porque no vienen de él. Son el caparazón gigantesco de otra persona, de otro ser viviente: su antepasado. Y tiene que vivir como heredero, esto es, tiene que usar el caparazón de otra vida. ¿En qué quedamos? ¿Qué vida va a vivir el «aristócrata» de herencia: la suya, o la del prócer inicial? Ni la una ni la otra. Está condenado a representar al otro, por lo tanto, a no ser ni el otro ni él mismo. Su vida pierde, inexorablemente, autenticidad, y se convierte en pura representación o ficción de otra vida. La sobra de medios que está obligado a manejar no le deja vivir su propio y personal destino, atrofia su vida. Toda vida es lucha, el esfuerzo por ser si misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar. Si la atmósfera no me oprimiese, sentiría mi cuerpo como una cosa vaga, fofa, fantasmática. Así, en el «aristócrata» heredero toda su persona se va envagueciendo, por falta de uso y esfuerzo vital. El resultado es esa específica bobería de las viejas noblezas, que no se parece a nada y que, en rigor, nadie ha descrito todavía en su interno y trágico mecanismo; el interno y trágico mecanismo que conduce a toda aristocracia hereditaria a su irremediable degeneración.
     Vaya esto tan sólo para contrarrestar nuestra ingenua tendencia a creer que la sobra de medios favorece la vida. Todo lo contrario. Un mundo sobrado de posibilidades produce automáticamente graves deformaciones y viciosos tipos de existencia humana –los que se pueden reunir en la clase general «hombre heredero» de que el «aristócrata» no es sino un caso particular, y otro el niño mimado, y otro, mucho más amplio y radical, el hombre-masa de nuestro tiempo-. (Por otra parte, cabría aprovechar mas detalladamente la anterior alusión al «aristócrata», mostrando cómo muchos de los rasgos característicos de éste, en todos los pueblos y tiempos, se dan de manera germinal en el hombre-masa. Por ejemplo: la propensión a hacer ocupación central de la vida los juegos y los deportes; el cultivo de su cuerpo -régimen higiénico y atención a la belleza del traje-, falta de romanticismo en la relación con la mujer; divertirse con el intelectual, pero, en el fondo, no estimarlo y mandar que los lacayos o los esbirros le azoten; preferir la vida bajo la autoridad absoluta a un régimen de discusión 36, etc., etc.)
     Insisto, pues, con leal pesadumbre, en hacer ver -e este hombre lleno de tendencias inciviles, que este novísimo bárbaro, es un producto automático de la civilización moderna, espacialmente de la forma que esta civilización adoptó en el siglo XIX. No ha venido de fuera al mundo civilizado como los «los grandes bárbaros blancos» del siglo V; no ha nacido tampoco dentro de él por generación espontánea y misteriosa como, según Aristóteles, los renacuajos en la alberca, sino que es su fruto natural. Cabe formular esta ley que la paleontología y biogeografía confirman: la vida humana ha surgido y ha progresado sólo cuando los medios con que contaba estaban equilibrados por los problemas que sentía. Esto es verdad, lo mismo en el orden espiritual que en el físico. Así, para referirme a una dimensión muy concreta de la vida corporal, recordaré que la especie humana ha brotado en zonas del planeta donde la estación caliente quedaba compensada por una estación de frío intenso. En los trópicos el animal hombre degenera, y viceversa, las razas inferiores -por ejemplo, los pigmeos- han sido empujadas hacia los trópicos por razas nacidas después que ellas y superiores en la escala de la evolución.
     Pues bien: la civilización del siglo XIX es de índole tal que permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado del cual percibe sólo la superabundancia de medios, pero no las angustias. Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, de Estados previsores, de derechos cómodos. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar esas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción; no advierte lo inestable que es la organización del Estado, y apenas si siente dentro de sí obligaciones. Este desequilibrio le falsifica, le vacía en su raíz de ser viviente, haciéndole perder contacto con la sustancia misma de la vida, que es absoluto peligro, radical problematismo. La forma más contradictoria de la vida humana que puede aparecer en la vida humana es el «señorito satisfecho». Por eso, cuando se hace figura predominante, es preciso dar la voz de alarma y anunciar que la vida se halla amenazada de degeneración; es decir, de relativa muerte. Según esto, el nivel vital que representa la Europa de hoy es superior a todo el pasado humano; pero si se mira el porvenir, hace temer que ni conserve su altura, ni produzca otro nivel más elevado, sino, por el contrario, que retroceda y recaiga en altitudes inferiores.
     Esto, pienso, hace ver con suficiente claridad la anormalidad superlativa que representa el «señorito satisfecho». Porque es un hombre que ha venido a la vida para hacer lo que le dé la gana. En efecto, esta ilusión se hace «el hijo de familia». Ya sabemos por qué: en el ámbito familiar, todo, hasta los mayores delitos, puede quedar a la postre impune. El ámbito familiar es relativamente artificial y tolera dentro de él muchos actos que en la sociedad, en el aire de la calle, traerían automáticamente consecuencias desastrosas e ineludibles para su autor. Pero el «señorito» es el que cree poder comportarse fuera de casa como en casa, el que cree que nada es fatal, irremediable e irrevocable. Por eso cree que puede hacer lo que le dé la gana. ¡Gran equivocación! Vossa mercê irá a onde o levem, como se dice al loro en el cuento del portugués. No es que no se deba hacer lo que le dé a uno la gana; es que no se puede hacer sino lo que cada cual tiene que hacer, tiene que ser. Lo único que cabe es negarse a hacer eso que hay que hacer; pero esto no nos deja en franquía para hacer otra cosa que nos dé la gana. En este punto poseemos sólo una libertad negativa de albedrío -la voluntad-. Podemos perfectamente desertar de nuestro destino más auténtico; pero es para caer prisioneros en los pisos inferiores de nuestro destino. Yo no puedo hacer esto evidente a cada lector en lo que su destino individualísimo tiene de tal, porque no conozco a cada lector; pero sí es posible hacérselo ver en aquellas porciones o facetas de su destino que son idénticas a las de otros. Por ejemplo, todo europeo actual sabe, con una certidumbre mucho más vigorosa que la de todas sus «ideas» y «opiniones» expresas, que el hombre europeo actual tiene que ser liberal. No discutamos si esta o la otra forma de libertad es la que tiene que ser. Me refiero a que el europeo más reaccionario sabe, en el fondo de su conciencia, que eso que ha intentado Europa en el último siglo con el nombre de liberalismo es, en última instancia, algo ineludible, inexorable, que el hombre occidental de hoy es, quiera o no.
     Aunque se demuestre, con plena e incontrastable verdad, que son falsas y funestas todas las maneras concretas en que se ha intentado hasta ahora realizar ese imperativo irremisible de ser políticamente libre, inscrito en el destino europeo, queda en pie la última evidencia de que en el siglo último tenía sustancialmente razón. Esta evidencia última actúa lo mismo en el comunista europeo que en el fascista, por muchos gestos que hagan para convencernos o convencerse de lo contrario, como actúa -quiera o no, créalo o no- en el católico, que presta más leal adhesión al Syllabus. Todos «saben» que más allá de las justas críticas con que se combaten las manifestaciones del liberalismo, queda la irrevocable verdad de éste, una verdad que no es teórica, científica, intelectual, sino de un orden radicalmente distinto y más decisivo que todo eso -a saber, una verdad de destino-. Las verdades teóricas no sólo son discutibles, sino que todo su sentido y fuerza están en ser discutidas; nacen de la discusión, viven en tanto se discuten y están hechas exclusivamente para la discusión. Pero el destino -lo que vitalmente se tiene que ser o no se tiene que ser- no se discute, sino que se acepta o no. Si lo aceptamos, somos auténticos; si no lo aceptamos, somos la negación, la falsificación de nosotros mismos. El destino no consiste en aquello que tenemos ganas de hacer; más bien se reconoce y muestra su claro, rigoroso perfíl en la conciencia de tener que hacer lo que no tenemos ganas.
Pues bien: el «señorito satisfecho» se caracteriza por «saber» que ciertas cosas no pueden ser y, sin embargo, y por lo mismo, fingir con sus actos y palabras la convicción contraria. El fascista se movilizará contra la libertad política, precisamente porque sabe que ésta no faltará nunca a la postre y en serio, sino que está ahí, irremediablemente, en la sustancia misma de la vida europea, y que en ella se recaerá siempre que la verdad haga falta, a la hora de la seriedad. Porque esta es la tónica de la existencia en el hombre-masa: la insinceridad, la «broma». Lo que hacen lo hacen sin el carácter de irrevocable, como hace sus travesuras el «hijo de familia». Toda esa prisa por adoptar en todos los órdenes actitudes aparentemente trágicas, últimas, tajantes, es sólo apariencia. Juegan a la tragedia porque creen que no es verosímil la tragedia efectiva en el mundo civilizado.
Bueno fuera que estuviésemos forzados a aceptar como auténtico ser de una persona lo que ella pretendía mostrarnos como tal. Si alguien se obstina en afirmar que cree dos más dos igual a cinco y no hay motives para suponerlo demente, debemos asegurar que no lo cree, por mucho que grite y aunque se deje matar por sostenerlo.
Un ventarrón de farsa general y omnímoda sopla sobre el terruño europeo. Casi todas las posiciones que se toman y ostentan son internamente falsas. Los únicos esfuerzos que se hacen van dirigidos a huir del propio destino, a cegarse ante su evidencia y su llamada profunda, a evitar cada cual el careo con ese que tiene que ser. Se vive humorísticamente, y tanto más cuanto más tragicota sea la máscara adoptada. Hay humorismo dondequiera que se vive de actitudes revocables en que la persona no se hinca entera y sin reservas. El hombre-masa no afirma el pie sobre la firmeza inconmovible de su sino; antes bien, vegeta suspendido ficticiamente en el espacio. De aquí que nunca como ahora estas vidas sin peso y sin raíz -déracinées de su destino- se dejen arrastrar por la más ligera corriente. Es la época de las «corrientes» y del «dejarse arrastrar». Casi nadie presenta resistencia a los superficiales torbellinos que se forman en arte o en ideas, o en política, o en los usos sociales. Por lo mismo, más que nunca, triunfa la retórica. El superrealista cree haber superado toda la historia literaria cuando ha escrito (aquí una palabra que no es necesario escribir) donde otros escribieron «jazmines, cisnes y faunesas». Pero claro es que con ello no ha hecho sino extraer otra retórica que hasta ahora yacía en las letrinas.
Aclara la situación actual advertir, no obstante la singularidad de su fisonomía, la porción que de común tiene con otras del pasado. Así acaece que apenas llega a su máxima altitud la civilización mediterránea -hacia el siglo III antes de Cristo-, hace su aparición el cínico. Diógenes patea con sus sandalias hartas de barro las alfombras de Aristipo. El cínico se hizo un personaje pululante, que se hallaba tras cada esquina y en todas las alturas. Ahora bien: el cínico no hacía otra cosa que sabotear la civilización aquella. Era el nihilista del helenismo. Jamás creó ni hizo nada. Su papel era deshacer; mejor dicho, intentar deshacer, porque tampoco consiguió su propósito. El cínico, parásito de la civilización, vive de negarla, por lo mismo que está convencido de que no faltará. ¿Qué haría el cínico en un pueblo salvaje donde todos, naturalmente y en serio, hacen lo que él, en farsa, considera como su papel personal? ¿Qué es un fascista si no habla mal de la libertad, y un superrealista si no perjura del arte?
No podía comportarse de otra manera este tipo de hombre nacido en un mundo demasiado bien organizado, del cual sólo percibe las ventajas y no los peligros. El contorno lo mima, porque es «civilización» -esto es, una casa-, y el «hijo de familia» no siente nada que le haga salir de su temple caprichoso, que incite a escuchar instancias externas superiores a él, y mucho menos que le obligue a tomar contacto con el fondo inexorable de su propio destino.


Ocho de cada diez inmigrantes tramitan la reagrupación para traer a sus hijos, según una encuesta

5 Junio 2008

Ocho de cada diez inmigrantes tramitan la reagrupación para traer a sus hijos, según una encuesta

http://www.stockvault.net/People_g22-Child_and_mother_p10286.html Europa Press / Redacción (06/06/2008)
El Instituto Nacional de Estadísticas presenta la primera encuesta sobre la situación de la población inmigrante en España.

Ocho de cada diez personas inmigrantes viven en España separados de sus hijos, un total de 750.000 menores de 16 años que habitan en sus países de origen, y la mayoría contempla la reagrupación familiar, según el avance de datos de la Encuesta Nacional de Inmigrantes (ENI) publicado por el Instituto Nacional de Estadística (INE).

Esta es la primera encuesta que realiza el INE sobre la situación de la población inmigrante en España, una radiografía del colectivo elaborada a partir de 15.500 investigaciones, que pone de manifiesto aspectos como la movilidad laboral de los extranjeros, el 38% de los cuales, al cabo de tres años en el país, han cambiado de ocupación respecto de cuando llegaron.

Así, cerca de la mitad de quienes se alistaron en las Fuerzas Armadas abandonaron después, mientras un 73% de los empleados de la construcción conservaron su trabajo. Este es el tercer sector donde más tiempo permanece una mayor proporción de las personas extranjeras que empezaron, por detrás de la Dirección de empresas y Administraciones públicas (84,3%) y los puestos de Técnicos y profesionales científicos e intelectuales (84,3%), expone el estudio.

Respecto a las condiciones en que residen los inmigrantes, la ENI concreta que en 2,16 millones de hogares españoles reside al menos una persona nacida en el extranjero. En algo menos de la mitad de estas viviendas sólo viven personas inmigrantes mientras que hay 1,14 millones de casas donde conviven extranjeros y autóctonos.

Aunque el 33,8% de las personas extranjeras no convive con su pareja ni con sus hijo, no viven solos: El tamaño medio de los hogares en que residen es de 3,4 miembros; cuatro de cada diez inmigrantes sin pareja ni hijos en España comparte casa con otros seis individuos y en el 35,8 por ciento de los casos, viven nueve o más personas en el mismo espacio, según la ENI.

Más del 50% de las personas inmigrantes son casadas, una de cada cuatro está casada con un español

La encuesta revela que en España hay más 2,37 millones de personas inmigrantes casadas (el 52,3% del total). De ellas, una de cada cuatro (el 26,5%) ha contraído matrimonio con un ciudadano español, el 68% está casada con alguien de su misma nacionalidad y el 12,5% no convive con su cónyuge. En el resto de la población extranjera, un 37,7 por ciento son solteros, un 7,1 son separados o divorciados y el tres por ciento ha enviudado.
Por otra parte, el estudio analiza los motivos que llevaron a estas personas a emigrar a España y concluye que el 62,7 por ciento llegaron en avión y en un 40% de los casos, lo hizo buscando una mayor calidad de vida.

Las razones familiares y la búsqueda de un empleo mejor son los dos siguientes argumentos de más peso entre el colectivo, según la encuesta, donde se especifica que el 45% de los hombres mencionan como motivo de llegada la mejora laboral y el 26% la falta de trabajo en su país de origen. De hecho, en el momento de la emigración, el 64,9 por ciento de los inmigrantes estaba trabajando.

Más información:

Instituto Nacional de Estadística (INE)

Resúmen de prensa de la Encuesta Nacional de Inmigrantes


Tópicos sobre inmigración (3)

4 Junio 2008

3. Se dice que hay que acabar con los procesos extraordinarios de regularización, e incluso con los procesos personalizados de regularización por arraigo. ¿Qué consecuencias tienen estos procesos? ¿Qué pasaría si prescindiéramos totalmente de ellos?
     Las regularizaciones extraordinarias de inmigrantes son herramientas políticas que los Estados utilizan de manera discrecional para reordenar los flujos migratorios, dentro de sus fronteras. El caso de España ha sido especialmente significativo respecto al resto de los países que tradicionalmente han sido receptores de inmigración en Europa debidoa la frecuencia con que se ha abierto este tipo de procesos en los últimos cinco años. Hay otra vía de regularización, gradual y personalizada, que obedece almismo fin: el arraigo. Hoy se ha convertido en la vía principal de regularización para los extranjeros que puedan demostrar un mínimo de 3 años de residencia continuada en España.
    Ambas vías de regularización son acusadas, en numerosas ocasiones, de constituir “coladeros” que impiden un control razonable del proceso inmigratorioy se convierten en un estímulo a la inmigración ilegal. Y las fuerzas políticas con mayor respaldo prometen excluir su aplicación en el futuro. Se llega incluso a proponer la supresión de los mecanismos individuales de acceso al estatuto legal, como es el arraigo social.
    Las consecuencias de estos procesos pueden analizarse desde dos perspectivas:una cuantitativa, y otra cualitativa:
a) Desde un punto de vista cuantitativo, es muy importante que miles de personas puedan acceder al mercado laboral en condiciones de legalidad y de visibilidad (se calcula que aproximadamente 800.000 trabajadores extranjeros se beneficiaron del último proceso de regularización). Esto vale tanto para la Administración como para el sector empresarial, que pueden contar así con mano de obra (en ocasiones cualificada o muy cualificada) para el desarrollo de tareas en sectores donde los trabajadores nacionales no son demandantes de empleo.
b) Por otra parte, y desde un punto de vista cualitativo, el acceso en condiciones de legalidad al mercado laboral permite generar contratos laborales ajustados a la normativa que protege al trabajador en España. Al mismo tiempo, dota de seguridad jurídica a la empresa y empresarios que contratan a estos trabajadores, generando un flujo de riqueza social, que tal y como apuntan las cifras, contribuye a la elevación del PIB español, y en consecuencia, al fomento de la riqueza social en todo el mercado europeo.
    Los argumentos expuestos anteriormente avalan la necesidad de regular adecuadamente los flujos migratorios, en función de los intereses económicos privados y estatales. La necesidad de celebrar procesos extraordinarios de regularización, o de contar con mecanismos personalizados por vía de arraigo revela, de hecho, que la normativa de extranjería y su aplicación administrativa son rígidas e inadecuadas para ordenar flujos migratorios intensos y necesarios, desde el punto de vista económico. La crítica del “efecto llamada”, utilizado en el discurso político de la oposición, es simplemente falsa. El “efecto llamada” surge de un sistema económico y social que ofrece oportunidades a los inmigrantes porque ofrece oportunidades a la sociedad que depende de la inmigración –aunque diga temerla y no quererla.

En resumen, es deseable que desaparezcan los mecanismos de regularización extraordinaria de personas que han inmigrado al margen de las previsiones legales y de los procedimientos administrativos vigentes. Pero la condición indispensable es la adopción de una legislación y una política que flexibilicen y ordenen los flujos migratorios regulares. Entre tanto, los procedimientos personalizados de regularización por arraigo dignifican la vida de personas que soportan condiciones de extrema dureza, y benefician al sistema económico privado y público.


TOPICOS Y REALIDADES SOBRE INMIGRACIÓN (2)

22 Mayo 2008

2. Se dice que vamos a “escoger” el tipo de inmigrantes que necesitamos, para no “sufrir” llegadas de personas de cualquier tipo de cualificación ¿Es esta una buena política? ¿No perjudica a nadie?             

       En la sociedad española, como en los demás países ricos, se plantea la inmigración simultáneamente como necesidad y como problema. Hace quince años se la suponía problemática para el mercado de trabajo. Hoy –al menos hasta que surgió la amenaza, aún no clara, de crisis económica– se da por sentada su necesidad para cubrir puestos de trabajo en sectores laborales con poca demanda, para aumentar una capacidad contributiva y consumidora afectada por la baja natalidad, etc. Pero sigue planteándose como problema social por la prensa, los responsables políticos…incluso por quienes elaboran las encuestas de opinión. Se está lejos de considerar el derecho a la movilidad de personas que toman la durísima decisión de dejar a su familia y su tierra, forzados por las condiciones de vida, para poder tener un trabajo con el que vivir dignamente.

Planteada la inmigración como necesidad y problema, las instituciones políticas tienden a diseñar políticas de inmigración selectivas. En este sentido, llama la atención la propuesta del Comisario europeo Marco Frattini quien, en octubre de 2007, propuso facilitar la inmigración de profesionales cualificados. Se trata de cubrir nuestra carencia de médicos, enfermeras, maestros, investigadores, ingenieros, etc. A ellos, en su propuesta del pasado mes de octubre, les anima a abandonar sus países, otorgándoles derechos que se les niega a los demás emigrantes, como la obtención de autorización de trabajo –la llamada “tarjeta azul”– en tan sólo 30días, concesión automática de permiso de trabajo también para su consorte, sueldos garantizados y el libre desplazamiento por todos los países europeos. Es decir, quienes vivimos en países ricos y necesitamos profesionales cualificados –que no hemos sabido o podido formar aquí– para seguir aumentandonuestra opulencia, escogemos en el mercado globalizado de personas a los que más nos interesan (como se hacía en el pasado en el mercado de esclavos).Aunque ello sea a costa de aumentar la miseria de los países pobres, dado que les quitamos personas a las que han formado dedicando un elevado porcentaje de los pocos recursos de que disponen, y con ellos se van de sus países las esperanzas de un futuro mejor para sus habitantes. Esta actitud es hipócrita. Nos lamentamos de lo mal que están “esos pobres” del Tercer Mundo, incapaces por sí solos de salir adelante, y por eso les mandamos algo de dinero y cooperantes para cubrir sus necesidades. Pero les queremos pagar poco por sus productos, les exigimos altos intereses por lo que les prestamos y, encima ahora, les queremos quitar sus recursos humanos más preparados. Lo más grave es que se deja a las sociedades con menos recursos la carga económica y social de formar a sus profesionales, y aprovechamos el producto final sin compensación alguna para ellas. Y encima pagamos a los profesionales foráneos unos salarios más bajos que a los autóctonos (los médicos y enfermeras procedentes de Ghana han ahorrado a los británicos 103 millones de libras, por ejemplo).Esta política constituye un verdadero expolio. Con la propuesta de “tarjeta azul” aumentaría la sangría que ya se viene produciendo. Según la OCDE el 34,6 % de los emigrantes tiene estudios superiores. La situación de África es especialmente sangrante, dado que en el conjunto de su población sólo hay un3% de licenciados, pero de éstos emigra el 42%. Según Intermón-Oxfam, se han ido de Ghana el 60 % de sus médicos. La Organización Internacional de Migraciones pone de manifiesto una tendencia negativa: si en el período 1975-1984 se fueron de África 40.000 cualificados, a partir de los años 90 sevan 20.000 cada año. Según el Banco Mundial, de países como Cabo Verde, Gambia o Sierra Leona han emigrado el50 % de sus licenciados; en Malawi, según la Organización Mundial de la Salud, sólo quedan el 5 % de los médicos que necesitan.

Estas consideraciones previas plantean un dilema. No podemos ni debemos impedir a los licenciados de estos países su libertad de movimiento (como a ninguna otra persona), pero sí podemos dejar de incentivar que personas cualificadas abandonen su país. Más bien hemos de hacer lo contrario: llevar a cabo proyectos de cooperación internacional para que estas personas altamente cualificadas tengan sueldos y oportunidades adecuados para quedarse allí y, además, por cada uno de ellos que finalmente emigre, compensar a sus países económicamente. En todo caso, debemos oponernos a la propuesta del Comisario europeo, pendiente aún deser refrendada por todos los Estados miembros de la UE.

Un artículo del periódico L´Observateur, ,(“Plaga de Burkina Faso”) decía:“el continente negro ve partir al mismo tiempo a sus brazos válidos en barcas de alto riesgo, y a sus hijos más valiosos a causa de leyes que les incitan a emigrar. Para África, que está en la cola, son combatientes valerosos perdidos para el desarrollo. Y no sabe cómo parar esta hemorragia devastadora”.

En resumen, las políticas migratorias basadas en la selección de migrantes cualificados perjudican a los países que han soportado la carga de la educación y que se verán privados de la aportación social de profesionales competentes. Unas políticas migratorias selectivas, para ser justas, deben compensar esos gastos de educación y fomentar la aportación de los profesionales migrantes a sus países de origen. Y requieren el complemento de políticas de cooperación que fomenten el ejercicio profesional de la población cualificada en sus propios países 


INMIGRANTES: ¿INVASORES O CIUDADANOS? (1)

19 Mayo 2008

Partimos de un prejuicio generalizado: existe una “sociedad de acogida” y una “población inmigrante”, perfectamente distintas y diferenciadas. Esta distinción tiene cada día menos sentido, en beneficio de una noción de ciudadanía común. Y sin embargo, cuando se acercan unas elecciones generales ,la separación entre nacionales extranjeros/as recobra su vigencia y su fuerza. Lo que preocupa a la población con derecho a voto, para elegir diputados y senadores a Cortes Generales, no coincide con lo que angustia a la población inmigrante en vías de regularización, o a la que tiene pendiente el logro de la autorización de residencia permanente, o la nacionalidad española. Pero, conforme pasa el tiempo, cada vez más personas que emigraron en su día hacia España se están incorporando al censo ciudadano, con plenos derechos políticos.

Queremos, pues, entablar un diálogo con ese sector de la ciudadanía con derecho a voto, para hacernos cargo de lo que les preocupa y discernir así las cuestiones legítimas de los tópicos consagrados por el uso y la propaganda. Queremos acertar en las preguntas y ayudar a encontrar respuestas. Queremos aportar razones y argumentos para ofrecerlos a quienes lean este cuaderno y demás personas con quienes nuestros lectores puedan compartir su reflexión.Se dice… puede ser la expresión más apropiada para indicar el tópico, el lugar común. Ideas gastadas por el uso, asumidas con apresuramiento, sin examen atento. Ideas contaminadas o manipuladas por la propaganda, por el uso ideológico , impregnadas de temores y miedos. Ideas que, en ocasiones, responden a preocupaciones legítimas y, por eso, necesitan ser discernidas. Ideas que fijan y reducen la comprensión de la realidad y necesitan ampliar horizontes o añadir perspectivas. Hemos seleccionado catorce tópicos de donde se siguen otras tantas cuestiones Trataremos de responderlas con la brevedad necesaria para que nos ayuden a pensar y hacer el tránsito de la propaganda a la realidad.

1. TÓPICOS Y REALIDADES SOBRE INMIGRACIÓN

1. Se dice que la avalancha de inmigrantes es imparable, y se dice también que necesitamos cientos de miles de inmigrantes para sostener nuestro sistema económico y social. ¿A qué debemos atenernos?

Algunos medios de comunicación y algunos responsables políticos han ido construyendo la imagen de la inmigración como una “invasión no deseada” de personas procedentes de otros países. En consecuencia, se imponen unas políticas muy rígidas que podrían expresarse así:

– Si la causa de su llegada depende de la mera voluntad de las personas migrantes, actuales o potenciales, su aceptación debe ser tratada exclusivamente“ de fronteras hacia adentro”, esto es, por el impacto real o supuesto que tienen en las sociedades receptoras.

– Los países receptores han de evitar el “efecto llamada”, vinculado exclusivamente a las políticas de regularización administrativa de las personas migrantes.

– Las políticas “de inmigración” deben centrarse en el control de fronteras, en las medidas “disuasorias” (legislación restrictiva en el acceso a la regularidad y lesiva de los derechos del inmigrante), y en fomentar políticas de retorno.

– Las políticas “de integración” se plantean exclusivamente para las personas migrantes que se encuentran en situación administrativa regular. Deberán exigir “asimilación”; y estar condicionadas a la “normalidad” social y económica, a la “buena convivencia” y a la ausencia de todo acto “delictivo”.

– La no aceptación de este “contrato” justificaría las políticas de expulsión o repatriación, los Centros de Internamiento para Extranjeros, y la “criminalización” de las personas migrantes  indocumentadas, cuya única falta –no “delito”– es carecer de un permiso de residencia en vigor.

Pero todo este razonamiento resulta una visión simplificada y errónea de una realidad mucho más compleja y positiva. La cuestión de las migraciones concretas y de los movimientos migratorios actuales se puede resumir del siguiente modo:

– Los emigrantes se van de sus países porque no tienen alternativa y vienen a los países desarrollados porque aquí les necesitamos.

– Las sociedades receptoras necesitamos que sigan viniendo y, además, que vengan para quedarse.

– Supuesto este doble “efecto expulsión”(push) y “efecto llamada”(pull), hay una necesidad urgente de sustituir las políticas basadas, sólo o principalmente, en el control de flujos, por otras políticas de integración; y hay otra necesidad de construir un proyecto de sociedad común e incluyente.

 La clave para comprender adecuadamente en qué consisten el “efecto expulsión” y el “efecto llamada”, y su complementariedad, es la enorme desigualdad internacional. Las condiciones de vida reales y cotidianas de la mayor parte de la humanidad todavía no permiten un desarrollo humano ni siquiera mínimamente aceptable. El subdesarrollo tiene causas concretas cuyo origen hay que buscar, en muchas ocasiones, sino en todas, en los países enriquecidos y empobrecedores del Norte desarrollado. En este sentido, nuestros “países desarrollados” son los auténticos causantes del efecto expulsión que da lugar a los actuales movimientos migratorios. Al empobrecimiento del Sur corresponde el enriquecimiento del Norte, y este abismo de la desigualdad –o dos caras de una sola realidad – configura el escenario en el que las migraciones surgen como estrategia de desarrollo personal y familiar. La mera cuestión del nacimiento(familia, ubicación geográfica ,etc.) no puede justificar por sí sola el acceso-exclusión al desarrollo humano de cada persona concreta. Dada la insuficiencia de una cooperación para el desarrollo y la negativa de los países del Norte a promover eficazmente el desarrollo del Sur, los movimientos migratorios se convierten así enuna restitución que tiene su origen enuna rebelión silenciosa y pacífica antela desigualdad y el subdesarrollo impuestos. El auténtico “efecto llamada” no lo provocan unas regularizaciones administrativas, sino los elementos de bienestar que caracterizan las condiciones de vida reales de una parte de la población de los países desarrollados.  Incluso aunque la desigualdad internacional fuera menor, los países desarrollados seguirían necesitando de la llegada de personas extranjeras debido al envejecimiento ,estancamiento e incluso disminución de su población autóctona.La entrada de personas extranjeras es ya una condición de posibilidad para mantener y aumentar los niveles de bienestar alcanzados en las sociedades desarrolladas. Sin estas personas extranjeras, hombres y mujeres, nuestro bienestar no es posible. De esta forma, y por una necesidad primero demográfica, pero también económica y social, habremos de pasar de las restricciones para la entrada a la competencia entre los diversos países desarrollados para captar “nuevos ciudadanos”.

En resumen, los discursos que suscitan temor a flujos migratorios imparables y que justifican la necesidad socioeconómica de la inmigración son compatibles, y nacen de una raíz común: el interés unilateral de los países desarrollados. Los factores de expulsión y atracción que fundan los movimientos migratorios sólo se pueden comprender teniendo en cuenta las desigualdades internacionales. Y las políticas migratorias ,desde ahí, tienen que concebirse como compensación de las desigualdades y gestión de beneficios socio económicos y culturales conjuntos para las sociedades de origen y de destino


José Antonio Marina: «El fracaso escolar es un problema más serio que la inmigración en relación con la delincuencia»

19 Mayo 2008

Marina, ante la Ciudad de las Tres Culturas, donde nació, y de la que destaca su Escuela de Traductores, «la mejor contribución española a la cultura universal».Óscar HuertasMarina, ante la Ciudad de las Tres Culturas, donde nació, y de la que destaca su Escuela de Traductores, «la mejor contribución española a la cultura universal».Óscar Huertas

TOLEDO. José Antonio Marina trabaja en un programa piloto para formar profesores de Secundaria, ciclo educativo que ha marcado la reciente actualidad con asuntos como la Ley de Calidad, el fracaso escolar o el velo en las escuelas.

-Está en pleno auge el término multiculturalismo, ante el que se han posicionado en contra y a favor una serie de intelectuales y políticos. ¿Considera usted que los inmigrantes deben respetar las leyes españolas?

-En esto no hay que ser muy estricto. Igual que todas las religiones deben someterse a un criterio ético, lo mismo ha de ser para los inmigrantes. Hay un nivel que es absolutamente universal, que es el nivel ético y el nivel de los Derechos Humanos. De manera que, universalidad en lo ético y diferencia en lo estrictamente cultural.

-Es decir, velo sí, pero ablación no.

-Exactamente. Velo sí, si lo consideramos como mero accidente indumentario. Si es un signo de sumisión, no, porque entonces va en contra de los Derechos Humanos. Vestido sí, música también, arte, literatura, formas de vida… siempre que estén sometidas al criterio ético.

-¿El multiculturalismo debe tender pues a la integración?

-La integración a nivel ético y la diversidad a nivel estrictamente artístico, cultural, de costumbres… todo aquello que pueda darse respetando el marco ético en el que debemos estar todos sometidos a las mismas normas. Esa especie de frivolidad con que se defienden costumbres claramente injustas o discriminatorias justificándolas porque son peculiaridades culturales, es absolutamente infame. En cuanto al velo en las escuelas, es posible que en este momento en España convenga considerar esa cuestión como meramente indumentaria, quitar dramatismo a la cosa, porque me parece más importante que las chicas musulmanas puedan ir a una escuela donde van a aprender costumbres laicas y una ética universal. Pero no podemos dar enseñanza musulmana en las escuelas, como tampoco podríamos dar enseñanza católica en las escuelas. La escuela debe ser universal y laica.

-¿Qué papel ve usted para los inmigrantes en el futuro de las naciones?

-El mundo occidental va a necesitar mano de obra extranjera y debería tratarse bien este problema porque deberán integrarse lo mismo en las leyes fundamentales del país que en las normas básicas internacionales. Podrán continuar con sus costumbres, pero lo que no podemos hacer es reeditar el problema de Francia, donde hay dos millones de familias musulmanas y muchas de ellas tienen legalmente concedida la poligamia. La asimilación debe hacerse en el nivel educativo y en el nivel económico. Y poco a poco, no en una generación, sino en dos, acabarán asimilándose a la nación de origen.

-¿Qué opina del hecho de identificar la inmigración con los niveles de delincuencia?

-En eso no hay que ser hipócritas si estamos consiguiendo que haya miles de personas que no pueden legalmente integrarse, y que, por tanto, van a vivir en la marginación. Toda marginación, sea por inmigración, por fracaso escolar, por incapacidad de acomodarse a las costumbres, produce antes o después criminalidad. Lo que ocurre es que enfatizar la relación entre criminalidad e inmigración en este momento tiene un sesgo peligroso, pero desde luego existe. Pero también existe la relación entre el fracaso escolar y la delincuencia. El fracaso escolar es un problema muy serio y posiblemente en estos momentos en España más serio que el problema de la inmigración en relación con la delincuencia.

-Ha surgido la polémica ante la próxima Ley de Calidad de la Enseñanza. ¿Ha fracasado la Logse? ¿Debe haber una reválida?

-La Logse ha tenido tres fallos fundamentales: no se preparó suficientemente al profesorado; era una ley cara y no ha venido dinero suficiente, y alguna de las medidas concretas que proponía no han funcionado y hay que cambiarlas. Entre ellas está lo que se llamaba la escuela comprensiva, la escuela unificada hasta los 16 años, que era un problema porque hay muchos chicos que no quieren estudiar. Entonces, se descuelgan de la escuela, aumenta el fracaso escolar y por tanto debemos dar mayor flexibilidad a los posibles recorridos de ese chico para que no salga del sistema educativo. Tenemos que tener el suficiente ingenio y talento como para dar otras posibilidades a esos chicos. No ha funcionado el paso automático de curso: un alumno que pasa con más de tres asignaturas de un curso a otro no va a ser capaz de recuperarlos porque no tenemos horario lectivo para hacer clases de recuperación. Esta nueva Ley de Calidad se ha dado cuenta también de que los grupos directivos de los centros son de una importancia capital. También necesitamos algún tipo de reválida y me parece mejor que esté en el mismo sistema de Secundaria y no una Selectividad en la Universidad. Nosotros tenemos que poder dar la garantía a la nación de que cuando damos el título de Bachillerato es porque hemos comprobado que efectivamente se estaba en condiciones de tenerlo, se merecía.

-¿Ve algún fallo en la Ley de Calidad?

-Uno es que no se habla de la formación de los profesores; se dicen cosas confusas acerca de la selección del alumnado; creo que habría que tratar el tema de los exámenes de septiembre, donde hay una cuestión de importancia que puede parecer secundaria: los padres que piensan que a lo mejor los hijos les van a fastidiar las vacaciones se ocupan más de los estudios de sus hijos; es triste que sea así pero tenemos que aprovechar todas las oportunidades. También creo que esta ley trata bien el problema de los inmigrantes: se les estaba integrando muy mal en el sistema educativo y ahora se van a poner unos profesores de apoyo especialmente formados para conseguir que los inmigrantes adquieran las habilidades lingüísticas necesarias para integrarse.

-¿Comprende al PSOE cuando dice que hacer una reválida fomenta el elitismo educativo?

-Siento mucho que lo que dijo el PSOE al principio de la aparición de estos documentos haya sido tan estúpido. Yo espero que se den cuenta de que estaban defendiendo unas cosas indefendibles y que se pongan a criticar los fallos que tiene el documento de la Ley de Calidad, que no van por ahí. La enseñanza tiene que ser, a ser posible, de elite mayoritaria. Lo que necesitamos son mayorías ilustradas y lo que tenemos que intentar no es bajar la calidad de todos sino intentar subir la calidad de todos.

-¿Qué opina de problemas como el desarraigo de los jóvenes?

-Ha habido una quiebra de los principios de autoridad. Al ser una palabra malsonante, la autoridad de los padres y del sistema educativo, nadie se atreve a poner ningún tipo de disciplina. Hemos ampliado excesivamente la juventud (empezamos a hablar de jóvenes a los 11 años y los jóvenes españoles no se independizan hasta los 30 años y medio, como media). Hemos dilatado excesivamente la juventud, que es una época de no responsabilidad. Para educar a un adolescente necesitamos intervenir todos: padres, educadores, políticos, sistemas de sanidad, Policía, ciudadanos… porque nos interesa tener una buena juventud. Tenemos que hacer una especie de conspiración educativa de padres, educadores, políticos, policías, gobiernos… para ofrecer más alternativas a los jóvenes.

-Uno de cada cuatro alumnos no tiene el título de Secundaria en España. ¿Qué opina?

-Es disparatado y es una prueba de cómo una medida que parecía buena, que era la educación obligatoria hasta los 16 años -y que aún sirve- puede producir efectos nocivos. Una de las razones para emprender una reforma es que no podemos permitirnos esas cifras de fracaso escolar.

-¿Ha contribuido el escaso nivel intelectual de los jóvenes a que aumente la violencia en las aulas?

- Sí, pero creo que en la violencia escolar hay que precisar porque se están mezclando al mismo tiempo cuatro problemas distintos. Uno es la zafiedad en las costumbres: los chicos ahora tienen menos urbanidad, entre otras razones porque son mucho más heterogéneos -ahora afortunadamente estudia todo el mundo y la procedencia de los chicos es muy distinta-, y además se han descuidado los modos educados de comportamiento, de manera que los chicos gritan mucho, se empujan, dicen muchos tacos, pero eso no es violencia, son malos modos. En segundo lugar, hay un problema de falta de disciplina en las aulas, que tampoco es violencia, sino que los profesores no saben o no pueden mantener la disciplina, es un problema de falta de autoridad. En tercer lugar, estamos educando a unos chicos con muy poca capacidad de control, no les estamos enseñando a resolver conflictos y tienden a la agresividad por exclusión. Y por último está el problema de la violencia, que afecta entre un 10 y un 14 por ciento, según las estadísticas. Todavía no es grave, pero tenemos que tener mucho cuidado.


El significado de las migraciones internacionales:

6 Febrero 2008

El significado de las migraciones internacionales: justicia global, derechos humanos y ciudadanía

Ricard Zapata-Barrero. Profesor de Teoría Política de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). Director del Grup de Recerca sobre Immigració i Innovació Política. Barcelona, España

 Cada vez se hace más evidente que al abordar temas relacionados con las migraciones internacionales estamos tratando de temas interpretables. Por lo tanto, de lo que se trata es, pues, de ir construyendo a través de los debates un marco de interpretación que nos permita generar argumentos para construir discursos y legitimar políticas. Desde este punto de vista, que las migraciones internacionales constituyen uno de los principales factores de las grandes transformaciones sociales y políticas de nuestra época forma ya parte de la batería de reconocimientos del marco interpretativo del discurso político y social (véase G. Aubarell y R. Zapata, eds., 2004). Quizás lo que todavía requiere discusión para ir construyendo este marco interpretativo son dos cuestiones que me parecen fundamentales: el hecho de que las migraciones internacionales requieren una reflexión global sobre la relación entre la justicia distributiva y los derechos humanos; y la pertinencia de precisar las características que dan a este proceso global un sentido histórico. Para cada uno de estos aspectos defenderé sendos argumentos, que se complementan. Desde el punto de vista de la justicia y de los derechos humanos, la necesidad de redefinir un marco internacional que, por el momento, sólo tiene instrumentos estatales de gestión. Incluso los derechos humanos, como veremos enseguida, sólo pueden defenderse bajo el filtro del Estado. Por otro lado, desde el punto de vista histórico las migraciones internacionales forman parte de un período donde los instrumentos habituales para gestionar conflictos procedentes de la modernidad no funcionan. En este caso, la forma moderna de gestionar la inmigración tiene muchas similitudes con la Edad Media que pretendió superar. Dedicaremos el resto de este artículo a ampliar cada uno de esto argumentos.

Proceso global: Derechos humanos y justicia distributiva global

Los procesos de migraciones internacionales deben ser entendidos como procesos globales. Originan un debate en torno a la relación entre inmigración, derechos humanos y justicia distributiva global. De  entrada, al asumir que el proceso de migraciones internacionales está vinculado directamente con el proceso de globalización, compartimos que tienen una característica que les une: su inevitabilidad histórica. Lo que debe discutirse no es si nuestras sociedades serán o no multiculturales (asumimos que serán forzosamente multiculturales), sino cómo gestionar este proceso sin vulnerar los valores que articulan nuestras sociedades y estructuras institucionales. Resulta además curioso que si bien el proceso de globalización ha generado movimientos alternativos y foros sociales globales en contra de una determinada forma de entender esta globalización económica sin justicia distributiva global; el proceso de migraciones internacionales, al tratarse de un proceso de globalización pero no de capitales ni de mercancías, sino de personas, genera movimientos conservadores en contra. Esos mismos movimientos son los que perciben tan sólo los beneficios netos de la globalización económica. Esta es la estampa de una cierta hipocresía política pero también de una cierta irresponsabilidad social. Nos queremos beneficiar de la globalización  económica, pero no queremos gestionar uno de sus efectos, el proceso de migraciones internacionales. Todavía no asumimos que ambos procesos son dos caras de una misma moneda. Ambos procesos no son diferentes, sino que están muy ligados.

Lo que debemos asumir es, pues, que el proceso de globalización es un proceso de migraciones internacionales, y que uno de sus efectos es el movimiento creciente de personas de países pobres a nuestros Estados ricos. Uno de los indicadores de la globalización más visibles es el crecimiento de la circulación de personas entre fronteras. Este movimiento se debe en parte al proceso mismo de globalización, el cual no solamente supone circulación creciente de capitales y de bienes, sino de valores, de conocimiento, de elites intelectuales, de personal cualificado. Frente a este lado positivo (¿para quién?) de la globalización, también está su rostro más miserable, de circulación de inmigrantes forzados, con muy baja o nula cualificación, sin valores o con valores no occidentales y con formas de vida culturales muy diferentes a las nuestras. Este proceso de globalización apenas puede controlarse por las elites gobernantes.

Constituye una de sus prioridades (cuando nuestros gobernantes declaran públicamente que la inmigración constituye una de las prioridades de su política, podemos empezar a temblar) y la forma en que lo gestione puede ser determinante para ganar unas elecciones. Este segundo tipo de efecto de la globalización entendida como movimiento de personas está en la base de los discursos que criminalizan la inmigración, que declaran ilegal o simplemente ilegalizan su situación. Este proceso es imparable. A pesar de incrementarse las medidas de control, el crecimiento de esta inmigración es inevitable. Esto se debe, enparte, porque debemos asumir que forma parte del proceso de globalización mismo. El proceso de transformación global (D. Held et al.1999) que se está produciendo significa también circulación de  inmigrantes forzados. Desde el punto de vista económico, las diferencias crecientes entre Norte y Sur crean todo un sistema de razones suficientes para optar por salir de sus países, con el objetivo de mejorar sus vidas y tener unas expectativas de vida diferentes a las de la simple supervivencia.

Desde el punto de vista político, el tema que suscita es el de los derechos humanos. El hecho de quemiles de personas opten por salir de sus países utilizando canales legales de transporte, o “a ladesesperada”, es un tema de derechos humanos. Si bien se oyen muchas voces que sugieren que “no podemos admitir a todos aquellos que llaman (aporrean) a nuestras puertas”, desde esta perspectiva debemos asumir que estas “sacudidas contra las puertas” son en realidad “golpes de desesperación” similares a los que hacían los viajeros de segunda o de tercera cuando se hundía el Titanic. Ellos no tenían forma de escapar, mientras que los de las primeras clases se apropiaban de los escasos salvavidas y barcos de emergencia instalados para la ocasión. Esta es la realidad y es esta realidad la que requiere unas políticas realistas.

Por lo tanto, forma parte inherente del proceso de globalización el proceso de migración internacional entre Sur y Norte. Los gobiernos occidentales deben aceptar que este movimiento es su responsabilidad y no la responsabilidad de los países emisores. No se puede ni siquiera verbalizar políticas que sancionen a los países emisores de inmigrantes como ocurrió en la cumbre de la UE de Sevilla en 2002 bajo la presidencia española. El hecho de que se hayan tan sólo discutido tales medidas en la agendaeuropea muestra la desorientación que expresan los Estados, y los tipos de reacciones que tienen cuando consideran, como fue presentado en dicha cumbre, la inmigración como tema prioritario. En el momento en que en un país la gente opte por marchar de él es un problema de derechos humanos cuya responsabilidad última recae en los países que atraen porque son económicamente superiores y están organizados alrededor de valores democráticos y liberales que ellos no tienen. La inmigración cesará cuando la desigualdad económica del mundo, simbolizada en las relaciones Sur-Norte, cese de ser significativa.

Mientras tanto, el proceso no se detendrá, sino que continuará siendo un privilegio para los ricos de primera clase del país emisor para salir a flote, y peligroso y simplemente degradante para los pobres de clases inferiores del país de origen.Debemos, pues, partir, de la base de que el movimiento migratorio internacional es un tema de derechos humanos por dos razones: por un lado, la “opción salida” es una opción forzada (lo normal es que la gente se quede en sus Estados), por otro lado, la constatación cada vez más creciente de que el hecho mismo de salir de su Estado disminuye la protección de derechos humanos. Estas dos razones básicas revelan que la protección de derechos humanos se ha pensado para administrarlos en el seno de los Estados.

Los derechos humanos no han sido pensados para proteger y gestionar conflictos de personas que viven fuera de sus Estados (B. Ghosh, ed. 2000). Con el proceso de migración internacional, los derechos humanos tienen dificultades de servir de base para legitimar políticas. En el momento en que una persona sale de su Estado, los mecanismos de protección de derechos humanos se complican, puesto que estos dependen de los Estados, quienes tienen el monopolio del “derecho de admisión” y del “derecho de reconocimiento a través de derechos”.

Las migraciones internacionales revelan que los derechos humanos han estado pensados para gestionar temas suponiendo la Santísima Trinidad (relación entre ciudadanía, nacionalidad y Estado). Esto  muestra que el Estado-nación sigue siendo el patrón de referencia hegemónico para gestionar situaciones que salen de su jurisdicción. De ahí que cuando este vínculo sagrado presenta sus primeras fisuras, el  discurso mismo de derechos humanos tenga dificultades de encontrar instrumentos de gestión, puesto que se pierde el principal marco de referencia tradicional que actuaba como sujeto hacia el cual apelar cuando se vulneran los derechos humanos. El “derecho de admisión” de los Estados es sagrado. En definitiva, se trata de considerar el proceso de migraciones internacionales y la cuestión de la inmigración como temas pertenecientes a la discusión sobre la distribución de la justicia, de la riqueza en el mundo. Los elementos básicos del discurso en este nivel se refieren a la contradicción existente entre la libertad de movimiento de las personas según los tratados internacionales, pero no de los Estados de aceptar inmigrantes. Si nos centramos, por ejemplo, en los criterios de admisión, constatamos que expresan nuevas formas de discriminación basadas en el nacimiento. Sabemos que toda decisión política basada en criterios  que no dependen de la voluntad de la persona, sino que son de nacimiento, contradice las bases más elementales de la democracia. Con las migraciones internacionales se manifiesta cada vez con más claridad el hecho de que cruzar las fronteras tiene algo de máquina del tiempo puesto que nos hace retroceder a épocas pre-democráticas y pre-modernas donde primaba el principio de nacimiento y de la herencia como  fundamento de la articulación social y política.En este marco global se enfrentan dos lógicas contrapuestas, la lógica del mercado, quien no “entiende” de fronteras, y la lógica política, quien tiene argumentos realistas para reservarse el derecho a la selección en la entrada (J. F. Hollifield, 2000). Este marco global no deja de tener una estructura medieval. El trato diferenciado, la discriminación selectiva que dispensan los Estados en la entrada de nuestras fronteras por razones que no dependen de su voluntad, sino que son por nacimiento refuerza esta imagen medieval. La admisión selectiva en este nivel de acceso es un síntoma adicional de esta pervivencia de la edad media. En este marco cobra sentido el esfuerzo por entender la asimetría entre el movimiento del dinero y el movimiento de personas, o la frase if people were money (R. E. Goodin, 1992). El trato diferenciado de personas en el momento de decidir “quién puede entrar” (la admisión selectiva) vulnera los derechos humanos en tanto que se discrimina a las personas por razones que no dependen de su voluntad, sino de propiedades que son de su nacimiento. Lo que discutimos no es la admisión selectiva a secas, sinola que utiliza criterios racistas para discriminar. El trato diferenciado de personas siguiendo criterios del nacimiento es el más explícito ejemplo de vulneración de derechos humanos. ¿Quién los vulnera? ¿los países pobres?

El movimiento migratorio internacional tiene algo de “nuevo éxodo”. Si bien el éxodo rural es el que singularizó el paso de la edad media a la edad moderna, caracterizada por el advenimiento de las ciudades como símbolo nuevo de la prosperidad, hoy en día este éxodo es el que se produce de países en vías de desarrollo hacia países desarrollados. Este mismo éxodo no es todavía reconocido por los Estados como un tema de derechos humanos. Siguiendo esta imagen temporal de cambio de época, ser ciudadano de un país desarrollado, ser “occidental”, tiene algo de pertenencia a una “nueva aristocracia”. En este sentido, la ciudadanía tiene históricamente unas similitudes cada vez más claras con la de un “título nobiliario”.

Además, tiene sentido etimológico afirmar que la ciudadanía se ha convertido en un signo de nuevo privilegio, en tanto que privi-legio significa “protección de lo privado”. Desde un punto de vista global, la ciudadanía es vista, sobre todo por aquellos que no la poseen, como una propiedad privada, la nacionalidad, entendida como su fundamento, como propiedad heredada. Pero es una propiedad privada que reúne las características de un monopolio, puesto que es a través de ella que podemos tener las demás propiedades.

Por lo tanto, la ciudadanía se está convirtiendo en el bien primario básico sin el cual la persona no puede conocer los contextos de la vida buena. Como propiedad privada nuclear comparte las características de las demás propiedades materiales clásicas: es signo que marca diferencias sociales. Ahora bien, a diferencia de las demás propiedades, la ciudadanía se adquiere de forma involuntaria por nacimiento. Y es precisamente este privilegio del nacimiento el que la convierte en nuevo signo de pervivencia de la edad media en nuestra sociedad moderna.

Si consideramos, además, que la voluntariedad e involuntariedad es uno de los signos distintivos del liberalismo, adquirir la ciudadanía como privilegio del nacimiento frente a los que no lo son, pero que viven dentro de nuestro territorio, se convierte, en un nuevo argumento de régimen aristocrático, donde los  “mejores” gobiernan a un pueblo sin los mismos derechos. El pueblo que se usaba en las teorías políticas de Rousseau y de los pensadores ilustrados, no tiene el mismo contenido que el pueblo hoy en día. Desde un punto de vista global, el pueblo hoy en día se llama población inmigrante, y el pueblo en tiempos de Rousseau se ha convertido en “nueva aristocracia”. Sólo percibiendo los efectos del proceso de migraciones internacionales desde este punto de vista tendremos suficientes argumentos para formar discursos realmente alternativos.

Si bien ya hemos dado numerosos argumentos que apoyan la constatación de que el proceso de migraciones internacionales como proceso global tiene signos que anuncian un retorno a la edad media en nuestra sociedad moderna, si no se gestiona convenientemente, desde el punto de vista histórico este hecho se hará todavía más evidente. En nuestra memoria generacional, jamás se había dado una distancia tan grande entre las estructuras políticas y la realidad social misma que pretende gobernar. Nos encontramos ante un proceso de configuración de sociedades multiculturales de inmigración, pero en unos marcos políticos estatales pensados para sociedades estrictamente nacionales. Cuando se producen distancias tan grandes, la única forma de adecuarse a la realidad es cambiar las estructuras políticas. Este cambio estructural se verá todavía más justificado cuando analicemos este proceso de migraciones internacionales desde el punto de vista histórico.

Proceso histórico: inmigración, ciudadanía y nacionalidad

El proceso de migración internacional entendido como proceso histórico tiene como epicentro del debate la relación entre la inmigración y la ciudadanía. Desde el punto de vista de las consecuencias que tiene el  proceso de migraciones internacionales podemos compartir la constatación de que no podemos abordar el debate si no es en términos de ciudadanía. En efecto, si tomamos en serio el paradigma moderno que hemos denominado como de la Santísima Trinidad, formado por el vínculo triangular entre el Estado, la Nación y  la ciudadanía, lo que supone el proceso de migraciones internacionales es que apoya la idea de que está viviendo un proceso similar al que M. Weber denominaba de desacralización o desencanto. En aquel  entonces, esta desacralización apuntaba básicamente a la separación entre la Iglesia y la Política o una apertura de la forma de organización monástica hacia la forma burocrática de organización de la sociedad. De forma similar, este nuevo período pone en duda al pilar básico que ejerce el monopolio de nuestras creencias y lealtades: la Nación y la nacionalidad. Este nuevo proceso podría describirse como de separación entre nacionalidad y política. Esto significa básicamente que igual que históricamente los argumentos religiosos no se usan para justificar el uso del poder político (éste es en el fondo el verdadero significado de la separación de la iglesia y de la política), hoy en día estamos asistiendo a un proceso histórico donde los argumentos basados en la nacionalidad y la Nación, en la Santísima Trinidad, no legitiman el uso del poder político ni articulan la diferenciación de clases.Lo que también nos muestra este nuevo proceso es que cada vez existen menos razones que puedan defender la supuesta neutralidad estatal. En general, los fenómenos ligados a la multiculturalidad son también argumentos que demuestran que el Estado ni es benevolente ni es neutro. Podemos también añadir que la llamada “neutralidad estatal” está demostrando ser una ilusión que tiene el carácter de un mito. En este sentido, el vínculo del multiculturalismo con la ciudadanía contribuye a este proceso de  desmitificación. La neutralidad estatal adquiere el estatuto de la última utopía moderna.

Asimismo, si nos centramos en el uso político de la nacionalidad para resolver cuestiones ligadas a la multiculturalidad, también percibimos claramente cómo el principio del nacimiento y de la herencia rige todavía las decisiones políticas. Desde la época medieval no se había visto con tanta contundencia cómo el nacimiento determina la vida de las personas, incluso su destino. Este principio de nacimiento no es material, pero si que tiene características similares al principio sobre el que Benjamin Constant apoyaba su pensamiento político: hoy en día el nacimiento no es la pertenencia a la aristocracia, sino a la nacionalidad.

Constant, uno de los primeros constitucionalistas y republicanos convencidos utilizó precisamente este principio como uno de los argumentos fuertes contra los que se debía luchar sin cesar. El principio de la herencia era la base más sólida sobre la que justificaba toda la realidad social y política que se debía rechazar.

Como en la época de Constant, debemos, pues, poner al menos el mismo signo de interrogación a nacionalidad igual que antes lo pusimos a la pertenencia a la aristocracia. Hoy en día el “mito de la sangre azul” se llama “ser francés de souche“, “ser español de origen”, “ser X de nacimiento”. Este es un signo dela Edad Media actual, cuando percibimos el mundo históricamente. Todos estos argumentos muestran que discutir sobre fenómenos ligados a la multiculturalidad y a la ciudadanía tiene un carácter “revolucionario”indudable, de proceso de cambio de paradigma. Si con el paso de la época medieval a la época moderna,uno de los mayores logros de nuestro tiempo histórico fue que el nacimiento dejara de ser el fundamento y criterio explicativo básico de las desigualdades, entendiendo por nacimiento no sólo el hecho físico de nacer, sino el hecho de poseer características físicas, culturales o simplemente del carácter que no dependen de mi voluntad, la situación que viven los inmigrantes significa un retorno a la edad media. Es como volver a ojear nuestros libros de historia, pero a través de las noticias de los telediarios y las portadas de los diarios. El principio del nacimiento vuelve a tener un significado social sin precedentes, traducible en tener o no derechos, en poder tener o no una identidad pública.En este punto se manifiestan más explícitamente “prácticas medievales” que tienen de nuevo el principio de nacimiento como núcleo de discusión. Quizás el autor que mejor ha recogido el momento histórico que presenciamos es J. Carens, quien nos invita a pensar esta época de la forma siguiente: “considera el caso de la libertad de movimiento teniendo en cuenta la crítica liberal a las prácticas feudales que determinaban las expectativas de vida de las personas sobre la base de su nacimiento. La ciudadanía en el mundo moderno es algo así como un estatus feudal en el mundo medieval. Se asigna por nacimiento; en la mayoría de los casos no puede variar según la voluntad de la persona; y tiene un impacto directo sobre las expectativas de vida de la misma persona. Haber nacido ciudadano en un país acomodado como el Canadá es como haber nacido dentro de la nobleza (aunque muchos pertenecen a una nobleza baja). Haber nacido ciudadano de un país pobre como Bandladesh es (para la mayoría) como haber nacido dentro del campesinado en la edad medieval. En este contexto, limitar la entrada a países como Canadá es una forma de proteger el privilegio del nacimiento. Los liberales han criticado la forma en que el feudalismo restringía la libertad, incluyendo la libertad de movimiento de un lugar a otro en la búsqueda de una vida mejor. Si las prácticas feudales eran erróneas, ¿qué puede justificar las prácticas modernas? (Carens, 1992; 26-27.Traducción del autor).

 Sobre esta base podríamos incluso titular esta sección como del principio de la herencia en el sigloXXI. En este caso este principio de nacimiento recibe el nombre de nacionalidad. De hecho es como destapar su origen etimológico. El término nación, nacionalidad, procede de nacer, esto es, el que ha nacido. Se trata aquí de discutir seriamente y sin pre-concepciones, la frase de Pascal “la naissance n’est pas un avantage de la personne, mais du hasard” (Penseés, párrafo 312). Los inmigrantes son víctimas del azar del nacimiento. El principio del nacimiento se está convirtiendo en un nuevo criterio de ventaja que una teoría de la justicia global debería contemplar en su base. En este punto cobra sentido también “el efecto espejo” que produce la inmigración, en tanto que nos obliga a tener reflexiones de segundo orden sobre la democracia. Este proceso histórico revela, asimismo, que la adquisición de los derechos nunca se ha dado por la benevolencia de los Estados, sino que ha sido el resultado de continuas luchas y reivindicaciones. La distribución de la ciudadanía es un asunto político, una de las más importantes políticas públicas distributivas. Debemos tener claro que al asignar la ciudadanía se está distribuyendo un privilegio. Desde un punto de vista histórico, el proceso de migración internacional y la permanencia de inmigrantes en nuestras sociedades manifiestan cada vez más que ser ciudadano equivale a tener la posibilidad de beneficiarse de los bienes de la democracia. El bien de la ciudadanía y el bien de la democracia se implican. Un no-ciudadano no vive en una democracia.

Como proceso histórico, los movimientos de inmigrantes son similares actualmente a los movimientos obreros que caracterizaron el paso del siglo XIX al siglo XX. En los libros de historia futuros, el paso del siglo XX al siglo XXI será, sin duda, recordado como el de los movimientos inmigrantes. Los temas de las protestas son muy parecidos: derechos, acceso a la vida pública, poder tener una vida digna. Esto demuestra que históricamente la adquisición de la ciudadanía siempre se ha hecho según unos criterios que dependen en última instancia de decisiones políticas. Se han superado, así, los criterios de la propiedad y del sexo, pero continúa otro criterio: el del nacimiento y de la herencia; es decir, el de la nacionalidad. En este sentido, el momento histórico que presenciamos está poniendo en duda este criterio de la nacionalidad.

Asimismo, cuando la diferencia entre nacionalidades se vincula con la diferencia de riqueza, tenemos a la nueva clase pobre. Marginación y origen nacional comienzan a vincularse.

 Como signo de retorno a la  edad media podemos replantear igualmente el discurso tan extendido en algunos círculos de que no sólo debemos hablar de derechos sino de los deberes de los inmigrantes. Esto es, que cuando hablamos de los inmigrantes y de sus demandas, sólo hablamos de derechos, pero nos olvidamos también que deben tener  obligaciones hacia nosotros y nuestra comunidad, de la misma forma que nosotros, ciudadanos, estamos regidos por un sistema severo de obligaciones cívicas. Este discurso es legítimo cuando lo abordamos fuera del contexto histórico, pero si analizamos este argumento históricamente percibimos de nuevo prácticas medievales en nuestra sociedad moderna. En efecto, si seguimos la argumentación del conocido politólogo italiano, N. Bobbio, en un libro no siempre citado pero de gran contenido, El tiempo de los derechos (1991), tendremos un argumento fuerte que pone al menos signos de exclamación como respuesta al, llamémosle, discurso de los deberes. “El punto de vista tradicional [esto es medieval] tenía como efecto la atribución a los individuos no de derechos, sino preferentemente de obligaciones, comenzando por la obediencia de las leyes, esto es a los mandatos del soberano”, y más adelante continúa afirmando que “lasdeclaraciones de los derechos fueron destinadas a derribar esta imagen” (Bobbio, 1991:146). Esto es, la relación tradicional entre derechos de los gobernantes y deberes de los súbditos se invierte absolutamente. Los súbditos son también portadores de derechos. Esta inversión fundamental que caracteriza el paso de la  época medieval a la moderna queda descrita con Bobbio de la forma siguiente: “En las relaciones de los individuos vienen ahora primero los derechos y después los deberes; en las relaciones del Estado primero los deberes y después los derechos” (Bobbio, 1991: 107). En efecto, siempre se suele presentar que la gran innovación de nuestra época moderna frente a la época precedente medieval es la extensión de los derechos. Esto es que nadie dentro de un mismo territorio dejará de beneficiarse de la igualdad de los derechos. Siguiendo este razonamiento, cada vez que constatamos que existen personas que no tienen los mismos derechos, pero que viven entre nosotros, sean cuales sean las justificaciones que se den, el hecho objetivo es que vemos cómo se desgasta la imagen de la modernidad. Por seguir este símil, actualmente tenemos, pues, dos discursos que describen dos cuadros superpuestos. El de la modernidad, donde se ve no sólo cómo se han extendido los derechos, sino cómo se han antepuesto frente a los deberes y las obligaciones; y el discurso que retrata una imagen medieval, donde se exige a la persona unos deberes aunque no tenga todos los derechos otorgados. El paso de la época medieval a la edad moderna supuso precisamente una inversión fundamental. Los derechos se convertían  en universales e iguales para todos, y los deberes se exigían como consecuencia de tener derechos y no al revés. Si aplicamos este argumento al discurso de los deberes que algunos destinan a los inmigrantes, el  cuadro que estamos diseñando no deja de tener un cierto “aire medieval”, en cuanto se exigen deberes a los inmigrantes pero no se les otorga derechos iguales que los ciudadanos. Al elaborar discursos en torno acómo gestionar el proceso de migraciones internacionales, aunque sea de forma involuntaria, debemos estaralerta de no construir razonamientos medievalistas.

Dentro de 150/200 años es muy probable que nuestra época sea estudiada como un regreso a la Edad Media. Este hecho nos puede dejar indiferentes. La historia futura se puede enderezar. Una distribución justa de la riqueza y una lectura de los derechos humanos que supere la jaula de hierro de los Estados son,hoy por hoy, las únicas vías reales para construir unas posibles soluciones. El hecho que una persona inmigre contra su voluntad no puede ser de ninguna forma considerado como normal a estas alturas de nuestro proceso civilizatorio.

Referencias Bibliográficas

Aubarell, G. y Zapata, R. (eds.) (2003) Inmigración y procesos de cambio: Europa y Mediterráneo en un contexto global, Barcelona: Icaria

Bobbio, N. (1991) El tiempo de los derechos, Madrid: Sistema

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CONCEPTO DE HISTORIA

4 Febrero 2008

Hablo desde el Centro de Estudios Históricos y quiero aprovechar este instante y lugar en que me hallo para manifestar mi entusiasmo y mi fe en la Historia.
 

La Historia es hoy para Europa la primera condición de su posible saneamiento y resurgir porque cada cual sólo puede tener sus propias virtudes y no las del prójimo.

Europa es vieja. No puede tener, no puede aspirar a tener las virtudes de los jóvenes. Su virtud es el ser vieja, es decir, el tener una larga memoria, una larga historia. Los problemas de su vida se dan en altitudes de complicación que exigen también soluciones muy complicadas y éstas sólo puede proporcionarlas la Historia, de otro modo habría un anacronismo entre la complejidad de sus problemas y la simplicidad juvenil y sin memoria que quisiera dar a sus soluciones. Europa tiene que aprender en la Historia no hallando en ella una norma de lo que puede hacer, la Historia no prevé el futuro, sino que tiene que aprender a evitar lo que no hay que hacer. Por tanto ha de renacer siempre de sí misma, evitando el pasado. Para esto nos sirve la Historia, para libertarnos de lo que fue. Porque el pasado es un revenant y si no se le domina con la memoria, refrescándolo, él vuelve siempre contra nosotros y acaba por estrangularnos.

Ésta es mi fe, éste es mi entusiasmo por la Historia, y me complace vivamente, y siempre ha sido para mí un gran fervor español el ver que en este lugar se condensa la atención sobre el pasado, se pasa sobre el pasado, que es la manera de hacerlo fecundo, como se pasa sobre la vieja tierra con el arado, e hiriéndole con el surco se le fructifica.    (Ortega y Gasset)


BIBLIOGRAFÍA SOBRE MIGRACIONES

5 Enero 2008

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EL QUEHACER DEL HOMBRE

4 Enero 2008

  La vida es quehacer, y la verdad de la vida, es decir, la vida auténtica de cada cual, consistirá en hacer lo que hay que hacer y evitar el hacer cualquiera cosa.

Para mí, un hombre vale en la medida que la serie de sus actos sea necesaria y no caprichosa, pero con ello estriba la dificultad del acierto.

Se nos suele presentar como necesario un repertorio de acciones que ya otros han ejecutado y nos llega bajo la aureola de una u otra consagración. Esto nos incita a ser infieles con nuestro auténtico quehacer, que es siempre irreductible al de los demás.

La vida verdadera es inexorablemente invención. Tenemos que inventarnos nuestra propia existencia y a la vez este invento no puede ser caprichoso. El vocablo inventar recobra aquí su intención etimológica de hallar. Tenemos que hallar, que descubrir la trayectoria necesaria de nuestra vida, que sólo entonces será la verdaderamente nuestra, y no de otro, o de nadie, como lo es la del frívolo.

¿Cómo se resuelve tan difícil problema? Para mí no ha cabido nunca duda alguna sobre ello. Nos encontramos como un poeta a quien se da un pie forzado. Este pie forzado es la circunstancia. Se vive siempre en una circunstancia única e ineludible, ella es quien nos marca con un ideal perfil lo que hay que hacer.

Esto he procurado yo en mi labor. He aceptado la circunstancia de mi nación y de mi tiempo.

España padecía y padece un déficit de orden intelectual. Había perdido la destreza en el manejo de los conceptos, que son, ni más ni menos, los instrumentos con que andamos entre las cosas. Era preciso enseñarla a enfrontarse [sic] con la realidad y trasmutar ésta en pensamiento con la menor pérdida posible. Se trata, pues, de algo más amplio que la Ciencia. La Ciencia es sólo una manifestación entre muchas de la capacidad humana para reaccionar intelectualmente ante lo real.

Ahora bien, este ensayo de aprendizaje intelectual había que hacerlo allí donde estaba el español: en la charla amistosa, en el periódico, en la conferencia. Y era preciso atraerle hacia la exactitud de la idea con la gracia del giro. En España para persuadir es menester antes seducir. 

                                                 José Ortega y Gasset