Artículos de Octubre 2007

Sobre la tolerancia

Fecha Lunes, 8 Octubre 2007

SOBRE LA TOLERANCIA Josa FructuosoProfesora de Filosofía     

 Hoy la tolerancia aparece de nuevo como uno de los conceptos prioritarios para la vida práctica, como un concepto que, de una manera u otra, está presente en el día a día de un transcurrir en el contexto amplio que hemos denominado globalización o mundialización y que no sólo consiste en un allanamiento del mundo por parte de una economía dominante y expansiva, la occidental, acompañada de una colonización cultural a través de ciertos hábitos de consumo. La mundialización consiste también en  el asentamiento de culturas minoritarias, que adquieren cada vez más relieve y más fuerza, en el seno de la cultura occidental, gracias al fenómeno de la inmigración.            

 Seguramente por esta candencia del tema, no resulta superfluo volverse a preguntar sobre el concepto de tolerancia y, en este preguntarse de nuevo, algunas cuestiones previas parecen imponerse. En primer lugar, ¿qué es hoy la tolerancia?, pero además, ¿qué se tolera?, ¿quién puede tolerar? y, por último, ¿tiene límite la tolerancia?      

Ya Voltaire, en el siglo XVIII, dijo de la tolerancia que es  aquello que hace soportable la sociedad y la opuso al partidismo y al fanatismo como actitudes que volverían la sociedad insoportable. Voltaire escribió su Traité sur la Tolérance movido por el afán de restablecer la justicia allá donde las instancias públicas, políticas, habían sucumbido dejándose arrastrar por el fanatismo religioso-popular, convencido de que «…el abuso de la religión más santa produjo un crimen. Es, pues, interesante para el género humano examinar si la religión debe ser caritativa o bárbara.» Así pues, Voltaire escribe su texto sobre la tolerancia como un acto político contra la barbarie.      

 Parece claro que hoy el concepto de tolerancia tiene un contenido menos religioso y, por tanto más civil, sencillamente por la pérdida de peso de la religión como referente y como poder fáctico. No conviene, sin embargo, menospreciar la importancia del factor religioso en el mundo actual, pues si bien hoy no todo fanatismo está necesariamente ligado a la religión si existe entre ambos fenómenos, religión y fanatismo, una inquietante relación, cuando menos cuantitativa.   

         Otro filósofo francés, éste contemporáneo, André Comte-Sponville, dice en su Dictionnaire philosophique que «tolerar es dejar hacer lo que se podría impedir o castigar». La definición de Comte-Sponville permite avanzar una hipótesis: la tolerancia ha de entenderse más como virtud política que como virtud moral (o ética), entendiendo que una virtud ética correspondería al ámbito del «mundo de la vida» en expresión habermasiana y que una virtud política es la que se practica en el ámbito del poder, desde una posición de superioridad.   

      Una ética de la tolerancia sería una ética que se practicara desde la autoridad moral, por tanto desde un posicionamiento dogmático en el que quienes gozan de la posesión de la verdad renuncian al recurso de la violencia optando por permitir el error o el extravío moderados. Una ética de la tolerancia sería, por ello, una ética de la hipocresía o del perdón, tal y como han venido siendo las éticas religiosas. Pero, en definitiva, cuando hacemos referencia a una situación de autoridad o de poder nos salimos del ámbito de lo ético y nos adentramos en el de lo político. Y puesto que sólo se puede ser  tolerante desde una situación o una posición de poder, parece posible afirmar que la tolerancia es una virtud política. Desde la equivalencia, desde la igualdad el ejercicio de la tolerancia es una presunción. Desde la posición de igualdad respecto a los demás, en la que nuestras convicciones democráticas nos sitúan, se comprende, se comparte o bien se soporta o se sufre, como se sufre la estulticia si nuestra sensibilidad nos ha llevado al rechazo del recurso a la violencia, pero no se tolera. Para tolerar hay que poder prohibir.      

    Como virtud política, la tolerancia es una de las virtudes democráticas y consiste en aceptar actitudes, no personas, porque mientras que la tolerancia hacia las personas corresponde a los dioses, a los humanos nos corresponde tan sólo la de los hechos o las conductas. La tolerancia consiste pues en renunciar a una prohibición que podría ejercerse, en aceptar lo otro, lo diferente, lo extraño a lo propio, a lo conocido, lo ajeno  a la tradición; de algún modo tolerar es admitir otras identidades.     

     ¿Quién está en condiciones de tolerar, si sólo se puede tolerar cuando se puede prohibir? Los poderes públicos, los gobiernos, las mayorías a las que los poderes públicos representan y, en resumen, quienes representan una autoridad o ejercen desde una jerarquía, en la política como en la policía, en la práctica del saber o en la paideia. Hoy, cuando tan deteriorada está la autoridad docente, parece ironía recordar que quienes educan tienen, tenemos, en teoría la potestad de no tolerar determinadas conductas en los alumnos. Porque si la tolerancia es una virtud, no tolerar lo intolerable es un derecho, un derecho que viene recogido en los códigos que marcan las fronteras entre lo tolerable y lo intolerable, desde los reglamentos de régimen interno hasta la Declaración de Derechos Humanos pasando por los códigos civiles o penales y las Constituciones.        

 La pregunta de quién puede tolerar nos ha llevado a la cuestión de los límites de la tolerancia, pues, toda virtud limita por ambos lados con sendos vicios. Sin voluntad de reivindicación del «hombre mediocre» aristotélico, es cierto que toda virtud puede convertirse en vicio, tanto por defecto como por exceso. En nuestro caso, la intolerancia o el fanatismo tienen su correlato en el extremo opuesto del relativismo axiológico.   

      El caso de Francia, con la reciente ley sobre prohibición de símbolos religiosos ostensibles en espacios de competencia pública, ilustra a la perfección no sólo quién puede tolerar sino, sobre todo, la cuestión de los límites de la tolerancia. El discurso el presidente de la república francesa, Jacques Chirac es un ejemplo actual de teoría sobre la práctica de la tolerancia y contra el peligro del comunitarismo, con su defensa del relativismo axiológico, como amenaza a las consignas ilustradas de libertad, igualdad y fraternidad. Si bien parece interesante recordar que la elección del presidente de la república obedeció a unas circunstancias políticas y sociales en las que la tolerancia apareció y aparece como problema para una gran parte del electorado que se deja tentar por discursos con mayor o menor dosis de fanatismo.     

      Una prohibición supone, en efecto, ponerle límites a la tolerancia, pero parece claro que si la tolerancia tiene vocación de duración, si no quiere caer en su contrario, en la intolerancia, ha de establecer límites. No todo puede o debe ser permitido en nombre de un principio de tolerancia que resultaría suicida. La tolerancia no puede aceptar ninguna forma de fascismo, porque es su contrario, pero tampoco la deriva de los izquierdismos hacia una tolerancia extrema es una opción sin riesgos. Como la tolerancia es un concepto resbaladizo se presta a caídas en el disparate, como lo es asumir el relativismo que lleva a equiparar determinados hábitos culturales o folclóricos con la violación de derechos. Lejos de todo relativismo,  los rasgos culturales que caracterizan a otros pueblos han de ser tolerados en democracia por la mayoría si y sólo si no atentan contra los principios de libertad y de igualdad. El respeto a estos principios marca el límite de la tolerancia y por ello debemos rechazar el argumento falaz que se acoge a la libertad para justificar la opresión y la sumisión.   

        Las consignas que, en las calles de ciudades francesas, algunas mujeres musulmanas enarbolan contra la ley de prohibición de los símbolos religiosos en medios de competencia públicos, como centros de educación o de salud, tales como «Mi velo, mi vía», «Mi velo, mi razón de vivir», «Mi velo, mi libertad», expresan contradicción, porque reivindican la prohibición de cualquier reivindicación, es decir, porque reivindican la sumisión y, en suma, el fanatismo; porque son un grito contra la tolerancia y resultan, por ello, inaceptables. Inaceptables porque los límites de la tolerancia marcan la frontera entre el estado de dignidad y la barbarie.      Así pues quedan contestadas las preguntas de qué es hoy la tolerancia, qué quién puede tolerar.   

La inmigración sin límites es una amenaza

Fecha Lunes, 8 Octubre 2007

Entrevista a Giovanni Sartori

 

El País, 8 de abril de 2001


El pensador italiano Giovanni Sartori, el ‘príncipe’ de la ciencia política de la izquierda liberal de Europa, sostiene que la llegada incontrolada de inmigrantes que no quieren integrarse supone un riesgo para el pluralismo y la democracia. Giovanni Sartori ha estado en Madrid presentando lo que no sólo él llama un panfleto en el mejor sentido del término fraguado en el siglo XVIII. Es un análisis lúcido, político y sociológico, que concluye en lo que supone un apéndice provocador y refrescante, para muchos muy cuestionable o condenable incluso, en todo caso controvertido.

Es un libro-panfleto titulado Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros que habrá de tener en cuenta, le guste o no, todo aquel que realmente piense en serio sobre el mayor reto para las sociedades desarrolladas en las próximas décadas, la inmigración o la incursión descontrolada de personas de culturas diferentes o antagónicas que buscan un porvenir en un medio social que les es ajeno, siempre difícil y que muchas veces consideran hostil. Este liberal de izquierdas de quien mucha izquierda abomina, dice muy claramente lo que tantos otros piensan difusamente y no se atreven a formular por miedo a ser tachados de desviacionistas, reaccionarios o incluso racistas.

Hoy que tantos temen pecar de incorrección política y ser condenados al ostracismo político e intelectual por opiniones que no concuerdan con las verdades al uso, Sartori vuelve a mostrarse como el pensador valiente que siempre ha sido. Dicen algunos que demasiado valiente para ser consistente. Es posible. En todo caso, sin él u otros como él, el debate sobre la sociedad moderna en general, y en este caso sobre la inmigración en particular, sería más triste, sumiso y romo. Por eso es siempre de interés leerle y, para quienes hayan tenido la suerte de poder hacerlo, un lujo escucharle. Es tan difícil terminar una conversación con Sartori como empezarla. Cualquier referencia lo lanza a un discurso lúcido, pletórico de sentido del humor, ironía y complicidad y brillantez en la exposición de sus reflexiones sobre las fórmulas de coexistencia humana en lo que llama ‘la buena sociedad’.

Hermann Tertsch


Profesor Sartori, llama un poco la atención el hecho de que el cardenal Biffi, de Bolonia, provocara un inmenso revuelo con sus manifestaciones sobre la conveniencia de fomentar una inmigración cristiana y prevenir la musulmana. Hablaban de cruzadas fundamentalistas del Vaticano y todo tipo de razones aviesas. Usted, en su nuevo libro, viene a defender la misma tesis. Con usted se meten mucho menos. ¿Por qué?

Pues probablemente porque el cardenal es más importante que yo.

No me sea usted modesto.

Siempre hay que intentarlo. Yo creo que es difícil de explicar en cuanto a las diferencias. Yo no estoy de acuerdo con Biffi en que hay que preferir a unos inmigrantes cristianos a unos musulmanes. Eso es un criterio religioso que yo respeto, pero no puedo compartir. Yo hablo desde un punto de vista absolutamente laico. En términos culturales. En cuanto al argumento de que la civilización occidental y el islam actual son fundamentalmente incompatibles, creo que es cierto y estoy dispuesto a defenderlo. Pero no creo que nuestro argumento, el de Biffi y el mío, sean el mismo. No creo que él y yo estemos defendiendo la misma sociedad; él defiende la sociedad cristiana; yo, la que llamo la ‘buena sociedad’, la sociedad pluralista. Lo que pasa en que en ciertos puntos estamos de acuerdo, porque las bases históricas y culturales de las que parte son correctas. Las premisas son muy diferentes, así como las perspectivas. Yo parto de unas premisas políticas y éticas, pero laicas, y él es un católico.

Pero usted habla en todo caso de diferentes religiones y culturas del mundo que son más integrables que otras en nuestra sociedad occidental, en la sociedad abierta de que hablaba Popper, aunque en su época, cuando fraguó el término de la sociedad abierta, nadie se enfrentaba a estos desafíos actuales.

Entonces no existían tales problemas. En todo caso, si usted habla de religión, hay diferencias. La comunidad pluralista es para mí esa ‘buena sociedad’ que se caracteriza por que, dentro de la diversidad, genera consenso e integración. Si nuestra civilización, la democrática liberal, se basa en convicciones realistas que preceden a las construcciones constitucionales y que son, por medio de la tolerancia, la columna vertebral de nuestro sistema de creencias. Este sistema es hoy perfectamente ajeno a las creencias religiosas. Con esta premisa, digo que las dos cuestiones están en plantearse si los inmigrantes que llegan desde el sur a Italia y España son gentes fáciles de integrar y, sobre todo, si tienen la voluntad de integrarse. Yo creo que no tienen ningún deseo de integrarse salvo excepciones. E incluso si desearan hacerlo serían los más difíciles de integrar, ya que su sistema de creencias y de valores difiere totalmente del nuestro.

¿Qué es lo que hace a chinos, indios u otros pueblos no occidentales inmigrantes preferibles a los de religiones ‘vigorosas y totalitarias’, como las llama usted, por ejemplo, la islámica?

En el libro yo hablo poco de ello y en realidad no hago nunca consideraciones étnicas. Si las hiciera, daría igual que fueran chinos, indios u otros. Son tan diferentes como los otros y, sin embargo, no crean reacciones xenófobas. Se trata de un problema cultural, político y ético. Si fuera étnico serían rechazados todos por igual. Pero el rechazo y la reacción la genera culturalmente el islam, que es una religión pública, no privada, una religión muy fuerte y autoafirmativa. Las religiones sincretistas son privadas y no afectan a la cosa pública. Pero el islam, que pasa ahora con un fuerte renacimiento, es, yo diría hoy que absolutamente, al cien por cien, incompatible con la sociedad pluralista y abierta en Occidente. Aunque los islamistas son muy diferentes entre sí, ellos tienen un concepto del mundo propio que nada tiene que ver con el colectivo de individuos con una base común, como somos las sociedades occidentales. Los principios de las dos culturas son antagónicas y son ellos los que nos consideran a nosotros los infieles aunque estén aquí (en Europa), no nosotros a ellos.

¿Cuánto puede abrirse esta sociedad, en su opinión, sin que esté en peligro su subsistencia por lo que usted califica de enemigos culturales? ¿Hasta dónde se puede llegar sin hacer peligrar la cohesión y provocar esa fragmentación que usted teme?

No es fragmentación, es algo mucho peor, es la disolución balcánica de nuestras cualidades pluralistas. Lo que es muy posible. La sociedad abierta, como contraposición a la cerrada, ya no es la que nos conceptuaba Popper. Se trata de establecer cuán abierta puede ser una sociedad abierta para seguir siéndolo. Se trata de poder definir el valor de la diversidad, la solidez del pluralismo, la importancia de la tolerancia. El pluralismo tiene una larga historia en Occidente. Comienza al final de las guerras religiosas del XVII. Entonces comienza a cuajar el concepto de que la diversidad no es dañina, sino un valor añadido, y a partir de ahí se desarrollan la tolerancia, el consenso y el pluralismo, sobre estas piezas se ha de basar la sociedad abierta para que no se colapse. Estas nociones no son infinitamente elásticas. La apertura total que supone la entrada indiscriminada de todo aquel que quiera hacerlo nos deja sin espacio ni para respirar, pero además supone la entrada de fuerzas culturales ajenas y enemigas al sistema pluralista nuestro.

Hay tres criterios para establecer la supervivencia en diversidad. El primero es la negación del dogmatismo, es decir, precisamente todo lo contrario que predica el islam. Cualquier cosa que uno haga tiene que ser explicada por argumentos racionales. Todo acto tiene que ser explicado. No vale eso de que Dios lo dice, o que es así. El segundo es que ninguna sociedad puede dejar de imponer el principio de impedir el daño y esto supone que todas nuestras libertades siempre acaban donde supondrían un daño o peligro de daño al prójimo. Y el tercero y quizás más importante es el de la reciprocidad. La reciprocidad dentro de la doctrina de la tolerancia supone que no podemos ser tolerantes con la intolerancia. Yo soy tolerante como anfitrión, pero tú tienes que serlo asimismo desde tu papel de huésped. La religión católica ha sido durante mucho tiempo muy intolerante, hoy no se lo puede permitir. Aunque muchas veces quisiera. Ya ha perdido para siempre la ocasión de serlo. Pero el islam sigue pensando en el poder de la espada. Y la obligación en estas religiones es distinta. A la Iglesia católica no le gusta que se vayan sus creyentes, pero se tiene que aguantar. La islámica no te lo permite.

Usted critica mucho las tendencias multiculturalistas. Me ha recordado a Harold Bloom y a sus ataques contra ese relativismo cultural que, según él, tanto daño ha hecho a sociedad y cultura en EE UU y que, según usted, hace peligrar la cohesión pluralista incluso en EE UU.

Sin duda. Harold Bloom, un hombre muy inteligente, hablaba del multiculturalismo como —y yo estoy de acuerdo— una ideología. Yo lo que digo es que el multiculturalismo en sí es una ideología perniciosa, porque fragmenta, divide y enfrenta y lleva directamente a un proceso cuyo fin posible es la antítesis del pluralismo.

Dice usted que el pluralismo ha sido un proceso largo cuyo comienzo sitúa al final de las guerras europeas de religiones en la Paz de Westfalia en 1648 y en el que desde entonces, pese a todos los traumas y desastres europeos, se han ido sumando cultura y tolerancia. Viene a decir que el pluralismo, por medio de una integración voluntaria y racional, suma valores, mientras el multiculturalismo fracciona y fragmenta, crea pequeñas sociedades cerradas, de necesidad identitaria en las que ya se disuelve la premisa de que todos los ciudadanos son iguales y liquida así la ciudadanía, balcaniza.

Ahí hablo de tres niveles: uno es el nivel de creencia en que la diversidad es buena, después también está la necesidad de una estructura plural que supone compensaciones cruzadas y afiliaciones múltiples. Es una estructura, como dice, de sumar, sobre el principio de la afiliación múltiple y voluntaria. Tiene que ser una sociedad en la que la multiplicidad de compromisos niega esa autoridad a la religión, al origen y otros factores o mitos que acaban dando a Dios una fusta dominadora determinante.

Insiste usted mucho en la necesidad de la reciprocidad entre inmigrantes y, llamémoslos huéspedes. ¿A qué se refiere?

Nunca he pensado en ello como eso que algunos dicen que para abrir una mezquita en Italia hay que inaugurar una iglesia católica en Arabia Saudí. Me refiero a algo distinto. La reciprocidad supone que, si entras en un país que no es el tuyo y te beneficias de ello, considerando que no se te ha obligado a acudir al mismo, entonces debes atenerte a los valores básicos de la sociedad que te acoge. Si no lo aceptas, no es que yo te vaya a echar, pero no te hago ciudadano con los mismos derechos de un país cuyas reglas no aceptas.

¿Dónde está la clave para esa integración y aceptación de las reglas básicas de convivencia que le son en principio ajenas, en su opinión, a los inmigrantes musulmanes?

En la escuela. Es ahí donde la segunda generación debe completar una integración que para la primera es imposible por su procedencia y nivel cultural. Las escuelas especiales, islámicas o de cualquier otro tipo, sólo fomentan la resistencia a la integración y la lucha cultural contra la sociedad de acogida.

¿No pasa entonces la integración por la ciudadanía, como tantos dicen hoy en día en la clase política?

No. Creo que los ciudadanistas, quienes siguen creyendo que la integración es una cuestión de mera concesión de la ciudadanía, están cometiendo un grave error. Los papeles no equivalen a integración. Conceder sin más la ciudadanía a personas que en gran parte vienen dispuestas a no integrarse y que acaban formando grupos o tribus de no integrables, y así fácilmente grupos de presión en contra precisamente de la sociedad abierta que aceptó acogerlos, es uno de los inmensos errores que se están cometiendo. Esos grupos que no quieren integrarse crean compartimentos estancos en la sociedad que rompen el principio de igualdad ante la ley que las sociedades que vivimos en pluralismo hemos creado durante siglos. Hay culturas que niegan los principios en los que nosotros vivimos y nosotros hemos de ser tolerantes, como antes dije, pero sólo ante la reciprocidad de la tolerancia. El respeto a la identidad del anfitrión debe ponerse como condición para una integración. La alternativa es la desintegración y el conflicto de culturas.

¿Y el racismo, ese término que se usa mucho como arma arrojadiza, pero que, según usted, genera mucho más racismo como tal del que antes había?

Hay mucha gente que protesta por situaciones, no por ideología. Quien tiene una mezquita junto a su casa en Europa y se despierta a las seis de la mañana con el grito (al rezo) del muhecín, ahora, además, con altavoces, y lo sufre cinco o seis veces al día está molesto y harto, su casa pierde valor y él quiere mudarse. No es un racista. Pero si protesta y cierta gente le llama racista, acaba siendo racista por indignación. Creo que hay mucho militante antirracista que genera mucho racismo. Y creo que mucho político debería tener más en cuenta la ética de la responsabilidad frente a la fácil ética de los principios. Cualquiera puede ser bueno en sus intenciones. Pero quien no sea responsable en el ejercicio público y político, quien no tenga en cuenta cuáles pueden ser las consecuencias de sus propias acciones, es un irresponsable ante sus votantes, ante la sociedad entera y finalmente también ante los propios inmigrantes.

Usted es un enemigo declarado de Silvio Berlusconi. Parece ya seguro que ganará con Gianfranco Fini y Umberto Bossi para formar un Gobierno de derechas. ¿Ve una amenaza de extrema derecha en Italia?

No, no se trata de la extrema derecha. El peligro máximo es que es un solo hombre el que ostentaría el poder, el dinero y los medios. Ya hoy Berlusconi domina el 80% de los medios de comunicación. Los pocos, estatales, que no son suyos, están asustados, intentan ser neutrales y guardar la ropa. Los suyos son beligerantes. Si gana, los tendrá todos y será una tarea casi imposible desalojar a este hombre del poder. Es terrorífico. Lo importante es ahora conseguir que Berlusconi no tenga una mayoría suficiente para hacer reformas constitucionales. Pero lo aterrador en realidad es esa concentración de fuerza en un hombre, en un solo hombre.


Giovanni Sartori

Profesor emérito en la Universidad de Columbia, en Nueva York, profesor de la Universidad de Florencia en su Italia natal, autor de libros clave en teoría política como Partidos y sistemas de partidos, Teoría de la democracia I y II, Elementos de teoría política, La democracia después del comunismo, Comparative Constitutional Engineering, Homo videns. La sociedad teledirigida y Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros, Giovanni Sartori se ha volcado siempre, con la valentía que le caracteriza y sin complejos mediocres y ansias de agradar, sobre las grandes cuestiones que marcan la vida y el debate en las sociedades modernas. Cómodo no ha sido nunca su pensamiento para nadie, y eso le divierte mucho a este intelectual combativo y vital a sus 77 años. Considera que Silvio Berlusconi es una amenaza grotesca pero muy seria para la democracia italiana, pero también que el pietismo católico izquierdista está generando inmensos riesgos para el pluralismo. Cree que la ética de los principios es una máxima en el comportamiento de la persona, pero también que la ética de la responsabilidad debe primar en aquéllos que tienen mandato político y social y están obligados a calcular, sopesar y prever las consecuencias de sus actos. Considera que la sociedad pluralista puede morir de buena voluntad, falta de sentido común y reflexión serena. Porque individualmente, dice, podemos y debemos guiar nuestra conducta según nuestras convicciones y principios íntimos, pero los responsables de la cosa pública han de subordinar sus afectos a la responsabilidad de evaluar las consecuencias de sus actos para toda la sociedad. Y esto echa en cara a los políticos de Europa y EEUU. Y lo que le granjea las críticas, cuando no las iras, de colegas, bienpensantes, filántropos profesionales, políticos humanitaristas y colectivos occidentales de vocación tercermundista.

Giovanni Sartori, the Albert Schweitzer Professor Emeritus in the Humanities, is still active at Columbia, working in his office in the International Affairs Building three times a week. “I’m doing the same things —research, writing, lecturing— but I hope I am even better at it,” said Sartori. He has traveled to South Korea and South Africa in the past year, and he’s also completed a new book, Comparative Constitutional Engineering (NYU Press, 1994). Sartori received the Ph.D. from the University of Florence, Italy, in 1946. He was the Albert Schweitzer Professor in the Humanities from 1979 to 1994. Appointed to the faculty of philosophy in 1979, he became a member of the faculty of the Graduate School of Arts and Sciences upon its creation that same year.


La Sociedad multiétnica. Giovanni Sartori

Fecha Lunes, 8 Octubre 2007
Portada de La sociedad multiétnica de Giovanni Sartori
Valoración: 4 estrellas de 5

Taurus. Madrid. 2001. Título original: Pluralismo, multiculturalismo y estranei (2001). Traducción: Miguel Ángel Ruiz de Azúa. 144 páginas. ISBN: 84-306-0416-2.

CONTRAPORTADA
Este libro habla de la buena sociedad. Es un tema crucial de la teoría política, que se ha vuelto a poner en discusión por la presión migratoria sobre Europa, por la crisis del melting pot americano y por la doctrina del multiculturalismo. Para Giovanni Sartori la buena sociedad es la sociedad abierta que él interpreta –a partir de un lúcido análisis histórico que otorga fuerza y originalidad a esta obra- como una sociedad pluralista basada en la tolerancia y en el reconocimiento del valor de la diversidad. Un análisis del que resulta que el multiculturalismo no es una extensión y continuación del pluralismo sino, por el contrario, su negación. Porque el multiculturalismo no persigue una integración diferenciada, sino una desintegración multiétnica. A partir de esta premisa el libro se pregunta hasta qué punto la sociedad pluralista puede acoger sin disolverse a “enemigos culturales” que la rechazan. Porque todos los inmigrantes no son iguales. Y porque el inmigrante de cultura teocrática plantea problemas muy distintos del inmigrante que acepta la separación entre religión y política. El análisis teórico sirve aquí para encuadrar los problemas prácticos que comentaristas y políticos están afrontando con inconsciente ligereza. Y es que Sartori no se deja hechizar por los lugares comunes de lo “políticamente correcto”.
La sociedad multiétnica
Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros

Giovanni SartoriDe forma clara y huyendo de utopismos de salón, Giovanni Sartori describe la sociedad abierta y que límites debería tener para seguir siendo abierta. Defiende con pasión una ley tolerante e igual para todos y una ciudadanía que no quede fragmentada en grupos opuestos entre sí.por Pedro Jorge Romero

¿Hasta qué punto debe ser democrática una democracia? ¿Hasta el punto de permitir la destrucción democrática de la democracia? ¿Hasta qué punto se debe ser pacifista? ¿Hasta el punto de permitir la destrucción bélica del mundo pacífico que se ha creado? ¿Hasta qué punto debe ser tolerante una sociedad? ¿Hasta el punto de consentir actos que realizado por otros ciudadanos se considerarían criminales?

Esas preguntas, y otras muchas similares, separan la pura teoría utópica de una sociedad perfecta de la ejecución práctica de esa misma sociedad. Una sociedad democrática perfecta sólo puede existir si nadie desea convertirse en dictador, una sociedad pacifista perfecta sólo puede existir si nadie desea usar la fuerza y una sociedad tolerante perfecta sólo puede existir si nadie es intolerante. Los utópicos siempre han creído que la perfección social es posible. Los demás siempre hemos sabido que la sociedad real es un juego de compromisos donde el resultado final no es exactamente igual a los ideales.

Planteando la pregunta de otra forma, Giovanni Sartori reflexiona sobre esos límites en este libro, que el mismo denomina panfleto: ¿Hasta qué punto puede ser abierta una sociedad abierta?, ¿Hasta qué punto puede ser plural una sociedad pluralista? No son preguntas fáciles de responder. Corren tiempos, con los grandes flujos migratorios hacia las sociedades occidentales, en los que el mismo hecho de plantearlas ya demuestra valor. Y lo hace con inteligencia, escribiendo con calma y cuidado, para que se le entienda bien. Se trata de un texto breve, casi mínimo, que contiene exclusivamente la esencia de la cuestión.

La primera parte del ensayo consiste en una brillante, breve y clara discusión sobre el origen del pluralismo y el significado de la tolerancia. Se trata de un análisis extremadamente razonado, porque a Sartori le interesa dejar claro que el pluralismo precisa de la tolerancia, pero que ser tolerante no implica automáticamente pluralismo.

Y la sociedad que defiende Sartori es la sociedad pluralista nacida del consenso, es más, es aquella en la que uno está obligado a alcanzar un consenso. Pero plantea, con bastante acierto, que una sociedad dividida en grupos no es automáticamente una sociedad pluralista:

Una sociedad fragmentada no es por ello una sociedad pluralista. […] el pluralismo postula una sociedad de “asociaciones múltiples”, ésta no es una determinación suficiente. En efecto, estas asociaciones deben ser, en primer lugar, voluntarias (no obligatorias o dentro de las cuales se nace) y, en segundo lugar, no exclusivas, abiertas a afiliaciones múltiples. Y este último es el rasgo distintivo.

Y casi ya al final de esa sección (en el capítulo 7) explicita el núcleo de la cuestión, una pregunta cuya respuesta sostiene el resto del ensayo:

¿Una comunidad puede sobrevivir si está quebrada en subcomunidades que resulta que son, en realidad, contracomunidades que llegan a rechazar las reglas en que se basa un convivir comunitario?

La respuesta, evidentemente, es un no y de ahí nace el fundamento de la discusión en la segunda parte del ensayo. Una sociedad multiétnica no tiene porqué ser una sociedad pluralista, porque tener muchos grupos no garantiza que los grupos se toleren entre sí. En el esquema político de Sartori, la tolerancia es un ejercicio en la reciprocidad, y aquel que se beneficia de la tolerancia está obligado, a su vez, a ser tolerante.

En la segunda parte introduce así una figura que, supongo, causará polémica, porque incide ya directamente en la espinosa situación de la inmigración: el contraciudadano que rechaza los principios de la sociedad que le acoge mientras se beneficia de las ventajas que le ofrece esa misma sociedad.

Desde el punto de vista de Sartori, una sociedad multiétnica, que aspira a diferenciar entre ciudadanos según características étnicas, raciales, religiosas o cualquier otra que éstos no puedan controlar, va en contra de la sociedad pluralista y debe, por tanto, ser rechazada. De ahí nace la oposición que plantea, en la práctica, entre pluralismo y multiculturalismo.

Pero estrictamente, lo que rechaza con total claridad es la ciudadanía diferenciada, aquella en la que a ciertos ciudadanos se les permiten ciertas cosas por pertenecer a ciertos grupos que no se les permiten a otros ciudadanos de grupos distintos. Lo que defiende es la igualdad absoluta ante la ley.

La posición más radical del libro y que posiblemente resulte más incómoda sea la que indica que no todos los inmigrantes son iguales, que convertirse en ciudadanos no es limitarse a ver reconocida la ciudadanía. Por tanto, la inmigración no puede tratarse con soluciones fáciles, sino que es un problema complejo que requiere mucha reflexión y soluciones igualmente complejas.

Se trata, por tanto, de un libro de denuncia y respuesta. Respuesta a las propuestas académicas que defienden un multiculturalismo fragmentador, al menos, en la versión del multiculturalismo que Sartori construye en este libro. Denuncia las políticas gubernamentales que no han sabido manejar la inmigración y que han aportado únicamente soluciones miopes o limitadas.

Eso sí, Sartori no ofrece ninguna solución, ni es su obligación, sólo destaca las debilidades del modelo político, tanto en Europa como en Estados Unidos. En las últimas partes, quizá pinta una imagen exagerada de una Europa asediada y atacada por enemigos del exterior, y esa simplificación, supongo que inevitable en un texto de esta longitud, debilita la parte final del ensayo.

La sociedad multiétnica es en resumen un ensayo lúcido y revelador. Construido con cuidadosa lógica y con razonamientos bien sostenidos, es una lectura a tener en cuenta aunque sólo sea para refutarla. Giovanni Sartori muestra que los problemas a los que se enfrenta una sociedad que recibe un gran flujo migratorio son muchos, variados y complejos, y que las soluciones, más allá de ideales utópicos, deberán estar a la altura de las circunstancias. Defiende la integración, pero que ésta implique una reciprocidad y una mínima aceptación por parte del integrado. Pero en última instancia, es una apasionada defensa de una sociedad abierta, pero en la que los ciudadanos deben mantenerse siempre vigilantes para asegurarse de que sigue siéndolo.

© Pedro Jorge Romero 2001