Artículos de Octubre 2009

La asignatura pendiente de la democracia

Sábado, 17 Octubre 2009

J. MONTABES  -  R. BULTÓ Y R. FONT

EL PAÍS  -  Sociedad - 17-10-2009

El Consejo de Ministros acaba de aprobar el proyecto de Ley General Audiovisual, que iniciará en breve su tramitación parlamentaria. Si se siguen los trámites habituales, entrará en vigor, previsiblemente, después del 3 de abril de 2010, fecha de la plena digitalización. Lejos de ser su causa y origen, el próximo apagón analógico ha añadido argumentos a la necesidad de un marco normativo que defina con claridad las reglas del juego en el espacio público audiovisual, de acuerdo con los parámetros europeos y los de una democracia avanzada. Cabe esperar pues que las Cortes Generales acaben dando forma a una norma moderna, sistemática, flexible en cuanto a su capacidad de adaptación a los cambios tecnológicos. Y cabe esperar también que la nueva ley se corresponda con las características propias de la legislación básica estatal, respetando el margen de desarrollo que corresponde a las Comunidades Autónomas y que emana de sus Estatutos de Autonomía. Una norma que ponga fin al régimen vigente, que pivota esencialmente sobre los parámetros legislativos establecidos en los años ochenta y que, según hemos denunciado en foros diversos, presenta unos rasgos claros de obsolescencia. Esperamos, en definitiva, una norma que acabe con la tendencia a abordar los problemas de forma singular, al hilo de debates, intereses y alianzas tácticas con actores concretos de la escena audiovisual.

Dicho todo lo anterior, procede hacer ahora dos consideraciones generales: en primer lugar, debemos lamentar la escasa transparencia y participación con las que se han elaborado los sucesivos borradores y anteproyectos. Si nos fijamos en otros países avanzados del entorno europeo (el Reino Unido es el paradigma), la elaboración de la norma general ordenadora del sector estuvo precedida de una serie de documentos preparatorios y debates públicos, en los que se pusieron sobre la mesa tanto las intenciones y proyectos del Gobierno correspondiente como las posiciones y observaciones de los actores implicados. Poco de esto ha sucedido en nuestro país. Más concretamente, hay que decir que los consejos audiovisuales autonómicos, que constituyen el modelo de regulador al cual parece dirigirse finalmente el legislador estatal, no han tenido la oportunidad de participar en esta fase legislativa previa, tal y como hubieran deseado. Cualquier intento de estas instituciones de hacer una mínima aportación constructiva basada en la propia experiencia ha obtenido como respuesta el silencio, siempre con la sensación de que otros actores del sector, muchos de ellos directamente afectados por la nueva regulación, eran en cambio considerados como interlocutores válidos, siempre en el marco de un proceso de diálogo y consulta, cuanto menos, opaco.

En segundo lugar, merece la pena reiterar aquí la necesidad de que el legislador acometa la creación de un organismo regulador independiente en esta materia. Fruto de la falta de un regulador efectivo de ámbito estatal, la Comisión Europea y el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas han empezado ya a actuar contra España con cierta contundencia, precisamente, por la deficiente aplicación de la normativa europea en materia audiovisual, y en particular en lo que se refiere a la aplicación de los límites de saturación publicitaria y la prohibición de la pornografía en abierto. En este último caso, quizá sea la presión de las instituciones comunitarias y la de nuestros propios consejos reguladores la que habría llevado al Gobierno a introducir de manera expresa dicha prohibición, que pondrá fin a una deficiencia mantenida durante cerca de veinte años. Es necesario pues que la nueva ley dote al regulador de la independencia y de los poderes necesarios, no sólo ni principalmente sancionadores, sino también normativos y de adjudicación de licencias (y también de fomento de la auto y la co-regulación) para cumplir con sus responsabilidades.

 La ordenación razonable de la comunicación audiovisual constituye seguramente una de las últimas asignaturas pendientes para consolidar nuestra madurez democrática. Esperemos que el legislador no desaproveche esta oportunidad.

El mundo de la televisión

Sábado, 17 Octubre 2009

<!–[if !supportLists]–> La televisión de nuestra vida

    En España un ciudadano ve la televisión tres horas y tres cuartos de promedio todos los días. La cifra parece increíble cuando uno piensa en su propia vida, pero, poco a poco, va tomando sentido. Cuando nos levantamos, muchos de nosotros conectamos el televisor y, medio dormidos, lo mantenemos de fondo con las noticias. A menudo, al llegar a casa volvemos a conectarlo mientras hacemos la cena y nos distraemos viendo un concurso, una comedia, una película o un poco de telerrealidad… Y si vamos sumando podemos comprobar, despavoridos, que veinte minutos por la mañana más la presencia constante del aparato desde las siete y media hasta cerca de las once hacen las casi cuatro horas de promedio que dice la encuesta. Pero el consumo televisivo es muy errático y una de las variables más claras es la edad del espectador: cuantos más años tienes, más televisión consumes. O, lo que es lo mismo, los jóvenes de secundaria, por ejemplo, ven la televisión dos veces y media menos (cerca de 140 minutos al día) que los mayores de 65 años (aproximadamente 320 minutos al día). El 42,5% de estos jóvenes se conecta todos los días a Internet, mientras que un 89,6% mira la televisión todos los días.2 Y lo que también es espectacular es que, mientras de televisión el grupo de los adolescentes es el que menos consume , en el caso de Internet, en cambio, es el que más lo hace. Los medios en general son fascinantes, y la televisión e Internet lo son especialmente. No es de extrañar que gusten tanto a los adolescentes y que, junto con los videojuegos, hagan que éstos consuman su tiempo libre enganchados a las pantallas del televisor o el ordenador. Pero ¿qué influencia tienen en su comportamiento, en su formación?. Desde un punto de vista amplio sabemos que, sin duda, los medios contribuyen a la formación de la personalidad de todos los que los utilizan. Pero también sabemos que no son unívocos y que sus mensajes influyen y forman, a veces de un modo absolutamente contradictorio.

    Las tendencias son claras, pero aún no tenemos claro hacia dónde nos llevan. Cada vez más, el consumo de medios, especialmente de televisión e Internet, se realiza de forma individualizada; cada uno con su tele o su ordenador, situados en su habitación. Cada vez es más difícil descubrir qué diferencia hay entre los dos medios, ya que la interactividad característica de Internet también lo será, en pocos años, de la televisión. Las modas, los estilos y los pensamientos que reflejan los medios son cada vez más plurales, lo que no quiere decir necesariamente que sean más democráticos, y nuestros jóvenes también tienen estos comportamientos tribales muy marcados. Conocemos el camino, pero no vemos el final. Quizás porque, sencillamente, en esto de los medios no hay ningún tipo de final…

 

1.2. Televisión, comunicación y cultura

 

    Los medios de comunicación han definido la cultura del siglo XX. Hijos del nuevo mundo nacido con la Revolución Industrial, nos ayudan a entender la evolución de la vida en las grandes ciudades y las necesidades de socialización de una población que, progresivamente, pierde los referentes de la cultura tradicional. Pensemos sólo en la situación en la que se encontraba un habitante de un país occidental a finales del siglo XIX: los únicos medios de comunicación masivos eran los diarios y los folletines, pero evidentemente, hablar a finales del siglo XIX de masivos es simplemente una cuestión cualitativa en comparación con los medios de información individualizados. Buena parte de la población era analfabeta o bien no tenía acceso a esos diarios y folletines.

    El siglo XX lo cambia todo. El acceso a la información se generaliza, a menudo con géneros y métodos muy alejados de los que reclamaba y hacía suyos la cultura clásica. La narración se convierte en el sistema más fascinante para llegar a obtener información. La aparición de la radio comercial, en 1920, es un fenómeno que complementa la pasión que el mundo sentía por el cine. El cine mudo y la radio sonora dan vida a la fantasía de la próxima aparición de la televisión, un invento inexistente entonces pero que ya había sido bautizado en 1907 por uno de los padres de la ciencia ficción, Hugo Gernsback.

 

    La televisión comercial nace en 1929 En el año 1932, el ingeniero Vicenç Guiñau compra un aparato de televisión y lo exhibe en su tienda de la calle Aribau de Barcelona. Los diarios de la época dicen que la gente hacía colas para ver el aparato, que, como es natural, no debía de estar encendido porque no había ninguna señal que pudiera captar. No fue hasta el año 1948 cuando, por primera vez en España, se pudo visionar la televisión. Fue en la Feria de Muestras de Barcelona, en una demostración de la casa Philips. Así pues, ya desde el principio de todo, la televisión y, con ésta, todos los otros medios de comunicación masivos provocan el embelesamiento de todo el mundo. La televisión es el cine en casa, es la radio con imágenes, es el final de todo… Una vez haya televisión ya no harán falta los cines ni el teléfono, los libros o los diarios. La televisión nos lo dará todo. Por razones obvias, la televisión no se implanta en la mayoría de países occidentales hasta la década de 1950. Es la época del boom de los electrodomésticos, y no se levantan voces críticas, como mínimo ninguna con demasiada fuerza, contra la televisión y contra lo que ya se denomina cultura de masas.

    En la década de 1960 las cosas cambian: la televisión deja de ser vista por muchos intelectuales como aquel aparato amable que entretiene de forma inocente a partir de las siete de la tarde. Ahora, cada vez más, la televisión se convierte en un monstruo devorador del espectador, especialmente de los chiquillos, que ante la fuerza de las imágenes y los sonidos se convertirá en un esclavo del gregarismo.

    Es aquí donde nace el debate en torno de las virtudes y los peligros de la televisión. Un debate que aún protagoniza las tensiones sociológicas sobre el papel de los medios de comunicación de masas en la sociedad contemporánea y que Umberto Eco interpretó perfectamente en el libro Apocalípticos e integrados, publicado en 1965. Para él, el apocalíptico es quien ve con desconfianza las nuevas técnicas de creación y difusión cultural. Tiene una visión aristocrática de la cultura. Para un apocalíptico es un contrasentido hablar de cultura de masas porque es inconcebible cualquier cultura compartida por una masa. La masificación cultural sólo es infracultura. En cambio, el integrado es un personaje optimista. Vive de la cultura, pero no se preocupa por la cultura. Para él, la libre circulación de los productos culturales es naturalmente buena. La masificación cultural es, simplemente, un sinónimo de democratización cultural.

 

    ¿Dónde nos lleva todo esto, a principios del siglo XXI? En estos momentos, como hemos comentado antes, el consumo televisivo de niños, adolescentes y jóvenes está disminuyendo de forma sostenida. El ocio familiar, que durante cuatro décadas ha pasado necesariamente por la televisión y, en menor medida, por el cine, está cambiando, igual que están cambiando las familias. A estas alturas aún salen voces que afirman con orgullo que “en casa, cuando cenamos juntos no tenemos el televisor encendido” como si fuera algo excepcional, cuando lo excepcional empieza a ser el hecho de cenar juntos y no de qué modo lo hacemos. La cuestión, pues, ya no se centra en nuestra visión de los medios y de su papel cultural, porque los medios han dejado de estar frente a nosotros para pasar a estar dentro de nosotros.

http://www.elpais.com/

 

Sería muy fácil atribuir a los medios, especialmente a la televisión y a Internet, estos cambios que ahora nos parecen a peor. La televisión y la red son, cada vez más, extensiones de nuestro propio tejido social. Cuando nos horrorizamos porque el horario nocturno de prime time de los viernes es el que acoge más espectadores de 3 a 12 años de toda la semana, a menudo cargamos contra las televisiones. ¿Y qué deben hacer? ¿Dejar de emitir a esas horas para concienciar a los padres de la necesidad de que los niños duerman? Y también cargamos contra la televisión cuando descubrimos programas alienantes y embrutecedores , pero no nos acordamos de que, si bien pueden captar mucha audiencia, no dejan nunca de ser minoritarios, no dejan nunca de formar parte de un entramado de símbolos e iconos que definen nuestro tiempo. La televisión o Internet son también retratos de Dorian Gray que nos devuelven una imagen de nosotros mismos, aunque no nos guste. Disfrutar con las retransmisiones de fútbol no es menos anómalo que disfrutar con Operación triunfo, o El diario de Patricia.

Así pues, ni apocalípticos ni integrados. Igual que somos críticos y, al mismo tiempo, apasionados con el entorno que nos rodea, así de críticos y apasionados debemos ser con los medios de comunicación.

 

1.3. La industria de la televisión

 

    La televisión es una industria que no deja de evolucionar. Este año Televisión Española celebra los cincuenta años de emisión, pero el panorama de la televisión en España es muy diferente del del período “heroico” de las primeras transmisiones que reunían a los vecinos en el bar de la esquina. Los costes de la programación son muy altos y las cadenas de televisión se disputan las audiencias a fin de conseguir más recursos publicitarios –a partir de la nueva ley de la televisión sin fronteras de la UE, la publicidad puede ocupar hasta cinco horas de la emisión de una cadena. En un mercado tan disputado, las televisiones reparten el tiempo entre la información, el entretenimiento y la persuasión. La información ha evolucionado desde los clásicos teleinformativos, con las noticias del día, hasta programas de prensa rosa, que convierten la información en entretenimiento.Por otro lado, el entretenimiento ya no se concentra en las películas y las series de ficción, y ha encontrado un nuevo modelo en los reality shows.Y la persuasión no se limita a los anuncios, sino que aparece en forma de publicidad indirecta en los concursos o los productos que vemos en las series.

 

También cabe destacar la importancia que dan las cadenas a las autopromociones de programas, otro formato persuasivo Todas las cadenas luchan por tener un share, un porcentaje de audiencia, muy alto y el marketing televisivo se vuelve muy conservador, de tal modo que la calidad no parece un objetivo destacable y las estrategias de las empresas de televisión se parecen a la estrategia de las marcas de gran consumo que encontramos en los supermercados.

 

Por ejemplo, un caso que está sobre el tapete ahora: ¿cuál es el posicionamiento que pretenden los propietarios de las nuevas cadenas de televisión digital terrestre (TDT)? No resulta nada fácil descubrirlo. Todas parecen entregadas al refrito de contenidos o a la incorporación de programas de bajo coste. Y los movimientos de las empresas para hacerse un hueco en la TDT no se corresponden con la idea de procurar servicio al consumidor, sino más bien con actuaciones de carácter puramente economicista y de estrategia empresarial: con más canales (marcas) se puede negociar mejor el precio de los contenidos, se dificultan las políticas de absorción por parte de competidores, se ocupa terreno para evitar que se apoderen de él los competidores existentes o los potenciales, y se puede conseguir sumar una cuota de mercado que de otro modo ya no se podrá conseguir nunca, con las consecuencias que esto conlleva.

Otro parecido notable entre las tendencias del marketing de gran consumo y el marketing de los medios de comunicación es la brevedad de los ciclos de vida de los productos –las revistas, los programas de radio, el tipo de información o el modelo de programas de ficción–, por mucho que con la innovación tecnológica se abran nuevas ventanas de explotación con más o menos éxito. La lucha por el share es prácticamente homologable a la disputa de las marcas de gran consumo para mejorar su presencia en las estanterías del punto de venta. Aplicado a este caso, el valor de un minuto de emisión es demasiado alto para mantener contenidos carentes de éxito; sale más a cuenta no amortizar un programa que arriesgarse a perder espectadores. Esto tiene una consecuencia directa en la innovación de productos de comunicación: se realizan múltiples variantes de los productos de más éxito y se reduce la posibilidad de presentar contenidos realmente nuevos. O desaparecen de la parrilla televisiva. Como ha ocurrido con los bloques de programación infantil, que las televisiones privadas han limitado a las franjas matinales del fin de semana, cuando los padres descansan y los niños se concentran en los dibujos animados.

    ¿Desaparecerán todos los programas que no sean partidos de fútbol o series protagonizadas por familias y detectives forenses? No necesariamente. Las tendencias de la televisión nos dirigen hacia un futuro caracterizado por la multiplicidad de canales, por la segmentación del público en franjas de edad, lo que facilita la distribución de los anuncios en función de lo que denominamos público objetivo, o por su agrupación según “gustos”: deportes, viajes, niños, cocina, información, etc. La tiranía del share se verá sustituida por la especialización de la programación de cada canal.

 

1.4. Los límites de la televisión

. ¿Y cuáles son esos límites? Opinamos que lo que tensiona el medio televisivo son los aspectos que afectan directamente a la ética y el modelo de representación que “diseña” la televisión.

    El carácter educativo de la televisión no se vehicula a través de las posibilidades didácticas del medio y el lenguaje audiovisual. La televisión no es un libro de texto, y un documental se visiona y se disfruta como espectador, no como estudiante. Todo esto ha sido muy estudiado y ya lo sabemos. Cuando hablamos de educación, en este caso, nos referimos a los aspectos socializadores de la televisión, aquello que afecta la adopción de modelos de conducta. ¿Quién define el concepto de intimidad en el siglo XXI? Los programas del corazón hacen de la intimidad espectáculo. ¿Y la violencia? ¿Es lícito hacer de la violencia espectáculo y potenciar el discurso del horror en una sociedad en la que aumenta la violencia doméstica y la violencia global? Por todo esto, a fin de aportar materiales y pistas para desarrollar un criterio crítico respecto al “consumo” de la comunicación, presentamos cinco bloques temáticos que, por ahora, definen las fronteras del medio televisivo en el ámbito de la información.

 

Los medios como modelos. ¿Cuáles son los límites en la representación de unos modelos de comportamiento que afectan el imaginario de los espectadores pero que no son representativos de la realidad social actual?

La independencia informativa. ¿Cuáles son los límites entre la exposición de las noticias y su interpretación subjetiva?

La representación de la infancia. ¿Cuáles son los límites en la utilización de la imagen de niños en la programación televisiva?

La telebasura. ¿Cuáles son los límites de la información respecto al derecho a la intimidad de los ciudadanos? ¿Cuáles son los límites de un modelo de programas que convierten las relaciones interpersonales en espectáculo?

¿Y cómo debe regirse la autorregulación en el periodismo para evitar que meros rumores se conviertan en noticias?

La Ley Audiovisual refuerza la protección de niños y discapacitados

Sábado, 17 Octubre 2009

ROSARIO G. GÓMEZ  -  Madrid

EL PAÍS  -  Sociedad - 17-10-2009 Tras 15 años de promesas electorales, el Gobierno de Zapatero ha dado por fin luz verde a la Ley General de la Comunicación Audiovisual (LGCA), una norma llamada a ordenar la legislación -dispersa y obsoleta- de un sector en plena revolución tecnológica y azotado por la crisis publicitaria. El proyecto de ley aprobado ayer en Consejo de Ministros, que ahora emprende su andadura parlamentaria, prohíbe la emisión en abierto de programas que incluyan “escenas de pornografía o violencia gratuita”, relega los espacios dedicados a juego y azar a la madrugada y adapta la normativa comunitaria sobre publicidad en televisión. También refuerza los derechos de las personas con discapacidad, ya que obliga a ofrecer con subtítulos una buena parte de la programación (el 75% en 2013).

El proyecto de ley no viene solo. Deroga hasta 14 normas y disposiciones legislativas relacionadas con el sector de la radio, la televisión y las telecomunicaciones. Entre las expresamente suprimidas figuran las leyes que regulan la televisión privada (de 1988) y las autonómicas (1983). UGT alertó ayer de que la derogación de la ley del Tercer Canal abrirá la puerta a la privatización de los entes regionales. Esta opción ha sido planteada repetidamente por comunidades como la de Madrid. Su presidenta, Esperanza Aguirre, del PP, se ha mostrado partidaria en más de una ocasión de privatizar Telemadrid, aunque hasta ahora esgrimía la Ley del Tercer Canal como un obstáculo insalvable. Fuentes del Gobierno señalan, sin embargo, que la derogación de esta norma no afecta a las privatizaciones porque “el Estado concedió las licencias para su explotación como canales de titularidad pública” y añaden que la voluntad del Ejecutivo es que las autonómicas sigan siendo cadenas públicas.

Compuesto por 60 artículos, el proyecto de ley fue presentado ayer por la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, como una norma “necesaria, deseada, garantista, liberalizadora e imprescindible para el sector”. A su juicio, se trata de una ley “útil y moderna” que llega en un momento clave, justo cuando la televisión está a punto de dar el salto a la digitalización (el completo apagón analógico se producirá el 3 de abril de 2010). Éstos son sus principales aspectos.

- Contenidos. La ley pone un especial empeño en la protección de los menores. Después de un amplio debate social, el Gobierno ha modificado su articulado para prohibir la emisión en abierto de contenidos pornográficos o violencia gratuita, que sólo se podrán difundir codificados entre las 22.00 y las 6.00 y con control parental. Otros programas que puedan ser considerados lesivos para los menores tendrán que ir acompañados de señales acústicas o visuales. Los espacios dedicados a juegos de azar y apuestas (en abierto o codificados) estarán recluidos entre la 1.00 y las 5.00.

 - Cine. Las televisiones y los operadores de telecomunicaciones destinarán cada año un 5% de sus ingresos brutos (el 6% en el caso de TVE) a financiar el cine español y el europeo. El 40% de esa cuota podrá destinarse a series.

 - Publicidad. La LGCA aprovecha para incorporar la directiva comunitaria sobre publicidad, que limita a 12 minutos por hora de reloj el tiempo máximo de anuncios que pueden emitir las televisiones. Las películas y los informativos podrán ser interrumpidos una vez cada 30 minutos. Se autoriza el emplazamiento de productos en series, documentales o programas deportivos, aunque estará vedado en los infantiles.

 - TDT de pago. Los titulares de las licencias podrán destinar el 50% de sus canales (un múltiple de TDT tiene capacidad para cuatro programaciones) en sistema de pago. Frente a los 10 años actuales, el periodo de vigencia de las licencias de televisión (que se podrán ceder o arrendar) será de 15 años.

- Interés general. Los operadores estarán obligados a emitir en abierto determinados acontecimientos de interés general. El Consejo Estatal de Medios Audiovisual elaborará un catálogo bienal. La ley establece que la compra de derechos de fútbol se realizará en los términos que establezcan las autoridades de la competencia españolas y europeas. Estos organismos han propuesto que se limiten a tres años.

- Consejo Audiovisual. Catorce años después de que el Senado aprobara la creación de una autoridad encargada de velar por el cumplimiento de las leyes, nacerá el Consejo Estatal de Medios Audiovisuales. Este organismo, adscrito al Ministerio de la Presidencia, estará formado por nueve miembros, elegidos por una mayoría de tres quintos del Congreso. Las infracciones acarrearán multas de hasta un millón de euros.

Alumbrar lo valioso

Domingo, 4 Octubre 2009

Alumbrar lo valioso

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

EL PAÍS  -  Cultura - 30-09-2009 La cuestión es simple, de una simpleza que puede ser alentadora o desoladora: sin periodismo serio no hay democracia; sin periodismo cultural serio no hay cultura democrática.

Entiendo por cultura democrática la que favorece la manifestación de las mejores formas de talento creativo y el acceso a ellas del mayor número de personas capaces de disfrutarlas y juzgarlas con un criterio soberano, no manipulado por sutiles o explícitas coacciones de la ideología, del comercio o la moda. Igual que el ciudadano necesita, para ejercer su condición, un periodismo que le cuente escrupulosamente las cosas como son, no como los mangantes de la política o los amos del dinero quieren que sean, el aficionado a la literatura y a las artes necesita educar su criterio con informaciones rigurosas y juicios críticos no corrompidos por el colegueo o el capricho. Los intereses y las aficiones que cada cual posee han de ser alimentados; pero un buen periodismo también despertará en el lector curiosidades nuevas, abrirá campos insospechados, más gozosos todavía porque tendrán el resplandor excitante de lo nuevo. Fortalecer prejuicios, navegar con la corriente, dar más al que ya lo tiene todo, disfrazar el conformismo de disidencia, la corruptela de integridad, son vicios comunes en culturas poco ventiladas: contra ellos, no hay más antídoto que un ejercicio permanente del juicio personal alumbrado por un periodismo que ofrezca conocimiento y trasmita observación serena y crítica, curiosidad y entusiasmo. En los periódicos hay cada vez más miedo a lo minoritario, a lo difícil, a lo que no es última moda. Pero yo veo exposiciones llenas de un público fervoroso y salas de conciertos en los que no queda un asiento libre, y personas de cualquier edad que leen en el metro obras excelentes de literatura: minorías inmensas que piden y agradecen y no siempre reciben un periodismo volcado a la revelación de lo mejor, al gran debate informado y libre sin el cual no hay cultura democrática.

La hipermnesia y Facebook

Domingo, 4 Octubre 2009

La hipermnesia y Facebook

EMMA RIVEROLA

 

EL PAÍS  -  Opinión - 04-10-2009 Sólo tres o cuatro personas en el mundo padecen un extraño y cruel trastorno de la memoria, la hipermnesia. Así lo afirma el profesor de neurobiología James L. McGaugh, de la Universidad de California en Irvine. Este investigador, especializado en neurología del aprendizaje y de la memoria, ha estudiado el insólito síndrome que provoca el recuerdo autobiográfico perfecto. Es decir, la capacidad de retener todos los detalles de una vida. Y ese “todos” es lo que convierte a esta enfermedad en un tormento. Nada se borra. Nada se olvida. Se conservan todas las imágenes. Todas las palabras. Todas las emociones. Todos los regalos de cumpleaños. Todos los importes de todas las compras de toda una vida. Los momentos felices y los dolorosos. Lo sublime y la anécdota más estúpida. Para las personas afectadas, el pasado se torna una mochila cada vez más pesada. Un lastre obsesivo que les impide encarar libremente el futuro.Por fortuna, las posibilidades de sufrir este síndrome son irrisorias. Sin embargo, millones de personas en todo el mundo vivimos expuestas a quedar noqueadas por un directo del pasado en el momento más inesperado. A vernos sorprendidas por la resurrección de aquel episodio que la memoria había tenido el acierto de encerrar en el baúl de los recuerdos y tirar la llave al mar. Ese ataque repentino suele producirse de la mano de alguien tan inocente como un antiguo amigo del colegio, la novia de párvulos o la pandilla de los campamentos del 81 que nos ha localizado a través de Facebook. Asidos al teclado, nos sumergimos en un túnel del tiempo capaz de conducirnos al paraíso de la nostalgia o al infierno de unas heridas que ya creíamos cicatrizadas. El pasado retorna en los colores alterados de las fotos digitalizadas. Del mismo modo que en el mañana se entremezclarán las imágenes, vídeos y comentarios del presente. La futura profesora de instituto, física nuclear o ejecutiva empresarial tendrá que aprender a convivir con sus imágenes adolescentes de ahora. Ésas en las que posa en bikini frente a un espejo, con los labios entreabiertos y los ojos entornados, en una burda imitación de las provocativas divinidades de moda. La vida es evolución. Todos tenemos derecho a cambiar, a contradecirnos, a realizar cuantos viajes ideológicos nos plazca y a defender, en cada momento, nuestro modo de pensar y actuar. La diferencia es que esa evolución, hasta ahora, era un periplo interior. Un trayecto que, a veces, compartíamos con otras personas. Compañeros de aventuras que el azar de la travesía obligaba a despedir en diferentes estaciones, en función del destino elegido por cada cual. Ahora, Facebook, Twitter, Tuenti y otras redes sociales están convirtiendo el desarrollo personal en un crucero de masas. Los jóvenes crecen en la red, comparten cada minuto de su evolución y de su intimidad. Pérdida terrible de la vida privada, dirán unos. Aumento de la transparencia y la sinceridad, dirán otros. La única certeza es que, con sus pros y sus contras, el virus del exhibicionismo de los reality shows ha penetrado en nuestra conducta social. Hay una necesidad, una obligación, de ser visibles. Somos la imagen que se refleja en los ojos de los demás. Y en esa obsesión por compartir la existencia se esconde un modo de reafirmar la identidad, de reclamar un lugar en el grupo y de lanzar al aire un ¡aquí estoy yo!, ¡contad conmigo! El anonimato produce terror, del mismo modo que asusta la soledad. Las redes sociales son el espantajo que aleja el fantasma de la exclusión, el rincón de las voces que rompen el silencio y la tristeza. Frente a la pantalla del ordenador puedes sentir que formas parte de un grupo, que tienes un lugar donde volcar las emociones, donde compartir tu tiempo. Pero la soledad también es una fuente de riqueza en nuestras vidas. En ella se encuentra el germen del pensamiento, del arte, de nuestra propia identidad. En un mundo permanentemente conectado, los espacios de aislamiento se reducen hasta convertirse en preciadas perlas exóticas. Entonces, surge la duda. La incertidumbre de saber si la generación que está creciendo bajo el abrazo continuo de las redes sociales sabrá estar sola. Si al no haber recibido la dosis habitual de soledad adolescente, no resultará más vulnerable al sombrío y temible ataque del gregarismo. Ni George Orwell pudo predecir las horas de diversión que produciría la renuncia a la vida privada. La alegría con que nos convertiríamos en una sociedad que se observa a sí misma. Con una sonrisa inocente y, sin ensuciarnos las manos, actuamos como un detective privado ante un cubo de basura, rebuscando el rastro de un nuevo empleado, de un amante o de un amigo. Sin una sombra de culpa o arrepentimiento. Todo vale, ya que hay consentimiento de por medio. En este beneplácito es donde radica nuestra única capacidad de control. Aunque no deja de producir cierta inquietud saber que la memoria de Facebook es ilimitada. Y que en su cerebro se hallarán almacenados, por siempre, las imágenes, las palabras y las emociones de nuestra vida. Incluso cuando ésta ya sólo pertenezca al pasado.