Artículos de 27 Noviembre 2010

La moderna peste de la acedia

Sábado, 27 Noviembre 2010

27.11.2010 -

FULGENCIO ARGÜELLES

PSICÓLOGO Y ESCRITOR

 

Son varias las generaciones que soportan el arte del asedio o bombardeo publicitario intensivo, frívolo o sangriento, desde la cuna hasta la tumba, en la calle, en el salón de la casa, en la tierra y en el aire, en los comedores, en los urinarios, en las salas de espera. En palabras de Marc Fumaroli, «el machaqueo de lo incierto es, en efecto, el único método eficaz para hacerlo provisionalmente cierto». Este bombardeo multiplica sus efectos en la misma medida en la que la tecnología amplía sus influencias. Se nos ha impuesto la religión del vértigo, el culto a las imágenes electrónicas. Una nueva alienación para unos nuevos tiempos. El aturdimiento de los sentidos, del corazón y de la libertad ha conseguido cegar definitivamente a aquellas antiguas divinidades adecuadas para los hombres que vivían en la lentitud. La democracia comercial y tecnológica se ha despojado de religiones e ideologías y se eleva hacia el cielo en forma de humo blanco desde cada una de las chimeneas de las casas de los ciudadanos que se fuman miles de imágenes por minuto en sus confortables y flexibles sillones de pieles cuidadas y trapos mínimos. Millones de individualistas, por todo el planeta, sin carácter, pero con un fuerte poder adquisitivo. Lo que han perdido en comprensión, lo han ganado en amplitud de deseos y en oportunidades satisfechas.

Dicen algunos sociólogos que la somnolencia delante de la pantalla televisiva se convierte en huelga de protesta tácita contra el frívolo «nunca suficiente» de la imagen industrial: huelgas involuntarias, pero sanas y vitales contra la agresividad. También hay otros sociólogos que andan justificando la escalada de violencia que ofrecen las pantallas o los juegos de vídeo (un invento contra esa somnolencia al cambiar la «imagen acción» por la «imagen impacto») presentándola como una nueva y admirable fórmula artística. Un ejemplo reciente lo conforman Lipovetsky y Serroy, autores del ensayo ‘La pantalla global’. Justifican la violencia en los medios porque, según ellos, constituye un reflejo de la sociedad. Es la canción del «violento ideal». Claro que siempre hubo violencia en el arte, en la literatura, en el teatro, en el cine, pero no se trataba de alardes físicos, sino de que el espectador descubriera el lugar oculto de la mente o del corazón donde se esconde la violencia humana.

Lo cierto es que la invasión tecnológica y el bombardeo incansable de las imágenes apenas dejan espacio para el silencio, y del silencio nacen las preguntas que conforman la reflexión; en él florece la duda, que es la fuente del conocimiento. De este silencio, como encuentro voluntario del ser humano consigo mismo, también nace la necesidad del mito, de la narración legendaria, de la poesía y de las artes. Este silencio es interpretado por las nuevas generaciones como una combinación de espacio y tiempo de tránsito, espacio vacío, agotado, provisional, no deseable y generador de aburrimiento. Esta especie de peste amenazante que abunda en los hogares del mundo tecnológico occidental podría llamarse «la peste de la acedia» (palabra que procede del término latino ‘acidia’ y éste del griego ‘aknoia’, negligencia; significa pereza, flojedad, incluso tristeza y angustia). Bocaccio hablaba de la pereza engendradora de la negra acedia, una especie de negligencia para con los bienes terrenales y espirituales. La acedia es, pues, una enfermedad social fácilmente observable. Cuando falta la máquina (todo tipo de máquina manejable y apegada al ‘estar’, que no al ’ser’) se presenta la acedia. Me aburro, dicen inmediatamente estos enfermos sociales (diminutos a veces, pero otras no tanto) al encontrarse con las manos vacías, inmersos en el silencio y a solas consigo mismos.

No encontramos, pues (y así lo confirman los sabios que aún quedan en nuestra tribu), con una ausencia de conocimiento sobre la propia circunstancia de «ser persona» y, sin embargo, con una tecnología tan influyente que consigue que los niños aprendan a manejar una máquina antes que a hablar, a realizar conexiones astrales antes que a distinguir el bien del mal, a copiar o enviar imágenes antes que a desarrollar la capacidad de formar imágenes. La tecnología lo invade todo desde la tierna infancia sin que la imaginación ni las pasiones hayan sido informadas sobre sí mismas. Tras los planes educativos se esconde la convicción de que la tecnología es la materia esencial y casi exclusiva del futuro. Algo habrá de faltarles a los futuros especialistas sin una educación al lado de los mitos, de las letras y de las artes (es decir, al lado de la imaginación, de la sensibilidad, de la belleza y del sentido común), porque se comunicarán a distancia por medio de prótesis y vivirán en un mundo abstracto donde sólo necesitarán unas imágenes para relacionarse, se escucharán por medio de micros, no se tocarán ni se olerán, nada saborearán unos de los otros, no necesitarán ninguna memoria personal pues la memoria informatizada y global se ocupará de todo, carecerán de imaginación ante la ausencia de la experiencia directa de los sentidos, sin otra pasión que vender o consumir a partir de un catálogo digital.

Da gusto leer a los sabios de antes y de ahora: Platón o Giambattista Vico, Hannah Arendt o Marc Fumaroli. Ellos, que hablaron de todo esto, lo libran a uno de la peste de la acedia.