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La increíble transformación de una chica normal en top model

Miércoles, 20 Noviembre 2013

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Martes, 3 Mayo 2011

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LA ETICA COMO ANTÍDOTO

Sábado, 17 Marzo 2007

Entrevista realizada por Lucía Iglesias Kuntz, periodista del Correo de la UNESCO a Fernando Savater (filósofo). JULIO 2001

Filósofo, escritor, profesor de Universidad… a pesar de sus múltiples ocupaciones y de los más de 45 libros que ha publicado, últimamente parece que sólo se acude a usted para que hable del conflicto vasco. ¿No le pesa?
Es un poco aburrido y reduccionista, porque uno se ha dedicado a muchas cosas, quizá demasiadas, a lo largo de la vida, y lo único que le queda a la gente en la cabeza es que te pusiste un día en una esquina con una pancarta. Pero en fin, a veces los problemas son ésos. La gente no tiene obligación de preocuparse por la filosofía, pero creo que sí la tiene de preocuparse por el país en que vive. No tengo ningún interés en reclamar la atención sobre mí. Lo único que intento es utilizar la audiencia pública que pueda tener para ponerla al servicio de algo que me parece importante, que es la defensa del Estado de derecho y la lucha contra el totalitarismo en mi tierra.
Debe de resultarle insoportable no poder hacer nada sin ir acompañado por escoltas.
El otro día, una persona me preguntó, con toda su buena voluntad por otra parte: ¿Qué siente al tener que ir con escolta? Y yo le contesté: ¿Y bueno, qué siente usted al ver a gran parte de sus conciudadanos, periodistas, profesores, concejales, amas de casa, que tienen que hacer su vida acompañados de escoltas? ¿Por qué es un problema psicológico qué siente uno al ir escoltado y no qué siente el otro viéndote pasar con la escolta? Habría que decirle a la gente: ¿a ustedes qué les parece que estemos hablando de una unidad europea, y de pronto les cuentan que en un lugar de Europa la gente no puede salir a la calle en paz?

La plataforma Basta Ya, de la que usted es portavoz, acaba de recibir en el Parlamento Europeo el premio Sajarov de los derechos humanos. ¿Puede explicarnos qué es Basta Ya?
Es una iniciativa más de las muchas que ha habido en estos años en el País Vasco que intenta denunciar la violencia y oponerse a ella. Quizá lo característico de Basta Ya es que hemos salido a la calle no solamente para decir lo que no queremos (violencia, crímenes, asesinatos), sino también para defender lo que queremos: estatuto de autonomía y Constitución, es decir, lo que es el Estado de derecho español, que por supuesto puede evolucionar y transformarse, pero no por la fuerza.

En los 25 años transcurridos desde la muerte de Franco, el País Vasco, como otras regiones españolas, ha ido obteniendo una autonomía cada vez más amplia, y sin embargo las víctimas del terrorismo de ETA son más de 800, ¿por qué tanta violencia?
La violencia se alimenta de una ideología étnico-totalitaria que se ha ido forjando a lo largo del tiempo, probablemente con elementos acumulados de la época de Franco, que hoy está enquistada y constituye una amenaza bastante insólita dentro de Europa, porque verdaderamente no se ve muy bien qué justificación puede tener a estas alturas.
Es verdad que lo que ocurre en el País Vasco es raro, porque en otros lugares hay unas desigualdades de poder y económicas notables y una conculcación evidente de derechos humanos que, aunque no legitimen, al menos explican que haya violencia.

¿Cómo qué lugares?
Por ejemplo, Colombia es un país muy injusto, de grandes desigualdades económicas y educativas. No es que yo piense que la guerrilla allí sea un movimiento liberador, en absoluto, pero uno puede entender que haya personas que se pasen a la lucha armada, como en El Salvador o Guatemala en su momento. O en la propia Irlanda, donde secularmente la situación de los católicos ha sido de marginación, de exclusión y de postergación frente a los protestantes unitarios. Y no digamos Palestina y Oriente Medio. Hay lugares en que sin que uno vaya a decir que le parece bien la lucha armada, de alguna forma comprende que exista todo ese mundo de violencia.

¿Y por qué según usted el caso del País Vasco es diferente?
El País Vasco es una zona donde se goza de unas libertades como las de cualquier otro país europeo. Hay un grado de autonomía política y fiscal mayor que en los lander alemanes y un parlamento propio en el que están representados todos los partidos políticos, incluidos los independentistas. Es una zona desarrollada y sin problemas económicos. El gran problema vasco es que no existe problema vasco, es decir, que no existe una base objetiva, histórica ni económica para justificarlo. Y las ideas de ETA o, digámoslo claramente, las ideas del nacionalismo vasco no serían tomadas en serio si no fuera por la violencia.

¿Cómo desmentiría a quienes apoyan a ETA si no en la forma, sí al menos en el fondo, porque sostienen que su lucha armada es la única manera que tienen de conseguir la independencia?
Desde luego que sí, yo estoy convencido de que es la única forma que tienen de conseguir la independencia porque, claro, son una minoría dentro de una sociedad que no quiere eso. La legitimidad de ETA es exactamente la misma que tienen los asaltantes para entrar armados en los bancos. Como ellos no tienen dinero en el banco y el dueño del banco no se lo va a dar voluntariamente, pues entran con una pistola para que se lo den. Lo que pasa es que, no ya sus medios, sino el proyecto mismo de ETA, tampoco es legítimo. Yo no creo que sea legítimo sustituir una democracia de ciudadanos por una democracia étnica. Crear un Estado puede ser un proyecto político, puesto que los Estados son convenciones, pero no es un derecho, y sobre todo no es una obligación que los demás sintamos interés ni entusiasmo por una situación política que propugnan personas cuyos medios y cuyas ideas –mitad racistas, mitad radicalismo marxista– no son compartidas por el resto de la población.

Hay quien alega que los vascos sufrieron más que otros españoles durante el franquismo…
Eso es un mito evidente. Franco, que no tuvo muchos ministros catalanes, en cambio sí tenía ministros vascos a montones. Y veraneaba tranquilamente en San Sebastián en un barquito en medio de la playa de la Concha, cosa que evidentemente José María Aznar no podría hacer hoy. Hubo naturalmente vascos reprimidos, perseguidos, lesionados, como en todas partes. La lengua estaba marginada, aunque no tanto como se ha dicho, porque había congresos y enseñanza en euskera. Pero los vascos sufrieron tan poco que las provincias vascas eran las de mayor renta de todo el territorio. En 1975, Guipúzcoa era la provincia número uno en renta per capita y Vizcaya la segunda. Hoy me parece que son la 13 o 14. De modo que es una mitología que los vascos sufrieron más que los demás. La mayoría, y desde luego la mayoría de los que se convirtieron en nacionalistas a partir de la muerte de Franco, porque hasta entonces eran franquistas, se beneficiaron del franquismo a costa de otros.

Algunos historiadores se extrañan de que en España no se hiciera ningún tipo de trabajo de memoria durante la transición. Un día se murió Franco y al día siguiente había una monarquía parlamentaria…¿es que los españoles son amnésicos?
La inmensa mayoría de la sociedad española había procurado mirar para otro lado en la época del franquismo, sobre todo al final. La gente se decía: “no nos metamos demasiado en profundidades y dejemos que este señor llegue a su final natural, que ya le queda poco”. En el País Vasco, ese trabajo de memoria fue más bien una amnesia voluntaria repartida: yo olvido lo que tú has hecho y tú olvidas lo que he hecho yo. En el año 78 hubo en el País Vasco una amnistía general de todo tipo de delitos, algo único en Europa, porque en ningún lugar ha existido una amnistía tan global y absoluta. La coartada para no hacer investigaciones sobre autoridades franquistas fue que no se hizo ninguna respecto a los terroristas. Y, lo mismo que se liberó al etarra que había matado a quien fuese, no hubo más remedio que olvidar al general o al comisario que habían cometido otros delitos.
¿Hay minorías que estén legitimadas para pedir el derecho de autodeterminación?
El derecho de autodeterminación es un derecho político, un logro histórico de determinadas comunidades que se cimientan en Estados frente a las demás. Por razones históricas, el perímetro y la extensión que España tiene hoy no es el que tenía hace mil años y puede que no sea el que tenga dentro de mil, lo mismo que Estados Unidos o cualquier otro lugar. Pero todo eso no tiene nada que ver con la cuestión de las minorías. Piense que en el mundo hay aproximadamente 200 Estados y más de 5.000 lenguas distintas, lo que significa que la mayoría de los Estados tienen muchas lenguas y diversidad de grupos étnicos en su interior.
Se podría pensar que es usted enemigo de las minorías…
No soy hostil a las minorías. Todos pertenecemos a minorías estereotipadas por otros; grupos de aficiones, de intereses o incluso de tradiciones religiosas. Yo pertenezco a la de los aficionados a las carreras de caballos, lo que ocurre es que no tenemos antropólogos que hablen por nosotros ni una representación ante las Naciones Unidas. El mundo está lleno de estas cosas y no hay nada de malo en ello. De lo que soy enemigo es de quienes inventan identidades a grupos determinados y fragmentan la humanidad accesoriamente en lugar de intentar buscar las ventajas de la civilización para todos. Y aún más cuando esos rasgos identitarios son por ejemplo la ablación del clítoris o cualquier otra barbaridad.

Pero el riesgo opuesto es la uniformidad.
No creo que haya que tener ningún culto maniático por la diferencia ni ningún horror no menos maniático ante la homogeneidad. En sí mismas, las diferencias no son buenas por ser diferencias. Algunas son valiosas, enriquecedoras, y aumentan el placer de la experiencia humana, pero otras son residuos atávicos y atroces de un pasado que cuanto antes dejemos olvidado, mejor. En este sentido, la esclavitud es diferente al contrato laboral, pero es que el contrato laboral es mejor, y se ve absurdo que para defender la pluralidad admitiéramos que unos tuvieran contrato laboral y otros fueran esclavos. Ojalá que todo el mundo fuera educado, tuviera una seguridad social y una protección de la infancia, de la mujer en parto, de los ancianos. Lo que podemos lamentar es que el mundo se homogeneiza solamente en aspectos comerciales, con los capitales especulativos yendo de un lado a otro, y no en aquellas cosas que serían deseables, como la defensa de los derechos humanos y la educación.

¿No lamenta usted la globalización?
Es que, en contra de otra superstición que oigo mucho, tampoco veo que el mundo se vaya haciendo todo igual, por desgracia. Entre Suecia y Ruanda no solamente no va habiendo menos diferencias, sino que va habiendo más. Y desde luego los países están llenos de peculiaridades muchas de las cuales son espeluznantes, de modo que ojalá el mundo fuera más uniforme y los derechos fundamentales se respetaran en todas partes por igual.

¿Qué hay que defender entonces?
La capacidad creativa. Lo importante es que se respeten todas las posibilidades de creación que haya en un lado o en otro. Conservar arqueológicamente las peculiaridades porque “son lo que aquí siempre ha existido”, cuando en realidad consisten en que cuatro o cinco folcloristas, o arqueólogos, o antropólogos, inventan y acuñan una identidad y todos los demás tienen que seguir ese camino sin mezclarse con nadie, sinceramente a mí no me parece ninguna ventaja. De modo que lo que me preocupa en todo este asunto no son ni las identidades, por las que no tengo ninguna fascinación, ni la defensa de un pluralismo que creo que está asegurado porque los seres humanos siempre vamos a nacer diferentes unos de otros.

¿Y el mestizaje?
La grandeza de la especie humana está precisamente en que todos somos mestizos. Probablemente cuando nacimos en África todos éramos negros e iguales y poco a poco nos hemos diversificado, adquiriendo diversas etnias, colores, y formas. Esas mezclas múltiples son la sal de la tierra y van a serlo todavía más en un siglo en el que uno puede dar la vuelta al mundo en pocas horas y comunicarse por medio de un ordenador con el otro extremo del planeta. A mí todo lo que sea pureza, pureza de la identidad o de la etnia me parece estéril. La pureza no es fecunda nunca; las vírgenes no tienen hijos.

Según usted, la educación, que define como “la antifatalidad por excelencia, la única forma de liberar a los hombres de su destino”, puede cambiar mucho las cosas…
Sí. Las sociedades en las que la educación no desempeña ningún papel son sociedades estamentales en las que cada grupo está destinado a reproducir la suerte de sus padres o de la minoría a la que pertenece; el hijo del campesino aprende de su padre las labores del campo, las mujeres se informan unas a otras respecto a la cuestión del parto y de los hijos, los militares aprenden a tirar con arco o a montar a caballo puesto que ésos van a ser sus destinos en la sociedad. La educación, en cambio, prepara a seres humanos abiertos y polivalentes que pueden ocupar distintos lugares. Así, la Grecia de Pericles educaba, porque cada ciudadano podía convertirse en cualquier cosa dentro de la sociedad griega, mientras que en la Persia del Gran Rey no se educaba porque cada uno estaba predestinado a ocupar un puesto preciso. En nuestras sociedades de hoy hay también una especie de fatalidad que hace que el hijo del pobre siempre vaya a ser pobre, y que el hijo del ignorante siempre tenga que ser ignorante. Y frente a eso, la educación es el elemento progresista con capacidad de romper con la fatalidad social e inventar algo nuevo: en las sociedades de movilidad social abierta, el hijo del barrendero puede llegar a presidente o a rector de universidad por medio de la educación.

En esa reinvención de la sociedad por medio de la educación, ¿qué papel desempeñan la familia, las instituciones educativas y el propio alumno?
Cuando hablo de educación no me refiero exclusivamente a la académica, que es la más controlable, pero no la única. Aunque las familias han ido evolucionando históricamente y no son como eran hace 50 años, siguen teniendo un papel educativo que tiene que ver con la entrada en el mundo del respeto y del buen conocimiento por la vía del afecto. Lo que ocurre es que hoy los miembros adultos responsables de la familia tienen, o dicen tener, poco tiempo para educar y tienden a pagar para que les descarguen de ese oficio… Por su parte, la educación académica familiariza a los niños con un mundo más igualitario y más abstracto, no meramente afectivo, sino legal, lo cual es una conquista importante. Ahora bien, en último término, quien aprende es el sujeto, el alumno, el neófito. Los profesores lo más que podemos hacer es enseñar, pero aprender sólo lo puede hacer el alumno. De modo que lo que hay que intentar es despertar la vocación de aprender. En cuanto esa vocación ha sido suscitada en una persona, ella misma buscará las mejores vías de aprender.

Sus libros Ética para Amador y Política para Amador eran intentos de explicar a su hijo y, por extensión, a otros jóvenes los grandes principios de esas disciplinas. ¿Cree de verdad que a los jóvenes les interesan esas cosas?
No he conocido nunca a ningún joven que no se interese por esos temas. La gran mayoría no se interesa por los profesores que se los enseñan, pero adolescentes de 15 o 16 años que no se interesan por la libertad, por la belleza, por la justicia o por la muerte… en 30 años que llevo dedicado a la docencia jamás he encontrado ninguno. Sí he conocido algunos adultos que están ocupados ganando dinero o haciendo cosas que ellos creen importantes que han dejado de preocuparse de estas cosas.

Aun a riesgo de aburrirle, no quisiera terminar sin preguntarle si es optimista respecto a una solución del conflicto vasco…
Hay una milonga que dice que muchas veces la esperanza son ganas de descansar. En este caso, tener esperanza es decir: “Ya se arreglará esto, poco a poco, la vida, el tiempo…”.Yo creo que ni el tiempo ni el espacio arreglan nada por sí mismos, soy un pesimista activo. Las cosas no se van a resolver solas; la situación es muy grave y está muy mal. Y labores como la difusión por Europa, para que Europa sepa lo que ocurre y se responsabilice o colabore de alguna forma con los que estamos
luchando contra el fascismo aquí pueden ser útiles. Porque lo mismo que se han movilizado para apoyar a quienes estaban amenazados por el totalitarismo en Kosovo o en otros lugares, aquí también hay que actuar.
Uno cuando hace cosas las hace esperando que salgan bien, y en ese sentido es optimista, porque piensa que haciéndolas la situación puede mejorar. Pero tampoco es un proceso automático. El problema no es que se pongan de acuerdo los partidos soberanistas y los constitucionalistas, eso no tiene nada que ver. ¿Va a cambiar la forma de educar a los chicos? ¿Va a desaparecer la propaganda en la televisión? ¿Va a cesar esa inculcación sistemática de odio en el País Vasco a todo lo que signifique España, o españoles, es decir, a más de la mitad de la población que vive allí? ¿Va a variar eso? ¿Hay alguna medida que se haya aprobado para cambiarlo? De modo que hay que seguir luchando.

¿Y usted va a seguir?
Yo voy a intentar seguir, sí… Si me dejan.