Artículos de INTERNET

Democratización y odio intelectual

Lunes, 31 Octubre 2011

¿Por qué Internet tiene que obligarnos a dejar la lectura, a dejar de escribir, a dejar de pensar? Estoy a favor de la Red siempre que no amenace la profundidad intelectual. Leer un libro no es un acto anticuado

CÉSAR ANTONIO MOLINA

El País, 31/10/2011

 

En el pasado, uno de los autores que más frecuenté fue McLuhan, aquel señor al que Woody Allen hacía aparecer en Annie Hall. El ensayista canadiense, allá por mediados del siglo pasado, cuando todavía existían de manera incipiente medios de comunicación de masas tales como la radio, el cine, pero sobre todo la televisión, hablaba ya no de un cambio de cultura sino de civilización. McLuhan adivinó como pocos lo que iba a suceder, aunque se fue a la tumba sin saber que esos medios se iban a quedar cortos ante la aparición, pocos años después, de este nuevo Polifemo llamado Internet. El cíclope era antropófago. ¿Internet antropófago? Desde su aparición lo ha engullido todo y aquello que se le resiste lo cerca con tretas dignas de su contrincante Odiseo. El héroe de Troya es hoy la lectura profunda, la escritura creadora y el libro, sobre el soporte que sea, tal cual lo concebimos como compendio del saber al menos desde Gutenberg, aunque su ideario ya había sido conformado antes, al menos 400 años antes de Cristo, cuando Platón en el Fedro debate con Sócrates lo bueno y lo malo que la nueva tecnología de la escritura va a traer a la educación y a la cultura basada en la memoria y la oralidad. La memoria (hoy algo tan combatido) que en la filosofía y la estética de los antiguos (también nuestros contemporáneos) era la madre de las Musas, “saber de memoria”, escribe Steiner, “es dejar que el mito, la oración o el poema se ramifique y se expanda en nosotros”.

En los libros de McLuhan hay clarividentes intuiciones sobre el futuro, nuestro presente, a través de los soportes con los que él mismo convivía advirtiendo ya un cambio radical en el individuo y la sociedad. Se refería a máquinas progresivamente más sofisticadas que, por una parte, ayudarían a la actividad humana, pero que, por otra, influirían y condicionarían su conducta. “Estamos acercándonos -dijo- a la fase final de las prolongaciones del hombre, o sea, la simulación técnica de la conciencia”. Así es. Este salto gigantesco en la evolución tecnológica está produciendo un cambio tan radical como jamás aconteció. En un solo soporte la palabra escrita, el sonido y la imagen. ¿Qué nuevos géneros literarios o periodísticos saldrán de aquí? ¿Destronarán a los actuales? Simultaneidad en la información, en las redes sociales, facilidad para almacenar y encontrar. El contenido de un medio, afirmaba McLuhan, importaba menos que el medio en sí mismo a la hora de producir efectos en nosotros. Durante la segunda mitad del siglo XX, a pesar de su cruda y premonitoria verdad, el hombre convivió con estos nuevos instrumentos y, en contra de lo que esperaban muchos vaticinadores infaustos, los unos no se comieron a los otros. La prensa y los libros no solo sobrevivieron sino que alcanzaron cotas desconocidas. Pero el tiempo a McLuhan le ha acabado dando la razón. Cada nuevo medio tecnológico nos cambió y modificó. Pero Internet nos está transformando y manipulando de manera radical, como jamás sucedió antes.

McLuhan pasó de moda, pero ahora vuelve con una verdad que no compartimos en su momento. Aquella referida a que el texto escrito, el libro y la lectura eran una tiranía sobre nuestro pensamiento. Algo que, para él, afortunadamente, había comenzado a resquebrajarse por la acción imparable de los nuevos sistemas de comunicación de masas. Sentí que el autor de Galaxia Gutenberg promovía injustamente el fin de la cultura del libro y propiciaba los nuevos instrumentos audiovisuales uniformadores. ¿Por qué McLuhan atacaba la base tradicional de transmisión del conocimiento? Defendía la democratización de la cultura a través de los medios audiovisuales de comunicación de masas y combatía -él, un intelectual- la aristocracia del saber, debida al libro y la lectura. Este inquietante planteamiento es uno de los que ahora observo desarrollado, con más profundidad, en nuevas monografías. No solo estudiantes, profesionales o profesores confiesan con desparpajo que han dejado de leer libros de papel y que leen solo fragmentariamente en pantalla, sino que los libros son superfluos y que grandes autores de la literatura y obras esenciales ya no les dicen nada. Personas cultivadas muestran claramente un desconocido y desconcertante odio intelectual. Internet facilita el acceso a la información, pero el acceso al conocimiento aún tiene que alcanzarse a través de los usos de siempre. Leer con concentración, atención y en silencio todavía no es algo arcaico y prescindible, se haga a través de cualquier soporte. Lo mismo que la lectura debe ser total y no parcial. La cultura y el conocimiento siempre se obtendrán estudiando: es decir, leyendo. El viejo proceso lineal de pensamiento es el que nos ha conducido hasta nuestros días, ¿por qué no readaptarlo a los nuevos usos tecnológicos? Seguramente es una batalla perdida porque, como dice Nicholas Carr, Internet ofrece tal cantidad de posibilidades que finalmente acaba distrayendo la atención antes reflexiva, concentrada, atenta de la mente lineal ahora desplazada por otra nueva que quiere diseminar información resumida, superficial, poco conflictiva. Que Internet está modificando nuestras costumbres y que el mundo muy pronto será distinto, está claro. Pero eso no significa que abandonemos nuestro espíritu crítico y nos entreguemos a su suerte. No podemos permitirnos el lujo de que nuestros estudiantes pierdan su capacidad para leer, y entreguen su juventud al hipervínculo o al scrolling y que piensen que Don Quijote o Ulises son creaciones incapaces de ayudarles.

Leer un libro no es un acto anticuado. Leerlo entero, compartir su enseñanza, es un acto superior al del mero cazador experimentado en Internet. Nuestros jóvenes se resisten a leer en profundidad y por tanto se resisten a estudiar, a adquirir un conocimiento propio. Han delegado su mente en una máquina, ahora su más fiel amigo. Nuestros jóvenes leen más, escriben más, pero de una manera superficial. Nuestros jóvenes son maestros del puzle. La influencia del ordenador sobre quien lo utiliza es muy grande. Nos estamos dejando vencer por la industria y el mercado, que dictan nuestros gustos y cambian nuestras maneras intelectuales. La modificación del acto, del sentido y el fin de la lectura está ya trayendo los primeros cambios. Como escribe Ong en su libro Oralidad y escritura, las tecnologías no son meras ayudas exteriores, sino también transformaciones interiores de la conciencia y, sobre todo, cuando afectan a la palabra.

La lectura, la cultura, la educación, el saber y el conocimiento no son algo pasivo, sino activo. Si lo delegamos todo en un instrumento, si vaciamos toda nuestra memoria, también perdemos en estos actos parte de nuestra libertad. Radio, cine, televisión, nunca atacaron frontalmente al libro. Compitieron con él robándole espacio y tiempo, pero la cultura por excelencia seguía transmitiéndose a través de la imprenta. Internet es distinto. Archiva, procesa, comparte la información, también la textual, tecnologiza la palabra, la creación. Es un instrumento útil que no debería suplantar sino completar los buenos usos anteriores. Pero no está siendo así. Carr, en ¿Qué está haciendo Internet?, afirma algo que, muy a mi pesar, reconozco como inevitable: que el futuro del conocimiento y la cultura ya no se encuentra en los libros, ni en los periódicos, ni en televisión, sino en los archivos digitales difundidos por nuestro medio universal a la velocidad de la luz.

Libro de papel, libro electrónico, conocemos ya sus ventajas y desventajas. El primero, multisensorial, una obra de arte en sí mismo; el otro, repleto de información, de distracciones, de emboscadas a la textualidad. Me preocupa mucho menos el soporte que el cambio profundo que se está produciendo en la antigua manera de leer, buena, experimentada y sabia. El cambio de forma sufrido por un medio supone un cambio de contenido. Cambio profundo en la manera de leer y en la de escribir.

Muchos jóvenes comentan que no leen novelas porque son demasiado largas para seguirlas en pantalla. Probablemente, en un futuro cercano, las novelas electrónicas serán más visuales que textuales, lo que ya se conoce como vooks. ¿Dónde se hallará el creador? Todo estará socializado y, probablemente, abocado a lo superficial. ¿La lectura “masiva” fue una “breve anomalía” de nuestra historia intelectual y cada vez irá quedando dentro de una minoría que se perpetúa a sí misma, la clase “lectora”? En realidad, ¿no fue siempre así? ¿Por qué este odio intelectual, que lleva a muchos a decir que no debemos llorar por la muerte de la lectura pues estuvo siempre sobrevalorada, así como las grandes obras que la conforman y sus autores, dotados de una genialidad insultante y antidemocrática? ¿Por qué Internet tiene que obligarnos a dejar de leer, a dejar de escribir, a dejar de pensar? En el Fedro, yo estaría de parte de Platón, de parte de la escritura, del avanzar sobre los inconvenientes razonables de Sócrates. Hoy estoy de parte de Internet siempre que, como decía este último, no amenace la profundidad intelectual.

César Antonio Molina es escritor y director de la Casa del Lector y fue ministro de Cultura.

 

Más información, menos conocimiento

Domingo, 31 Julio 2011

MARIO VARGAS LLOSA 31/07/2011

 Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.

Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro, y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo así como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: “Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo”.

Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir a una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil y el Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains y, en español, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido.

Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones.

Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una transformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall MacLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. MacLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr, y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo, indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet.

Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.

No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la “inteligencia artificial” que está a su servicio, soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, en sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado “la mejor y más grande biblioteca del mundo”? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?

No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O’Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: “Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos”. Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para “informarse”. Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: “Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros”.

Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer Guerra y Paz o El Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la Red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que el Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?

La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades, logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos del Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce “la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos”. En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos.

Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero éste me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que -para qué engañarnos- no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la “inteligencia artificial” es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor.

© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011. © Mario Vargas Llosa, 2011.

CONCURSO EDUCARED

Miércoles, 27 Abril 2011

- los participantes podrán presentar trabajos como un blog realizado en blogger,una web creada con editores on-line, una wiki creada con MediaWiki o Wikispaces, un grupo en una red social, trabajos creados con herramientas como Prezi, Google Earth,… o cualquier otraherramienta o aplicación que permita al docente o al grupo de trabajo realizar su proyecto y alcanzar los objetivos didácticos y formativos establecidos.

- Independientemente de la Modalidad de participación, todos los trabajos tendrán asociada una Memoria Descriptiva.En ella deberá registrar los objetivos planteados para el trabajo, por qué eligieron esa temática, por qué se decidieron por unas u otras herramientas de trabajo, metodología didáctica, cómo han trabajado los alumnos, distribución de tareas, vivencias de los alumnos si es el caso, evaluación y autoevaluación…

- La Memoria Descriptiva supondrá el 50% del peso en la valoración y el trabajo o producto final otro 50%, ya que se pretender evaluar tanto el producto final como el proceso de aprendizaje y de construcción del conocimiento.

- todos los trabajos que se presenten al Premio Internacional Educared deben demostrar que cuentan con actividad durante el periodo de trabajo del Premio. Así, aunque un trabajo haya sido iniciado con anterioridad (por ejemplo, a principio del curso escolar) debe demostrarse, mediante el propio trabajo (con su actualización) o la Memoria Descriptiva, que los participantes han realizado parte de su labor en el periodo de trabajo establecido.

El calendario del Premio está organizado en tres fases:Inscripción Periodo de trabajo Evaluación y Fallo del Jurado (1 de marzo al 2 de mayo, 1 de marzo al 6 de junio , Junio a Septiembre)

1.2. Criterios de evaluación.

A continuación se indican los criterios generales de evaluación de los trabajos presentados en esta Modalidad. La suma de la puntuación de estos criterios supondrá el 50% de la valoración final.

- Adecuación del contenido al currículo escolar. Se valorará que el trabajo esté relacionado con los contenidos curriculares o transversales, y que el desarrollo del trabajo está enmarcado en las actividades habituales del aula.

- Trabajo en equipo. Se valorará la construcción compartida del conocimiento y la diversidad de opiniones, así como la planificación, coordinación y organización de tareas dentro del grupo.

- Inmediatez. Se valorará la oportunidad y frecuencia de la renovación de la información así como la reacción a los sucesos del entorno o hallazgos de información que los autores compartan con los lectores.

- Autoría. Se valorará de manera especial aquellos trabajos en los que la autoría de los contenidos sea propia y original, aunque se haya elaborado en base a otras informaciones. Se penalizarán los errores ortográficos así como que la información haya sido copiada y pegada de otras fuentes, sin citarlas ni apreciarse redacción propia.

- Actitud crítica ante la información. Se valorará el empleo de múltiples fuentes de información (siempre referenciando la procedencia), la síntesis de la información, demostrando una actitud crítica y un posicionamiento objetivo ante los datos obtenidos.

- Aspecto visual y calidad técnica. Se valorará la navegabilidad, organización de los contenidos y estética del trabajo: adecuados elementos de navegación, diseño gráfico, uso de imágenes apropiadas, hipervínculos relacionados y accesibles, inclusión de diversoselementos multimedia, etc.

El sistema educativo español o el ‘modelo Bob Esponja’

Domingo, 24 Octubre 2010

UN MODELO CADUCO PARA AFRONTAR EL FUTURO

@Esteban Hernández.- 24/10/2010 (06:00h)

“Durante siglos hemos sido un país de ingeniosos, que confiábamos más en las buenas ocurrencias que en el trabajo concienzudo. Por eso no acabamos de creernos que nuestro futuro va a depender de la educación”. Lo que subraya José Antonio Marina, filósofo y autor de La educación del talento (ed. Ariel) es parte de una situación compleja y contradictoria, ya que ese extendido consenso acerca de la importancia de la educación para nuestro futuro como país no parece trasladarse a hechos: la educación importa a todo el mundo, pero casi nadie se la toma en serio.

Como señala Nieves Segovia, presidenta de la Institución Educativa SEK, algo serio está pasando “cuando aceptamos niveles de fracaso escolar que no se toleran en otros sectores”.  Ante estas circunstancias, la sociedad civil apenas se manifiesta, como si fuese algo de lo que no le compete debatir. “Y no es así en absoluto: estamos ante un modelo caduco que tenemos que tratar de resolver desde un plano distinto y la sociedad civil ha de tener un papel prioritario a la hora de instigar estos cambios”.

Adecuar el sistema educativo a las necesidades de los tiempos, debe ser un objetivo prioritario, según Segovia. Y más aún en España, asegura Carlos Barrabés, presidente de Barrabés Internet, ya que nuestro modelo no es ya el de Peter Pan, el de los niños que se negaban a crecer, “sino el de Bob Esponja: un tipo que hace hamburguesas, que trabaja como un loco y que tiene un jefe que es idiota”.

Barrabés realizó estas declaraciones en el marco del Global Education Forum, un encuentro organizado por Fundación SEK, Institución educativa SEK y la Universidad Camilo José Cela, que se celebró los días 15 y 16 de octubre, y cuyo objetivo era indagar en las tendencias del futuro educativo. Algo esencial, asegura Segovia, toda vez que “hasta ahora no hemos hecho más que dar vueltas concéntricas, señalando las mismas soluciones a los mismos problemas. Nuestra tarea debe ser la de romper ese círculo, examinando los avances que se están produciendo en medicina, psicología y sociología para ver qué nuevas soluciones podemos encontrar”.

Para Marina, fundador de la Universidad de Padres,  si queremos pensar la educación del futuro deberemos tener en cuenta dos pautas. La primera es la escuela, que ha de hacerse más flexible y abierta a la sociedad, logrando que más gente se implique en ella, y que debe fijar muy claramente sus metas, diciéndonos qué tipo de ciudadano quiere formar. La segunda es la pedagogía, ámbito en el que se están produciendo desarrollos importantes. Así,  “tendremos que aprovechar los descubrimientos de la neurociencia, ya que el conocimiento del cerebro nos brindará mejores instrumentos para la educación. Hemos de desarrollar también las posibilidades que nos ofrece nuestro mejor entendimiento del mundo emocional, así como la capacidad de innovación que nos proporcionan las nuevas tecnologías”.

Jóvenes más interactivos

En este sentido, señala Segovia, es básico que comprendamos que nuestro sistema pedagógico no puede ser el industrial, “ese sistema tipo fábrica, con inspección al final del proceso”, ya que las personas que estamos preparando no están destinadas al viejo modelo productivo. “Hemos de tener en cuenta las características de nuestros alumnos, hablar su mismo lenguaje y utilizar sus mismos canales. En este terreno la tecnología es importante, porque nos permite llegar a ellos utilizando su canal y su código”. Para Segovia, si nos dirigimos a ellos a través de canales que no entienden, sólo conseguiremos desmotivarles. “Tenemos que adaptarnos a las nuevas identidades de los jóvenes, que son más interactivos, más globales y que están cerebralmente mucho más preparados para el aprendizaje. Los padres nos criamos en la era de la televisión, nuestros hijos en la de la interacción, por lo que hemos de utilizar herramientas distintas”.

Para Marina, una de las claves del futuro educativo reside en saber aprovechar la ciencia de la inteligencia compartida, esa que surge de la interacción entre las personas. Una de las  iniciativas más interesantes en este terreno es la de las asset building communities, “ciudades que  han diseñado proyectos educativos muy bien organizados y que están resolviendo problemas que nos parecen endémicos, como el botellón, las peleas o la drogadicción, a través de la sinergia con todos los agentes sociales que poseen influencia educativa, como las organizaciones comunitarias, las escolares, las iglesias, los sindicatos y los medios de comunicación”. Para Marina, esta escuela en contexto, que será la del futuro, resulta imprescindible para “recuperar la vinculación social por medio de la cooperación, la responsabilidad, el respeto por la autoridad, la moral, la participación en proyectos colectivos, los valores del civismo, el respeto a los mayores y el esfuerzo para alcanzar metas valiosas”.

Cita como ejemplo The Harlem Project, uno de los experimentos sociales más relevantes de Norteamérica. Es un proyecto educativo-preventivo que atiende a 8.600 niños que viven en un área de sesenta manzanas del barrio de Harlem (Nueva York). Más de la mitad de estos niños viven por debajo del umbral de la pobreza y tres cuartas partes están por debajo de la media de su edad en cuanto a rendimiento académico. “En esta ciudad preventiva, denominada Harlem Children´s Zone, se llevan a cabo veinte programas a cargo de 650 profesionales, que siguen a los niños desde que nacen hasta que cumplen 18 años, y se ocupan de su educación, de los servicios sociales y de la atención sanitaria. Todas las actividades son completamente gratuitas, se financian mediante patrocinadores privados y apoyo estatal”.

Otras experiencias relevantes, afirma Marina tuvieron lugar en  Bogotá, Medellín, y Buenos Aires, “probablemente el ejemplo más completo que se ha hecho de ciudades preventivas”. En España se han realizado algunos ensayos de prevención ciudadana, en Carmona (Sevilla), Arona (Tenerife), Almonte (Huelva), San Adrián del Besós (Barcelona), Ribeira (La Coruña).

Los modelos japonés, americano y finlandés

En el ámbito educativo-curricular también hemos de fijarnos en los planteamientos a nivel macro que se llevaron a cabo en Estados Unidos, para recuperar el liderazgo tecnológico, en Finlandia, para convertir una nación pobre en una potencia tecnológica y en Japón, para alcanzar una creación continua de conocimientos. El modelo americano “se propuso fomentar la creatividad científica desde primaria hasta la universidad, investigando en los métodos precisos para educar la creatividad.  Y dio buen resultado, en especial en las universidades. Se impuso una educación basada en el estudio de casos, es decir, muy cercana la práctica. No se va desde la teoría a la práctica –como se hace en España con malos resultados- sino que desde el enfrentamiento con problemas reales se va hacia la teoría que debe resolverlos”.

El modelo finlandés pudo realizarse “gracias al acuerdo de todos los agentes sociales acerca del modelo de globalización que querían para su país, uno de cuyos elementos fundamentales fue la educación. Dieron máxima prioridad a la formación de profesores, y al prestigio de la profesión, y se propusieron detectar cualquier fracaso educativo en sus inicios e intentar remediarlo inmediatamente”. Japón, por el contrario, puso todo el énfasis en la adquisición de conocimientos, “insistiendo en el trabajo duro del alumno, bajo la presión de los padres. Tiene muchas horas de clase, y han tenido algunos problemas por la excesiva exigencia. La industria tiene muy claro que crear conocimiento es necesario para sobrevivir y cuida mucho el estímulo para los equipos de investigación”.

Pero más allá del camino que escojamos, asegura Segovia, lo que sabemos del futuro es que deberemos desarrollar nuevas habilidades para adaptarnos a un entorno de gran incertidumbre, ya que “cambiaremos de empleo de 12 a 14 veces a lo largo de nuestra vida profesional. Además, 3 de 4 alumnos  de educación infantil trabajarán en ocupaciones que todavía no existen”.  En consecuencia, las instituciones educativas han de fijarse como tarea esencial la de “ayudar a sus estudiantes a gestionar los cambios, potenciando habilidades superiores como la creatividad, la empatía, la capacidad de innovar y de pensar críticamente. La memorización ya no será tan necesaria, puesto que habremos de huir de las tareas rutinarias hacia un conocimiento más holístico. Todo lo que tenga que ver con la creatividad va a estar en el centro”.

 

Ciberprogreso, mito creciente

Domingo, 24 Octubre 2010

MARGARITA RIVIÈRE

 

EL PAÍS  -  Opinión - 24-10-2010 Un potente mito crece, sin darnos cuenta, ante nuestros ojos: la tecnología aparece cada vez más como sinónimo de inteligencia, de progreso y de panacea capaz de solucionar todos nuestros problemas. ¿En qué consiste ya esa “sociedad del conocimiento” salvo en equiparar a un niño que maneja un ordenador con un sabio y en establecer que un adulto que se mueve entre Facebook y Twitter pertenece a una clase social con oportunidades infinitas de prestigio y consideración mientras quien no acepta estas premisas es excluido del futuro colectivo?

Es obvio que ordenadores, móviles y toda la panoplia de instrumentos digitales que se utilizan en medicina, automovilismo y en las industrias imprescindibles para mejorar la vida humana son parte decisiva en el progreso humano. Quede claro. Quien esto escribe no está en contra de la tecnología per se porque sería una estupidez. Hay que aclararlo: parte del mito tecnológico se construye contra los diplodocus que se atreven a levantar la voz advirtiendo de los cambios sociales que toda innovación tecnológica conlleva. Umberto Eco me dijo hace más de 10 años que “el exceso de información cambia nuestra cabeza”. La avalancha tecnológica ya se percibía entonces y Eco pronosticaba que se transformaría en “naturaleza”. Eso es lo que ha sucedido: la tecnología es ya nuestro hábitat hegemónico y el dulce dictador de lo socialmente correcto. Datos recientes del Instituto Nacional de Estadística, publicados en EL PAÍS -2 de octubre de 2010-, aseguran que a los 10 años un 78% de los niños españoles navega por Internet y el 68% de los de 12 años tiene móvil. Nadie dice qué hacen esos niños con el móvil o Internet. Son nativos digitales, generaciones aptas para que el cibermito presuma de avance: cierto, para según qué manejos, como cambiar la melodía del móvil o controlar un DVD, los hijos enseñan a los padres. De lo cual, este mito de la maravilla digital, saca la conclusión -precipitada- de que las generaciones anteriores y una mayoría de adultos no pueden enseñar nada a sus hijos y hay que prescindir de sus reticencias ante el monopolio del progreso que exhibe lo tecnológico. La tecnología requiere -nadie discute hoy su poder y atractivo- individuos entregados, gente que prefiera el ciberespacio a la vida real. Los 500 millones de usuarios que reivindica Facebook -cuyo propietario, de 27 años, uno de los hombres más ricos del mundo, da pie a una polémica película Millonarios por accidente, se jactó en Davos (2009) de que trabajaba en “la industria de la intimidad” y es, por sí mismo, parte del mito-, los millones de compradores de iPad, e-book y demás gadgets de “lo último de lo último” de la industria digital, son una realidad que confirma el poder de las Tics. No vamos a discutir eso a estas alturas: mucha gente, fascinada como todos, quiere jugar. El programa Escuela 2.0, ahora en vigor en España con desigual aplicación, es una iniciativa del Gobierno de Zapatero dedicada a dotar con portátiles a 400.000 estudiantes, instruir a 20.000 profesores y digitalizar no menos de 14.400 aulas. Excelente idea, cuyo desarrollo precipitado e improvisación -¿nos encontramos ante un “profesorado envejecido” como asegura el responsable del máster de formación del profesorado de la Complutense de Madrid?, ¿a partir de qué se considera envejecido a un profesor?- no ha hecho sino fomentar el mito en su forma más brutal: niño + ordenador = sabio. ¿Serán estos pequeños monstruos digitales la crema de la sociedad del conocimiento del siglo XXI? ¿Excluirá esta cibercultura todo lo demás? ¿Serán estos sabios grandes ignorantes de lo que hasta ahora se ha entendido como patrimonio civilizatorio? Siempre pongo un ejemplo ante este tipo de incógnitas: ¿quién sabe hoy coser, que era un saber común en las culturas anteriores y un patrimonio civilizador de importancia decisiva? Me temo que a pocos preocupa que estas habilidades desaparezcan: hoy cosen robots y la ropa es de usar y tirar. Eso sí, mucha más gente tiene acceso a un vestido digno, si no, no existiría un fenómeno como Inditex. Y ahí está la madre del cordero: el mito tecnológico, religión contemporánea con millones de seguidores, es más un fenómeno comercial que inteligente. Estamos en la época del hombre centauro -mitad máquina, mitad persona- como dice Paolo Fabbri. Y la industria de las cibermáquinas tiene todas las de ganar, pone todas las condiciones -véase la devaluación de la propiedad intelectual- en cuanto a los contenidos que transmiten. Una de las condiciones imprescindibles es que la máquina entretenga. No se trata de aprender, sino de pasar el rato. El mito permite el control de los individuos por métodos muy sofisticados -en Francia llevan tiempo trabajando sobre el “derecho al olvido digital”- y promueve la educación de un ciberindividuo de perfil estremecedor por su analfabetismo sobre la vida no virtual. Pero eso no se discute, simplemente se acata. Y se suele descalificar a quien pone objeciones: un estilo tiránico.

Nacho Rodríguez, el asturiano que anima la red

Lunes, 18 Octubre 2010

El creador ovetense, alias Nacho Tururú, alcanza gran éxito con sus episodios de las aventuras de «Mr. Coo», además de con sus sólidos trabajos en el videoclip y el cómic

Nacho Rodríguez es de Oviedo, del barrio del Cristo. Tiene 30 años y comenzó cerca de la adolescencia con sus pequeñas cosas de dibujos y animación. Ahora es un animador consolidado, sobre todo en la red. Ahí triunfan sus historias, últimamente lo hace con «Mr. Coo». Animación, guión y dibujos con personalidad. Historias con mensaje y un toque de fino humor. Habla desde Lille (Francia) con LA NUEVA ESPAÑA. Nacho Rodríguez usa el alias de Nacho Tururú: «Me cuestan las palabras. Son todas absurdas y mentirosas. Y me he puesto una palabra absurda», dice.

Su nombre se repite ahora en la red por el parecido de «Day & Night», el corto previo a «Toy Story 3», con el Mr. Coo de Nacho Rodríguez. «Me enteré del tema por un colega animador canadiense; me preguntó si había trabajado en el corto, el previo a “Toy Story”. Reconoció mi estilo. Y sí, lo reconocí y cuantas más veces lo veía más me parecía y me pareció que se habían inspirado mucho en Mr. Coo. Para mí es evidente, salvo que un personaje es verde y el otro amarillo», apunta.

Efectivamente, observando ambas historietas se identifica tal «inspiración», como dice el ovetense. Cuenta Nacho Tururú que intenta ponerse en contacto con el productor designer de «Day & Night», Don Shart. Pero no le es posible, le rechaza los mensajes. Por lo visto sólo admite admiradores. «Me provoca orgullo y enfado mezclado, pero estas cosas pasan. No es la primera vez que Pixar se inspira en independientes».

Al margen de este debate, este ovetense está en la cresta de la ola de este arte, un trabajo que hay que currarse duramente, y cuando se empieza en esto de crío, como él, se hace más cuesta arriba: «Hace falta dibujar muchos fotogramas. Y después de dibujar mucho, ves que no da para nada, no ocupa espacio. El movimiento tiene unas leyes muy complejas. Alrededor de los 19 años descubrí Flash, que es muy versátil. Permite hacer páginas web, animación? Es fácil. No me costó mucho. Permite a cualquiera aprender con rapidez», explica.

Dicho está, su estrella es Mr. Coo, una serie de historias con un personaje muy llamativo que en seguida engancha. Relata Nacho Rodríguez que en 2004 trabajaba para Salvamania.com; por cierto, después de acabar Bella Artes: «Un día le pedí permiso al jefe para hacer una cosa a mi bola. Me salió esta cosa improvisada. El guión es mío y básicamente lo voy improvisando sobre el dibujo. Veo cómo lo puedo introducir. Creatividad muy positiva, mejor que el guión cerrado. En mi caso, si no improviso le falta vida», argumenta.

Es muy importante la música en sus historias. «Para Mr. Coo hice la animación con músicas del jazz». Un poco un guiño a «La Pantera Rosa». «No me cierro a ningún estilo».

-¿Y los circuitos de animación clásica, los de la tele de toda la vida?

-Estoy bastante a gusto como estoy. No me interesa mucho por la pérdida de libertad. Me han contado historias de cómo funciona la tele. Es difícil contar buenas historias que no estén filtradas por la corrección política. En TV3, por ejemplo, no puedes hacer una historia donde el padre sea más alto que la madre por ese miedo al machismo. O el niño puede ser un poco tonto, pero nunca la niña.

En el recorrido artístico de Nacho Rodríguez tiene una importancia considerable el mundo del cómic. En este campo cuenta sus experiencias con revistas tan contundentes e históricas como «El Víbora»: «Quería dedicarme al cómic. Me parece un medio lleno de posibilidades. Hablé con los de “El Víbora”, que era lo más “underground;” por entonces estaban en decadencia. Lo de ellos eran tetas en la portada. Me dijeron que querían que sus personajes no fueran tan narizotas para diferenciarlos de los de “El Jueves”».

Otra faceta de Nacho Rodríguez tiene que ver con la parte musical, con los videoclips: «Dentro de poco voy a sacar un videoclip del grupo “Lo:muêso”, de Barcelona. Será mi tercer videoclip. El mundo del videoclip me gusta mucho, hay mucha libertad. Anteriormente ya hice uno para “Pumuky” (nombrado por MTV de los mejores españoles) con la ilustradora noruega Gina Thorstensen», comenta este asturiano, cuyo talento ya se aprecia en muchos lugares

Nativos digitales

Sábado, 2 Octubre 2010

TOMÀS DELCLÓS

EL PAÍS  -  Sociedad - 02-10-2010 La llegada de las nuevas tecnologías supuso que los ciudadanos tuvieran que inmigrar a un planeta digital que muchos contemplaban como algo inhóspito. Y ayudaba una informática poco amigable. En la medida que manejarla no exige rutinas ingenieriles y que su empleo es forzoso en lo laboral y ayuda en la vida cotidiana, la cacharrería digital ha entrado en los hogares. Es más, muchos ni tan siquiera advierten que tienen tratos con la informática, un caso, cuando conducen un coche o acuden a un hospital. Cada vez se hace más invisible.Hasta ahora Internet, por ejemplo, ha sido un espacio para las personas, pero ya se habla del Internet de las cosas, todas interconectadas y, gracias a ello, con una inteligencia superior de funcionamiento. Pero en el planeta digital hay unos habitantes que ya han nacido en él: los nativos. El empleo de ordenadores entre la población infantil (de entre 10 y 15 años) es prácticamente universal, un 94,6%, y la mayoría de ellos trata con Internet. Y un dato saludable, no hay diferencia de sexos en el empleo de los ordenadores y si la hay, en el caso de la telefonía móvil, es a favor de las chicas. Pero no todo está hecho. Además de mejorar los porcentajes de equipamiento por zonas y franjas de edad hay que profundizar la cultura de uso para que el ordenador sea algo más que un mueble moderno. Más de 11,5 millones de personas de 16 a 74 años disponen de DNI o de otros certificados de firma electrónica. Pero de ellos, solo el 4,7% ha usado el DNI digital en sus relaciones con las Administraciones. Y apenas un 17,4% acude a las tiendas en línea. Uno de los factores retardatarios para el uso frecuente y tranquilo de los ordenadores e Internet es la seguridad. Más del 72% teme ser víctima de un virus y, aunque apenas un 1,7% ha tenido problemas en este terreno, a un 62,6% le preocupa que los niños puedan acceder a páginas inapropiadas o a contactos con indeseables. Estos miedos razonables son inhibitorios y la encuesta refleja que distintos porcentajes de población se han retraído en determinados usos de la Red por este motivo. La batalla contra la brecha digital no puede consistir solo en mejorar el equipamiento de la población y que el acceso a Internet sea más veloz y asequible económicamente. También hay que combatir los miedos y ello implica a una industria que debe ofrecer máquinas y servicios fiables y una cultura de uso que, consciente de los riesgos, no los argumente para desentenderse de algo que ya es vital para su vida diaria.

El salto a lo digital es imparable

Sábado, 2 Octubre 2010

Pese a la crisis, se dispara el acceso a Internet y el empleo de nuevas tecnologías en los hogares - Los niños tiran del carro con un uso precoz e intensivoPATRICIA M. LICERAS

EL PAÍS  -  Sociedad - 02-10-2010 Como una mancha de aceite. Así se está extendiendo el uso de las nuevas tecnologías en la sociedad. Ni una recesión sin precedentes, ni un paro por encima del 20%, ni la rebaja de salarios ha frenado el rápido ritmo de incorporación de los españoles a la sociedad de la información, es decir, a la conexión de banda ancha a Internet, en medio de un creciente número de dispositivos multimedia. Con retraso, pero ya con prisa, España se digitaliza a pasos acelerados. Y reduce así la brecha con la Europa más avanzada.El proceso viene liderado por los más jóvenes de la casa, los llamados nativos digitales, chicos nacidos ya rodeados de tecnología y usuarios intensivos de ella desde edades cada vez más tempranas. Con 10 años la mayoría de los niños navega por la Red y con 12 tiene móvil, pero los indicadores de uso de tecnología muestran una mejora general en todas las edades que apunta hacia una sociedad digitalizada al 100% en el futuro. El 57,4% de los hogares dispone de conexión de banda ancha a Internet, un 11,6% más que en 2009, mientras que el número de internautas ha crecido un 7,1% en el último año y supera los 22,2 millones de personas, según la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de la Información y Comunicación en los Hogares publicada ayer por el Instituto Nacional de Estadística (INE). “La gente necesita estar conectada y es capaz de sacrificar lo que sea antes de quedarse sin ese vínculo”, asegura Fermín Bouza, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Y llama la atención sobre el hecho de que, pese a la situación económica, “la sociedad del conocimiento se mantiene intacta: ha crecido el uso de las nuevas tecnologías, pero tampoco ha bajado la venta de libros, ni el número de matriculaciones en las universidades. Es un buen indicador de que hay una cierta normalidad dentro de la crisis”. “La clave de esta expansión, sobre todo de Internet, es que la Red es útil, necesaria y divertida. No hay nada tan motivador como lo que entretiene. Internet siempre ha sido un entorno rabiosamente social, público, donde encontrar y conectar con gente, con cualquier fin”, dice Joan Mayans i Planells, presidente del Observatorio para la Cibersociedad. Junto a Internet, un amplio repertorio de aparatos tecnológicos -ordenadores, teléfonos, DVD, receptores de TDT- pueblan cada vez más nuestras casas, oficinas y nuestros bolsillos. Los expertos consultados coinciden en que la generalización de su uso es positiva, siempre y cuando ese manejo, como ocurre en otros ámbitos, se haga de manera segura y responsable. “Los más jóvenes son los que están tirando del carro de las nuevas tecnologías, y el problema es que estos nativos digitales van a una escuela anclada en la Edad Media, que sigue dependiendo del libro de texto”, lamenta el sociólogo Rafael Feito, profesor del máster de formación del profesorado de la Universidad Complutense de Madrid. “Nos encontramos ante un profesorado envejecido, pues existe una correlación entre la edad y el uso de las nuevas tecnologías, y eso tiene que cambiar”, resalta. Y apunta otro escollo, la resistencia a lo que Internet significa en el seno del sistema educativo. “Supone una redistribución del poder social dentro del aula. Hasta ahora había una concepción unidireccional de la enseñanza, la impartida del profesor al alumno, y la Red -con todas las posibilidades que abre- democratiza un sistema muy autoritario”, manifiesta. Guillermo Cánovas, presidente de Protégeles, organización dedicada a la protección de los menores en el ámbito de las nuevas tecnologías, dependiente de la Comisión Europea, destaca el déficit de conocimiento en las familias. “Son los más pequeños de la casa los que programan el DVD al padre o le cambian la melodía del móvil; los padres, como el sistema educativo, están de espaldas a este avance, de modo que los menores se ven obligados a manejarse en ese mundo solos, sin pautas”, critica Cánovas. El uso del ordenador por los menores de entre 10 y 15 años es prácticamente universal (94,6%), mientras que el 87,3% utiliza Internet, según el INE. Con 10 años, el 78% navega por la Red y el 29,8% tiene móvil; con 15 años, el porcentaje asciende al 93,1% y al 92,1%, respectivamente. La edad en que el móvil se convierte en mayoritario son los 12 años: un 68% lo tiene. “Tan necesario es que nuestros niños usen un ordenador a los cinco años como lo era hace 50 que aprendieran a leer o a utilizar un lápiz o una tiza. Los ordenadores, la conexión a Internet, son una parte de nuestro presente, pero para los niños esa parte es innegociable, imprescindible”, subraya el presidente del Observatorio para la Cibersociedad. Sin embargo, para ser un usuario con criterio y saber separar el grano de la paja, la formación es crucial. “Que sean nativos digitales no quiere decir que ya lo sepan todo sobre cómo usar un ordenador o conectarse a Internet. Al contrario, precisan una guía, una formación, una orientación para entender y sacar partido de esta ágora de información y personas. El ciberespacio es un espacio donde van a desarrollar su vida”, asevera Mayans. El presidente de Protégeles lo ilustra con un ejemplo. “Es como si al niño le das un coche sin enseñarle previamente las normas de circulación y alertarle de los riesgos de beber al volante”. Los expertos ponen el acento principalmente en el sistema educativo, en la necesidad de educar a los profesores para que estos a su vez formen a los jóvenes. “Hemos dado conferencias en 2.000 colegios e institutos de toda España y el resultado siempre es el mismo: los chicos abrazan las nuevas tecnologías”, indica Cánovas. Una formación previa básica para un uso seguro y responsable de las nuevas tecnologías que ayudará a disipar los miedos en torno a las mismas, un recelo fruto en muchas ocasiones del desconocimiento. “El hijo pide el ordenador o el móvil y los padres ceden, otros no, más que por falta de recursos, para evitar un problema de tipo moral, por puritanismo, pero prácticamente todos recelan por miedo a que los chicos se pierdan en un mundo que no controlan”, dice el sociólogo Bouza. “Los chicos utilizan el móvil o se conectan a la Red, primero, para comunicarse y, segundo, para divertirse. Ambas cosas son buenas y necesarias”, explica Cánovas. El presidente del Observatorio para la Cibersociedad afirma que se invocan los mismos peligros desde hace mucho tiempo: amenaza a la privacidad, posibilidad de fraude, utilización de nuestras pautas de comportamiento sociales con fines comerciales… “Estos peligros no son más que la consecuencia del aumento del tráfico en la Red y de la diversidad de perfiles conectados”, dice. “Engañar a alguien es igual de probable a pie de escalera que a través de un correo electrónico”, apunta el presidente de Protégeles. Cada vez que el universo de usuarios de Internet se acerca más al universo que conforma toda la sociedad, más se parecen las virtudes y defectos de uno y otro mundo, opina Mayans. “Internet no es ni más ni menos moral, peligroso, obsceno o divertido de lo que somos sus usuarios”, considera. Y augura el próximo paso, “el de los bolsillos”. “Cuando toda la potencia lúdica y social de Internet sea realmente operable desde nuestros dispositivos de bolsillo (eso a lo que antes llamábamos teléfono móvil), daremos otro salto evolutivo”. De seguir este crecimiento exponencial en el uso de las nuevas tecnologías, España, pese a su retraso histórico, parece preparada para ese siguiente escenario. Para ello, el presidente del Observatorio para la Cibersociedad, da un consejo. “Ante una sociedad híbrida donde la tecnología digital y las relaciones sociales se entrecruzan para formar un solo todo, deberían empezar a usarse los ordenadores ya en las guarderías”.

Memoria y olvido en la era de Internet

Jueves, 30 Septiembre 2010

¿Cómo dejar atrás algo que la Red ha fijado como un recuerdo imborrable? La banalización de lo privado con el auge de las redes sociales nos hará perder algo que nos ha pertenecido durante siglos: nuestra intimidad

ERNESTO HERNÁNDEZ BUSTO

EL PAÍS  -  Opinión - 30-09-2010 No creo que la sociedad entienda lo que sucede cuando todo está disponible, listo para ser conocido y almacenado indefinidamente”, dijo Eric Schmidt, consejero delegado de Google, en una entrevista concedida a The Wall Street Journal el pasado 14 de agosto. Y también predijo que los jóvenes que hoy hacen un intenso uso de las redes sociales podrían un día no muy lejano exigir el derecho a cambiar sus nombres para escapar de su pasado en Internet.

Cambiar de nombre parece complicado, pero no tanto cuando lo que está en juego es más complejo que un simple episodio embarazoso del pasado. Vean el ejemplo de Andrew Feldmar, un psicoterapeuta canadiense, que hace tres años se dirigía a recoger a un amigo en el aeropuerto de Seattle y se topó con un guardia fronterizo al que se le ocurrió buscar su nombre en Internet. Se enteró así de que Feldmar había escrito un artículo (en primera persona) sobre el uso del LSD en la década de los sesenta. El artículo, publicado en una oscura revista interdisciplinaria, le costó a Feldmar su entrada al país donde trabajaba, en el que vivían sus dos hijos, etcétera. Cada vez son más frecuentes estos casos en los que una simple búsqueda en la Red se convierte en requisito no superado. ¿Cómo impedir que Internet recuerde algo que queremos olvidar? Y sobre todo, ¿cómo hacerlo ahora que Google, Yahoo o Microsoft pueden almacenar todas nuestras búsquedas, hasta el punto de recordar nuestra vida mejor que nosotros mismos? La banalización de lo privado que acompaña el auge de las redes sociales podría ser uno de los efectos colaterales de nuestra falta de control sobre algo que nos ha pertenecido en exclusiva durante siglos. ¿Qué más da que cualquiera pueda tener acceso a mi intimidad si no tengo, en realidad, nada que ocultar?, concluyen hoy los adolescentes que han hecho de Facebook un ritual imprescindible. Dentro de unos años, tal vez cambien de idea. Pero ese pasado seguirá presente. Schmidt no es el primero, ni el único, en cuestionar las implicaciones éticas y culturales de este cambio decisivo en el estatus de la intimidad. Los defensores de la democracia han celebrado el paso de una Red concebida como herramienta para acceder a la información en herramienta para compartir información (¡viva el prosumer!). Pero no se han debatido lo suficiente las implicaciones de otra transformación: el paso de un mundo donde recordar era la excepción (y olvidar era “lo natural”) a un orbe digitalizado donde la tecnología invierte esos términos; ahora mantener el máximo de información digital disponible no solo es una meta alcanzable, sino un proceso mucho más fácil y económico que el que implica borrarla u olvidarla. Por supuesto, ello puede implicar ventajas sociales. Pero cuando hablamos de información personal, el paso de una cultura más proclive a la memoria que al olvido pone de manifiesto ciertas aristas polémicas. En su célebre relato Funes el memorioso, Jorge Luis Borges imagina a un personaje al que una caída del caballo le ha provocado la incapacidad de olvidar. Durante 19 años, Ireneo Funes “vivió como quien sueña”; después del accidente adquirió una descomunal cultura libresca. Sin embargo, es incapaz de pensar “en ideas generales, platónicas”; su memoria perfecta le impide ir más allá de las palabras. No es capaz de generalizar ni de hacer abstracciones, los demasiados árboles de su memoria perfecta le impiden ver el bosque del pensamiento. La hipótesis de Borges demostró rebasar la ficción cuando hace tres años Joshua Foer entrevistó a la mujer que la literatura clínica conoce como AJ, una empleada administrativa de California que recuerda perfectamente cada día de su vida desde que tenía 11 años. Esta memoria incontrolable y automática, “como una película que nunca se detiene”, ha terminado provocándole una especie de vasallaje cerebral. Tanto ella como otras personas que padecen el llamado “síndrome hipertiméstico” no han demostrado ser mucho más inteligentes ni más felices que el resto de los mortales. Los neurólogos arguyen que el olvido es parte central de la experiencia humana y del proceso mismo del pensamiento; la vasta red de sinapsis de un cerebro normal se vería desbordada si recordáramos exactamente cada hecho del pasado y cada estímulo que recibimos. Se trata, por supuesto, del esbozo de un asunto muy complejo: hay diferentes tipos de memoria, condiciones que facilitan recuerdos, olvidos traumáticos… pero todo parece indicar que el olvido cumple no solo con la segunda ley de la termodinámica, sino también con ciertos requerimientos evolutivos. Más que una limitación, se trata de una necesidad humana. El paso de lo análogo a lo digital (como estudia en detalle Viktor Mayer-Schönberger en su reciente libro Delete. The virtue of forgetting in the Digital Age ha alterado de manera fundamental qué información puede ser recordada, cómo puede ser recordada y a qué costo. Hasta hace poco, mucha de esa información sencillamente “estaba ahí”. Ahora, es parte de una cultura del intercambio, donde no solo escapa al control de quien decide compartirla, sino también al contexto de secuencia temporal y empatía emocional que se asocia con la memoria humana. “Nuestro pasado está cada vez más grabado como un tatuaje en nuestra piel digital… La Red ha olvidado cómo olvidar”, escribía -¡hace más de 12 años!- J. D. Lasica. Es poco probable que esta superabundancia de “huellas digitales” (en el sentido tecnológico de la expresión) acabe integrada en una orwelliana red de vigilancia universal. Y sin duda, la facilidad para acceder a información que antes resultaba olvidada o de difícil acceso contribuyen a la innovación y al crecimiento económico de las sociedades informatizadas. Pero una mirada minuciosa a los supuestos beneficios de una memoria digital omnipresente revela un paisaje bastante más ambiguo. En realidad, el uso sistemático de nuestra increíble capacidad actual de recordar lo almacenado por medios digitales representa un reto para nuestra aptitud de adaptación y aprendizaje. Luego de facilitar varios ejemplos, tanto benéficos como perjudiciales, de la manera en que esta nueva condición afecta nuestras vidas, Mayer-Schönberger escribe: “Durante milenios, los seres humanos han vivido en un mundo de olvido. La conducta individual, los mecanismos y procesos sociales y los valores humanos han incorporado y reflejado este hecho. Sería ingenuo pensar que dejar atrás esta parte fundamental de la naturaleza humana con la ayuda de la digitalización y la tecnología será un asunto indoloro. Hay numerosas maneras en que los seres humanos se ajustan rápidamente a diferentes condiciones ambientales, pero los trazos fundamentales de la conducta humana tardan varias generaciones en ser alterados o reemplazados. Incluso si somos capaces de hacer frente a este nuevo mundo de recuerdo automático y pasar por una fase de ajuste doloroso, ¿lo veríamos como un avance importante o más bien como una terrible maldición?”. Algunas de estas dudas han provocado las declaraciones de Schmidt. Otros analistas creen que si no hay suficiente transparencia social, la memoria digital puede no representar una ventaja. Como parte esencial de la arquitectura de la libertad contemporánea, Internet no debería priorizar el derecho a recordar sobre el derecho al olvido. Al menos, no puede hacerlo sin que ello implique, al mismo tiempo, una simplificación de la memoria humana. En su relato perfecto y conmovedor de la desventura de Funes, Borges deja caer un juicio que vale para quienes hoy abogan por la “memoria total”, aunque esta venga despojada de perspectiva y amenace, incluso, nuestra capacidad de decisiones racionales: “Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado”.

http://www.elpais.com/solotexto/articulo.html?xref=20100930elpepiopi_11&type=Tes&anchor=elpepiopi

Si estás aquí, esto es lo que hay

Domingo, 26 Septiembre 2010

La Realidad Aumentada, último ‘hit’ tecnológico, permite ver en el móvil qué bares hay cerca, qué restaurantes, qué comentan los amigos sobre el menú o dónde está el cajero más próximo

JOSEBA ELOLA

EL PAÍS  -  Sociedad - 26-09-2010 El teléfono inteligente, colocado en el salpicadero. El conductor llega a un barrio complicado para aparcar y activa la opción de búsqueda de plazas. En la pantalla, la información de las plazas libres en esa zona. Hay doce disponibles.

Quiere más detalles, quiere ver cómo es la plaza para que le entre su gran coche. Lo ve en su teléfono, sabiendo que algún día lo verá proyectado en el propio parabrisas, como veía Tom Cruise las cosas en Minority Report, filme futurista de Spielberg. ¿Es éste el sueño húmedo del conductor harto de dar vueltas a la manzana? No: más bien es algo que está al caer. Algo que ya se está probando en Londres y Nueva York. Algo que un grupo de inquietos emprendedores está intentando sacar adelante en Madrid. Algo que forma parte de la llamada Realidad Aumentada (RA), último hit tecnológico que promete cambiar alguno de nuestros usos y, a decir de algunos, nuestro modo de vida. La Realidad Aumentada funciona mediante dispositivos que añaden información a la información física ya existente. Amplia el mundo real mediante la aplicación a imágenes de vídeo de capas generadas por ordenador. El señor Smith, un turista británico ficticio muy puesto en las últimas tecnologías, se sitúa frente a la Sagrada Familia de Barcelona y la enfoca con el móvil (con un iPhone o con un teléfono con el sistema Android). Sobre la imagen que capta la cámara de vídeo del móvil aparece sobreimpresionada una etiqueta flotante con información. Cuenta que empezó a ser construida en 1882, que es la obra maestra de Antoni Gaudí, etc., etc., bla, bla, bla. Pero el turista que está frente al monumento nota que le suenan las tripas, tiene hambre, así que se gira y enfoca hacia el Passatge de Simó, a ver si le aparece algún restaurante y algún hotel por si la siesta se impusiera de rotundísimo modo. La aplicación de la guía de Lonely Planet le recomienda que para dormir opte por un hotelito con encanto que sale barato y queda cerca. El señor Smith, que lleva un rato con el brazo en alto, girando sobre sí mismo con el móvil para captar la información circundante, baja el brazo para descansar. Ya sabe dónde va a comer y dónde se echará su española siesta. Ve un cartel que no logra entender: el móvil se lo traduce, enfocando el letrero con su móvil. Bien, pues toda esta secuencia es ficticia, pero todo ello se puede hacer hoy, ya, aquí, de modo real. Con un teléfono inteligente y con una serie de aplicaciones que uno se baja gratuitamente. Excepto la de Lonely Planet, que es de pago. Un mundo así es el que nos propone la realidad aumentada. Un lugar en el que ya viven los más friquis. El resto de humanos, siempre a la zaga, empieza a oír comentar del tema o, sencillamente, no sabe de qué diablos le hablan cuando escucha eso de Realidad Aumentada. “Es un cambio radical en la manera de representar la información sobre la realidad”, dice Fernando Garrido, sociólogo experto en nuevas tecnologías, que con entusiasmo engrosa la partida de los friquis. “Ofrece posibilidades muy jugosas. Creo que estas aplicaciones tienen futuro porque son sencillas y se pueden llevar a nuestra vida cotidiana”. Foursquare es uno de los orígenes de todo este fenómeno. “Fue el que creó la demanda”, manifiesta Enrique Dans, profesor de la IE Business School y analista del impacto de las nuevas tecnologías en nuestra vida. Foursquare es una plataforma que te permite pasar por delante de un restaurante y saber qué opinan tus amigos (y los no amigos) del menú que allí ofrecen. Cada vez que vas a un sitio, puntúas y añades un comentario. El que llegue detrás lo podrá leer. “Es muy vicioso y ahora Facebook lo acaba de vampirizar. Va a ser todo un fenómeno”, vaticina Dans. El turismo es sin duda uno de los sectores clave para el desarrollo de la Realidad Aumentada. Y las guías Lonely Planet han sido rápidas en posicionarse en el nuevo mercado. El pasado 5 de agosto lanzaron su aplicación de RA para viajeros británicos y estadounidenses. En conversación telefónica desde Londres, Kelly Brough, directora de la estrategia digital de la firma viajera, afirma que se mantienen los criterios que tan buena reputación han granjeado a Lonely Planet en papel. “La información que ofrecemos es independiente”, asegura la ejecutiva australiana. La aplicación de las famosas guías de viajes cuesta 4,99 dólares (3,7 euros) en la tienda de Google Android. Brough, que no facilita datos de cuántas aplicaciones se han vendido desde su lanzamiento, se muestra confiada en la línea de negocio que se abre en este campo. Y eso que uno puede conseguir información gratuita de Google con esos mismos terminales. “Google te da todo. Nosotros, la información de nuestros autores, nuestra visión del mundo, nuestro contenido recomendado”. Es decir, hoteles, restaurantes, sitios que visitar, etc. La aplicación ofrece información de 25 ciudades del mundo. Entre ellas, Barcelona, única representación española. En Google también tienen clara la apuesta por esta tecnología. “La realidad aumentada cada vez va a ser más común. La vía de entrada son los teléfonos móviles, pero la tendremos en los coches, en las teles”, comenta desde Londres Javier Arias, asturiano afincado en la City que trabaja en el departamento de alianzas estratégicas del gigante web. “La Realidad Aumentada nos puede cambiar la vida porque nos ayuda a tomar mejores decisiones”, dice Arias. Se trata de una tecnología, explica, que facilita el matching, es decir, casar lo que el usuario busca con lo que se le ofrece. “En ese momento, la publicidad se convierte en información. Cuanto más exacta sea la información que le mostremos, más valor tendrá para el usuario”. Tomás Barceló apunta con su iPhone al cielo. En la pantalla aparecen una serie de etiquetas flotantes que indican la información en Realidad Aumentada disponible en los alrededores. Opta por presionar en su teléfono el canal de la Empresa Municipal de Transportes para ver qué paradas de bus hay cerca. El teléfono indica que hay cincuenta en un kilómetro a la redonda. En la más cercana, informa la pantalla, el bus está a punto de llegar. Barceló, joven emprendedor de 34 años, cuenta que la RA ofrece posibilidades en el campo del marketing. Es subdirector de guiagps.com y experto en publicidad geoposicionada, “las páginas amarillas digitales para GPS”, explica gráficamente. Dice que hace ya cuatro años que la realidad aumentada está en la palma de nuestra mano, pero que aún la gente no la usa demasiado: ¿Por qué?: “Porque no son muy buenas las aplicaciones, porque se vuelcan bases de datos masivas sin filtrar, y porque no hay nadie pateándose las calles para recoger la información relevante”, resume. De las 180 aplicaciones de RA que conoce, dice que merecen la pena una decena. “El negocio no está en la Realidad Aumentada”, explica, “el negocio importante es el del geoposicionamiento de la gente, el negocio de dirigir a las personas a lugares, ya sean discotecas, restaurantes o museos”. La empresa holandesa Layar se dice líder mundial como plataforma de contenido de RA. Con un millón de usuarios en el mundo, cuenta con 32 empleados y ha publicado del orden de 1.200 capas (capas de información que se sobreimpresionan sobre la imagen real en la pantalla). Su portavoz cuenta que España se halla entre los diez países de mayor tráfico, en niveles similares a Francia y Alemania, aunque superada por Holanda y el Reino Unido. Entre las 120 capas dirigidas al mercado español, se encuentran algunas de rutas de tapas, bancos como Bankinter y portales inmobiliarios como idealista.com. “El concepto de realidad aumentada aún está en su infancia”, afirma su portavoz. “Las posibilidades que ofrece en marketing, comercio y juegos son más que abundantes”. Señala que la consultora Juniper Research proyecta ganancias de 1,5 millones de euros para el sector en 2010 y de cerca de 530 millones para 2014. Por no hablar de las posibilidades divertidas y lúdicas. Con la aplicación de Ikea, uno puede sobre impresionar un sofá sobre la imagen de su salón y ver cómo quedaría; en la de Rayban, ver cómo le sentarían unas gafas. El campo de los simuladores de vuelo y la microcirugía también se pueden ver beneficiados por esta tecnología. ¿Hasta dónde se puede aumentar la realidad? ¿Se convertirá en una realidad la realidad aumentada? http://www.elpais.com/articulo/sociedad/hay/elpepisoc/20100926elpepisoc_1/Tes