Filosofía

IES Rosario de Acuña

Comte

EPÍGRAFE 22: COMTE: LA LEY DE LOS TRES ESTADIOS Y EL POSITIVISMO

1. Introducción.

Nace en Montpellier en 1798 y muere en 1857. Su vida personal está repleta de  dramáticos acontecimientos: intentos de suicidio, una grave enfermedad cerebral que le coloca al borde de la locura, frustraciones profesionales y  amorosas…  Su pensamiento va a estar marcado por los acontecimientos más decisivos que pueblan la convulsa historia europea del siglo XIX:

a) la Revolución francesa y la conmoción que provoca en el viejo continente.

b) el nacimiento del socialismo francés, a cuyo alumbramiento asiste muy directamente por ser amigo y colaborador de quien fuera el verdadero padre de este movimiento: Saint-Simon. Aunque posteriormente se distanciara ostensiblemente de él, su influencia deja en Comte una profunda huella.

c) la Revolución industrial, tal vez el acontecimiento más decisivo del siglo pasado que, como todas las transformaciones económicas y políticas de similar calado, generan toda suerte de movimientos filosóficos que buscan  justificar y legitimar la nueva situación.

El Positivismo, del cual Comte es máximo representante, es uno de esos movimientos cuyo principal objetivo es la exaltación y legitimación del nuevo estado de cosas a que dio lugar la revolución industrial.

d) la crisis del idealismo alemán, y el gran auge de la ciencia de la naturaleza asociado, como era de esperar, a la revolución industrial. Ahora, la ciencia va a ser el único criterio para organizar la sociedad, la máxima expresión del saber humano, el instrumento que asegura el dominio del hombre sobre la naturaleza.

Sus obras más importantes son: Curso de Filosofía Positiva, Discurso sobre el Espíritu Positivo y Sistema de Política Positiva.

2. La Ley de los tres Estadios.

Es, según Comte, su descubrimiento central y el punto de arranque de toda su filosofía. Esta ley pretende ser una explicación objetiva de la evolución intelectual del hombre. Según ella el desarrollo intelectual de la humanidad pasa por tres estados teóricos diferentes: el estado teológico o ficticio, el estado metafísico o abstracto, y el estado científico o positivo.  El primero es el punto de partida necesario de la inteligencia humana; el tercero es su estado definitivo, mientras que el segundo sirve de transición entre ambos. El desarrollo intelectual de cualquier hombre pasa, dice Comte, por estos tres estadios. De igual manera, cada rama del saber humano recorre, desde su origen, idéntico itinerario. Sin embargo, lo que verdaderamente interesa a Comte es aplicar estas leyes al desarrollo del espíritu humano en su conjunto, a la evolución de la totalidad de la cultura humana.  Estos son los tres estados:

1. Estado teológico:

el espíritu humano dirige sus investigaciones hacia la naturaleza íntima de los seres, hacia sus causas primeras y finales. Se pregunta por qué las cosas son, buscando, pues, un saber absoluto. Se representa a los fenómenos como productos de la acción directa y continua de fuerzas sobrenaturales, más o menos numerosas, que intervienes arbitraria y caprichosamente en el espacio de los hombres. A su vez, en este estadio se dan tres fases: fetichismo, politeísmo y monoteísmo.

2. Estado metafísico:

es sólo una modificación del primero. Los agentes sobrenaturales son reemplazados por fuerzas abstractas. Las causas de los seres no se buscan ya en agentes divinos externos a las cosas, sino en el interior de las cosas mismas, dando lugar a principios racionales abstractos.

3. Estado positivo:

como en el estado anterior, las investigaciones se mantienes en las cosas mismas, pero, a diferencia de aquel, no se trata ya de averiguar por qué ocurren las cosas, sino cómo ocurren. Es decir, su objetivo no es descubrir causas, sino leyes: el saber positivo no explica nada, sino que se limita a observar hechos y enunciar leyes.

Ahora bien, aunque muchas ramas de saber hayan entrado ya en la fase positiva, esto no ocurre si consideramos la totalidad de la cultura intelectual humana. En efecto, el hombre ha llegado ya al conocimiento positivo de los fenómenos naturales, la mecánica terrestre o celeste, la química o la biología dan testimonio de ello. Sin embargo, no hemos alcanzado aún el estudio positivo de los fenómenos sociales, tal vez, lo más urgente para el hombre. Esta situación, dice Comte, es la causa de la anarquía intelectual y de la consecuente crisis política y moral de las sociedades contemporáneas. Por este motivo, Comte se propone continuar el proyecto de Bacon, Descartes o Galileo, y construir el sistema de ideas generales que debe prevalecer definitivamente en la especie humana, poniendo fin de esta manera a la crisis revolucionaria que atormenta a los pueblos civilizados.

3. El Positivismo.

Como ya hemos sugerido, el Positivismo es uno de los movimientos filosóficos más relevantes del siglo pasado. Concepción filosófica muy ligada a la ciencia, su éxito pueden explicarse a partir del impresionante desarrollo de las ciencias en el XIX.

Su objetivo más importante es convertir a la ciencia en el fundamento de un orden social unitario y racional. Expresa, con notable intensidad, la ingenuidad de un siglo que se aferra a la ciencia como la gran madre que va a resolver, de una vez por todas, las crisis, las guerras, las revoluciones, las epidemias, y todas las miserias de la humanidad. La ciencia se convierte así en un auténtico mito, en la tierra prometida del caduco occidente, en el paraíso que nos convertirá en más ricos, más justos, más sanos, e incluso, en un alarde de extrema excitación imaginativa, en el reino salvífico donde el obscuro límite de la muerte quedará burlado. Aunque han pasado desde entonces demasiadas cosas para seguir manteniendo pura e ingenua la mirada, el mito de la ciencia redentora sigue en este siglo sosteniéndose torpemente en intereses de muy diversos órdenes (económicos, políticos…), que se manifiestan, especialmente, en los planes de enseñanza del bachillerato.

Para el movimiento positivista, el saber filosófico, como saber general de los conocimientos humanos, no consiste en saberes abstractos o metafísicos, sino en los saberes que logran las ciencias positivas, puesto que un saber que no se funde en los hechos observados, en lo dado por la experiencia, es un saber ficticio y engañoso. La filosofía abarca, pues, todas las ciencias. Tiene un carácter totalizador, es un saber universal.

Este carácter totalizador de la filosofía positiva, presupone una clasificación sistemática de las ciencias que ofrezca una perspectiva general de todos los conocimientos humanos. Esta clasificación se establecería a partir del criterio de la simplicidad y generalidad de los objetos estudiados en cada ciencia. Así, los fenómenos más simples y generales son los inorgánicos, y después de estos los orgánicos. Tendríamos así, una física inorgánica (dividida a su vez en física celeste y terrestre) y una física orgánica; dentro de ésta, se estudiarán, en primer lugar, los fenómenos más simples, aquellos relativos a los organismos individuales (biología), y con posterioridad los fenómenos relativos a la especie que, en el caso de la especie humana, serán objeto de la SOCIOLOGÍA o física social.

La SOCIOLOGÍA es, pues, la ciencia suprema, a la cual todas las demás están subordinadas: los hechos sociales son, a la vez, los más complejos y los más elevados en la escala de los fenómenos naturales. La sociología es la ciencia cumbre cuyo contenido es el estudio del desarrollo histórico de la humanidad.  Si, del mismo modo que la física descubre las leyes naturales, la sociología descubriera las leyes sociales, estas leyes serían el fundamento del orden social y del progreso continuo e ilimitado de la humanidad, cumpliéndose así el programa comtiano de reforma social con el fin de la anarquía intelectual y moral que ocasiona el desorden y la revolución.

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