Filosofía

IES Rosario de Acuña

Los sistemas racionalistas: Espinosa y Leibniz

LOS SISTEMAS RACIONALISTAS: ESPINOSA Y LEIBNIZ.

1. ESPINOSA.

1.1 DATOS BIOGRÁFICOS.

Nace en Amsterdam en 1632, de una familia de judíos españoles expulsados por la Inquisición.

En 1656, es expulsado nuevamente de la comunidad judía de Amsterdam por su repulsión ante cualquier tipo de dogma. En el auto de excomunión figuran estas “dulces” palabras: “…que sea (Espinosa) maldito de día y maldito de noche, maldito cuando se acueste y cuando se levante, maldito cuando salga y cuando entre, que Dios no lo perdone, que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y atraigan sobre él las maldiciones escritas en el libro de la Ley.”

Esa historia errática condiciona de manera notable su pensamiento y su persona, que ha transcendido hasta nuestros días como ejemplo de un pensamiento coherente con la vida, como la máxima afirmación del sujeto humano y su libertad para usar rectamente la razón frente a la intolerancia del fanatismo, el dogmatismo y la ignorancia.

Muere en 1677, obvia decir que pobre, enfermo y solo. Sus obras más importante son: Tratado de la reforma del entendimiento, Tratado teológico-político y Ética demostrada según el orden geométrico.

1.2. CONSIDERACIONES GENERALES DE SU PENSAMIENTO.

Se le considera normalmente como el autor que lleva el racionalismo a sus últimas consecuencias. Afianza una idea típica en el pensamiento moderno: la verdad del pensamiento no reside en la adecuación de la idea a la realidad exterior, sino en el pensamiento mismo, en la concordancia con sus propias leyes. El verdadero conocimiento es el que el entendimiento produce con arreglo a su propia naturaleza y a las leyes de la recta razón que toman a la matemática como modelo. El entendimiento, usado rectamente, nos proporciona verdades eternas e incontrovertibles, sin necesidad de recurrir a una experiencia que, por otra parte, sólo nos muestra el flujo cambiante de los fenómenos.

Pero su peculiaridad más notable es la aplicación del racionalismo matemático al orden moral. Con él, la moral deja de ser un problema subjetivo para convertirse en algo susceptible de ser analizado objetivamente, con los parámetros de la racionalidad matemática

1.3. SUSTANCIA, ATRIBUTOS Y MODOS.

Definiciones:

” Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, esto es, aquello cuyo concepto, para formarse, no necesita del concepto de otra cosa.”

” Por atributo entiendo aquello que el entendimiento percibe de una sustancia como constitutivo de su esencia misma.”

Modos son las cosas particulares, consideradas como afecciones de los atributos de la sustancia.”

 Explicación:

            Descartes se representa un cosmos cerrado, compuesto de tres tipos de sustancias: la divina, la pensante y la extensa. Por el contrario, Espinosa afirma la existencia de una sola sustancia infinita, a la que llama Dios o Naturaleza (”Deus sive natura”, “Dios, es decir, la naturaleza”), con infinitos atributos de los cuales sólo conocemos dos: la extensión y el pensamiento. De este enunciado general podemos extraer las siguientes consecuencias:

1. La existencia de una sola sustancia con infinitos atributos representa un universo abierto, una realidad plural e infinita de la que sólo conocemos una pequeña parte (sólo conocemos dos de los infinitos atributos de la sustancia: la extensión y el pensamiento).

2. El conocimiento humano no es cerrado, concluso, como el que pretendía el racionalismo cartesiano; siempre existe una limitación al pensamiento, pues este nunca podrá abarcar las infinitud de los atributos de la sustancia. De esta manera Espinosa, aún desde dentro del racionalismo, alimenta la primera crítica a la creencia racionalista en que la razón puede generar conocimiento verdadero sobre la totalidad de lo real.

3. Al equiparar Dios y Naturaleza, Espinosa se alinea en la dirección de las tesis panteistas que piensan lo divino como disuelto en la naturaleza, en su orden y en su estructura, donde no hay lugar para un Dios personal con un código revelado de deberes y normas. La única ley que rige el cosmos es la misma necesidad de las leyes naturales.

4. La infinitud de lo real no supone una postura escéptica: el hombre puede adquirir conocimientos verdaderos, pero tal conocimiento nunca será cerrado, definitivo. No es que el mundo sea incognoscible, sino que el caudal de lo real es inagotable. Dios, entendido como naturaleza, no fija los márgenes del saber posible, no hay revelación alguna que marque límites a la razón, sino que esa idea de Dios es un estímulo incesante para la investigación y para el ejercicio de la razón.

1.4. LA LIBERTAD COMO CONCIENCIA DE LA NECESIDAD.

Lo real funciona en su conjunto como una totalidad estructurada regida por leyes físicas necesarias. El hombre, como parte del cosmos, está sometido a esa misma legalidad. La libertad, tal y como se entiende de ordinario, es una ilusión. Si quien dice ser libre fuera consciente de las causas que actúan sobre él, se daría cuenta de que está diciendo una estupidez. La libertad, dice Espinosa, es la conciencia de la necesidad: conocer las causas que actúan sobre nosotros nos haría ver que lo que nos sucede ocurre necesariamen. Comprender esto evita el dolor y el sufrimiento y, en ese sentido, nos hace libres. Si lo que nos causa dolor y aflición ocurre en virtud de leyes necesarias, es tan absurdo sufrir por ello como  por la caída de un cuerpo en virtud de la ley de la gravedad.

Las pasiones que hacen sufrir al hombre, el miedo, el dolor, el deseo insatisfecho, la frustración, son ideas oscuras que, cuando las analizamos rectamente, se convierten en razones claras y distintas que ya no producen dolor. El ejercicio racional ayuda a soportar y a gozar la vida. La felicidad consiste en la liberación que el conocimiento proporciona al hombre. Como Séneca, también Espinosa concluye que el hombre sabio “en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte sino de la vida”.

2. LEIBNIZ.

2.1. DATOS BIOGRÁFICOS.

Nace en Leipzig en 1646 y adquiere con sorprendente precocidad una profunda formación en filosofía, matemáticas, teología, física y derecho. Muy pronto (con 21 años) empieza una carrera política como consejero de la corte del estado alemán de Maguncia que va a determinar las líneas más generales de su pensamiento. El proyecto político que defiende es la unificación alemana, que debería pasar por una unificación lingüística (había unos 350 dialectos distintos en los estados alemanes de la época) y por la de las distintas iglesias. Tal proyecto unificador es ampliado a escala mundial, concibiendo una República universal en torno a una Europa en equilibrio. Por otra parte, el intento de unificar el lenguaje le lleva a formular igualmente un lenguaje universal (la “característica universal”).

Muere en 1716. Su obra el vastísima (unas 200.000 páginas) pero sólo escribe dos grandes obras (Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano y Ensayos de Teodicea) y dos opúsculos de importancia (Discurso de metafísica y la Monadología, tal vez su obra filosófica más importante).

2.2. LA TEORÍA DE LA SUSTANCIA.

Leibniz critica la noción cartesia de extensión puesto que generaba una imagen estática del cosmos; entender el universo como Descartes lo hacía, sólo a partir de la extensión y la estructura matemática, no explica el movimiento y el constante dinamismo del cosmos. Para resolver este incoveniente Leibniz formula la siquiente visión del mundo:

A) LAS MÓNADAS.

Todo cuerpo es divisible, pero tal divisibilidad no puede ser indefinida. Tiene que existir un punto a partir del cual no se pueda seguir dividiendo. En este momento nos encontraríamos con sustancias (que Leibniz llama mónadas) que tendrían las siquientes características:

1. Son los elementos últimos, y por lo tanto los más simples de la realidad. Todo lo que existe está compuesto de estos elementos simples, indivisibles.

2. Lo que no se puede dividir, lo que no tiene partes, es, obviamente, inextenso, inmaterial y no es ni generado ni corruptible.

3. Puesto que son inmateriales, también son inalterables, ya que nada exterior a ellas podría influirlas ni tampoco ellas podrían influir en nada.

4. Recurriendo a un concepto aristotélico, Leibniz llama a las mónadas Enteléquias, es decir, sustancias simples que tienen en sí cierta perfección y autosuficiencia, de manera que su acción interna brota de ellas mismas. En el momento de la creación Dios las habría dotado de cierta energía interna que marcaría su movimiento para siempre. Esta característica de las mónadas superaría la imagen estática del mundo cartesiana explicando el dinamismo y la armonía interna de la naturaleza.

5. Poseen dos tipos de facultades:la perceptiva y la apetitiva. En este sentido, dice Leibniz, se las podría llamar Almas, aunque sus percepciones no sean conscientes. Por lo tanto, la materia está animada, sus partes más simples son almas con apetencias y percepciones, orientadas desde el principio por cierta fuerza interna: esto supone la anulación de la distinción cartesiana entre pensamiento y extensión.

B) LA ARMONÍA PREESTABLECIDA DEL COSMOS.

            La mente divina concibe infinitos mundos posibles. De entre todos ellos crea éste como el más conveniente, “el mejor de los mundos posibles”. En un mundo así debe reinar la más perfecta armonía, una armonía preestablecida, programada por Dios.  Con esta idea Leibniz asegura tanto la existencia del cambio como la racionalidad, la inteligibilidad de lo real: el cambio existe, pero está programado por Dios desde el origen del mundo. Dios aparece bajo la metáfora del perfecto relojero que ha sincronizado todos los movimientos del mundo en una perfecta armonía, y es precisamente en las mónadas donde Dios imprime ese movimiento perfecto.

2.3. EL PRINCIPIO DE RAZÓN SUFICIENTE.

Los enunciados o verdades pueden ser de dos clases:

a) Verdades de hecho: sólo son válidas tras una comprobación experimental. Se refieren, pues, a fenómenos de la realidad empírica. Son contingentes y sus opuestas pueden ser también verdaderas.

b) Verdades de razón: son necesarias y sus opuestas son falsas. No se refieren a la realidad, por lo que no pueden derivar de la experiencia; son, por tanto, innatas.

            La armonía de las mónadas no constituye un orden necesario, pues surge de la elección voluntaria de Dios que, de entre todos los mundos posibles, escoge éste. Si no es un orden necesario, entonces tampoco una verdad de razón.  Si Dios pudo crear el mundo de otra manera, entonces el orden del mundo no es el férreo orden necesario que preconizaba Espinosa, sino un orden contingente, y la propia armonía de las mónadas no es una verdad de razón, necesaria, sino una verdad de hecho, contingente. Pero, entonces )por qué creó Dios este mundo y no otro?, )por azar?.

Desde luego Leibniz no puede permitir que el azar intervenga de ninguna manera, pues para él la existencia del azar anularía la perfecta armonía. Sólo le queda una manera de justificar por qué motivo existe aquello que puede exirtir o no existir: enunciando el Principio de Razón Suficiente, según el cual  “nada sucede sin que haya una razón por la que suceda así más bien que de otra manera”.

Así pues, Leibniz recurre a Dios como garante de todo lo que ocurre de manera no necesaria. Además, la inteligencia divina está compuesta enteramente por verdades de razón, absolutamente necesarias, de modo que cuando decide que lo que puede ser o no ser sea, lo decide en térninos de razones necesarias. Con ello concluimos que Dios pudo haber creado otro mundo, pero si creó éste lo hizo en términos de razones necesarias, vió que este era el mejor de los mundos posibles, y por tanto, si así lo consideró el divino relojero será porque es perfecto, ordenado y armonioso en el mayor grado concebible.De esta forma, Dios garantiza la razón suficiente de los hechos que no son evidentes en sí mismos.

2.4. LA “CARACTERÍSTICA UNIVERSAL”.

Muchos son los rasgos que unen a Leibniz con el racianalismo moderno: la fe ciega en el poder de la razón, la ingenuidad con la que se afirma lo armonioso del mundo y las posibilidades de progreso de la especie humana…Ingenuidad que, como hemos visto en temas anteriores, deja de parecer tal cuando se la observa a partir de la realidad política y económica de la época.

Pero hay algo que, aunque pergeñado por el racionalismo anterior, alcanza en Leibniz la máxima expresión: la creencia en la posibilidad de la armonía total en la comunidad humana, creencia a la que, por otra parte, pretendía sacar buen rendimiento político empezando por armonizar (unificar) los 350 estados alemanes. Y, desde luego, tal armonía pasaba por construir un lenguaje universal donde pudiera construirse uno de los sueños mayores de la época moderna: la unificación de todo el saber acumulado pr la humanidad. Además, dicho lenguaje (caracterítica universal) serviría de paso para zanjar de una vez todas las discusiones filisóficas, religiosas o políticas que eran fruto, a su juicio, de las ambiqüedades de los lengüajes nacionales. Si se consigue un lenguaje común se disiparían todas las dudas y se eliminarían todas las controversias y para saber, por ejenplo, qué es lo justo sería suficiente con una derivación en el lenguaje universal al modo de una demostración matemática. Evidentemente, este proyecto fue solamente un sueño, pero colaboró a poner los cimientos de la moderna lógica formal.

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