PALABRAS DE PROFES

Actividades de los profes fuera de clase

AÑO 2002

    Gijón, 31 de mayo de 2002

Intervención del catedrático del Dpto. de Geografía e Historia   

 JESÚS JERÓNIMO RODRÍGUEZ GONZÁLEZ

    Sr. Director y miembros del claustro, padres y madres de alumnos y alumnas del Instituto de Enseñanza Secundaria “Rosario de Acuña”,            

 Como los demás profesores del Claustro del Instituto “Rosario de Acuña”, en cuyo nombre me dirijo a vosotros en este acto de final de curso, me siento orgulloso de tener delante una nueva promoción, la novena, que termina sus estudios de Bachillerato en nuestro centro. No sé si sólo es el consuelo de quien, tras una siembra humilde y una espera paciente, necesita ver de vez en cuando algún fruto, aunque probablemente ni siquiera tenga derecho a llamarse a la parte en esto, después de haber tenido la gran oportunidad de seguir día a día el crecimiento personal de quienes le son encomendados. Pues no otra cosa es educar sino ese acompañamiento, no exento de tensiones como ocurre en todo desarrollo, ni otra cosa es enseñar sino atender la justa satisfacción de las aspiraciones confiadas tanto a la preparación como a la calidad humana de quienes asumen esa misión. Y digo misión y no sólo función, porque entiendo que ni la labor docente se limita al aula ni termina con la transmisión de los conocimientos reglados por parte del profesor, que consciente o inconscientemente no sólo enseña sino que también educa.             

 Uno de los momentos más repetidos, sin duda de los más decisivos y probablemente también de los más temidos, a lo largo de todos estos años de formación, que hoy concluyen para vosotros, ha sido el de la evaluación. Ya sé que son muchas las evaluaciones superadas y que ésas, incluidas las de estos últimas días, finalmente han ido jalonando de satisfacciones, íntimas y compartidas, vuestra vida escolar, y sobre todo la que, entre clases y recreos y tantas otras cosas, ha transcurrido para la mayoría de vosotros durante los últimos años en nuestro instituto. Nada menos que el final de la infancia y el paso a la juventud, llena la primera de seguridades y abierta la segunda a las más prometedoras expectativas.              

Por vuestra propia experiencia habéis podido comprobar que todo proceso de crecimiento, además de dejar huella en el cuerpo, implica una nueva forma, más compleja, de percibir la realidad y de explicar la propia presencia en el mundo en relación con la de los otros, al mismo tiempo delimitadora y necesariamente complementaria. Sin duda que en ese proceso os han asaltado los miedos y casi seguro que en más de una ocasión habéis pensado incluso en deteneros. Sin embargo, como dice Machado, no cabe desandar el camino, aunque nuestras paradas en el mismo, tan necesarias como poco frecuentes cuando hoy parece que no encontramos tiempo para nada, hayan de servir para hacer balance. Y, más que un mero recuento de activos y pasivos, esa revisión ha de ser sobre todo una serena mirada hacia dentro de nosotros mismos antes de decidir por donde seguir avanzando con confianza, seguros de que el camino mismo, que sigue, que no termina, es lo bueno, de hecho lo mejor, y convencidos de que la única forma de aproximarse a la llegada es seguir caminando.            

 Estos días, las semanas siguientes, los próximos meses, serán para vosotros críticos. Sentiréis la incertidumbre ante la ineludible elección de lo que serán los primeros pasos de vuestro futuro profesional, y probablemente os invada cierta nostalgia al tener que separaros de parte de vuestro actual mundo afectivo. Sin embargo, no olvidéis que, ni en el primer caso, secundados por esos incondicionales de siempre que son vuestros padres, estáis solos, ni que, en el segundo, la separación implica ruptura, pues sólo el amor sobrevive al tiempo y la amistad supera la distancia.             

 En todo caso, ni la capacidad para discernir ni el incentivo para la espera se improvisan. Por ello hoy, cuando la inercia de la satisfacción rápida se impone a la búsqueda de lo nuevo frente a la curiosidad y la paciencia laboriosa de quien se sabe en proceso, resulta particularmente difícil hablar de vocación, proyecto o compromiso. Sin embargo, y quizás hoy más que nunca en la medida en que también las posibilidades son mayores, sigue planteándosenos con la misma urgencia la necesidad de decidir sobre nuestra vida, sobre el tipo de vida hacia el que nos sentimos llamados. No se trata, pues, tanto de inventarnos uno a nuestra medida, mucho menos a nuestro capricho, sino, como decía Ortega y Gasset, de elegir entre los propuestos y, en último término, de aceptar o de rechazar, según queramos seguir o no nuestra vocación, aquel tipo de vida hacia el que tenazmente vuelven nuestro pensamiento y nuestra imaginación. De suyo esta respuesta, sobre todo cuando es afirmativa, ya supone un proyecto de vida, como tal dotado de verdadero estímulo creativo frente a la tediosa rutina que nos invade. Probablemente desde esta perspectiva el compromiso, no el mero pasatiempo más o menos bienintencionado, adquiera la consideración que merece en la medida en que constituye una forma de devolver parte de lo que constantemente recibimos de los demás. Por tanto, sed fieles a vuestra vocación, desplegad vuestro proyecto de vida y sed conscientes de que vuestros conocimientos contribuirán a vuestra  humanización en la medida en que estén al servicio de quien más los necesite.            

Todo ello no puede ser sino el fruto maduro de la constante labor iniciada y mantenida con empeño por vuestros padres, de quienes siempre será deudora en primer lugar vuestra educación, prolongada, de formas diversas y por caminos distintos, puede que hasta encontrados, entre otros, en el ámbito docente. La dificultad de medir ese tipo de formación, quizás la más genuina, adquirida junto a los conocimientos específicos de las distintas materias, cuyas calificaciones acabáis de recibir, depende tanto de su propio contenido como de los ritmos de incorporación a la personalidad de cada uno. No en vano se trata de esa reserva de ideas, sensaciones y sentimientos, que, aunque diferidos en el tiempo, acaban orientando nuestras actitudes vitales tanto en lo cotidiano como en lo extraordinario, lo que para el profesor constituye, sin duda, un motivo más para cultivar esa virtud tan propia del docente como es la paciencia.            

 En una sociedad como la nuestra, cada vez más dominada por la eficacia y rendida a la seducción de lo inmediato, el valor de lo educativo no deja de ceder ante la valoración creciente de lo puramente instrumental o, si se quiere, de lo técnico, incluso más que de lo científico en sus múltiples manifestaciones. Parece, pues, tocarle a la educación suerte parecida a la de las letras en aquel curioso discurso en el que Don Quijote, tomando postura en la vieja polémica, defendía la superioridad de las armas. Pero también es cierto que no siempre que hablamos de educación hablamos de lo mismo, y cuando lo hacemos pocas veces coincidimos incluso en los valores y actitudes que han de constituir su contenido, más allá de algunas declaraciones de principios que, aplastadas por el llamado pensamiento débil, se diluyen perdiendo consistencia. De ahí la brevedad y levedad con que se tratan en su formulación docente-administrativa los valores educativos, pese a que inundan, incluso con su formulación más tradicional, los textos legales que regulan la educación. Su propio uso de los términos “educación”, con el que designan el conjunto de las actuaciones docentes, y “enseñanza”, que aplica a los profesores y a los centros donde aquéllas se desarrollan, puede inducir a contemplar ambas funciones como disociadas, dejando sin valedor la primera de ellas. Sin embargo, ni el alumno al que se enseña es un sujeto distinto del alumno al que se educa ni el profesor, aunque quisiera, podría sólo enseñar, es decir, limitarse a su tarea específica en la transmisión de ciertos conocimientos, sin educar.              Y es que la enseñanza de las distintas disciplinas sirve de cauce, a través de la mediación del profesor, a la transmisión de las diferentes formas de ajustar nuestro comportamiento a la vida en sociedad que los clásicos llamaban virtudes, hoy tendemos a identificar con los valores y con frecuencia quedan reducidos a meras adjetivaciones que más que perfilar desdibujan algo de suyo tan sutil como la educación. Más aun, esa formación, con frecuencia intangible, resulta inseparable de las vivencias personales cotidianas que, repito, exceden el marco de la escuela y son, por lo mismo, indisociables de la vida familiar y de los diferentes ámbitos de diversión. No es, pues, la tarea educativa algo que se pueda reducir a un horario de tipo laboral o administrativo ni mucho menos delegar. No la pueden rehuir los padres ni, cediendo a la tentación de ampararse en su condición estricta de docentes, abandonarla los profesores. Pues, aunque quisieran hacerlo, su misma determinación en ese sentido ya resulta educativa, es decir, influyente, en la configuración de las actitudes de quienes, no lo olvidemos, aprendemos siempre, y en esta materia más si cabe, sobre todo de lo que vemos hacer, o sea, de lo que percibimos. En definitiva, de lo que nos impresiona, es decir, de lo que deja huella, en positivo o en negativo, en nosotros, en nuestros recuerdos, y aflora, con el paso del tiempo, en nuestra memoria más operativa. No en vano le es consustancial el desarrollo de la afectividad y no hay educación que pueda llamarse tal si falta la relación de confianza, tanto entre padres e hijos como entre profesores y alumnos.             

De esta materia, de estos conocimientos, probablemente no os hayan evaluado expresamente ahora, pero están ahí. Han ido acompañando a lo largo de estos últimos años las clases de todos los días. Se trata de esos gestos, posturas, comportamientos, conductas, actuaciones, conscientes unas y rutinarias otras, más o menos meditadas según los casos, con las que vuestros profesores han ido influyendo en vosotros. La creciente presión utilitarista, que de tantas formas se cuela, a veces hasta posesionarse de nuestro sistema educativo, acabaría por diluir hasta la irrelevancia, pese a las solemnes declaraciones de la literatura oficial, ese contenido profundo de la educación si no fuese por esas llamadas de atención que se oyen de vez en cuando en las aulas. Aun cuando puedan parecer voces en el desierto, y sus efectos no  siempre se puedan evaluar en el corto plazo, ya son parte –esperemos que para bien– del mundo de vuestras ideas, normas y representaciones, cuyos ecos os ayudarán a orientar algunas de las elecciones que, cada vez en mayor número y con más alcance, tendréis que hacer en el futuro.          

   Aunque entonces a vuestro lado sigan, como siempre, vuestras familias, y no os falte la orientación por fuerza sólo indicativa del profesor, tened en cuenta que cada vez serán más vuestras propias decisiones. Yo espero que, llegados esos momentos de discernimiento tanto en lo académico como en lo personal, ese aprendizaje, por decirlo de alguna manera invisible, os ayude. Independientemente del momento y del lugar, vuestros profesores habrán alcanzado entonces con vosotros las mejores calificaciones, pues será una gran satisfacción para quienes, con muchos fallos y quizás algunos aciertos, no han pretendido durante todo este tiempo otra cosa que contribuir a vuestra educación a través de sus enseñanzas.                      

  Ésa ha sido, y yo diría que no podría ser otra, la función del instituto como centro docente en su conjunto, es decir, de cuantos, como colaboradores de vuestros padres y por encargo de la sociedad, hacen posible su funcionamiento. A vuestra disposición quedamos todos nosotros, pues la relación trabada durante estos años, con sus satisfacciones e inevitables tensiones, se ha ido cargando definitivamente de afecto.          

    Empezaba aludiendo a vuestra llegada al Instituto “Rosario de Acuña” y termino esta despedida contemplándoos como flamantes bachilleres con un prometedor futuro por delante. En buena medida de vosotros dependerá que se haga realidad. Para ello, afrontadlo sin miedos, con la confianza de quien, fiel a sí mismo, no dejará de mirar alrededor sin prejuicios buscando la verdad, cuya traducción en norma de conducta atribuía Jovellanos a la educación. Conscientes de que la formación adquirida es también formación recibida y, finalidad social. Detrás de vosotros, que sois la esperanza de todos, queda la dedicación y el esfuerzo de muchos. He aquí tres valores, verdaderas virtudes, que, aunque no suelen figurar así en nuestras programaciones o precisamente por eso, yo quisiera que no olvidaseis y que os ocurriese como a mí con una singular clase de Filosofía del Derecho sobre el amor, tema igualmente alejado de nuestras preocupaciones curriculares, de la que no había que tomar apuntes ni tampoco examinarse y que todavía recuerdo en sus detalles.

Espero que de forma parecida hayan calado en vosotros algunas de esas lecciones que, aunque no se escriben en el cuaderno, verdaderamente llegan al corazón. Yo desde el mío, en el nombre de los profesores del claustro y de todo el personal del instituto, os deseo a vosotros y a vuestros padres mi más cordial enhorabuena.                                   

                                                                              

 

                                                                                

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