PALABRAS DE PROFES

Actividades de los profes fuera de clase

AÑO 2005

 INTERVENCIÓN DEL PROFESOR DEL DPTO. DE ED. FÍSICA

MACRINO FERNÁNDEZ RIERA

Buenas tardes.

      A la hora de elegir el tema para esta última sesión del curso 2004-05, bien podría haberme planteado abordar las últimas novedades acerca de los sistemas de entrenamiento de la resistencia aeróbica, analizar los distintos tipos de saque en voleibol o, quizás, reflexionar sobre la incidencia del deporte-espectáculo en nuestra sociedad,  asunto éste que, como sabéis,  tiene un especial interés para mí, razón por la cual  algunos de vosotros ya me habréis escuchado en alguna que otra ocasión comentarios al respecto; así por ejemplo, acerca de la paradoja que supone que 80 000 trabajadores, algunos en situación muy precaria o, incluso, en el paro,  contemplen  entusiasmados  como veintidós millonarios corren en pantalones cortos en pos de un balón.

Pero, no; podéis tranquilizaros; a pesar de que todos ellos bien pudieran calificarse de trascendentales  para el devenir de nuestra especie, no os voy a hablar de ninguno de estos asuntos. En la tarde de hoy prefiero contaros la historia de una mujer. Una mujer mayor, cargada de bondad y sabiduría, cuya experiencia vital  nos puede servir a todos de ejemplo. Os la presentaré leyéndoos unos fragmentos de una carta suya; una carta, que esta anciana mujer envió en cierta ocasión a un soldado que padecía las miserias de la guerra en el frente de batalla. Dice así:

     Nací en Madrid hace 66 años; viví ciega, con cortos intervalos de luz, más de 20 (desde los 3 hasta los 25). En todo ese tiempo aprendí Historia de España e Historia universal, no en compendios, sino en obras amplísimas y documentadas. Mi padre me las leía con método y mesura; yo las oía atenta, y en mis largas horas de oscuridad y dolor, las grababa en mi inteligencia. ¡Desde tan lejos viene mi amor a España y a la humanidad!

    Después quise pagarle a mi padre, con un átomo de amor consciente, el amor inmenso que durante tantos años me dio, y cuando mi salud se hizo normal, busqué ávidamente mayor cultura, y volé a los estadios de la literatura, largo tiempo vedados para las mujeres españolas, y en los cuales apenas cosecha –la que se atreve a desafiar el ridículo y la desestimación- otra cosa que la pobreza, el desamor y la soledad. […]

    Escribí versos, poemas, himnos, cantos, dramas, comedias, cuentos, y una labor continua, como trama de todo esto, en artículos para la prensa patria y extranjera. […]

    Conseguí la gloria inmarcesible [inmarchitable] de hacerle llorar muchas veces de alegría y orgullo cuando en la primavera de mi vida, caían las flores y resonaban los aplausos ante mí, y tuve la dicha inmortal de que sus santas manos, posadas sobre mi cabeza, me bendijeran, con augusta unción, cuando le llegó la hora del supremo reposo; y aún conservo en mis labios el aroma del beso que, con sus dedos casi paralizados por la muerte, me enviaba, desde los umbrales de la sombra, como el último adiós de su gratitud y de su ternura. […]

    A partir de entonces viví la vida… ¡Cuán intensa! ¡Cuán luchadora! ¡Y qué larga! No puedo asegurarte que fue completa porque sus mayores alicientes se apagaron para siempre en el sepulcro de mi padre…mas viví.

    Te escribo con mis manos pequeñitas, ágiles, muy ágiles aún, bastante armónicas, sin estigmas degenerativos, pero llenas de callos, de rugosidades; tan trabajadas están en toda clase de faenas, algunas en ocasiones, demasiado rudas para su feminidad delicada; mas ellas siempre fueron servidoras sumisas de mi voluntad que es trabajar siempre, trabajar hasta morir, hasta el último minuto si es posible: con las manos en todo cuanto se ponga al alcance del vivir, y con la mente siempre ¡es la única oración de la cual nunca han de hastiarse los hombres! Que sólo seis horas de sueño sean el espacio de reposo de nuestra existencia.

    Este es mi dogma, mi fe; laborar, primero para el bienestar de los más próximos, de todos cuantos nos rodean, nos secundan o nos necesitan… familia… amigos… compatriotas. […]

    Ahora te diré que soy pobre; no tengo más que una pequeña pensión del Estado, como viuda de un comandante del ejército, muerto hace ya muchos años. No tuvimos hijos; al principio lloré el fracaso de mi feminidad; toda mujer-madre es inmortal. Después, no sé qué especie de consuelo hallé en no serlo. […]

    Mis padres me dejaron una pequeña fortuna y muchos objetos ricos y preciosos de sus casas solariegas, por las dos ramas. La fortuna se gastó toda; la vida es cara si ha de atenderse a todas las invalideces que se llegan a nuestro lado. Además, yo quise conocer mi patria, palmo a palmo, y la recorrí a caballo y a pie, en varios años de peregrinación. También visité Francia, Italia y Portugal. Desdeñé siempre, por coercitivos, los medios de locomoción que hicieron, de estas sociedades presentes, inmensos rebaños trashumantes de muchedumbres ricas y pobres; y acaso con el resabio de mi larga ceguera, no acepto para conocer y saber, el ruido de las gentes, las bullas sociales; quiero descubrirlo y aprenderlo todo por mí misma, con mi solo esfuerzo y voluntad.[…]

    Me hice una casita sobre un acantilado de la costa astur. En esta tierra me parece que la raíz excelsa de nuestra raza se conserva menos podrecida por las malezas del acarreo; en las escondidas aldeas de estas montañas es donde aún podía agarrar, con brío, el injerto de las futuras civilizaciones. Tengo la esperanza de morir en este lugar, frente al solemne mar, bajo el amplio cielo siempre sonriente de nuestra patria; […]

    Para que me conozcas físicamente te mando mi retrato. Ponle a esa cara diez años más, no de achaques ni dolencias, sino de tiempo y tendrás exacta mi fisonomía. En cuanto a mi figura soy pequeña, pero no menuda, ni flaca ni gorda; con buenas proporciones y agilidad casi de joven, como cuadra a un cuerpo que trabajó siempre y que trepó y anduvo por riscos y brañas sin asustarse de los ventisqueros, ni estremecerse ante los abismos.

    Unas sayas de algodón barato; un amplio delantal de tela gruesa propio para las faenas domésticas y campestres de una finca rural y un pañuelo de punto, anudado sobre mis canas, completan mi pelaje.

    Me levanto mucho antes que la aurora; siempre la vi salir prendida de rosados nácares a los luceros de la mañana. Desde la cama salgo directamente al campo, a que me bauticen de salud y alegría las últimas gotas del rocío de la noche. Cuando se acuesta el sol, en sus ocasos de oro, mis aves y yo nos vamos a dormir. Como poco: fruta y legumbres, leche y huevos son mi cotidiana alimentación; bebo sólo agua… […]

    Los que me rodean dicen que tengo muy mal genio…será verdad… pero yo no me lo noto…siempre creí que era casi imposible conocerse a si mismo.

      Y en este punto doy por terminada la lectura de esta carta datada en el año 1917, y  dirigida  a un joven soldado español, que por entonces arriesgaba su vida en las trincheras que se habían abierto en  suelo francés durante la Primera Guerra Mundial.

       La autora del escrito era una anciana mujer que se llamaba ROSARIO DE ACUÑA Y VILLANUEVA. En efecto, Rosario de Acuña, la “nuestra”, la que da nombre al instituto. Ella era la autora de estas sentidas palabras, y de ella os voy a contar algunas cosas más, que creo os pueden interesar.

    Doña Rosario nace el primero de noviembre del año 1850 en Madrid, ciudad que por entonces tenía unos 280. 000 habitantes (poco más o menos como el concejo de Gijón en la actualidad).  Es hija única de un matrimonio que tiene una posición acomodada. Su padre forma parte de una familia entroncada con la nobleza con varias posesiones señoriales  en la provincia de Jaén y que ejerce cierta influencia en la vida social y política de la época.

    En su niñez y buena parte de su juventud, padeció una enfermedad en la vista, como ella misma nos ha contado anteriormente. Por esta razón, no puede seguir asistiendo al colegio de monjas en el cual estuvo inicialmente escolarizada. Su formación, en la que tiene un protagonismo especial su padre, se completa con diversos viajes por España, Francia e Italia. 

    Con poco más de  veinte años ve como diversas revistas y periódicos publican sus primeras poesías. Poco tiempo después, obtiene un éxito notable con el estreno de su primera obra teatral: Rienzi el Tribuno. Es aclamada por el público y la crítica; los autores  consagrados arropan con  paternalismo mal disimulado a aquella jovencita que se inicia en el mundillo literario. Animada por la buena acogida, se decide a publicar nuevos volúmenes de artículos y poesías. Un año después de su primer estreno, se casa con un joven oficial del ejército. Todo parece sonreírle: le ríen las gracias literarias, inicia en Zaragoza, ciudad a la que es destinado su marido una nueva cargada de ilusiones…

    Sin embargo, apenas seis o siete años después de su boda, su situación parece haber cambiado completamente. Su padre, al que siempre estuvo muy unida, ha muerto; su matrimonio se ha roto y se separa de su marido; se declara públicamente librepensadora, con lo que ello significa en aquella España que sólo admitía como religión verdadera la católica; y, más tarde, ingresa en la masonería.

    A partir de ese momento inicia un alejamiento de la vida cortesana en la que ha vivido hasta entonces, pasando a vivir durante largas temporadas en la pequeña villa de Pinto, luego en las cercanías de Santander y, finalmente, en Gijón. Desde entonces, su pluma, abandonando toda pretensión literaria, se pondrá al servicio de las ideas que defiende. De escritora con futuro pasa a convertirse en activa propagandista en favor de la libertad, la razón, la fraternidad, la mejora de la situación de la mujer, la regeneración de la patria,  de la educación, científica y racional,  para todos…

    Cuando en 1909 se instala en Gijón, tiene cerca de sesenta años. A pesar de su edad, avanzada si tenemos en cuenta que la esperanza de vida era bastante más reducida que la actual, participa activamente en la vida de la ciudad: se manifiesta por las calles gijonesas para apoyar una ley que pretendía evitar que se instalasen nuevas órdenes religiosas en España; pronuncia el discurso inaugural  de la Escuela Neutra; participa en  veladas en apoyo de los presos; colabora en diversas campañas en favor de los soldados españoles que están siendo masacrados en África, en lo que se dio en llamar Guerra de Marruecos;  escribe diversos artículos en defensa de los trabajadores, las mujeres, la libertad de conciencia… Y es que, a pesar de los años, nada de lo que pasa a su alrededor le es indiferente.

    Su posición ante la vida le granjeó el cariño de muchas personas, pero, también, la enemistad de aquellas que no toleraban su disidencia religiosa. Por defender sus ideas sufrió burlas, desprecios e insultos; registros policiales y riesgo de encarcelamiento. La publicación de un artículo suyo en el que arremetía contra unos estudiantes que en Madrid habían agredido a unas universitarias, la obligó a refugiarse durante más de dos años en Portugal, para evitar el juicio que se iba a iniciar contra ella, tras el proceso judicial que se le había abierto. En otra ocasión, las autoridades,  inquietas ante los rumores acerca de la preparación de una huelga general  (la de 1917), no dudaron en registrar de madrugada la casa que la escritora tenía en El Cervigón, lo cual prueba el temor que para algunos representaba la voz  de esta mujer que caminaba  sin prisa hacia la vejez. 

    Con todo, fueron más los que le mostraron su cariño y adhesión. Su constante defensa de los más desfavorecidos, le aportó el cariño de muchos gijoneses. Esta simpatía hacia doña Rosario, quedó patente  con ocasión de su entierro, como bien nos cuentan las crónicas de entonces:

     El cadáver, guardado en caja humilde, fue sacado de la casa a hombros de  obreros y bajado así hasta la carretera. Allí esperaba la carroza fúnebre, toda negra, negra; pero resultó innecesaria, porque el pueblo, el pueblo auténtico, los bajos, los últimos, los que viven al día de su trabajo de todos los días, luchaban y se disputaban el honor de sentir sobre sus fuerzas el peso de aquel tesoro caído, que le había dedicado los frutos mejores de su talento y de su vida larga y penosa.

    No quisiera terminar esta reseña biográfica de Rosario de Acuña, sin referirme a dos aspectos de su vida que me parecen de gran interés: su afición a la montaña y su dedicación a la avicultura.

    Cuando, alejándose de su Madrid natal, de la vida de la Corte, se establece en las cercanías de Santander, Rosario de Acuña pone en marcha una iniciativa empresarial innovadora. Convencida de las buenas condiciones que para la avicultura reunía la franja cantábrica, decide convertirse en granjera.  “Recogí los restos de mis economías y me lancé, llena de fe y de valor, a instalar en mi vivienda campesina el núcleo, el principio, el origen de una modesta industria avícola”. Tras muchas horas de análisis y estudio, implanta en su granja los modernos artilugios que para la cría de gallinas se producen por entonces en algunos países europeos. En contacto con otras granjas experimentales que funcionan en Cataluña, y después de varias pruebas con diversas razas de gallinas y sus respectivos cruces, al fin su granja empieza a dar frutos, y con ello consigue una merecida fama. Ella nos lo cuenta: “… mandé ejemplares de aves y huevos a Méjico, a la Argentina y a casi todas las provincias de España; en un solo año vendí 14 000 huevos para incubación…”. Consigue un tipo de gallinas mestizas de gran capacidad ponedora, algunas de más de 180 huevos al año de gran tamaño, siendo el que menos de 75 gramos. En reconocimiento a su labor, el jurado de la Exposición Internacional de Avicultura, celebrado en Madrid en 1902, le concede la medalla de plata por tres motivos: por la calidad de  los lotes de gallinas presentados al certamen, por la tarea de divulgación que sobre la Avicultura realiza doña Rosario en la prensa y por el óptimo nivel de equipamiento con el que cuenta  su granja santanderina.

    Avicultora… y montañera. Ahí donde la veis, esa pequeña mujer, también fue una pionera en cuanto al montañismo se refiere. Ascendió  numerosas cumbres de los Pirineos, Sierra Morena, la Serranía de Madrid, la cordillera Cantábrica… De esta última: Peña Ubiña, Torrecerredo, El Evangelista, La Silla del Caballo… Bien es cierto, que algunas de estas cumbres le resultaron muy dificultosas y, en alguna ocasión, no tuvo más remedio que vencer los últimos metros a gatas. También es verdad, que no se atrevió con el Naranjo de Bulnes, pues, como ella misma dejó dicho, era insuperable a sus fuerzas de escalada. No sé si os dais cuenta de lo que estas ascensiones suponen. Estamos hablando de finales del siglo XIX. De una mujer de fines del XIX, que ascendía  cumbres de más de dos mil metros de altura que por ese tiempo estaban empezando a ser coronadas por los más avezados montañeros. A todas luces parece inverosímil, por más que se haya comprobado que algunos de sus relatos al respecto concuerdan con la realidad.

     De este relato que acabo de realizar sobre la vida de doña Rosario de Acuña y Villanueva, me vais a permitir que saque alguna conclusión que me parece pertinente para la ocasión, y muy apropiado para el momento vital en que os encontráis.

Muchos  de vosotros sois conscientes de que en estos días se acaba una etapa y en unos meses comenzará otra nueva. Los cambios traen ilusión y expectación, pero también, incertidumbre. Este curso erais los veteranos del instituto; conocíais el terreno en que os movíais: las instalaciones, los horarios, las costumbres y a la mayoría de los que allí trabajamos, ya sean conserjes, secretarias, profesores… Un ambiente familiar en el que, además, estabais arropados por  vuestros compañeros, algunos de los cuales lo eran casi desde  los tiempos de preescolar… ¡Parece que entra algo de pereza abandonar esta seguridad! Conozco a más de uno, que en situación similar a la vuestra, contestaba a la pregunta “¿qué vas a hacer el próximo curso?”,  con un “Si pudiera, tercero de bachillerato”.

     Bueno, pues así las cosas, espero poder aportaros algo de luz en este momento tan importante para vosotros  resaltando tres aspectos acerca de lo que os he contado sobre la pensadora que da nombre a nuestro instituto.

    En primer lugar, la historia de Rosario de Acuña nos enseña que la vida no está escrita, se va escribiendo a medida que se va viviendo. En su caso, todo parecía indicar que le estaba reservado el papel de buena esposa y buena madre, aderezado con una actividad literaria que se presumía prometedora. Sin embargo, por propia voluntad, su vida no se desarrolló de esa manera, sino por derroteros bien distintos.

    En vuestro caso, y puesto que no se puede hacer tercero de bachillerato, tenéis que tomar una opción. Algunos me consta que llevan un tiempo pensando en ello y están, sino preocupados, al menos, ocupados con el tema: hacer un ciclo formativo, estudiar esta o aquella carrera, elegir entre una de tres años o hacerlo por una de cinco, ponerse a trabajar… La elección tiene que ser tomada con sosiego, valorando diversas consideraciones… pero no creo que sea bueno que se realice bajo la presión que conlleva el temor  a equivocarse. Tu vida no va a depender sólo de esta decisión. ¡La vida da muchas vueltas y queda mucho partido por jugar!

    En segundo lugar, quiero que  reflexionéis acerca de lo polifacética que resultó ser nuestra pensadora: dramaturga, poetisa, conferenciante, propagandista, granjera, montañera, melómana,… y, sobre todo, solidaria con los que a su vera pasaban por momentos difíciles. Siguiendo su ejemplo, creo que debéis tener presente que la actividad que vayáis a desarrollar, ahora o en un futuro inmediato, no debería absorberos toda vuestra dedicación. La actividad profesional no lo es todo; no lo puede ser. Dejad abierta la puerta a otras actividades. No limitéis vuestro campo de actuación. Como decía hace unas semanas Francisco Rodríguez Menéndez, ilustre profesor de nuestro instituto, más conocido entre nosotros por Pacuvio, lo más envidiable de la juventud, lo más envidiable de vuestra situación, es que TENÉIS POR DELANTE LA POTENCIALIDAD, LA POSIBILIDAD DE EMBARCAROS EN CUALQUIER AVENTURA, DE REALIZAR CUALQUIER PROYECTO QUE OS PROPONGÁIS.

     Quiero resaltar, por último, un aspecto de la personalidad de doña Rosario que me parece muy pertinente: su dedicación a las actividades que emprendía, su capacidad de trabajo. Para ella, el esfuerzo, el trabajo, era un elemento de primer orden en la transformación de la sociedad; “¡Bendito seas mil veces, Trabajo redentor!”, dejó escrito. Cuando se ocupaba de su pequeña granja avícola, realizaba jornadas interminables que comenzaban a las tres y media de la madrugada, repito, a las tres y media de la madrugada, y terminaban a las nueve de la noche; total seis horas y media de sueño, y todas las demás ocupadas en escribir, atender el gallinero, realizar las labores domésticas, leer, más gallinero y vuelta a las labores domésticas.

    Si miráis para atrás, podéis comprobar que la exigencia de vuestros estudios es mayor ahora que hace unos cursos. La dificultad ha ido en aumento y el esfuerzo que necesitabais realizar para abordar los aprendizajes ha sido cada vez mayor. Algunos no han podido o no han querido  realizar ese esfuerzo y se han quedado atrás, o han abandonado. Lo que os espera de ahora en adelante os va a suponer mayores esfuerzos, más trabajo. Para algunos vendrán los primeros suspensos; para otros, surgirán las dudas, las vacilaciones: seguir o abandonar. Cuando esto suceda, pase lo que pase, que no sea por no haberlo intentado, que no sea por falta de trabajo. Con esfuerzo y con tiempo se puede conseguir casi todo. ¡Que así sea!

    Termino con un último consejo.  Iniciad esta nueva etapa  con esperanza e ilusión,  con una  mochila al hombro cargada con las cosas que más os hayan entusiasmado, los consejos y cariño de vuestros padres, las enseñanzas de estos años que habéis pasado en el instituto y el ejemplo vital de doña Rosario de Acuña y Villanueva, al que, por cierto, siempre podréis acudir ojeando de tanto en tanto el libro que os entregarán al finalizar este acto.

    Seguro que si ella estuviera aquí, si ella presidiera este acto,  os diría con todo el cariño del mundo algo  bastante parecido a esto: elegid los estudios o la ocupación que más os convenga, pero, hagáis lo que hagáis, procurad ser en todo momento  buenas personas.

¡Que la suerte os acompañe!

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